¡Niño pijo, me pones de los nervios! Capítulo 17
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Capítulo 17

Abrí los ojos esa mañana completamente empapada en sudor.

El enano apartamento, porque ni pequeño podía considerársele, donde vivíamos no tenía aire acondicionado y el calor en Marbella, en los últimos días, estaba siendo horroroso.

Estábamos a principios de julio en plena ola de calor y era totalmente insoportable, ni por la calle ni en casa. Solo descansaba, o vivía un poco mejor, la gente que tenía la suerte de contar con aire acondicionado en sus casas.

—Esto es horrible, creo que voy a morir derretida.

La queja de Tania, que estaba tumbada a mi lado en la cama, solo con ropa interior, exactamente como yo, me hizo soltar una risita.

No porque me hiciera gracia que tuviera calor, sino por la forma dramática en la que lo dijo, haciendo un puchero y un lloriqueo a la vez que hablaba.

—Seguro que en la cocina hace menos calor aun teniendo todos los fogones puestos a máxima potencia.

—Ya te digo yo que así es. Me siento como una magdalena.

—¿Una magdalena?

—Sí, una magdalena cuando la hornean. Esta casa es un horno.

Y lo era, ciertamente lo era.

—Pues hasta que no nos toque la lotería o te cases con un empresario rico, esto es lo que hay, niña, así que no te servirá de nada quejarte. Bueno, sí, alterarte y quejarte hará que te entre más calor.

—Eso es imposible, no se puede tener más calor. Si me sudan hasta las uñas.

—Tania, no digas chorradas, las uñas no sudan.

—Las mías sí, mira —dijo extendiendo la mano y pegándola tanto a mi cara que era imposible verla.

—Vale… pues para ti la perra gorda. Si la niña dice que le sudan las uñas, pues es que le sudan.

—Eres idiota —dijo riéndose.

—Y tú una dramática. Todos tenemos calor, pero quejándote y poniéndome a mí la cabeza como un bombo no hará que lo tengas menos. Así que deja los lloriqueos y mueve el culo.

—Es temprano; voy a quedarme un rato más aquí, disfrutando de esta maravillosa temperatura —respondió, poniendo los ojos en blanco.

—Pues yo me voy a la ducha. Quiero desayunar y limpiar un rato antes de marcharme.

—Cierto que hoy tienes una cita, ¿eh?

Resoplé.

—No es una cita, Tania. Es una quedada de amigos. Leandro lleva muchos días insistiendo y, aunque voy un poco reticente, al final he accedido a pasar el día con él.

Era verdad todo lo que le acababa de decir a mi hermana. Desde aquel día del que ya habían pasado diez, en el que pasaron tantas cosas Leandro no había dejado de hablarme y pedirme que quedáramos todos los días que habíamos coincidido

Sí, habían pasado muchas cosas ese día, unas buenas, otras no tanto.

Unas que estaban presentes en mi mente día y noche, como el beso de Alonso, del que no había podido olvidarme, y otras, como la riña o enfrentamiento con Cayetana, del que ni quería acordarme. Y otras que tenía muy presentes en mi cabeza, como la charla con Dani al terminar el turno.

Nada más entrar en su despacho y mirarle, supe que sabía lo que había pasado con todo lujo de detalles; al parecer, los cotilleos entre el personal y todo lo que pasaba en el club, por mínimo que fuera, llegaban a él a una velocidad pasmosa.

Tragué saliva y me retorcí las manos de los nervios cuando me senté frente a él como me pidió, pensando que me iba a echar la bronca del siglo o incluso pedirme que no volviera más.

Nada más lejos de la realidad, pasó todo lo contrario.

Me dio la enhorabuena por haberme enfrentado a la gilipollas de Cayetana y por no dejarme amedrentar, y se alegró muchísimo; hasta me abrazó cuando le dije que había dejado de lamentarme por mi aspecto y que me iba a querer y a aceptar como era.

También me dijo que no me preocupara, que mi puesto lo tenía asegurado, que lo importante era cómo trabajaba. Y que de eso solo había recibido elogios a mi favor de varios socios del club.

Lo que sí me aconsejó, porque él conocía bien a todos los socios, algo normal después de tantos años allí, fue que me mantuviera lo más lejos posible de la hija de los Sotomayor, porque era una persona conflictiva que buscaba líos con cualquiera que se cruzara en su camino.

No me quiso dar detalles, pero sí que me dijo que había hombres y mujeres que habían dejado de asistir al club por culpa de ella.

Como también me dijo que, en algunas conversaciones que había tenido con sus padres, le habían dicho que estaban hartos de ella por lo mal que se lo hacía pasar en algunas ocasiones y por la vergüenza que sentían por su comportamiento.

Así que salí del despacho de Dani tranquila y con más ganas de seguir que nunca.

Mientras me preparaba el desayuno, pensé en Leandro.

Cada día que pasaba me caía mejor y me trataba tan bien que había decidido, el día antes, cuando me lo pidió, acceder a pasar el día con él y a conocernos un poco mejor.

No tenía ni idea de adónde íbamos a ir; eso sí, le avisé que al club no y que a la zona de la playa tampoco. Aceptó de buen gusto y me dijo que buscaría un sitio tranquilo donde estar bien y poder hablar a gusto.

Con él, como he dicho, todo iba bien. Cuando nos veíamos en el club, siempre me preguntaba qué tal estaba, qué tal el día y también me preguntaba cómo le iba a Tania, a quien había conocido días atrás, un día que coincidimos en la puerta al entrar.

Los dos se habían caído estupendamente y con eso estaba contenta.

Al acabar el desayuno, empecé a limpiar el salón mientras, en mi mente, como todos los días anteriores, a cualquier momento del día, se me vino la imagen de Alonso.

Había pesado mucho él. En su beso, en la discusión, en cómo me evitaba desde entonces, porque lo hacía, pero descaradamente, además.

Sonreí con tristeza pensando en su manera de actuar cuando iba al club, que en los días anteriores lo había hecho poco, la verdad.

Pero cuando lo hacía y llegaba a la zona en la que yo estaba, la analizaba antes de elegir una mesa y, para no tener que verme, se sentaba en la zona que yo no tenía asignada.

Yo no le había hecho nada y eso era lo que más me fastidiaba, que me evitaba porque ni hola quería decirme. Pues bien, por él, si era lo que quería de vuelta, recibía lo mismo.

Si nos habíamos cruzado por casualidad, pasaba por su lado como si no le viera o me giraba para tomar otro camino. Si se sentía incómodo en mi presencia, no sería yo la que se lo pusiera difícil, sino todo lo contrario.

Seguí limpiando e intentando no pensar en él, porque lo hacía demasiado y eso me cabreaba cada día más, porque dentro de mí sabía, muy a mi pesar, que era otra de las tontas que se morían por sus huesos.

—Tania, me marcho. Leandro me está esperando abajo.

—Vale, pásalo bien.

Salí de casa y, cuando llegué a la calle, allí estaba Leandro, apoyado en su coche, esperándome.

—Buenos días, Valle. ¿Lista para pasar un día de amigos?

—Totalmente lista.

Me monté en coche y durante todo el trayecto no dejamos de hablar del club, de mi hermana y de lo a gusto que estaba yo allí trabajando.

—¿Dónde estamos? —Pregunté cuando paró el coche en la puerta de un chalet a las afueras de Marbella.

—En mi casa. Dijimos que, para hablar y conocernos, era mejor un sitio tranquilo. Y pensé que este era el mejor sitio para eso. No pasaremos calor y estaremos solos. Pero si te parece mal vamos a otro sitio.

—Me parece perfecto.

Amplió su sonrisa a la vez que se bajaba del coche y yo hice lo mismo.

Lo primero que hizo, nada más entrar, fue enseñarme todo el chalet entero, que me encantó por lo bonito y sencillo que lo tenía decorado.

Desde el principio supe que Leandro no era un niño pijo que vivía por y para el dinero y al ver la decoración de su casa lo confirmé del todo. Solo era un hombre que se ganaba bien la vida trabajando en la empresa de sus tíos, pero le gustaba la sencillez.

Pasamos un día estupendo en el que hablamos muchísimo y nos reímos todavía más.

Leandro me habló de sus padres, que actualmente vivían en Barcelona, la ciudad natal de su madre. Se habían ido allí ya hacía unos años cuando su padre se había jubilado.

También me habló mucho de él. Tenía treinta y seis años, tres más que su primo y siete más que Cayetana siendo el mayor de los primos. En la empresa era el que se encargaba de la publicidad tanto en la web como de toda la que hacían en otros medios.

Lo que me sorprendió un poco cuando me habló más profundamente de su vida fue cuando me dijo que era bisexual y que pareja no había tenido nunca, que solo tenía noches de desfogue de vez en cuando, mientras esperaba a la persona de su vida.

Era un romántico, eso lo supe mientras hablaba. Y no solo eso. Era un amor de hombre y por la manera en la que habíamos congeniado supe que sería un buen amigo y de esos que te duran toda la vida.

Yo también le conté muchas cosas de mí, de mis padres, de cómo me hice cargo de Tania, de lo que no le hablé porque me dio cosa fue de mi sueño perdido.

No porque que me diera tristeza recordar lo que pudo ser y no fue si no, por el sitio en el que trabajaba.

No quería que pensara mal de mí y que se creyera que había aceptado ser su amiga porque quisiera tener una oportunidad de trabajar o entrar de alguna manera en el negoció de sus tíos.

Eso ni loca lo haría de ninguna de las maneras, aunque pudiera, y no por él si no por sus primos, con los que cuanto más lejos estuvieran de mi mucho mejor, para mi salud mental.

—Lo he pasado fenomenal Valle —dijo cuando paró el coche en la puerta de mi casa ya bien entrada la noche.

—Yo también. Tenemos que repetirlo.

—Por supuesto que vamos a repetirlo, ya eres oficialmente mi mejor amiga y no pienso dejarte escapar.

Me eché a reír y le dije que él también era el mío.

Nos despedimos con un abrazo quedando en vernos al día siguiente que era jueves en el club ya que tenía pensado ir a cenar con un conocido con el que pasaba algunas noches.