Capítulo 18
Nada más bajarnos del autobús ese día las dos nos miramos extrañadas preguntándonos que pasaría.
—Apenas hay coches y siendo sábado esto es rarísimo.
—Sí que lo es. A estas horas normalmente esto ya está hasta los topes.
—Lo mismo se han largado todos con sus yates haciendo una quedada de pijos hasta el polo norte.
—No caerá esa breva —contesté haciendo reír a mi hermana.
—Vamos dentro seguro que en cuanto entremos con el primero que nos crucemos nos contará porque esta esto tan vacío hoy.
Y así fue. Antes de entrar en el vestuario nos cruzamos con uno de los chicos con los que Tania trabajaba en la cocina y nos dijo que la baja afluencia de gente se debía a que la mayoría de los socios estaban en una boda que iba a durar todo el fin de semana de la hija de uno de los empresarios más conocidos y adinerados de Marbella.
—Yo no tenía ni idea de que esa chica se casaba hoy.
—Pues si tú que te va el chisme como a la que más no lo sabías, fíjate yo que me importa menos que nada lo que hagan todos ellos.
—Es la chica que decían el otro día que estaba embarazada. Seguro que han preparado la boda a toda leche para que pueda lucir el vestido sin que se le note la barriga.
Me encogí de hombros mientras las dos salíamos ya del vestuario porque como le había dicho poco me importaba, la boda, el embarazo y el vestido de la chica en cuestión.
Esa noche me tocaba primero restaurante, en esa ocasión en las mesas de la terraza y luego zona de relax. Así que con mi uniforme blanco me encaminé hacía allí después de despedirme de Tania en la puerta de la cocina.
En la primera hora apenas atendí tres mesas.
—Esto está muerto hoy —dijo Susana mientras las dos estábamos esperando de pie al lado de la barra esperando a que entrara alguien más.
—Hoy desde luego que no nos vamos a cansar.
—Mira a ti se te acaban de sentar dos en tu lado.
Giré la cabeza y efectivamente tenía una mesa ocupada por dos personas. Pero no dos personas cualesquiera. Eran Alonso y Leandro.
Me sorprendió que se hubieran sentado en mi parte de la terraza, pero claro en esos momentos estaba dentro y a Alonso no le había dado tiempo a revisar si yo estaba y donde para elegir el lado contrario.
—Qué raro que estos dos no hayan ido a la boda.
Susana se encogió de hombros.
—Vete a saber qué motivos tendrán para no haber ido. A estos pijos ricos hay veces que no hay quien les entienda.
—Voy a atenderles luego nos vemos.
Asintió y se fue a su parte en la que también se había sentado un matrimonio mayor que no fallaban ni un día. Siempre comían y cenaban en el club.
—Buenas noches, chicos.
—Buenas noches, Valle.
—Buenas noches —dijo Alonso entre dientes.
Parecía enfadado por algo. Pero vamos que su cara seria no distaba mucho a la que solía tener siempre así que no me paré a pensar que podría pasarle.
—¿No habéis ido a la boda del año? Porque al parecer casi todo el club está allí.
—¿Por qué quieres saberlo? —preguntó Alonso con tono de fastidio.
—Pues mira por nada en especial. Simplemente me ha sorprendido veros aquí.
—Yo no estaba invitado, a Dios gracias, tanta pompa me pone malo. Y Alonso rechazó la invitación, al parecer les tiene alergia a las bodas.
—No le tengo alergia a las bodas, pero en esos eventos la gente se pone muy pesadita. Y encima la boda empezó ayer noche y durará hasta mañana por la tarde. Tres días allí, no gracias.
—Bueno pues siendo así, aquí desde luego hoy estaréis muy tranquilos porque no creo que venga mucha más gente de la que ya hay.
—Por eso hemos venido —dijo Alonso.
—¿Y que os apetece cenar?
—Me fio de ti, tráeme lo que quieras. Eso sí el postre que sea uno que haya hecho Tania.
—Pues te traeré también un plato que ha hecho ella sola, para que luego le des tu opinión.
Leandro asintió contento.
—¿Y tú que quieres? —le pregunté a Alonso.
—Sí te lo digo ni te lo creerías —murmuró.
—¿Qué? —pregunté porque no sabía que quería decir con eso.
—Lo mismo que Leandro.
—Vale ¿y de beber una copa de vino y agua como siempre?
—Sí —contestaron a la vez.
Una hora y media después entre en el vestuario para cambiarme el uniforme por el negro para ir a la zona de relax que seguramente estaría tan vacía o parecida a la del restaurante.
Pero como pasó la vez anterior al ir a cerrar la puerta el pie de Alonso me impidió hacerlo abriendo la puerta con brusquedad haciéndome retroceder.
Cerró la puerta a su espalda y pasó el cerrojo que tenía.
Al parecer como así me lo decían sus ojos que echaban chispas por el enfado que tenía venía a discutir y no quería arriesgarse a tener testigos.
—Estás cogiendo por costumbre colarte aquí y sabes que no puedes. Lárgate.
—No. Y me da igual si puedo o no.
—Claro el niño pijo está acostumbrado a hacer lo que le viene en gana siempre, donde sea, como sea y de la manera que sea.
—¿Niño pijo?
—Es lo que eres ¿no? Pues no me mires con esa cara de sorpresa.
—No lo soy, pese a lo que pueda parecer.
Solté una risa.
—Claro y voy y me lo creo. Mira Alonso sal de aquí. Tú y yo no tenemos nada de lo que hablar. Sigue evitándome como hasta ahora.
—No.
—¿No?
—No me voy a ir porque sí que tenemos algo de lo que hablar.
—Mira si es por lo que pasó, como te dije puedes quedarte tranquilo no se lo he contado a nadie, ni siquiera a mi hermana. Tú mayor error está a salvo.
Frunció el ceño.
—No es eso de lo que quiero hablar al menos de momento.
—¿Entonces de qué? —pregunté con cansancio.
—¿Qué pretendes con Leandro? Y no me digas que nada, porque sé que has estado en su casa y pasasteis el día juntos.
Bueno… bueno… bueno… eso era lo que me faltaba, pensé mientras le miraba con las cejas alzadas. Pero ¿quién se creía que era este tío para venir a pedirme a mí explicaciones de lo que hacía o dejaba de hacer con nadie?
—Te mereces que te mande a la mierda en este instante- ¿Con que derecho te crees para venir a preguntarme nada de lo que hago?
—Quiero saberlo.
Solté una carcajada.
—Y yo quiero saber los números que saldrán en la primitiva antes del sorteo. Pero, chico, no siempre conseguimos lo que queremos.
—¿Estás liada con él?
Otra carcajada.
—Esto es increíble. ¿Pero a ti qué mierda te importa?
—Me importa y mucho.
Ya estaba yo viendo que se iba a poner incluso más pesadito que con lo de saber mi nombre así que decidí decirle la verdad para que se fuera cuanto antes con viento fresco.
—Mira, no tengo por qué darte explicaciones de nada, pero lo voy a hacer para que me dejes en paz.
—Bien, habla —dijo, dando un paso hacia mí y cruzándose de brazos.
—Solo somos amigos, nada más. Pasamos el día juntos, sí, pero entre nosotros no pasó nada ni pasará nunca. Yo no soy su tipo ni el de nadie, dicho sea de paso, ni él tampoco el mío.
Volvió a fruncir el ceño. Este hombre en unos años iba a tener el entrecejo con más arrugas que un perro shar pei , que son esos que tiene muchísimos pliegues.
—Espero que no me estés mintiendo.
Resoplé.
—¡Niño pijo, me pones de los nervios! Eres insoportable. ¿Para qué coño me preguntas nada? Si luego no me vas a creer.
—¿Te pongo de los nervios?
—Mucho, más que nadie que haya conocido. Eres insufrible.
Sonrió de medio lado.
¿Y ahora por qué sonreía el gilipollas? Me pregunté, pensado si estaría bebido o si como su hermana, estaba mal de la cabeza.
—¿De qué coño te ríes?
—Así que te pongo, ¿no?
Abrí los ojos como platos por la manera que me preguntó eso. Y no solo por la voz ronca con la que lo hizo si no por la manera en la que me estaba mirando.
—De los nervios, ya te lo he dicho.
Dio dos pasos más y pegó su cuerpo totalmente al mío.
—Te pongo cachonda, no lo niegues. Sé reconocer una mirada de deseo y en la tuya lo hay cuando me miras.
Se me cortó la respiración.
—No… no lo hay —balbuceé.
—Sí que lo hay.
—No. Yo no…
—Tú sí. ¿Y quieres saber algo más?
—Pues… creo que no.
—Pues te lo voy a decir igualmente —dijo pegándose más a mí para pegar su boca en mi oído—.
Que tú a mí me pones muchísimo. Pero mucho, mucho.
No entiendo qué me pasa contigo, Valle. Pero no consigo sacarte de mi cabeza.
Tengo tu jodido sabor grabado en mi memoria.
Y lo anhelo. Quiero… o más bien necesito hacerte mía y besarte hasta perder el sentido.
Me quedé tiesa.
Pero tiesa como un palo y alucinada, eso también. Por mi cabeza pasaron muchas preguntas en décimas de segundo, pero la que más se repitió era si se estaría burlando de mí. Porque era imposible que todo eso que acababa de decir fuera verdad.
—No me crees —dijo al retirarse, afirmando cuando me miró a los ojos—. Pues voy a demostrarte lo mucho que te deseo para que te lo creas.