Capítulo 10
Como había dicho que haría, fui a la mesa de Fernando y Teresa a dejar sus consumiciones y crucé un par de frases con ellos, quedando en volver más tarde por si querían tomar algo más.
Crucé todo el espacio para llegar hasta la mesa del hijo y el sobrino de los Sotomayor.
Mientras lo hacía, pude fijarme mejor en cómo eran los dos hombres que estaban sentados allí, de los cuales aún no sabía quién era el hijo y quién el sobrino, aunque al fijarme bien lo supe enseguida.
El primero en el que me fijé fue el que era rubio. Era alto. Aun estando sentado en la silla, eso se sabía. Tenía el pelo perfectamente peinado, pero sin gomina, sino de forma natural. Tenía los ojos negros y muy vivos y una mirada traviesa que auguraba problemas.
Bien lo sabía yo, porque era muy parecida a la de Tania.
Dirigí la mirada hacia el otro hombre y por un momento me quedé sin respiración. Era guapo. Pero guapo de forma insultante, de esos que con su sola presencia imponían y hacían que las mujeres babearan.
No me extrañaba nada lo que había dicho Darío; con esa presencia y esa cara tenía a todas las mujeres y seguro que a algunos hombres derretidos al verlo.
Tenía el pelo negro, al igual que su barba. Llevaba de esas que algunos hombres se dejan dos o tres días. Eso junto a su mirada le daba un aspecto de cabrón con pintas como decía mi madre de los hombres que solo buscaban una cosa en las mujeres.
Pero sin lugar a dudas, sus ojos eran lo que más destacaba. Eran verdes, verdes como dos esmeraldas; por ese detalle supe que él era Alonso Sotomayor, el hijo de Fernando y Teresa, ya que tenía los mismos ojos que su padre.
El mismo color, más bien porque su mirada no tenía nada que ver con la de su padre.
En la de Fernando había calidez, amabilidad y simpatía.
Y en la de Alonso, la que comprobé, nada más ponerme delante suyo al llegar a la mesa, había frialdad, arrogancia y chulería.
Era la mirada de un niño pijo. De esos a los que yo tenía atragantados.
—Buenas noches, ¿qué desean tomar?
—¿Tú quién eres?
La dureza en su voz y el desprecio con el que habló me hicieron tensarme de inmediato y ponerme alerta.
—La camarera que les atenderá esta noche: ¿Qué desean tomar? —repetí.
El primo que no sabía cómo se llamaba sonrió de medio lado al ver cómo Alonso fruncía el ceño ante mi respuesta.
—¿Por qué no nos atiende Susana?
—Porque les atiendo yo.
—Y, repito, ¿quién eres tú?
Bueno, con lo bien que había empezado la noche, al parecer, estaba a punto de cambiar porque me había cruzado con el primer gilipollas al que iba a tener que ponerle en su sitio.
—¿Y tú?
—¿Perdón?
El primo soltó una risita que ni se molestó en ocultar.
—Insistes en saber mi nombre cuando tú no me has dicho el tuyo. Cuando dos personas se conocen, la primera norma de educación, antes de preguntar al otro quién es, es presentarse.
—Yo no necesito presentación. Aquí todo el mundo sabe quién soy y se saben mi nombre.
Lo dijo de una forma tan arrogante que me dieron ganas de darle, así, según estaba sentado, una colleja en todo el cuello y borrarle esa arrogancia de un plumazo.
—Pues yo soy la excepción de ese mundo. Porque sí sé tu nombre y no porque tú me lo hayas dicho, pero quién eres no y, sinceramente, me da lo mismo. Yo solo vengo, me pides que quieras tomar yo te lo traigo y punto.
—Joder… vaya huevos que tienes guapa —dijo el primo riéndose.
—No, de eso no tengo. Y paciencia y tiempo menos. Así que decidme qué queréis tomar porque tengo más mesas que atender y no puedo estar aquí perdiendo el tiempo.
—Si tú sabes mi nombre, yo quiero saber el tuyo —insistió.
Resoplé.
—No necesitas saberlo. Solo soy una camarera más.
Mi respuesta no le gustó. Lo vi por cómo se le llenaban los ojos de enfado al no salirse con la suya.
Que podía habérselo dicho como había hecho con otros a los que había atendido. Pero no me dio la gana porque no me preguntó; me exigió saberlo y a mí con exigencias no.
El primo al que parecía divertirle la situación se inclinó un poco en la mesa y me miró sonriendo mientras negaba con la cabeza.
No supe por qué, pero la mirada limpia que tenía, que no tenía nada que ver con la de su primo, me gustó y supe que ese hombre me caería bien. El otro, para mí, se había condenado y ya tenía, por mi parte, la cruz hecha al haberme hablado de la manera en que lo había hecho al minuto de conocernos.
—Yo quiero una botella de agua con gas.
—Apuntado.
—¿Y tú?
—Yo quiero saber tu nombre.
Joder mira que se estaba poniendo pesadito el niño pijo, pensé entras cogía aire y contaba hasta tres para no mandarle a la mierda.
—Apuntado también. Enseguida te lo traigo. Te lo pediré con hielo para que esté más fresquito —dije antes de darme la vuelta sin darle opción a réplica.
Pude oír las carcajadas del primo mientras en mi cara se formaba una sonrisa mientras caminaba de vuelta a la barra donde Susana y Darío me esperaban mirándome expectantes.
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué se ríe Leandro como si le hubieras contado el mejor chiste del mundo? —Me preguntó Susana.
Mira, ya sabía también el nombre del primo, Leandro Sotomayor, bonito y elegante.
—Que a mí los niños pijos no me tocan las palmas. Si Alonso es borde, no sabe con quién se ha topado, porque para borde yo.
—¿Qué ha pasado? —Me preguntó Darío, preocupado.
En dos minutos les conté la conversación con los primos.
—Sí que tienes huevos, chica. Leandro tiene razón. Nadie le habla así al príncipe de Puerto Banús y no paga las consecuencias —dijo Susana, negando con la cabeza.
—¿El príncipe de Puerto Banús?
—Así le llaman aquí. Heredará uno de los negocios más productivos de Marbella. No hay mujer que no le persiga para cazarle; es el soltero de oro más codiciado. Ni hombre que no quiera su amistad por interés, claro.
—Le has declarado la guerra. Ahora irá a por ti —añadió Darío.
—Pues que venga. No le tengo miedo. Si el Principito cree que, por tener dinero, puede tratar a la gente como si fueran sus vasallos, con exigencias y queriendo que hagan todo lo que él quiere, conmigo ha dado en hueso. Yo no me arrodillo ante nadie.
Darío soltó una risita.
—Fíjate que creo que al príncipe le hacía falta alguien como tú para que le bajara los humos.
—De momento les llevaré las bebidas y, si necesita una dosis de bajada de humos o una de humildad, también se la serviré con gusto.
Susana se echó a reír, cogió su bandeja, pero antes de irse con sus bebidas se giró para hablarme.
—Valle, gracias por el favor. Yo no tengo tu carácter y, si me dice algo que no me espero, lo mismo me echo a llorar. Y no quiero hacer el ridículo.
—De nada, y tú tranquila, que eso no pasará; si estoy yo, no dejaré que te diga ni media. Yo me encargo de su mesa; quédate tranquila.
Asintió, agradecida, y se fue a seguir trabajando.
—Aquí tienes. Agua con gas para Leandro y un whisky doble con un solo cubito de hielo para Alonso, que es lo que toma siempre.
—Gracias, Darío.
—De nada, guapa. Me encanta que estés aquí. Algo me dice que las cosas con tu llegada van a cambiar y para bien.
Me encogí de hombros sin saber qué contestarle y cogí la bandeja con las bebidas, pero en el último momento cogí del bote que Darío tenía encima de la barra una sombrillita de las que ponía en los cócteles de color verde.
—¿Y eso?
—Una pista de mi nombre. Es verde como los Valles.
Darío soltó una carcajada mientras negaba con la cabeza.
—Esto va a ser la hostia de divertido —oí que decía mientras me iba con la bandeja.
Noté su mirada desde lejos.
Vaya que sí la noté. Desde que empecé a caminar con la bandeja en la mano, vi cómo Alonso tenía la mirada fija clavada en mí. Y no solo me estaba mirando; también estaba midiendo todos mis movimientos.
Pues, si pensaba que por mirarme de esa manera me iba a amedrentar o a hacer que agachara la cabeza, iba listo.
Llegué a la mesa y sonreí de medio lado.
—Un agua con gas y un whisky doble con un solo cubito de hielo, como siempre lo toma el señor, de su marca favorita.
Leandro se echó a reír. Y Alonso frunció el ceño a la vez que me fulminaba con la mirada por la voz listilla que puse.
—Gracias —dijo Leandro.
Me fui a dar la vuelta, pero solo hice el amago y volví a girarme.
Cogí de la bandeja la sombrillita verde que llevaba ya abierta y, sin pensarlo siquiera, se la coloqué dentro de la copa de whisky.
—¿Qué coño haces?
—Pediste mi nombre, pues te dejo esto, que su color puede darte una pista.
Leandro, al ver la cara de enfado de Alonso ante mi gesto, se tuvo que tapar la boca para que todos los que estaban allí no le oyeran reírse.
Me fui a girar para marcharme, pero me lo impidió agarrándome por el brazo. No con fuerza, pero sí con la suficiente como para que no pudiera andar.
Y eso me cabreó por dos motivos.
El primero, porque él no era nadie para tocarme sin mi permiso, por mucho príncipe que se creyera, y segundo, porque, al entrar en contacto, nuestras pieles, algo raro pasó y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, y eso me asustó más que desagradarme.
Me solté de un tirón y se quedó mirándome, un poco descolocado por la manera brusca en que lo hice.
—No vuelvas a tocarme. El último en hacerlo acabó en el suelo llorando. Así que, si no quieres, igual no se te vuelve a ocurrir hacer algo parecido.
A Leandro se le cortó la risa de golpe y Alonso me interrogó con la mirada, preguntándose qué quería decir con eso. Pues iba apañado para que yo le contara nada de mi vida. Él en su sitio y yo en el mío como debía de ser.
—¿No piensas decirme tu nombre?
Qué pesadito con lo del nombre…
—Como te he dicho antes, solo soy una camarera para servirte las copas que quieras; no necesitas saber cómo me llamo.
Vi cómo apretaba los puños, enfadado.
Bien, pues enfádate todo lo que quieras, niño pijo, porque a mí me da igual. Si te vas a coger un berrinche por no salirte con la tuya es tu problema no el mío, pensé antes de darme la vuelta y largarme.