¡Niño pijo, me pones de los nervios! Capítulo 8
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Capítulo 8

Dani esperó a que digiriera toda la información que me había dado.

Me conocía lo suficiente para saber que era de las que me comía mucho la cabeza y le daba mil vueltas a las cosas hasta que tomaba una decisión.

—¿Qué te parece? —preguntó al fin.

—Está bien, muy bien, de hecho. No puedo decir otra cosa.

—¿Pero? —preguntó al ver la duda en mis ojos y mi reticencia.

Esa reticencia que nada tenía que ver con nada del trabajo, sino conmigo misma y mi aspecto.

—¿Por qué sabes que hay un pero en mi cabeza?

—Porque te conozco desde que llevabas pañales y voy a dejar que seas tú la que lo digas en voz alta, pero sé lo que estás pensando.

—Es que… —dije mordiéndome el labio sin atreverme a decirlo, sabiendo que se iba a enfadar.

—¿Es que qué?

—No creo que yo encaje aquí. He visto a los otros camareros y…

Todos los camareros y camareras con los que nos habíamos cruzado eran como modelos, de guapos y del buen cuerpo que tenían, nada que ver conmigo, vaya, y entre todos ellos iba a ser el patito feo en el que todos se fijarían.

Y eso precisamente era lo que más me echaba para atrás. A mí me gustaba pasar desapercibida y no llamar la atención, y entre todos ellos eso no iba a ser posible.

—Todos los camareros hacen lo mismo: servir lo que les piden. Tú eso lo haces hasta con los ojos cerrados; manejas la bandeja como nadie que conozca Valle; eres rápida y tienes una memoria impresionante para recordar lo que te han pedido y quién.

Era cierto todo eso. Era buena con la bandeja: tantos años pegada con ella en la mano, como si fuera una extensión de mi cuerpo por todos los trabajos por los que había pasado los últimos ocho años, era lo que me había hecho ser buena en servir.

Pero ese no era el problema; eso sabía que podría hacerlo bien y sin problemas.

—Eso lo sé me refiero a que no son como yo, ellos…

—Por ahí sí que no vayas si no quieres hacerme enfadar. Te he dicho mil veces que tú eres tu mayor enemiga. No todos tienen que tener medidas de modelo. Tú no las tienes, ¿y qué? Tienes otras cosas mucho mejores, además de que eras guapísima, aunque no te lo creas.

—No lo soy; yo no soy Tania.

Frunció el ceño.

—Claro que no lo eres. Tú eres Valle, una mujer luchadora, preciosa por dentro y por fuera, con una personalidad única, que el que no lo vea como lo veo yo o es gilipollas o ciego.

—Dani… —dije aguantando las lágrimas.

—Ni Dani ni nada, créete lo que te digo porque es la puta verdad. Valle. Sabes que yo no tengo pelos en la lengua y no miento, como tampoco digo cosas para regalar los oídos ni a ti ni a nadie. Así que quiérete un poco y deja de despreciarte.

Tenía toda la razón del mundo, siempre me había despreciado más a mí misma por mi aspecto de lo que lo había hecho el resto. Era insegura y tenía poca autoestima.

—Ven conmigo —dijo levantándose del sillón.

—¿Adónde?

—Tú ven —dijo abriendo la puerta.

Caminamos en silencio. Porque había veces que era así, cuando algo le rondaba la cabeza, se acogía al silencio y yo, conociéndole como le conocía, lo respetaba. Y yo me mantuve callada y expectante hasta saber dónde quería llevarme.

Abrí los ojos como platos al ver cómo nos parábamos en la puerta de los vestuarios.

—¿Qué hacemos aquí?

—Entra y cámbiate —dijo a la vez que sacaba una llave del bolsillo que tenía un llavero pequeño con el número siete.

—¡¿Qué?!

—Que entres y abras la taquilla siete. En ella hay uniformes de todos los colores para ti. Ponte el negro. Irás a la zona de relax.

Me quedé pensando dos segundos cuando le vi sonreír de medio lado. Y al ver esa sonrisa supe lo que había pasado.

Entre él y Tania, porque me jugaba el cuello y no lo perdía a que mi hermana estaba metida en el ajo, me habían tendido una encerrona. Me habían llevado allí engañada, bueno eso no tanto porque yo había accedido, para no dejarme ni pensarlo.

—¿Ni siquiera me dejas pensarlo?

—No, porque si lo hago me arriesgo a que digas que no.

—Dani…

—Hazlo, Valle. Yo estaré para todo lo que necesites, pero estoy seguro de que en menos de una hora te bailarás tú sola toda la zona.

—Piensas demasiado bien de mí.

—Pienso lo que tengo que pensar. Lo que tú has demostrado todos estos años luchando y trabajando como una mula siempre y sin descanso. Este no es el trabajo que tú soñabas, lo sé, pero sí sé que estarás mejor que en ninguno de los otros y no llegarás a casa muerta de cansancio.

Miré la llave, miré a Dani. Volví a mirar la llave en mis manos. Suspiré y me dije «ellos tienen razón, no pienses más, solo hazlo».

—No tardo.

La sonrisa de Dani al verse ganador y al oírme decir que no tardaba en titubear se hizo tan amplia que le llegaba casi de oreja a oreja.

Entré en el vestuario y cerré la puerta a mi espalda para, a continuación, apoyarme unos segundos en ella y respirar profundamente.

—Venga, Valle, solo es servir mesas, tú a los que les lleves las bebidas ni los mires y ya está —me dije dándome ánimos.

Fui hasta la taquilla número siete y la abrí con la llave que Dani me había dado. Dentro había, como me había dicho, cuatro uniformes de distintos colores, todos de mi talla.

Saqué el de color negro y lo apoyé en el banco que había en el centro del vestuario; me desvestí con rapidez y me lo puse de la misma manera.

No tenía nada de especial; era un pantalón negro de una tela suave y fresquita y una camisa de media manga negra también. En la parte baja de la taquilla también había, cada uno en su caja, cuatro pares de deportivas de cuatro colores. Saqué las negras y me las puse.

Desde luego que la encerrona no la habían preparado ese día, sino que como mínimo hacía varios días que esos dos locos habían hablado de ello, porque para tener preparada la taquilla con todas esas cosas para mí no se hacía en una hora.

Me acerqué al espejo y con un cepillo que siempre llevaba en el bolso me cepillé el pelo y me volví a hacer de nuevo la coleta alta que llevaba.

Guardé todas mis cosas en la taquilla y cogí aire antes de salir para encontrarme de nuevo con Dani, que seguía fuera esperándome.

—Te queda perfecto.

—Si tú lo dices —contesté poniendo los ojos en blanco.

—Vamos, te presentaré a tus compañeros.

—Vamos, y que sea lo que Dios quiera —contesté antes de resoplar.

Volvimos a la zona de relax, donde ya habíamos estado antes, ya que en lo que habíamos estado en el despacho y en los vestuarios se había llevado bastante, y fuimos directamente a la barra que había a un lado.

Dentro de la barra había un chico más o menos de mi edad que se movía con mucha destreza cogiendo sin apenas mirar las botellas, los vasos y el resto de las decenas de cosas que tenía allí dentro para preparar cócteles.

—Darío.

—Hola, jefe.

—Ella es Valle; empieza ahora mismo. Valle, él es Darío.

Asentimos sonriendo para saludarnos.

—Espero que seas rápida con la bandeja porque esto está hoy muy animado.

—No solo es rápida; es la mejor. Lo comprobarás pronto.

—No le hagas caso; solo lo dice para que no estés nerviosa.

—Pues si el jefe lo dice, yo le creo.

Dani y yo nos giramos al oír a una chica, también camarera, decir eso.

—Hola, soy Susana.

—Yo, Valle.

—Susana, entre las dos llevaréis la zona de relax hoy; si sube mucho el nivel de gente, dame un toque y traigo refuerzos.

—Eso no será necesario. Si Darío se mete caña, entre las dos podremos; solo con ver cómo mira de reojo las mesas, ya sé que se moverá por ellas como pez en el agua —dijo Susana sonriéndome.

Me calló bien; en realidad, los dos lo hicieron. No me habían mirado de forma rara por mi aspecto y ambos me habían recibido de forma amigable.

—Perfecto, sé que los tres haréis un buen equipo. Susana, explícale a Valle de forma rápida cómo servimos; lo cogerá al vuelo. Y tú, Valle, cuando acabes el turno, pasa por mi despacho.

—Sí, jefe —contestamos a la vez.

Dani se marchó y Susana, como le había pedido, me explicó rápido cómo funcionaban. Era fácil, muy parecido a cualquier otro sitio; así, cinco minutos después, bandeja en mano, empecé a servir.