Capítulo 9
Ni quince minutos: eso fue lo que tardé en servir las mesas como si hubiera estado haciendo en ese lugar toda la vida.
Como hacía Susana o había visto a los otros camareros cuando hicimos el recorrido un rato antes, me moví entre ella como si de un fantasma se tratara.
Con sigilo, en completo silencio y deslizándome por el suelo como si en vez de llevar deportivas llevara unos patines de hielo con los que los deportistas que hacían ese deporte se deslizaban por el hielo con precisión y destreza, pero con magia.
Susana me explicó que, entre dos camareros, si eran rápidos y estaban acostumbrados a servir mesas, y yo lo estaba, no era necesario nadie más.
Que era mejor muchas veces ser menos y repartirse el trabajo que ser más y estorbarse.
En la zona de relax había cincuenta mesas; eso no me lo había dicho yo misma. Nada más llegar, las había contado, manía que había adquirido con el paso de los años.
Eso hacía que tuviéramos veinticinco para cada una. Que nos habíamos repartido a la mitad por una línea imaginaria que cruzaba. Ella la derecha y yo la izquierda.
Todas las mesas eran las de los sofás, ya que la parte de las camas balinesas estaba un poco más separada y allí había otra barra con otros tres camareros.
Pero la nuestra era la de las mesas esa noche.
Veinticinco mesas para mí no eran un gran trabajo; había estado trabajando en restaurantes en los que había servido comidas a más de treinta, yo sola, y contando que aquí eran solo bebidas, era coser y cantar para mí.
La gente, esa primera media hora que había estado sirviendo mesas, que ya habían sido diez, no me había tratado ni de forma despectiva ni me había mirado mal. Es más, algunos ni siquiera me habían mirado, solo contestaron a mi pregunta de qué deseaban tomar.
Y estaba bien con eso, porque si eso iba a ser así, pudiera ser que hasta me sintiera a gusto en ese trabajo.
Con Darío y Susana había conectado desde el primer momento y estaban todo el tiempo bien, preguntándome con la mirada, con palabras, si todo iba bien; yo asentía y ellos sonreían, conformes.
Me acerqué a una mesa en la que un matrimonio de unos cincuenta años acababa de sentarse, con mi sonrisa más profesional.
—Buenas noches.
El matrimonio levantó la cabeza a la vez para mirarme; sus miradas no eran de esas arrogantes que por sudar dinero se creían más que nadie, sino que en ellas había calidez y amabilidad.
¿Me sorprendió?
Sí, porque eso no era habitual entre gente de esa clase, al menos con todos los que yo me había cruzado.
—Buenas noches —contestaron a la vez, sonriendo.
Me estudiaron a la vez de arriba abajo, pero no en plan mal, sino como si quisieran grabarse en su memoria quién era y cómo.
—¿Eres nueva?
—Sí, señora, es mi primer día.
—Pues quién lo diría, me he fijado en ti mientras veníamos a la mesa y parece que hubieras nacido con una bandeja en la mano aquí.
Sonreí; me caía bien esa señora.
—Aquí no, pero llevo tantos años con una pegada a la mano que hay veces que sí que pienso que es así, como si me la hubieran puesto como una prótesis.
—Me cae bien —le dijo a su marido.
—A mí también —contestó él sonriéndonos a los dos.
—Y dime, niña, ¿cuál es tu nombre?
—Me llamo Valle, señora.
—Un nombre precioso —dijo el señor.
—Gracias, señor.
—Te voy a decir una cosa si quieres que nos llevemos bien contigo. Porque si vas a trabajar aquí, nosotros venimos mucho y nos veremos a menudo.
La señora se puso tan seria al decirme eso que hizo que se me pusiera un nudo en la garganta, pensando que iba a amenazarme con algo o a decirme vete tú a saber el qué.
Me equivoqué.
—Dígame, señora —dije en voz baja.
—No nos trates de usted ni nos digas señores, por favor, llámanos por nuestros nombres. Somos Teresa y Fernando.
Os juro que, si me hubieran pinchado en ese momento, no me hubieran sacado ni una sola gota de sangre de lo alucinada que me había quedado. Ni en mil vidas me hubiera imaginado que me fuera a pedir una cosa así.
Desde luego que mi hermana iba a tener razón y yo tenía muchos prejuicios con la gente que tenía dinero. Y me lo acaban de demostrar. Porque ese matrimonio era de lo más amigable.
Noté cómo alguien se ponía a mi espalda y giré la cabeza solo un poco para mirar quién era por el rabillo del ojo.
Era Dani quien sonreía, seguramente al haber oído la conversación.
—Dani, buenas noches. Estamos conociendo a tu nueva incorporación; nos gusta.
—Teresa no solo es mi nueva incorporación. Valle es una de mis dos niñas; ya os he hablado alguna vez de ellas.
—Vaya, al final te has salido con la tuya y la has fichado.
—Y no solo a ella. Tania está en la cocina, en su elemento. Ya veréis cuando probéis algunos de sus dulces, vais a alucinar.
Yo los miraba a los tres con una sonrisa tonta en la cara. Al verlos hablar, supe enseguida que Dani se llevaba de maravilla con ellos y que los debía conocer de años por la confianza que parecían tener entre ellos.
—Lo estoy deseando; llevo años oyéndote alabar sus manos en la cocina.
—Mi hermana tiene unas manos de oro —me atreví a decir.
—Eso dice Dani.
—Porque es la verdad, cuando Sergio se marche, se quedará en su puesto; de eso estoy seguro.
Eso era algo que mi hermana ya me había dicho unos días antes. Sergio, el chef, según le había dicho Dani, estaba pensando en marcharse a su tierra. Asturias. Para montar allí un restaurante el año próximo.
Por eso Dani había querido que Tania empezara cuanto antes a trabajar en la cocina porque en cuanto terminara los estudios quería que ocupara el puesto de Sergio quedándose ella al mando de la cocina siendo la nueva chef.
Si era lo que ella quería y, al parecer, así era, yo me alegraba mucho por ella.
—Bueno, yo voy a seguir con la ronda; es hora de abrir la discoteca; voy a comprobar que todo está en orden. Cualquier cosa, ya sabéis que ando por aquí.
—Tranquilo, Dani, nos quedas en buenas manos.
—Así es. Valle es muy profesional y ya le iréis conociendo. Es como yo; no se deja amedrentar.
—Pues eso es muy bueno. Porque por aquí hay gente muy agradable, pero también muchos gilipollas que se creen que por tener dinero están por encima de todo.
Vaya con Fernando…
No me esperaba yo una respuesta tan sincera por su parte; desde luego que ese matrimonio era especial y estaba segura de que me iba a llevar estupendamente con ellos.
Dani sonrió asintiendo y se despidió de los tres con la mano.
—Bueno, Valle, pues te voy a decir algo: si tienes algún problema con alguien de por aquí, tú no dudes en decírnoslo, ¿vale?
—Espero que no, por su bien más que nada. Dani tiene razón: no aguanto las bobadas.
Los dos se echaron a reír al ver mi cara sonriendo de medio lado al hablar.
—Perfecto.
—¿Y qué queréis que os traiga?
—Un cóctel Blue Tropic sin alcohol para mí.
—Para mí, un whisky con hielo. Darío ya sabe cuál me gusta; tú solo dile que es para mí.
—Perfecto, pues ahora mismo lo traigo.
—Gracias, Valle —contestaron a la vez.
Me di la vuelta para ir a la barra con una buena sensación en la boca. Puede que muchos de los que estaban allí fueran unos snobs y unos pijos insufribles, pero si había algunos como ese matrimonio, se podía compensar mucho la balanza.
—Darío.
—Dime, guapa.
—Un Blue Tropic sin alcohol y un whisky con hielo para la mesa doce. El señor dice que tú ya sabes cuál le gusta.
Levantó la mirada y la dirigió a la mesa donde Fernando y Teresa estaban sentados.
—Fernando y Teresa Sotomayor, de lo mejorcito que viene por aquí.
—Me han sorprendido mucho; parecen muy amigables y sencillos, aunque suden dinero.
—Y lo sudan te lo aseguro, de los que vienen aquí están en los primeros puestos, su fortuna es inmensa. Pero todo lo que tienen de ricos lo tienen de buenas personas. A todos nos tratan con mucha amabilidad.
—Sí, me han tratado muy bien y me han pedido que los llame por sus nombres.
Me puso las bebidas que había preparado con rapidez en la barra mientras hablábamos y las puse en la bandeja.
—¿De quién habláis?
—De los Sotomayor —contestó Darío a Susana, que era la que había preguntado al acercarse a la barra a pedirle más cosas.
—Son un amor de matrimonio; no les gustan las formalidades. En cambio, sus hijos… esos ya son otro cantar —dijo frunciendo el ceño en las últimas palabras.
—Hablando del rey de Roma, por la puerta asoma —dijo Darío señalando con la cabeza.
Las dos nos giramos a la vez para mirar en la dirección en la que había señalado Darío.
—Mierda se van a sentar en una de mis mesas —se lamentó Susana.
Por su mirada supe enseguida que algo pasaba con uno de los dos hombres que se dirigían a sentarse en una mesa que efectivamente estaba a su lado.
Desde donde estábamos no podía distinguir a ninguno de los dos hombres que caminaban entre las mesas para sentarse en la que habían elegido, que, por cierto, era una de las más apartadas de todas. Pero sí noté cómo el aire y la gente parecían cambiar a su paso.
—¿Esos son los hijos de Teresa y Fernando?
—Uno es su hijo y el otro su sobrino. Gracias a Dios, parece que el bicho de su hija hoy no va a venir.
Bueno… bueno, pues anda que no había ahí hilo del que tirar, pensé para mí al ver que Susana miraba furiosa hacia la mesa en la que ya se habían sentado y encima decía que la hija que al parecer tenían Teresa y Fernando era un bicho.
—Valle, ¿puedo pedirte un favor?
—Claro, lo que necesites.
—Atiéndelos tú, por favor. Hoy no quiero verle la cara a ese cabrón.
Levanté una ceja, sorprendida no por su petición sino por lo último que había dicho.
—Susana que era un cabrón ya lo sabías antes de meterte en su cama. Sabías cómo es. Se tira a todo lo que puede, pero nunca repite ni tiene nada más con ninguna mujer.
—Pensé que conmigo sería distinto —le contestó apretando los dientes.
—Y ese fue tu error. Conocías su fama. Alonso Sotomayor es conocido en la ciudad, así que no puedes quejarte.
—Lo sé; fui una tonta. Que no es que lo quisiera yo de novio; Dios me libre de juntarme a un hombre así. Pero un «ha estado bien» al terminar no hubiera estado mal. Pues no, ni me dijo adiós.
Pues, maravilloso todo, pensé mientras seguía callada. Al parecer, en el club había más líos que en una telenovela. Aburrirme no me iba a aburrir de eso, estaba segura.
—¿Entonces me haces el favor?
—Sí claro, dejó esto a sus padres y voy a tomarles nota
—Y ten cuidado: es un encantador de serpientes.
—Pues a esta serpiente ya te digo yo que ni la va a mirar y si dice algo que no debe puede que le suelte mi veneno —contesté haciéndoles reír sin saber en ese momento el lío que se me venía encima.