Capítulo 14
La jornada de trabajo en el restaurante empezó como cualquier otra, bromeando de bobadas sin sentido con mis compañeros. Ese día me tocó otra vez compartir espacio con Susana.
En los días que habíamos coincidido nos habíamos vuelto más cercanas, no amigas, pero sí que buenas compañeras que comparten complicidad y miradas con las que nos entendíamos a la primera.
Días atrás me había contado su encuentro sin que yo le preguntara con Alonso.
Me dijo que no había sido la única chica del personal del club con la que se había acostado, aunque no era lo habitual.
Aunque claro según me confesó, ella había sido la que lo había buscado a él y no al revés, insinuándose de forma descarada hasta que un día en una fiesta que había habido en la discoteca y en la que Alonso tenía dos copas de más al final había conseguido acabar en su cama.
Mientras me lo contaba no la vi muy afectada como estaba el día que nos conocimos, bueno, aunque afectada ese día no sería la mejor manera de describir su estado, más bien cabreada.
Cabreada por cómo se había dado todo.
Había ido con Alonso a un apartamento, que no a su casa, que debía de tener para llevar a sus conquistas y después de echar un polvo que según ella no había sido muy memorable por el estado en el que él estaba le pidió un taxi y le dijo que se largara.
¿Muy mal por la parte de Alonso? pues sí, a nadie le gustaría que le hicieran tal cosa y sentirse usado.
Pero Susana sabía, conociendo su fama de antemano, como era y lo que podía pasar. Así que no debería haber esperado, desayuno, flores o una petición de cita que sabía que era imposible que llegara.
Al terminar de contármelo me dijo que pasaba de su culo y que un hombre como él no merecía la pena nada más que para pasar un buen rato.
Al escucharle decir eso me pregunte quien de verdad usaba a quien. Si Alonso a ellas para pasar un buen rato o ellas a él para luego poder decir que eran una de tantas que habían tenido la suerte de que se fijara en ellas y habían pasado por su cama.
Llegué a la conclusión tras pensarlo más de lo que estaría dispuesta a reconocer que había más de lo segundo que de lo primero.
Y en cierto modo me daba pena, tanto él como ellas.
Porque pensé que, si entre todas esas mujeres había una que no estuviera interesada en él por su fama, su dinero y por quien era si no en él, en Alonso, solo el hombre, no se arriesgaría a acercarse a él sabiendo cual iba a ser su reacción.
Y en cuanto a él, pues podía pasarle algo parecido. Sí de todas esas mujeres con las que se iba había una por la que podía sentir algo más que atracción y deseo no dejaría que eso fuera a más, porque nunca podría estar seguro de cuál sería el interés real de ella.
Eso no era algo único en el caso de Alonso ya que entre los ricos solían pasar muchas veces esas cosas.
Entre ese círculo suyo la mayoría, que no todos y Fernando y Teresa eran un claro ejemplo de que podía haber excepciones, se movían por el interés y se formaban parejas que solo estaban con la otra persona por la cantidad de ceros que tenía en su cuenta bancaria, la posición que ocupaba o el interés mediático que despertaba.
Hipocresía.
Eso era la mayoría de las veces lo que había entre ellos. Y no solo en las parejas si no, también entre los amigos o incluso entre la familia.
A casi todos les movía el dinero, el interés y la ambición.
Mientras entre las dos servíamos las mesas como si fuéramos fantasmas dentro del restaurante que era donde estábamos, aunque de momento había poca afluencia, cosa que cambiaría en breve, Susana me iba contando cotilleos de los que estaban sentados.
Cotilleos que a mí me importaban lo más mínimo, pero con los que ella parecía disfrutar y yo la dejaba hacer.
El típico hombre adinerado que estaba cenando con su secretaria mientras su mujer y sus hijos pequeños estaban en casa.
La mujer que estaba sentada con su marido, pero miraba de reojo a una mesa más alejada donde estaba su amante.
El matrimonio que fingía estar super enamorado, siendo todo pura fachada de cara a la galería, aunque todo el personal sabía que se llevaban a matar por las discusiones que habían presenciado entre ellos en lugares apartados cuando pensaban que nadie los veía.
La típica niña pija que estaba embarazada y se rumoreaba que el hijo que esperaba no era de su novio si no del padre de este con el que estaba liada en secreto.
Todas historias para no dormir. Todo cotilleos o especulaciones que divertían a muchos sin pensar al hablar de ello el daño que podían hacer.
Yo en los días que había trabajo y mirar que eran poco había oído o presenciado escenas que eran para alucinar y me había enterado de bastantes cosas.
Pero esas cosas se quedarían para mí y no las compartiría con nadie.
Como buena profesional que era y que yo me consideraba, todo lo que veía, oía o percibía se quedaba guardado en mí.
El cotilleo no iba conmigo, ni el hablar de los problemas de los demás ni el disfrutar con el mal ajeno. Sabía porque lo había vivido en mis propias carnes lo dañino que podía ser que la gente hablara de ti a tus espaldas o a la cara muchas veces.
Por eso era de las que pensaban que lo que no quieres para ti no lo quieras para nadie.
Mientras pensaba todo eso fui a por la última comanda que había pedido. La puse en la bandeja y me fui a llevársela a la pareja que la esperaba. Que eran un futbolista famoso y su novia de turno.
Me acerqué y les puse los platos mientras ellos seguían con su conversación como si yo no estuviera allí.
—Gracias —dijeron a la vez.
—Que aproveche. Sí desean algo más háganmelo saber.
Asintieron y yo me retiré.
Me giré al ver por el rabillo del ojo como entraban dos personas más en el restaurante y al ver quiénes eran mi sonrisa se amplió.
Me acerqué a ellos para acompañarlos a una mesa como hacía con todos los que entraban y al verme me sonrieron con cariño.
—Buenas noches pareja.
—Buenas noches, Valle, que bien que hoy te toqué aquí.
—Primero aquí y luego en la zona de relax, si pasáis luego por allí también nos veremos.
—Eso teníamos pensado, cenar y tomar algo tranquilos.
—Pues vamos allá ¿Queréis alguna mesa en especial u os da lo mismo?
—Una mesa para cinco. Mis hijos y mi sobrino nos acompañarán en la cena. Ahora mismo vienen, se han parado a saludar a unos conocidos —dijo Fernando mientras yo tragaba saliva.
Mierda y más mierda… la noche se acaba de poner de lo más interesante como diría mi hermana.
—Yo ya estoy aquí —dijo Leandro que acaba de aparecer como si fuera un ninja por detrás de sus tíos.
—Buenas noches, señor.
—Por Dios, no me llames señor, llámame Leandro.
—Es nuestro sobrino —dijo Teresa.
—Lo sé, ya nos hemos visto una vez.
—Ella es Valle. ¿Lo sabes? La mejor camarera del club y la más simpática también.
—Así que Valle, ¿eh? Bonito nombre —dijo, contestando a su tía, a la vez que me guiñaba un ojo.
Le sonreí mientras negaba con la cabeza, sabiendo que ese guiño de ojo no fue un simple gesto sino una manera silenciosa de decirme que menuda la había liado mi nombre al negarme a decírselo a su primo.
—¿Queréis sentaros ya o esperáis a los demás?
—Nos vamos sentando, no creo que tarden.
—Entonces, acompañarme.
Los tres me siguieron hasta una mesa que estaba al lado de la cristalera de cinco comensales que tenía una de las mejores vistas al puerto. Esa fue la que elegí para ellos pensando que les gustaría.
—Mi primo no te dejará en paz hasta conseguir lo que quiere —me susurró Leandro sin que sus tíos se dieran cuenta, ya que estaban hablando entre ellos mientras se sentaban.
—No tardará mucho en saberlo, tú acabas de enterarte sin ni siquiera preguntar.
—Pero a él no le valdrá que alguien se lo diga. Es cabezota y orgulloso, quiere oírlo de tu boca.
—Pues como sabrás, porque estoy segura de que ya sabes que hemos tenido unas palabritas hace un rato en el aparcamiento, ya se puede quedar sentado porque de pie se va a cansar de esperar a que ceda.
—Me encantas. Mi primo necesitaba a alguien como tú que le pusiera un poco en su sitio. Que le quiero mucho, pero su arrogancia le pierde.
—Pues poner en su sitio a gilipollas es mi especialidad.
—Y yo que lo vea, por favor —dijo riéndose entre dientes.
—Intentaré complacerte. Me caes bien, Leandro.
Un carraspeo a nuestra espalda hizo que nuestra conversación se cortara de golpe. Los dos giramos la cabeza y vimos que muy cerca nuestro estaba Alonso, como también vimos que su mirada estaba oscurecida por el enfado evidente que tenía en sus ojos.
Que al menos yo no tenía ni idea de a cuenta de qué venía.
Rodeó la mesa y, sin decir ni hola a nadie, se sentó en una de las sillas al lado de su padre.
—Bueno, pues esto cada vez se pone más interesante.
—¿Qué quieres decir?
—Que le ha jodido muchísimo que a mí me hables bien y que me hayas dicho que intentarás complacerme. Le conozco bien y sé que ha oído tu última frase.
—Te hablo bien porque tú también lo has hecho. Él ha sido un borde conmigo desde el minuto uno. No puede exigir o pedir algo que él no da.
—Y debería ser así. Pero Alonso no está acostumbrado a que alguien no quiera complacerlo, sea en lo que sea.
—Pues para todo hay una primera vez.
—Y me alegro de que así sea. Pero Valle, ten cuidado, si se cabrea demasiado puede hacerte daño y la bicho de mi prima mucho más.
—Ya me han advertido de ella.
—Pues lo que te hayan dicho, que no puede ser nada bueno, multiplícalo por mil, no es buena persona. Es tóxica.
Eso me sorprendió mucho porque no me esperaba que, sin conocerme de nada, Leandro me advirtiera sobre su prima y me pidiera que tuviera cuidado con ella.
—No parece que sea santo de tu devoción.
—No lo es. No nos llevamos bien y lo comprobarás cuando nos sirvas la cena.
Levanté una ceja cada vez más sorprendida.
—Si quieres, un día podemos quedar y te cuento algunas cosas.
—No sé… yo soy…
Iba a decirle que era una camarera y que no sería muy normal quedar con él.
—Me caes bien, Valle, y creo que, si tú quieres, podemos ser buenos amigos, solo amigos —recalcó—. Yo no juzgo a las personas ni me junto con ellas por el dinero que tengan, y he visto eso mismo en tus ojos. Los amigos en nuestro mundo no abundan.
Dijo lo de los amigos con tanta tristeza que me despertó una ternura y se me encogió el estómago pensando que en ese mundo tendrían mucho dinero, pero les faltaban muchas cosas, algunas veces por la soledad que sentían al no poder confiar en alguien al cien por cien.
—Yo no tengo ninguno y me gustaría que tú lo fueras.
Su mirada se iluminó ante mi respuesta y asintió complacido.