Capítulo 15
Quince minutos…
Eson fueron los que la familia Sotomayor tuvieron que estar esperando sentados en la mesa a que la señorita Cayetana se dignara a aparecer.
Y cuando lo hizo no hubo ni una sola persona en todo el comedor que no se diera cuenta de su entrada.
Pero no fue solo porque el repiqueteo de sus tacones fuera demasiado exagerado, cosa que supe que hizo adrede para que todo el mundo girara la cabeza o levantara la mirada en su dirección si no porque era imposible no mirarla.
Era de esas mujeres que con su sola presencia hace el silencio a su paso. Era de las que intimidaban con su mirada y de las que hacía tragar saliva a las mujeres que no la miraran con admiración por la mirada fulminante con la que te miraba.
Y de las que hacía que los hombres que no la miraban con deseo que al parecer tenían que ser todos, se tuvieran que meter la mano en la camisa y apartársela un poco del cuello para poder respirar.
Porque si no era así si a ellas las fulminaba a ellos directamente los aniquilaba con la miraba.
Una abeja reina eso era lo que se creía y la más guay del lugar.
Era de esas personas que solo entendían una forma de vida. Ella había nacido para ser admirada, deseada, para que los demás hicieran en todo momento lo que deseaba y de las que no sabían aceptar un no.
—Ahí tienes a la destructora —me susurró Susana en la barra mientras ambas cogíamos platos.
—¿La destructora?
—Así la llaman.
—¿Por qué? —quise saber.
—Porque destroza todo a su paso. Da igual si es un matrimonio porque se encapricha del marido. Una amistad de años porque dice que una de las dos personas la ha mirado mal, burdas mentiras todo, lo hace por qué ser mala es su forma se vivir.
—Joder… con la niña pija.
—Destroza a todo el que le niega algo. Al que no comparte su opinión. Al que osa decirle algo que no le parece bien. En fin… que es una zorra manipuladora, vengativa y dañina que solo se quiere a sí misma.
—¿Cómo es posible que sea así teniendo los padres que tiene?
—Esa es una pregunta sin respuesta que todos los que los conocemos nos hacemos. Algunos piensan que nació mala. Otros que la consintieron demasiado. Otros que no está bien de la cabeza. Hay opiniones para todos los gustos.
—¿Y cuál es la tuya?
—Que es una mezcla de todo. Que ya nació torcida, que al ser la pequeña puede ser que Teresa y Fernando la consintieran un poco y ella explotó eso más de lo que debería. Y que también que muy bien de la cabeza no está.
—Que es una joya ¿no?
—Sí una joya, la peor de todas las que sus padres han hecho todos estos años —añadió riéndose entre dientes.
—Pues va a ser todo un placer conocer a la señorita.
—Valle… —vi que no se atrevía a decirme algo.
—Habla claro, Susana.
—No te ofendas, ¿vale? Yo no pienso así, pero te aviso que, por ser un poco diferente —dijo mirándome de arriba abajo—, se va a meter contigo sin motivo, solo por diversión.
—No me ofendo, sé de sobra cómo soy y te aseguro que no será ni la primera ni la última que me dirá cosas ofensivas por no cumplir con lo que ellos consideran lo normal y salirme de los cánones que todos al parecer tenemos que tener y que yo no tengo ni por asomo.
—Pues en eso está lo bueno de las personas, en ser diferentes. O eso es lo que yo pienso. Si todos fuéramos iguales, esta vida sería muy aburrida.
—Eso dice también mi hermana.
—Y tiene razón. Todos tenemos algo especial. Tus ojos por ejemplo son maravillosos.
—Me gustan mis ojos —dije sincera.
—Y a mí y no es lo único. Tienes unas tetas que ya las quisiera yo para mí joder. Estoy plana como una tabla. A los tíos les gusta tocar bien, tienes mucha suerte.
Tuve que contener la risa.
Que narices les habían entrado a todos ese día con mis tetas, me pregunté pensando que al final yo que llevaba toda la vida acomplejada por su tamaño al final iba a ser lo que mejor tenía y hasta me acabarían gustando.
—El otro día tú me hiciste un favor hoy me ofrezco a devolvértelo. Yo ya estoy acostumbrada a sus pullas ¿Quieres que les atienda yo?
Joder me pareció un gesto precioso por su parte que se ofreciera a atender ella la mesa donde estaba la destructora aun sabiendo que se metería con ella para protegerme.
Pero sí quería hacerme fuerte no podía esconderme detrás de otros aun sabiendo que me iban a atacar. Tenía que enfrentarme a las cosas y luchar porque nadie me amedrentara.
—Te lo agradezco, pero no es necesario. Yo juego con una ventaja que ella no tiene,
—¿Cuál?
—Que yo espero lo que va a hacer, pero ella no espera como voy a responder. Y desde ya te digo que no será agachando la cabeza.
—¿Estás segura? —me preguntó preocupada.
Preocupada…
En los ojos de Susana pude ver la misma preocupación que había visto en los de mi hermana un rato antes en el vestuario y eso me cabreó.
No cabrearme con ellas claro, si no con la situación.
Porque no quería que pensaran que era débil, que era tan vulnerable que a la mínima me harían daño ni que me vieran como una pobre damisela a la que hay que proteger.
Porque no joder…
Porque yo era la que por ser la mayor tenía que proteger a mi hermana como llevaba haciendo ocho años y no al revés, como tampoco quería y no orgullo que mis compañeros me hicieran de escudo.
Tenía que ser tan fuerte emocionalmente como lo había sido todos esos años físicamente trabajando de sol a sol.
Y lo iba a ser, vaya que lo iba a ser y ninguna Cayetana ni nadie me lo iba a impedir decidí en ese momento mientras cogía la maquinita de los pedidos para tomar las comandas y alzaba la cabeza.
—Estoy segura —contesté a la vez que daba un paso y luego otro hasta llegar a la mesa.
—¿Ya sabéis lo que queréis o espero un poco?
Estaba justo detrás de Cayetana que no me había visto llegar.
—¿Y tú quién eres?
Anda mira, pero si los hermanos la primera frase que me dirigían era la misma, pues no parecía que estaban cortados por el mismo patrón, pensé mientras ponía los ojos en blanco.
—Soy la camarera que os atenderá esta noche.
—¿Y quién ha permitido que alguien como tú con ese aspecto trabaje aquí? No entienden que nos puede sentar mal la comida al verte.
Hija de puta…
—Pues eso tiene fácil solución. Mira el plato y no a mí, y si no te puedes resistir y te sienta mal, luego te traigo una infusión y asunto resuelto.
Hubo distintas reacciones hasta mi respuesta.
Leandro asintió sonriendo como diciéndome «bien contestado». Teresa y Fernando negaron con la cabeza, disgustados por las palabras de su hija, y Alonso me miraba muy serio y no sabría decir si le había parecido bien o mal mi respuesta.
—Además de fea y gorda, eres una descarada sin educación.
Leandro apretó los puños y vi que se inclinó en la mesa para decirle algo, pero con un solo gesto de ojos le hice frenar pidiéndole que me dejara a mí.
Teresa y Fernando iban a hacer lo mismo, pero al ver mi gesto a Leandro, se callaron también.
—Puede que en lo primero tengas razón; eso no te lo voy a discutir porque me miro todos los días en el espejo.
Pero en lo segundo ya te digo que estás equivocada.
Tengo mucha más educación que tú dormida.
Pero no tengo ni tiempo ni ganas de explicártelo porque de todas formas no creo posible que llegaras a entenderlo.
—Pienso presentar una queja para que te echen.
—Eres libre de hacerlo, por supuesto.
—Lo haré.
—Perfecto. Pero hoy, si quieres cenar, tendrás que pedirme a mí la cena o largarte a otro sitio.
Me atravesó con la mirada.
—¿Cuál es tu nombre?
—No necesitas saber eso para pedir.
—Quiero saberlo igual. Para poner la queja.
Vi cómo Alonso estaba disfrutando de mi duelo verbal con su hermana, pensando que acabaría agachando la cabeza ante su amenaza para que me echaran. Pero estaba totalmente equivocado. ¿Me echarían? Puede. Pero no cedería a las exigencias de nadie.
—Cayetana, es más que suficiente. Puedes comportarte por una vez y dejarla en paz. Está trabajando; no tiene por qué aguantar tus impertinencias —le dijo Fernando, muy enfadado.
La muy idiota soltó un jadeo, llevándose las manos al pecho, exagerando mucho como si estuviera ofendidísima.
—¿Te pones de su parte?
—Tu padre no se pone de parte de nadie. Más que nada porque aquí no hay partes en las que posicionarse. Cállate ya o vete —dijo Teresa con mucha autoridad.
Se hizo el silencio durante unos segundos. Uno muy incómodo, tenso, hostil incluso. Hasta que fue Leandro el que lo rompió pidiéndome el plato que quería para cenar. Los demás lo siguieron siendo Cayetana la última en pedir mientras me fulminaba con la mirada.
Después de ese encontronazo el ambiente pareció relajarse.
Yo seguí sirviendo no solo su mesa si no todas las demás. Susana me preguntó con la mirada si estaba bien un par de veces el resto del tiempo, ya que nada más llegar le conté lo que había pasado, yo asentí todas las ellas sonriendo para que viera que estaba bien.
Y sorprendente no mentí. Estaba bien. No me afectó lo más mínimo lo que Cayetana me había dicho y pude seguir trabajando sin sentirme mal.