Capítulo 16
Entré en el vestuario para cambiarme de ropa y ponerme el uniforme negro, pero al ir a cerrar la puerta un pie me lo impidió. Y no solo eso, empujaron la puerta haciéndome retroceder y la cerraron de un portazo a su espalda.
Abrí los ojos como platos al ver que era Alonso el que se había colado en el vestuario del personal.
—No puedes estar aquí. Esto es el vestuario del personal.
—Pues estoy —dijo con arrogancia.
—Sal ahora mismo.
—No.
—¿No?
—No hasta que no me digas tu nombre.
Resoplé por lo pesado e insistente que se estaba poniendo.
—¿En serio has venido hasta aquí para que te diga mi nombre? Tú no estás bien de la cabeza.
—No solo para eso; tengo más cosas que decir. Y te aseguro que estoy perfectamente de la cabeza.
—Pues no lo parece. ¿Qué más tienes que decir si puede saberse?
—No vuelvas a hablar así ni a humillar a mi hermana.
—Creo que tú no has oído la misma conversación que todos los demás. En ningún momento la he humillado. Solo le he contestado lo que se merecía. Si alguien ha intentado humillar, ha sido ella metiéndose con mi aspecto.
—Tú misma le has dicho que tenía razón y después la has dejado de tonta y mala delante de todos.
—Desde luego que no hay más ciego que el que no quiere ver. Pensé que eras distinto, pero solo con ver cómo sonreías al oír todo lo que me ha dicho me ha quedado claro que eres incluso peor que ella por reírle las gracias.
Frunció el ceño.
—Te estás equivocando en todo. No has entendido nada de lo que he dicho.
—Lo he entendido perfectamente. Ahora sal, por favor, tengo que cambiarme para poder seguir trabajando.
—¡No me da la gana! No, hasta que me digas tu nombre y hasta que entiendas lo que he dicho —dijo, empezando a alterarse a la vez que daba dos pasos para ponerse más cerca de mí.
—A mí no me levantes la voz y sal de aquí. No pienso decirte una mierda y no digas nada más, como te he dicho ya te he entendido. No soy tonta.
—Cállate y escucha.
—No.
—Sí.
—Te he dicho que no pienso escucharte y mucho menos callarme.
—Cállate, joder.
—No pienso hacerlo.
—O te callas o te callo yo.
Solté una risa seca.
—¿Tú? ¿Y cómo piensas hacerlo? Porque, como no me amordaces, lo veo difícil.
Dio otro paso y se pegó tanto a mí que nuestro pecho quedó totalmente pegado, y no solo esa parte de nuestro cuerpo lo hizo, sino que nuestras caras estaban solo a unos centímetros la una de la otra.
—Cállate y escucha. No te lo repetiré —dijo entre dientes.
—No. Cállame tú si puedes, niño pijo.
—Tú lo has querido.
Fui a abrir la boca para preguntarle qué quería decir, pero no me dio tiempo a decir nada.
Con rapidez me agarró por la nuca para acercarme a él los centímetros que nos separaban y se lanzó de formal literal a mi boca para besarme.
Ante su contacto, mi cuerpo se tensó más de lo que lo había hecho alguna vez en toda mi vida. Pero solo fueron un par de segundos, los justos, en los que Alonso me metió la lengua en la boca.
¿Tendría que haberlo parado? Seguramente
¿Tendría que haberlo apartado de mí de un empujón? Hubiera sido lo más sensato
¿Hice algo de eso? No.
Y eso que mi cabeza me gritaba que lo hiciera. Que lo apartara y le cruzara la cara de un bofetón a ese gilipollas arrogante que se había atrevido a besarme en medio de una discusión para callarme la boca.
Hacer eso hubiera sido lo lógico, lo sensato, lo más cabal. Pero, al parecer, su cercanía y su sabor me nublaron el juicio, y mi mente dejó de funcionar mientras mi cuerpo tomaba el mando.
Así que lo único que hice fue devolverle el beso con la misma intensidad con la que él lo había empezado.
No fue un beso lento ni cariñoso ni dulce ni planeado, por supuesto.
Fue una batalla.
Fue un choque de orgullos, de rabia, de enfado por la discusión que estábamos teniendo. Fue la única manera que él encontró y yo le seguí diciendo con palabras la frustración que sentíamos.
Fue su manera de quedar por encima de mí y salirse con la suya, porque lo había hecho para que me callara y, desde luego, lo consiguió.
Y no solo hubo fuerza en nuestras bocas. Nuestras manos se unieron a la lucha. Las suyas agarraron con firmeza mi cintura para que no pudiera separarme ni separarlo, y las mías le agarraron con más fuerza de la que me creía capaz de la camisa para que no se alejara.
Ni sabría decir el tiempo que duró el beso; segundos no fueron, de eso estaba segura. Fueron minutos. ¿Cuántos? Pues a saber, porque mientras nos besábamos o luchábamos, hasta el tiempo se detuvo.
Solo nos separamos, o él lo hizo, cuando el aire empezó a faltarnos, cuando ya apenas podíamos respirar.
Pero no se retiró del todo, solo lo justo para pegar su frente a la mía y darle varias bocadas de aire. Pasados esos segundos, sí que lo hizo. Me soltó de golpe y yo tuve que hacer lo mismo para dejarle marchar.
Dio tres pasos atrás y se detuvo.
Alzó la mirada y calvó esas dos esmeraldas que tenía por ojos en los míos.
Nos miramos, confusos, sin saber qué decir.
Yo no sabía qué narices pensar sobre lo que acababa de pasar. Estaba totalmente desconcertada y no solo porque Alonso Sotomayor, el príncipe de Puerto Banús, el soltero de oro, me hubiera besado a mí.
Por lo que estaba desconcertada era porque, aun pensando que era un arrogante, creído, chulo y un gilipollas, sentir sus labios sobre los míos había sido la mejor sensación del mundo.
Que eso no lo reconocería ni se lo contaría a nadie ni bajo amenaza, aunque por otra parte nadie me creería y me tacharía de loca.
Busque en sus ojos para saber qué pensaba él sobre lo que acababa de pasar.
En su mirada había el mismo desconcierto que debía tener la mía. También había mucha confusión, como si se preguntara qué cable se le había cruzado para hacer algo semejante, pero, fijándome bien, vi algo que hizo que mi estómago se encogiera.
Algo que tampoco es que me sorprendiera encontrar.
No fue asco ni rechazo, ni siquiera repugnancia; fue algo mucho peor.
Fue arrepentimiento.
Sus ojos le gritaban de forma muy clara. Había arrepentimiento puro y duro. Me decían claramente que había sido un error y, por cómo negó con la cabeza, lo confirmó todavía más.
Con ese gesto me dio a entender que estaba intentando borrar de su memoria los últimos minutos.
Me fijé en su mirada por última vez antes de hacer lo que tenía que hacer y lo que vi hizo que el alma se me cayera a los pies. Había preocupación.
Preocupación, seguramente porque alguien se enterará de lo que había hecho, no el hecho de que había besado a una mujer sin su permiso.
No, no era eso, yo supuse que lo que le preocupaba era que alguien se enterara de que había besado a la camarera fea y gordita, aunque hubiera sido para hacerla callar.
Eso haría que su reputación de hombre ligón, que siempre iba con mujeres espectaculares, se resintiera.
Pero lo que él no sabía era que yo no era dañina como su hermana ni vengativa tampoco, y por mucho que me hubiera irritado con su insistencia, no le perjudicaría de ninguna manera.
Sin pensarlo más, di los pasos necesarios para rebasarlo y abrir la puerta mientras él me miraba desconcertado.
—Sal. Y no te preocupes. Aquí no ha pasado nada; nadie lo sabrá nunca.
Abrió los ojos, sorprendido.
—No…
Solté una risa amarga.
—No digas nada; todo ha quedado dicho. Sal.
Mi último «sal» le hizo dar los pasos necesarios para salir del vestuario mientras yo sujetaba la puerta.
—Alonso.
Se giró para mirarme.
—Valle.
—¿Qué? — preguntó confundido.
—Valle, ese es mi nombre. Ya tienes lo que querías, así que ya no tienes ni siquiera que decirme hola. Has ganado —dije antes de cerrar la puerta y dejarle mirándome con intensidad en medio del pasillo.
Fui hasta el banco y me senté para respirar tranquila un par de minutos. Me pasé las manos por el pecho, intentando que el nudo que tenía allí se fuera no lo hizo.
Noté cómo las lágrimas que llevaba conteniendo desde que había visto su mirada intentaban salir de mis ojos.
—No, de eso nada. No pienso llorar. No me pienso hundir. No voy a retroceder —dije, apretando los puños furiosa conmigo misma mientras me ponía en pie de un salto.
Me cambié a toda velocidad. Ya bastante tiempo había perdido. Tenía que salir a la zona de relax de inmediato o mis compañeros se empezarían a preguntar dónde estaba.
Y que allí alguien se preguntara cosas era lo menos recomendable.
Llegué a la zona de relax rezando para que no me tocara la zona en la que probablemente estaba sentada la familia Sotomayor. No hubo suerte. Me tocó su zona.
Pero me fijé en que no estaban todos juntos como en la cena.
Teresa y Fernando estaban sentados con un matrimonio de su edad, a los que ya había atendido otras veces y que, como ellos, eran muy agradables.
En la mesa más apartada, en la misma de la primera noche, estaban sentados Alonso, su hermana, Leandro y una mujer que, al parecer, era amiga de la destructora, porque hablaban muy animadas.
Fui hasta la barra, cogí la bandeja y empecé a trabajar intentando apartar de mi mente lo que había pasado en el vestuario.
Atendí dos mesas antes de acercarme a la suya.
—Buenas noches, que os pongo.
Al oír mi voz, Alonso, que estaba de espaldas y no me había oído llegar, se tensó por completo.
—Ya era hora, eres lentísima atendiendo —dijo Cayetana mirándome mal.
Hice como que no la había escuchado.
—Valle, yo agua con gas.
La muy gilipollas, al oír a Leandro, se echó a reír de una forma poco elegante. Los dos nos miramos preguntándonos que cojones le pasaba. Salimos de dudas con su siguiente frase.
—¿Te llamas Valle? Desde luego que no podías tener un nombre más acorde. ¿Qué te has comido todos los árboles que había en uno? ¿Por eso te lo pusieron?
Su amiga, otra tonta como ella, también se echó a reír. Leandro se levantó de golpe de la silla. Y Alonso agachó la cabeza.
—¿Dónde vas? —Le preguntó la amiguita.
—Lo más lejos posible de esta tóxica —dijo señalando a Cayetana—. Cada día te superas más. Este año te darán el Oscar a la más zorra de España —añadió mirándola a ella.
—Ves lo que has conseguido con tu presencia. Has hecho que mi primo se enfade —me recriminó.
No me pude contener.
—No, bonita, eso lo has hecho tú solita. Y te voy a decir algo, así que escúchame bien. Yo aquí solo tengo que perder mi trabajo, pero si me calientas solo un poco más de lo que ya estoy o me vuelves a faltar al respeto, tú tienes las de perder.
—¿Me estás amenazando?
—No, de momento solo es una advertencia. Así que haz como que no existo. Déjame trabajar en paz y te irá mejor. Como he dicho, tú tienes las de perder. Aquí se saben muchas cosas; la gente habla, ¿sabes?
—No sé qué puedes tener tú contra mí. Nada, no tienes nada.
Sonreí de medio lado y vi cómo contenía el aliento al verme. Pero, al parecer, su soberbia le ganó la partida y quiso quedar por encima: craso error por su parte.
—No solo tú puedes perder tu trabajo, tu hermanita también.
Mírala, ella, después de cenar, había hecho los deberes y había preguntado cosas de mí. Pensé, mientras daba el paso que me faltaba para pegarme del todo a la mesa.
—Eso ha sido un error muy grande por tu parte. A mi hermana ni la nombres ni respiras el mismo aire que ella. Si vas contra ella, no solo hundiré tu reputación, sino que probablemente tengas que comprarte un bastón porque te juró por lo más sagrado que te saco los ojos.
Se hizo un silencio sepulcral que solo yo rompí antes de decir mis últimas palabras.
—Y eso sí que es una amenaza. Así que deja la guerra aparte, ve a lo tuyo y déjanos a mi hermana y a mí en paz.