¡Niño pijo, me pones de los nervios! Capítulo 11
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Capítulo 11

Hacía una semana completa desde que había empezado a trabajar en el club, y, quitando el encontronazo con Alonso Sotomayor, o el príncipe de Puerto Banús, como le llamaban allí, lo demás había ido perfectamente.

Mis compañeros eran todos muy amables y, con los que había compartido turno, que habían sido varios, aparte de Susana y Darío, con los que también coincidí más veces, me habían ofrecido su ayuda si me perdía o no entendía algo.

Eso no pasó.

En esa semana, quitando el jueves, que no había ido porque me tocó descansar el resto del día, había ya pasado por todas las zonas menos por la de la discoteca.

Y en todas había estado muy a gusto y había cogido el funcionamiento al vuelo, que, siendo sincera, tampoco era nada complicado.

Memorizar los pedidos en la zona de relax o en la piscina y servirlos. Aunque si querías ni eso tenías que hacerlo porque había la opción de coger un aparato que era como un móvil apuntarlo ahí y al camarero de barra le salía apuntado en una pantalla que tenía.

Pero yo era de la vieja escuela y, exceptuando en el restaurante, donde sí que todos trabajaban así para agilizar más la cocina, en los otros sitios prefería hacerlo de cabeza, como lo había hecho siempre.

En las tres zonas había estado bien. No había tenido problemas con nadie y el trabajo no era excesivamente cansado, o sí para otras personas, pero no para mí porque estaba acostumbrada a ello.

Esa semana que había pasado, ya que era sábado, había tenido la suerte de no haber visto ni un solo día a Alonso y estaba tan a gusto con eso.

No solo porque no tenía ganas de tener problemas en el trabajo, sino también porque era lo mejor para mi salud mental.

Sí, era lo mejor, porque muchas veces, cuando cerraba los ojos, sobre todo a la hora de irme a dormir, en mi mente, sin pedir permiso, aparecían sus ojos azules mirándome como si quisieran volverme loca.

Y no lo reconocería en voz alta ni en mil vidas ni a nadie tampoco, pero había pensado en esos ojos y también en su dueño en esos días más veces de las recomendables y de las que debería.

—Valle, ¿estás lista? Como no salgamos, ya perderemos el autobús.

—Sí, ya estoy —dije, cogiendo mi bolso de encima de la mesa de la cocina.

Los días anteriores había ido yo sola, ya que, como sabéis, Tania solo trabajaba los viernes, sábados y domingos. El día anterior yo tuve turno de tarde así que cuando yo salía ella entraba

Nuestros turnos eran muy distintos. Ella entraba de doce a tres y luego volvía de ocho a once.

Y los de los camareros eran de ocho a dos, de dos a ocho en el turno de tarde y de ocho a dos de la mañana en el de noche.

Si ibas a hacer el de la discoteca, era de diez a cuatro y de ese te avisaban con tiempo, el día antes, pero yo, como le había pedido expresamente a Dani que no estuviera ahí, me lo había concedido.

Eso sí, me había dicho que lo mismo, algún día, si había alguna fiesta especial, me necesitaría, ya que en la barra también era rápida y me manejaba casi igual de bien poniendo copas como llevándolas. Le dije que sin problemas.

Esos días había estado entre semana en el turno de tarde y, como habíamos quedado, los viernes y el finde los haría en el de noche.

Bajamos a la calle y nos fuimos directamente a la parada del autobús.

—¿Qué te ha dicho el jefe de las limpiezas cuando te ha llamado?

Me había llamado justo cuando Tania estaba entrando en la ducha; por eso, todavía no había podido contárselo.

—Hoy ha sido mi último día.

—¿En serio?

—Sí. Me ha dicho que ya no puede seguir así. Que lo siente mucho, pero que, además de perder dinero, está harto y cierra la empresa para jubilarse.

—Joder. ¿Estás bien con eso?

—Sí, no es algo que me haya pillado de nuevas; ya me lo veía venir.

—Bueno, al menos ahora tienes el trabajo en el club.

—Sí.

—No lo dices muy convencida. ¿Estás mal allí? ¿Has tenido problemas con alguien? —Me preguntó preocupada.

—Estoy bien, Tania. Hasta estoy sorprendida por lo a gusto que estoy. Los compañeros son geniales y casi toda la gente va a su bola; ni siquiera saben que existo y eso me gusta.

Frunció el ceño y se me quedó mirando de rara mientras subíamos al autobús.

—Has dicho casi.

—¿Qué?

—Que has dicho casi ¿Con quién has tenido problemas? Y no me mientas; solo tengo que preguntar y alguien de allí me lo contará a los cinco minutos de llegar. Eso es como un patio de marujas; el cotilleo entre el personal sobre los socios es su modo de vida.

No le había contado a mi hermana el encontronazo con Alonso si es que podía considerarse así. Más bien había sido una conversación absurda en la que él exigió y yo no cedí.

Pero lo que acababa de decir era la triste realidad: allí el cotilleo primaba más que cualquier otra cosa.

Así que decidí contárselo por encima para que no me calentara la cabeza con el tema.

En cinco minutos le conté la conversación que habíamos tenido, la exigencia de saber mi nombre y cómo había sido la despedida, muy tensa, cuando me agarró del brazo.

—¿Y quién es el pobre diablo al que le has hecho la cruz y has declarado tu enemigo?

—Yo no he hecho tal cosa. Paso de él. Además, no creo que volvamos a cruzar palabra; no le he vuelto a ver por el club y, si le veo, lo mismo ni se acuerda de mí.

—Eso lo veo difícil; tu lengua afilada deja huella, hermanita. Venga, dime quién es. ¿O no sabes su nombre?

—Sí, lo sé. Darío me lo dijo. Es Alonso Sotomayor.

Al oír su nombre, a Tania se le descolgó la mandíbula y se le salieron los ojos de las órbitas.

—No me jodas ¿en serio estás en guerra con el príncipe de Puerto Banús?

—¿Sabes quién es?

—¿Cómo no voy a saberlo? Eso lo sabe todo Marbella. Es el soltero de oro. Y qué soltero… está buenísimo.

Lo estaba, lo estaba; eso nadie podía ponerlo en duda. Pero todo lo que tenía de guapo lo tenía de gilipollas.

—Será guapo; eso no te lo discuto. Pero cuando abre la boca, lo jode todo por lo borde, arrogante y gilipollas que es.

—Muchas matarían porque les preguntara su nombre, y tú, con dos ovarios, te negaste a dárselo; era la hostia, Valle. Al hacer eso, le has cabreado y dicen que tiene muy mala leche cuando se enfada, te has puesto en su punto de mira.

De puta madre pensé cuando mi hermana me dijo eso. Tener un enemigo en esos momentos de mi vida era lo que necesitaba para no aburrirme, vamos.

—Pues que se vaya a marear a otras y a mí que me deje en paz.

Tania soltó una risita.

—Me hubiera encantado ver su cara cuando le dejaste allí con dos palmos de narices.

—Pues, cara de tonto cabreado, así se quedó. Eso sí, a su primo le debió de parecer muy divertida la situación, porque bien que se estuvo riendo.

—Leandro Sotomayor, por lo que dicen, no se parece en nada al príncipe. Es divertido y menos picaflor.

—También es guapo y sí que me pareció simpático. Pero vamos, que al lado de su primo hasta una piedra lo es. Porque vaya sieso el tío, creo que no sabe ni sonreír, ahora, fruncir el ceño se le da de maravilla.

—Pues espera a conocer a la princesita, es más mala que un dolor de muelas, o eso dicen.

—Darío y Susana dicen que es un bicho.

—Y debe de serlo, esa contra más lejos, mejor.

—Los que son majísimos son Teresa y Fernando. No tienen nada que ver con su hijo, me trataron fenomenal y no quisieron que les tratara de usted. Además, conocen a Dani y parece que se llevan bien con él.

—¿También los has conocido? —Me preguntó, alucinada.

En un par de minutos le expliqué cómo los había conocido y lo que había hablado con ellos.

—La gente habla muy bien de ellos y los respetan.

—Se hacen respetar por cómo tratan a la gente. El respeto se gana, no se exige ni se pide y estoy segura de que ellos se lo han ganado.

—Fernando tiene una de las fortunas más elevadas de Marbella; montó su empresa siendo un crio y la levantó de la nada. Ha trabajado como el que más para tener todo lo que tiene. Y Teresa siempre ha estado a su lado apoyándole en todo.

La leche con la niña, pues sí que estaba enterada de la vida de la gente, pensé mientras miraba por la ventanilla viendo cómo ya nos quedaban apenas cinco minutos para llegar.

—¿Y tú cómo sabes tanto de esa familia?

—Hija, es vox populi en Marbella, se habla de ellos por todos los sitios. Lo raro es que tú no hayas oído hablar de ellos.

—Sabes que yo paso de los cotilleos, de los famosos y de los pijos ricos.

Tania sonrió de medio lado. Esa sonrisa pilla que ponía cuando iba a soltar algo con la boca que me iba a dejar temblando.

—Puede que si te digo cuál es su negocio quizás sepas quiénes son.

—Lo dudo mucho, si no sabía sus nombres, fíjate lo que me puede interesar a mí con lo que hayan amasado su fortuna.

—El príncipe es el que heredará la cadena de joyerías Fertesa —dijo mirándome como si me dijera: ¿Cómo te quedas hermosa?

—No me jodas ¿Dime que estás bromeando? Dime que ese gilipollas no será el dueño de las joyerías con las piezas que llevo admirando toda la vida.

Porque así era. Esas joyerías tenían unas piezas que eran auténticas obras de arte. Piezas que, por lo que sabía, diseñaba la mujer del dueño. En este caso, Teresa, cosa de la que me estaba enterando en esos momentos.

Y qué manos tenía esa mujer para el diseño, Dios mío. Para ponérselas en un museo.

Las horas que me había pasado yo admirando sus creaciones, no lo podía imaginar nadie.

Mirando el escaparate de algunas de sus tiendas o por Internet en su página web donde tenían fotos preciosas puestas de cosas exclusivas que habían hecho para alguien sin decir para quién o catálogos de la línea que sacaban.

Fertesa … me quedé unos segundos pensando en el nombre y vi claramente por qué se lo habían puesto. Era un juego de palabras con el nombre del matrimonio.

—No bromeo, Valle. Fernando y Teresa Sotomayor son los dueños de esa cadena de joyerías; por consiguiente, sus hijos son sus herederos y los que se quedarán con el negocio cuando ellos se retiren.

Nunca me había preocupado por saber quiénes eran los dueños o cómo se llamaba su diseñadora.

Un poco por envidia de que ellos hubieran cumplido parte de mi sueño y otro poco porque no conseguía nada con saberlo y, como he dicho, no solo con ellos, sino con cualquiera que tuviera dinero en nuestra ciudad, pasaba de saber nada de sus vidas.

—Estupendo, simplemente estupendo —le dije a Tania poniendo los ojos en blanco.

—Puede que si le enseñaras tus diseños a Teresa…

La corté en el acto porque eso sí que no iba a pasar de ninguna de las maneras. Mi sueño se quedó en eso, en un sueño, y yo ya lo había aceptado.

—No. Y no quiero hablar nunca más de esto —dije tajante.