Capítulo 5
Una semana…
Una puñetera semana que llevaba pateándome toda Marbella desde que me marché del restaurante, buscando otro trabajo compatible con el que tenía de las limpiezas por las mañanas, y no había encontrado nada.
¿Había trabajo?
Sí, sí que lo había, pero en todos los sitios en los que había visto el cartelito de «se necesita personal», por distintas cosas, había salido de allí cabreada y derrotada, sin conseguir el trabajo.
En unos solo querían gente que supiera idiomas. Y yo, aparte de español, un poco de chapurreo en inglés y el típico andaluz de nuestra tierra, no tenía ni idea de nada más.
En otros solo necesitaban personal en el turno de mañana, y empezaba tan temprano que los días en que iba a limpiar no me daba tiempo de llegar, así que esos estaban descartados.
No quería dejar las limpiezas por otro trabajo que no sabía si sería seguro y luego quedarme sin los dos.
Aparte de que no podía porque los sueldos de todos los sitios en los que había entrado, que eran para camarera, eran más bien bajos y solo con eso íbamos a ir super justas.
Porque sí, Tania empezaba ese mismo día, que era viernes, a trabajar en el club y no iba a ganar mal, para los tres días a la semana que iba a ir, pero le había dicho que aceptaba que fuera con la condición de que ese dinero se lo quedara ella.
Para darse algún capricho, para que disfrutara saliendo con sus amigos y para que ahorrara.
Había aceptado a regañadientes, aunque sabía que no lo cumpliría del todo y que algún día se bajaría a hacer la compra o pagaría alguna factura de esas que se te presentan de improviso, como cuando tienes que ir al dentista o comprar algo que se ha roto.
Así que, por ese motivo, necesitaba encontrar un trabajo que pudiera compaginar con el de las limpiezas para tener los dos sueldos y así seguir encargándome yo de lo más gordo de la casa.
Como pagar el alquiler, las facturas que todos tenemos de luz, teléfono y demás cosas.
Pero nada, de momento no había encontrado nada y eso me tenía nerviosa y totalmente frustrada.
Eran las siete de la tarde cuando llegué a casa y estaba totalmente agotada y sudorosa.
Había salido de la oficina a la que había ido esa mañana a las diez y media y, desde entonces, me había dedicado a caminar y caminar buscando trabajo, sobre todo por el centro de Marbella, que era donde había más concentración de bares y restaurantes.
—No ha habido suerte, ¿no?
Negué con la cabeza.
—No. He entrado en varios sitios, pero no eran compatibles con el horario de las limpiezas, y en otros, para servir mesas, te piden hasta que tengas un máster.
—Venga, Valle tranquila, ya saldrá algo, ya verás.
Mi hermana me miró, preocupada, al verme tan abatida, y me dijo eso para animarme. Y se lo agradecía, pero cada día que pasaba estaba más preocupada al ver que la situación no cambiaba.
—También le he preguntado a mi jefe si me puede dar más sitios para limpiar y me ha dejado caer que las cosas no van muy bien.
Que esa era otra: si estaba preocupada por no encontrar otro trabajo, al venir a casa había llamado a mi jefe, el de las limpiezas, para ver si podía darme algún sitio más, y no me lo había dicho, claro, pero sí que, por lo que me dijo entre líneas, pude leer que lo mismo pronto me quedaría sin ese trabajo también.
Y si eso pasaba, que estaba segura de que pasaría, ya no sabía qué iba a hacer.
—¿Va a cerrar la empresa?
—No lo sé, pero eso me ha parecido entenderle. Lo mismo si está harto porque no salen servicios y con lo mayor que es, se coje la jubilación anticipada y todas las chicas que trabajamos allí nos vamos a tomar por culo.
Aparte de mí, en esa empresa de limpieza, que era pequeña, trabajaban tres chicas, y, como he dicho, siendo el jefe ya mayor, pues tenía sesenta y cuatro años y le daba por jubilarse, nos quedaríamos todas con un palmo de narices.
Que por mucho que me cabreaba, también entendía yo al hombre.
Llevaba toda la vida trabajando y, si ahora la empresa le daba más pérdidas que ganancias y más dolor de cabeza, yo, en su lugar y a su edad, haría lo mismo que él.
Tania me miró desde el sofá, en el que estaba sentada, y se quedó pensando unos segundos.
Conocía esa mirada o ese gesto. Una idea se estaba formando en su cabeza y a saber qué era. Porque esta niña tenía pocas ideas buenas.
—Ven conmigo hoy.
—¿Adónde?
—Al club.
—¿A ton de que voy a ir contigo yo allí a ver a todos los pijos?
—Valle, pijos en esta ciudad los hay por todos los sitios. Allí la única diferencia es que se reúnen más juntos.
—Pues eso más gilipollez junta.
—Pero tú eres experta en gilipollas. No dejas ni que te soplen.
En eso tenía razón. Cuando en algunos de los bares o restaurantes en los que había trabajado me había tocado lidiar con alguno de ellos, o en algunas situaciones en las que me había visto envuelta en la calle, por ejemplo, no les había dejado resbalarse ni un pelo poniéndolos en su sitio sin despeinarme siquiera.
Con educación y sarcasmo, eso sí, pero lo había hecho.
Me jodía mucho que, porque tuvieran dinero, trataran a la gente que no compartía esa cantidad indecente de ceros en la cuenta bancaria, como si no valiéramos para nada más que para arrodillarnos y besarles los pies.
Pues no, señores, eso no era así.
Nadie es más que nadie por mucho dinero que tenga.
—¿Y para qué quieres que vaya allí? Tú vas a estar trabajando. ¿Qué hago yo mientras? Me siento en una mesa con los ricos y me pido un Martini mientras hablo con ellos del último bolso que me he comprado.
Tania soltó una carcajada.
—Pagaría por ver algo así. Yo iba a alucinar, pero ellos ni te cuento.
—En serio, Tania, no puedo ir allí.
—Escúchame, ¿vale?
—Si no me queda más remedio. Aunque te diga que no, vas a hablar igual.
—Mira, tú me acompañas y, mientras yo trabajo, ves a Dani. Hablas con él y, de paso, ves el panorama. Lo mismo no te parece tan malo y puedes trabajar allí sin pensar cada cinco minutos que quieres sacar los ojos a todos los presentes.
—Lo dudo mucho; sé de sobra la gente que acude allí.
—Ya, pero tú no tienes que hablar con ellos más allá de un saludo y preguntar qué quieren tomar y, si dicen algo fuera de lugar o dañino, pues haces oídos sordos y pista.
En eso tenía razón igual que lo tenía el refrán que decía «a palabras necias oídos sordos».
Llevaba mucho tiempo esquivando a Dani porque no quería trabajar en un sitio así, pero después de ver cómo estaban las cosas con la búsqueda de empleo y de que seguramente me iba a quedar pronto sin el que tenía limpiando, no me iba a quedar más remedio que tragar.
Me quedé pensando durante unos segundos en las palabras de mi hermana y, a lo mejor, tenía razón y el club no era tan mala opción para trabajar como yo siempre había pensado que sería.
O quizás en esos momentos la única que tenía.
Así que claudiqué; ¿qué remedio me quedaba? Iría, observaría y, después de ver y hablar con Dani, decidiría qué hacer.
—Iré.
—¿En serio? —Me preguntó, sorprendida al ver que había aceptado su propuesta.
—Sí. Iré a hablar con Dani a ver qué puestos de trabajo tiene; en el caso de que tenga alguno disponible en estos momentos, eso no lo sabemos seguro. Observaré cómo se hacen las cosas allí y, si no me disgusta mucho y hay trabajo para mí, prometo pensármelo.
—Estupendo, será genial trabajar las dos en el mismo sitio.
—No adelantes acontecimientos. Como he dicho, primero hay que saber si Dani tiene algo para mí.
—Seguro que lo tiene; lleva mucho tiempo diciéndote que vayas.
—Ya, pero la temporada alta ya ha empezado y si ha contratado extras, lo mismo ya no hay nada disponible ahora.
—Eso lo sabremos esta misma noche.
—Además que, aunque lo tenga, no te he dicho que vaya a aceptar.
—Valle, sabes tan bien como yo que, por mucho que te joda trabajar a diario entre pijos, no vas a encontrar un trabajo con un mejor jefe y seguramente tan bien pagado.
Otra vez que volvía a tener razón y no podía quitársela. Así que asentí dándosela.
—Ahora voy a ducharme y cambiarme, o se nos hará tarde —dije levantándome del sofá para ir al baño.