Capítulo 7
Dani, al terminar de reírse, nos saludó a las dos con un abrazo y un beso como hacía siempre que nos veía.
Era un hombre, el único con quien yo tenía una relación estrecha, que me inspiraba confianza. Y no solo porque le conociera desde que era una cría, sino también porque su mirada cálida, su voz calmada y esa forma de tratarnos te inspiraban a ello.
Tenía cincuenta años, muy bien llevados, todo hay que decirlo, porque el tío Dani, como nosotras le llamábamos, era muy atractivo y no aparentaba ni de lejos la edad que tenía.
Su pelo era castaño, sin una cana; lo llevaba siempre perfectamente peinado, sin necesidad de echarse ningún potingue. Sus ojos eran de color miel, preciosos, o eso había pensado siempre. Y su cuerpo, que yo sabía que trabajaba mucho en el gimnasio, era perfecto.
Espalda ancha, músculos donde debía tenerlos, sin que fueran excesivos, y todo eso hacía que el traje a medida que llevaba, requisito indispensable por el puesto que tenía en el club, le quedara como un guante.
No me extrañaba que, como nos había contado muchas veces entre risas, muchas de las socias del club se le hubieran insinuado.
Ignorantes, ellas, de que a él nunca le podría interesar ninguna de ellas; ahora, ya si fueran sus maridos, eso ya…
Eso era una broma que Tania y yo solíamos hacerle cuando el tema salía, pero conociendo a Dani y lo profesional que era, además de que no quería líos, nos decía que no se liaría con ningún hombre que fuera al club ni loco.
Y no porque no los hubiera hallado guapos o que le atrajeran, como nos había dicho, sino porque, si luego las cosas salían mal por cualquier causa, podría perder su trabajo, y eso sí que no, porque le encantaba.
—Vamos dentro que os enseño el paraíso.
—O el infierno —murmuré tan bajo que ninguno de los dos me oyó.
Andamos a su lado por los pasillos que llevaban hasta lo que nos dijo que eran los vestuarios del personal, donde Tania tendría que volver en cuanto nos enseñara por encima el interior del club.
Y digo por encima porque, nada más entrar en el edificio principal, supe que aquello necesitaba bastante rato para que pudiéramos conocer todo lo que allí había.
Ese edificio estaba completamente decorado en blanco y, enfrente, tenía unos grandes ventanales desde los que se divisaba el mar de fondo.
Tengo que reconocer que la primera impresión que me llevé me sorprendió bastante.
Donde yo esperaba lujo y ostentación desorbitada, había elegancia y sencillez que encajaban a la perfección.
—Es precioso —dijo Tania cuando traspasamos las puertas al exterior.
Y como en los últimos días tuve que volver a darle la razón mentalmente porque la tenía, toda la del mundo. Era precioso, además de impresionante.
Recorrimos parte del club por un lateral para no mezclarnos con la gente que disfrutaba allí, mientras Dani, orgulloso, nos explicaba las cosas.
Había un restaurante enorme, con mesas dispuestas ordenadamente y cubiertas con elegantes manteles blancos. En todas ellas había flores frescas en el centro, cuyos nombres ni sus formas yo había visto en la vida.
La terraza del restaurante, donde también se podía comer, seguía en la misma línea.
Las dos partes desprendían lujo, pero sin resultar recargadas.
En ese otro lado, en la terraza enorme, había varios camareros que se movían entre las mesas como si fueran fantasmas vestidos, como no, de blanco; servían copas de vino o de Martini mientras la gente esperaba para cenar.
Andamos un poco más para ver de cerca el puerto, donde los yates de muchos de los socios del club balanceaban sobre el agua. Era hipnótico mirarlos y también un poco intimidante, porque algunos precisamente no eran pequeños.
Allí, cerca del puerto, estaba la zona de relax, donde había montones de camas balinesas y sofás que incitaban a tumbarse en ellos por lo cómodos que parecían y a quedarse a dormir allí dos días seguidos.
Ahí también había camareros moviéndose con bandejas en la mano sirviendo bebidas, pero su uniforme era negro.
Dani nos explicó que, dependiendo del puesto en el que estuvieran, llevaban un color de uniforme u otro.
Habiendo el negro para esa zona, el blanco para el restaurante, el azul para la zona de la piscina y el gris para la discoteca.
Aunque todos los camareros tenían un uniforme de cada color porque solían rotar o cambiar de lugar según las necesidades del día o la afluencia de gente en las distintas zonas.
Llegamos a la zona de la piscina, en la que había tres de diferentes tamaños y profundidades y era más de lo mismo, lujo sin exceso, todo decorado de forma espectacular, en definitiva, precioso.
La discoteca fue el único lugar que vimos vacío al llegar, ya que no abría sus puertas hasta más o menos las diez de la noche.
Esa estaba en el lugar más apartado del complejo para no molestar ni romper la paz del resto de sitios.
—¿Qué os parece?
—Es una pasada.
—No está mal.
Tania se echó a reír ante mi respuesta.
—Si ha dicho que no está mal, eso en su idioma quiere decir que le ha gustado.
Resoplé.
—Puede que no me gusten ciertas cosas ni aptitudes de la gente que suda euros, pero tengo que reconocer que no me lo esperaba así.
—¿Y qué esperabas, Valle? Gente jugando al golf con pelotas de oro o algunos paseando a sus perros vestidos con trajes de Chanel.
—Lo del golf no; lo de los perros puede que lo hubiera pensado un par de veces —contesté bromeando.
Dani clavó su mirada en la mira y se puso serio.
—Valle, Tania me ha contado lo que pasa. ¿Por qué no le das una oportunidad a este lugar? Lo mismo te sorprende.
—Tania es una chivata.
—Como que te piensas que no iba a enterarse que ya no trabajas en el restaurante y que lo mismo en pocos días te quedas sin el trabajo de la limpieza.
Mal que me pesara, tenía pocas opciones, o, mejor dicho, ninguna, y un trabajo como ese no iba a ser muy distinto a otros que había hecho en otros sitios; solo sería servir mesas.
Que tendría que ver con muchos pijos que me sacaran de quicio, pues sí, pero también había aguantado a otros, como mi anterior jefe, que también lo hacían, y podía decir que estaba vacunada ante sus charlas superficiales, sus comentarios ofensivos y las grandes chorradas que salían por su boca.
En ese momento no tenía nada mejor a la vista, así que por probar no perdía nada.
Y si en unos días no me gustara o me dieran ganas de matar a alguien, con marcharme para no sufrir un infarto o acabar en la cárcel, lo haría.
—Lo haré —dije con firmeza en mi voz.
—¿En serio? —preguntó Tania, contenta.
—En serio, bueno, si es que Dani tiene algún puesto libre.
—Para ti, si no lo tengo, me lo invento. Pero que te quedes es un hecho.
Con el tiempo que llevo esperando que vengas, no voy a dejarte marchar nunca.
—Ya será menos —dije riendo.
—No lo es. Por varios motivos, además. Uno de ellos que podre veros a diario, otro que no creo que ninguno de los trabajadores que hay aquí sin desmerecerlos es más trabajador y profesional que tú.
Y tercero, que no menos importante, a algunos de por aquí puede que les venga bien una dosis de Valle.
—¿Una dosis de Valle? —preguntó Tania alzando una ceja.
—Sí, un par de tiros verbales que, siendo educados, los pongan en su sitio.
Tania se echó a reír y yo negué con la cabeza.
—Eso es su especialidad, dar hostias con palabras, aunque, si hace falta, como a su jefe, también las da con la mano.
—Ahora en serio, Valle, creo que vas a estar muy bien trabajando aquí. Eres una profesional que sabe baldear a los clientes y parales los pies de forma elegante.
—Ya lo veremos —murmuré.
—Lo veremos —dijo Dani convencido.
Recorrimos el camino a la inversa para acompañar a Tania al vestuario donde ya tenía una taquilla asignada con su uniforme dentro y de la que Dani le dio la llave.
Ya habíamos pasado por la puerta de las cocinas al entrar, así que no tenía que explicarle el camino; solo le dijo que fuera allí, que el chef, que se llamaba Sergio, ya sabía que empezaba ese día y que la estaba esperando.
—Bueno, pues yo me marcho.
—De eso nada. Tú vienes conmigo al despacho, donde voy a explicarte cómo son los turnos y de cuánto es el sueldo.
—¿Ahora? —Le pregunté, sorprendida.
—Ahora —dijo con una autoridad en plan jefe.
Le acompañé; claro que lo hice.
Los turnos no estaban nada mal; en eso estaba de acuerdo.
Dani me dijo que, con la experiencia que yo tenía, era mejor que fuera en el de la tarde o en el de la noche, ya que por las mañanas la afluencia de gente descendía bastante entre semana.
Los fines de semana ya eran otro cantar porque el club se ponía de bote en bote desde primera hora hasta bien entrada la noche.
Cuando vi el sueldo que cobraría por una jornada completa, poco más y me caigo de la silla. Ganaría más que juntando los dos sueldos que había tenido hasta ahora.
Mil ochocientos euros por seis días de trabajo a la semana, siete horas diarias.
Descansaría un día a la semana, siendo distinto cada una de ellas.
Eso sí, no siempre estaría en el mismo turno; iría rotando según las necesidades, aunque, como me había pedido, prefería que yo fuera en el de tarde o noche, haciendo tres días de cada.
Al igual que como el resto de los camareros rotaria dependiendo de las necesidades del día donde hiciera más falta.
Así que estaría unos días en el restaurante, otros en la zona de la piscina o en la de relax y los menos por petición mía en la discoteca, aunque si hacía falta algún día no me importaría ayudar allí.
Era un buen trabajo y muy bien pagado; eso no lo podía negar, y los turnos eran buenos también; no podía ponerle ni una pega.