¡Niño pijo, me pones de los nervios! Capítulo 6
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Capítulo 6

Tania tenía que estar en el club a las ocho y media para ayudar a empezar con el servicio de cenas, que solía empezar un poco más tarde porque, al parecer, los ricos que cenaban allí no solían tener ni prisa ni horarios para cenar.

Por lo que me había explicado, entraría todos los días a esas horas y su turno duraría, más o menos, hasta las once y media o un poco más, mientras ayudaba a recoger la cocina.

El club de Puerto Banús estaba a más o menos media hora en autobús, que era donde íbamos las dos subidas para llegar allí.

A mí, como sabéis, me gustaba caminar, pero para llegar allí era mejor hacerlo en autobús, ya que te dejaba a solo unos metros de la entrada del club por el acceso que tenía.

Y no solo en la ida: era mejor hacerlo también en la vuelta a casa; sería más prudente hacerlo en autobús, ya que a esas horas caminar por la calle a oscuras y sola daba un poquito de miedo.

—¿Estás nerviosa?

Tania giró la cabeza para mirarme, ya que iba con ella, pegada al cristal, mirando el paisaje y el ajetreo que tenía la ciudad a esas horas.

—Estoy como un flan, Valle.

—Pues no deberías; eres buena en la cocina y lo sabes. Ahí aprenderás cosas, pero estoy segura de que tú también puedes enseñarles algo.

—¿Qué dices? ¿Qué voy a enseñar yo? Si ni he acabado de estudiar.

—Las dos sabemos que lo de estudiar es un trámite para obtener un título. Ya cocinabas mejor que nadie que conozca desde que no levantabas más de un palmo del suelo, Tania.

—Eso es amor de hermana y lo demás, tonterías.

No, eso no era amor de hermana; era la más pura verdad.

Desde que Tania era muy niña, siempre había estado pegada a los fogones. Cerré los ojos un segundo y, enseguida, algún recuerdo de esa época me llegó a la mente.

Tania, con un mandil que mi madre tenía que doblar dos veces en la cintura para que no le arrastrara, subida a una silla, cortando verduras como si hubiera nacido con un cuchillo en la mano.

Cortaba con velocidad y precisión. Una increíble para una niña de apenas seis años.

Mi madre, María, su mentora, como ella decía, estaba a su lado explicándole con paciencia y paso a paso la receta que harían ese día para comer.

A esas horas, en verano, todos los niños de su edad estaban en el parque de debajo de casa o jugando en la casa de unos u otros. Pues ella era más feliz en la cocina con mi madre.

A los diez años era capaz de preparar casi cualquier plato mejor que mi madre, y eso solo lo decíamos las dos; si no, también algún vecino que había tenido la oportunidad de probar algo de lo que hacía, o Dani, que algunas veces, al vivir cerca de nosotras, cuando venía a vernos, a menudo se llevaba envases que mi hermana le daba.

Ya pintaba maneras la niña a esa edad, pues podéis imaginaros cómo cocinaba diez años después.

Pues para perder el sentido así lo hacía.

—No lo es y lo sabes. Eres muy buena Tania y si alguien te dice lo contrario mándale al carajo.

Se quedó pensando unos segundos y sus ojos se aguaron; sin que lo dijera, ya sabía por dónde iban sus pensamientos, por el mismo que los míos cuando la veía cocinar.

A mi madre.

—Yo también la echo de menos —dije, agarrándola del hombro para pegarla contra mi pecho.

—Es imposible que no la recuerde en cuanto corto, bato o remuevo algo en una cazuela; ella me enseñó todo lo que sé. Era una cocinera maravillosa y también una madre.

Y lo era, ciertamente lo era.

Por muy cansada que llegara a casa después de matarse a trabajar para sacarnos adelante, siempre lo hacía con una sonrisa en la cara y siempre, aunque se callera de sueño, nos dedicaba todo el tiempo que podía.

El cuento antes de dormir para Tania, siendo niña, nunca faltaba ni una charla conmigo para ver qué tal me había ido en el colegio.

—Estoy segura de que, donde esté, estará muy orgullosa de ti al ver las buenas notas que sacas, lo buenísima que eres en los fogones y lo estará mucho más cuando te hagas una chef famosa.

Tania soltó una risita mientras se limpiaba dos lágrimas que le habían caído por las mejillas.

—¿Chef famosa? Tú flipas, hermanita.

—No flipo, es lo que pienso. Y estoy convencida de que así será.

Volvió a reír mientras negaba con la cabeza.

—De ti sí que tiene que estar orgullosa. Eres una luchadora. Dejaste tu sueño para cuidarme y eso…

Sabía que Tania no llevaba nada bien que yo dejara mi vida aparte para cuidarla, tirar del carro y, en mi opinión, hacer lo que tenía que hacer.

Pero a ella le pesaba que ella sí que hubiera podido estudiar lo que siempre había querido y yo no.

—Y eso ya lo hemos hablado mil veces, Tania. No lo hice porque me sintiera obligada a hacerlo por ser mi hermana; lo hice porque quise, porque así me lo dictó el corazón.

—Ya, pero… mira qué vida llevas, Valle. Te matas a trabajar como hizo mamá. No sales. No tienes amigos. Ni pareja.

—Y estoy bien así, Tania. Trabajo como hacen miles de españoles. No salgo porque prefiero quedarme en casa haciendo mis diseños. No tengo amigos porque los que tenía, al parecer, no lo eran tanto, porque cuando vieron el panorama que se nos presentó, salieron haciendo fu como los gatos.

—¿Y pareja?

Solté una carcajada.

—Pues, como no encuentre uno que venda cupones, lo tengo jodido.

—Eres tonta del culo —dijo cabreada.

—En serio, Tania, no tengo expectativas de encontrar pareja y creo que tampoco la quiero.

—Pero es que eso no es lo que tú quieras. Si llega el hombre de tu vida, caerás como lo hacen todas.

¿El hombre de mi vida?

Tuve que contenerme para no echarme a reír a carcajadas en el autobús. Si ese hombre existía, lo cual dudaba mucho, viviría en el Polo Norte, lo más alejado de mí, y nunca se daría la situación de que nos conociéramos, así que era mejor dejar el tema.

Menos mal que el autobús paró ya en la parada en la que nos teníamos que bajar y dejamos el temita con el que mi hermana me calentaba mucho la cabeza.

Nada más bajar, ya pude observar el despliegue de ostentación y de dinero en los coches aparcados allí.

Y lo primero que se me pasó por la cabeza fue que estaba en la parada equivocada, porque solo con ver las primeras imágenes me sentí totalmente fuera de lugar.

Todos los coches eran de alta gama. Muchos descapotables, otros con cristales blindados, esos seguro que eran de algún famoso que llevaba hasta guardaespaldas.

Había de todo un poco. Algunas marcas las reconocía, y no porque me gustaran especialmente los coches, pero, viviendo toda la vida en Marbella, era difícil no hacerlo.

Ferrari, Lamborghini, Porsche, de esos había muchos y algún Bentley también.

Fuera como fuese, cualquiera de los coches que estaban allí aparcados, solo una de sus ruedas valía más de lo que yo ganaba limpiando en meses.

—¿Crees que al aparcacoches le hacen ponerse una bolsa en el culo para no estropear las tapicerías con su pantalón de bajo coste?

Tania soltó una carcajada mientras se llevaba la mano a la boca para que los que se bajaban de los coches no la oyeran.

—No empieces; ni siquiera hemos entrado y ya estás diciendo cosas raras.

—Pues imagina las que se me van a venir a la cabeza cuando crucemos esas puertas.

Caminamos juntas hacia la puerta por la que entraba el personal, porque, por supuesto, la había. Los plebeyos no podíamos cruzar el mismo umbral que la gente que allí iba, no fuera a ser que les saliera una alergia si, de casualidad, les rozaban un milímetro sus pieles bronceadas.

Mientras lo hacíamos, miré de reojo a la gente que estaba entrando por la puerta principal.

Sin acercarme, podía percibir, desde donde estaba, ese olor a dinero que todos emanaban por sus poros.

Pero no un dinero normal, como los veinte euros que yo llevaba en ese momento en la cartera. No, ese no. Era un dinero que se exhibía con la sola presencia, sin necesidad de decir: «Aquí estoy yo, porque he venido».

A la entrada principal solo le faltaba la alfombra roja, que no descartaba que pusieran en un futuro para dar gusto a esa gente y parecerse a ese espectáculo de Hollywood que todos conocemos.

Las mujeres iban envueltas en vestidos vaporosos de telas caras y estilos difíciles de definir; todos, sin ver la etiqueta, sabías que eran de diseñadores o de marcas de las más caras.

Maquilladas en exceso para mi gusto y con recogidos que una mujer normal no se hace ni siquiera para acudir a una boda, sin un pelo fuera de su sitio, por supuesto.

Algunas reían de forma escandalosa para hacerse notar; otras ni podían sonreír por lo estirada que tenía la piel por la cantidad de cirugías que se habían hecho en la cara.

Los hombres, en su mayoría con traje, cociéndose como gambas por el calor que hacía, estaba segura, iban como pinceles, sin una arruga y la mayoría repeinados con al menos un kilo de gomina.

Otros, los más osados, arriesgándose a ser criticados, iban en mangas de camisa y con ropa más ligera, de lino en su mayoría.

Todos caminaban despacio, como si no tuvieran prisa, como si, aparte de ser dueños de vete tú a saber qué negocios o propiedades, también lo fuera el tiempo.

Bajé la mirada y repasé mi atuendo, conteniendo la risa por lo dispar que era en comparación con el de ellos.

Pantalones vaqueros, deportivas desgastadas por patearme media Marbella yendo a trabajar, o en los últimos días, buscando un nuevo trabajo, y una camisa de media manga ancha negra para disimular un poco mi pecho.

—Me siento como un extraterrestre que acaba de aterrizar en otro planeta.

Mi hermana volvió a reír.

—Son humanos como nosotros, Valle, con más dinero, pero lo son.

—No lo tengo yo muy claro. Tú por si acaso no te arrimes mucho a nadie no sea que te hipnoticen con la mirada o al hablar veas que en vez de una lengua normal la tengan de lagarto como en aquella serie que veía mamá.

Tania no se pudo contener y hasta se tuvo que agarrar el estómago por las carcajadas que soltó.

Así nos encontró Dani en la misma puerta de la entrada de empleados donde había salido a buscarnos, avisado por mi hermana, que le había mandado un mensaje mientras andábamos.

—¿Qué os pasa, chicas?

Tania se limpió las lágrimas de los ojos antes de contestarle.

—Valle y su alergia a los ricos. Le hace decir cada tontería que es imposible no reírse.

—No es alergia, aunque puede que, al ver ciertas caras o cosas, sí me salga un pequeño sarpullido o una úlcera; no descarto ninguna de las dos cosas.

Dani y Tania se echaron a reír a la vez. Sin embargo, yo no me reí porque no era una broma, o al menos no del todo; era realmente lo que pensaba.