¡Niño pijo, me pones de los nervios! Capítulo 12
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Capítulo 12

Los últimos minutos en el autobús hablamos de lo mucho que le gustaba a Tania su puesto en la cocina al lado de Sergio, dejando atrás el otro que como le había pedido no quería volver a tocar.

Mi hermana estaba encantada en la cocina y me dijo que los días que había ido Sergio no la había tratado como una ayudante, como hacen en otros sitios y te ponen a pelar patatas o a hacer cosas fáciles como montar platos.

La trataba como una igual y le dejaba opinar e incluso hacer cosas por su cuenta.

Aunque lo que más había hecho había sido preparar los postres, que eran su especialidad, todo le quedaba bueno y por eso Sergio la felicitó por lo creativos y buenos que estaban.

El restaurante del club tenía una carta fija, pero también cada día ofrecía platos del día especiales que no repetían muy a menudo.

Me alegraba mucho por ella. Solo con ver lo feliz que era entre los fogones del club ya me hacía feliz a mí.

Bajamos del autobús y nada más pisar la entrada del club donde los aparcacoches estaban a tope de trabajo a esas horas donde los socios venían para tomarse primero un vino tranquilos antes de cenar, tuve la misma sensación que todos los días anteriores.

Que estaba fuera de lugar.

Esa sensación, al parecer, me iba a acompañar todo el tiempo que fuera allí a trabajar, ya fuera mucho o poco.

Caminamos por un lateral para bordear los coches mientras seguíamos hablando. Pero de repente Tania se calló y me dio un codazo en las costillas.

—¿Qué haces? Me has hecho daño, coño.

—Te está mirando o vigilando; no lo tengo claro.

—¿Qué dices? —Pregunté sin entender.

—Tres coches más adelante está el príncipe apoyado en el capó sin quitarte la vista de encima.

Eso no podía ser posible, pensé. Mi hermana tenía que estar equivocada. Seguro que estaba ahí apoyado esperando su turno para el aparcacoches o esperando a alguien y había dado la casualidad de que había mirado un momento hacia donde estábamos.

Pero como mi hermana era una peliculera de aúpa, después de lo que le había contado ya se estaba montando un berenjenal en la cabeza que ni para una película.

—Tú alucinas. Estará mirando a alguien o esperando que le aparquen el coche. ¿Por qué coño va a mirarme a mí? Ya ves, no hay gente aquí que, a mí, precisamente a mí me va a mirar.

—Ni alucino ni está mirando a nadie. Te mira a ti. No separa la vista de nosotras.

No me atreví a levantar la vista porque no quería saber si era cierto. No quería ni siquiera pensar que fuera verdad, mucho menos verlo. Si no le veía, no sería real, pensé mientras seguía andando al lado de mi hermana.

—Pues te mirará a ti.

Tania soltó una risita baja.

—Por supuesto que sí. Porque nos conocemos de toda la vida y me está esperando para invitarme a cenar, no te jode.

—Estás equivocada, Tania.

Y de verdad esperaba que lo estuviera porque solo con pensarlo me estaba poniendo de los nervios.

—No lo estoy.

Nos callamos porque ya estábamos cerca de donde se suponía que estaba Alonso, porque por desgracia no podíamos darnos la vuelta e ir por otro camino, si no de verdad que lo hubiera hecho. Pero ese era el único camino que llevaba a la puerta del personal por donde ambas entrábamos a trabajar.

Mis intenciones eran pasar por su lado sin mirarle. Hacer como que no estaba allí. Fingir que no sabía que estaba allí o que no le había visto. Y realmente no le había visto, pero si mi hermana decía que estaba allí, estaba segura de que no mentía.

Pero se quedaron en eso, en intenciones, porque al llegar a su altura, con esa voz ronca que tenía, habló con un tono demasiado serio.

—¿Hoy vas a decirme tu nombre, pelirroja?

Tania soltó un jadeo muy bajo que solo yo oí. Y yo… pues yo me paré en seco y no me quedó más remedio que mirarle porque todos sabíamos que al decir eso de pelirroja se estaba refiriendo a mí.

—No. Y si esperas que lo haga, ya te puedes quedar sentado toda la noche porque de pie te vas a cansar.

Segundo jadeo de mi hermana al oírme contestarle así.

El muy cabrón no hizo lo que yo esperaba y eso me sorprendió muchísimo. Yo esperaba que frunciera el ceño, que me mirara mal, que me fulminara con la mirada como el día que nos conocimos.

Sin embargo, sonrió.

Pero no una sonrisa cualquiera. Una sonrisa de medio lado que hizo que me quedara hasta sin respiración unos segundos. Porque joder que sonrisa más bonita tenía el muy capullo.

Ahí entendí eso que me habían dicho que muchísimas mujeres suspiraban a su paso y que estaban ansiosas porque las prestara atención.

Porque solo con esa sonrisa era capaz de conquistar corazones, mojar bragas y provocar hasta infartos. Esa sonrisa tenía mucho peligro y había que alejarse de ella y de su dueño, pero a la velocidad de la luz, me dije mientras cogía aire para llenar mis pulmones.

—Es justo, si vamos a estar en guerra, que los dos conozcamos nuestros nombres. Tú sabes el mío; yo tengo que saber el tuyo.

—Yo no estoy ni quiero estar en guerra contigo.

—Demasiado tarde, pelirroja. Eso deberías haberlo pensado antes. Nadie le habla al príncipe como tú lo hiciste el otro día.

Tercer jadeo de Tania, esta vez acompañado de un tirón de mi brazo para que nos fuéramos de allí. Pero no me moví; el niño pijo me estaba poniendo de los nervios.

—Yo no te hablé de ninguna manera que no merecieras.

—Me faltaste el respeto.

—Eso no es cierto y lo sabes. Lo único que hice fue no contestar a tu pregunta. Que estaba en todo mi derecho de hacerlo, por cierto. Y que sepas que el respeto se gana, no se impone ni se exige.

—Yo no exijo nada —dijo cabreado —y todo el mundo me respeta.

—Como te dije el otro día, yo no soy como todo el mundo. ¿Quieres mi respeto? Gánatelo. Porque yo no se le doy a la gente que no lo merece y que no me da el suyo.

Hice una pausa mientras nos mediamos con la mirada. Allí estábamos los dos como si el mundo a nuestro alrededor hubiera desaparecido. En ese momento no oía ni veía nada.

Solo le veía a él; ni siquiera el coche en el que estaba apoyado estaba en mi visión, solo él. Solo a Alonso.

Como tampoco oía nada, ni los cláxones sonando, ni el murmullo de la gente que entraba al club, ni la respiración de mi hermana que estaba pegada a mí. Solo podía oír el retumbar de mi corazón contra mi pecho.

Corazón que había empezado a ir a toda velocidad cuando nuestras miradas, mientras hablábamos, se habían enganchado, siendo ninguno de los dos capaces de retirarlas.

Fue Tania la que, tirando de mi brazo, me hizo moverme y, al hacerlo, el contacto visual se rompió, al igual que lo hizo el momento que estamos teniendo.

Momento que no sabría explicar con palabras como había sido, raro esa podía la mejor forma de definirlo.

Tani tiró más de mi brazo y, movida por inercia, di los tres pasos que necesitaba para rebasarle y sacarle de mi campo de visión.

—Esto no se acaba aquí, pelirroja.

Bien lo sabía yo que eso no iba a quedarse ahí. En sus ojos vi que realmente íbamos a estar en guerra y que vendría batalla tras batalla.

Pero lejos de venirme abajo, achantarme o retirarme como hubiera hecho cualquier persona sensata sabiendo quién era el oponente y el poder que tenía en la ciudad, yo no lo haría.

No era de las que se rendían. Era de las que luchaba, de las que, si las hacían caer, se levantaba y de las que, ante las adversidades, como pasó cuando murió mi madre, lejos de hundirme, yo me venía más arriba y seguía, herida, pero seguía.

Así que, si Alondo Sotomayor me había declarado la guerra o yo a él, eso estaba por ver. Pues que ganara el mejor, porque retirarme ni de coña lo haría.

Tania no habló hasta que no cruzamos la puerta de personal. No sabría decir si era porque estaba en shock, asimilando la batalla verbal que había presenciado, o porque no se atrevía a hacerlo fuera.

—Valle…

—Dime.

—¿Qué ha sido eso?

—¿El que?

Sabía de sobra a lo que se estaba refiriendo y no era precisamente a lo que habíamos hablado Alonso y yo sino precisamente el momento del silencio.

—¿Qué coño ha pasado entre vosotros? Estoy alucinando todavía.

—Que hemos tenido unas palabritas intensas y que al parecer no van a ser las últimas. Ya le has oído: estamos en guerra. ¿Quieres ser mi escudera? —pregunté riéndome para quitarle un poco de hierro al asunto y para que mi hermana olvidara lo que había presenciado.

—Joder… y luego dice que yo soy la que se mete en líos. Pero tú con este solo me vas a superar en todos los que yo me he metido.

Sí, yo también pensé que me acababa de meter en el mayor lío de mi vida; lo que no sabía en ese momento era cuán grande iba a ser.