¡Niño pijo, me pones de los nervios! Capítulo 4
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Capítulo 4

Entré por la puerta del restaurante y ya la primera en los dientes, como se suele decir.

En la entrada de la cocina estaba mi jefe hablando con uno de los camareros, compañero mío, y al verme entrar ya me miró de forma lasciva.

Qué asco de tío, de verdad os lo digo. Cada día estaba más insistente y yo más harta.

Y mira que le daba cortes y contestaciones cortantes, pero nada, el muy gilipollas ahí seguía a diario pico y pala, como si molestarme fuera su deporte favorito.

Que digo yo, no tenía mujer, pues que se fuera a darle el coñazo a ella y me dejara tranquila, pues no y por la forma que me había mirado nada más entrar supe que me esperaba otro día insufrible.

Pues, con lo cansada que estaba, tenía el nivel de paciencia casi en las últimas, así que no pensaba pasarle ni una. Y si ese día tenía que acabar otra vez sin trabajo y me tocaba buscar otro después, pues que así fuera.

Tenía dos manos y cojones suficientes para patearme Marbella entera buscando trabajo, pero aguantar ya no iba a aguantar más.

—Buenas tardes —dije al pasar para entrar a los vestuarios.

—Hola, Valle, hoy vienes muy guapa.

Y ahí estaba ya con la primera bobadita. Que cojones iba a venir más guapa venía exactamente como todos los días, bueno como todos no, porque venía cansada, con sueño y cabreada pensando en la que me esperaba y eso tenía que verse reflejado en mi cara sí o sí.

Ni le contesté; pasé al vestuario y cerré la puerta.

Las dos horas que serví mesas, apunté comandas, relaté recomendaciones de platos que me sabía de memoria y aguanté alguna queja de algún cliente pesado, mi jefe me dejó tranquila.

Y fue lo mejor porque, si no, habría acabado con la cabeza metida en una sopera o bañado de gazpacho de arriba abajo.

Tres largas horas después de haber entrado y pensando en la calorina de quince minutos que me esperaba caminando hasta casa, dejé la bandeja en su sitio y me fui camino del vestuario.

Pensé que me libraría, al menos hasta el servicio de cenas, de ponerme de más mala hostia de la que ya tenía, pero mira tú por dónde no hubo suerte.

Antes de entrar al vestuario, el gilipollas, por no llamarle otra cosa peor, de mi jefe me acorraló en la puerta.

Al acercarme demasiado, vi cómo le resbalaban las gotas de sudor por su asquerosa frente, cómo, al sonreír, dejaba ver los tres dientes podridos que tenía y pude, muy a mi pesar, oler su asqueroso aroma a rancio.

Aguanté una arcada como pude e intenté esquivarle, pero nada, no pilló la indirecta de que no quería ni verlo ni escucharlo.

—Espera, Valle.

—Tengo prisa.

—¿Has quedado?

—¿Y a ti qué coño te importa si he quedado o he dejado de quedar? —contesté sin poder contenerme.

—No te pongas así, mujer. Es una pregunta normal.

—No, no es normal porque a ti no te importa lo que yo haga.

—Sí, me importa porque quería preguntarte si quieres quedar ahora al salir e irnos tú y yo por ahí.

Solté una risa seca.

—Con verte seis horas al día me sobran siete, así que fíjate tú, las ganas de verte fuera de aquí que tengo.

—Lo pasaríamos bien —dijo de una manera tan asquerosa que tuve que aguantar la segunda arcada.

—Me voy.

—No tan deprisa, guapa.

Al decir eso, pegó su cuerpo al mío y noté la erección de sus pantalones en mi muslo; además, alargó la mano y me rozó un pecho por encima de la blusa que llevaba puesta.

Hasta ahí llegó mi contención.

Le di un empujón tan fuerte que le hice chocar contra la pared; me miró sorprendido por mi arranque.

¿Sorprendido? Tenía narices la cosa, que encima me miraba sorprendido, si es que de verdad no se podía ser más gilipollas ni más baboso.

—Si vuelves a tocarme, tu mujer tendrá que darte de comer con pajita lo que te resta de vida, porque te voy a calzar una hostia que ni un solo diente de esos asquerosos que tienes te va a quedar dentro de tu sucia boca.

—Dios… que te pongas así de rebelde me pone todavía más cachondo.

Os digo de verdad que, si no fuera por la mala hostia que me recorría todo el sistema sanguíneo de mi cuerpo, podría haberme echado a reír por lo anormal que era la situación.

Dio un paso para volver a acercarse a mí.

—Si das un paso más, no se te volverá a levantar en la vida, porque te voy a dar una patada en las canicas y te voy a dejar eunuco.

—Vamos Valle, sé que te va el juego de hacerte de rogar, pero ya lo has hecho bastante, pasa al vestuario que te voy a follar como nunca te ha follado nadie.

—¿Follarme tú a mí? Antes de que eso pase, me meto a monja de clausura o me coso el agujero con zorzal.

—En ese agujero es en el que quiero estar metido.

Dio otro paso y volvió a ponerse cerca.

—En un agujero en el cementerio vas a acabar si das un paso más.

Tenía los puños apretados al igual que los dientes, esperando su siguiente movimiento, ese que iba a decidir su futuro y el mío.

Esperaba que, por su bien, lo dejara estar y que, después de lo que le había dicho, lo dejara estar. Pero no. Al parecer le iba el sado y quería que le diera un par de hostias porque hizo lo que no debía.

Dio el último paso. Alargó sus sucias manos y me agarró las dos tetas.

Te has condenado cabrón de mierda le dije mentalmente mientras apoyé mis manos en su pecho le empujé y sin que lo viera venir le arreé un puñetazo en toda su sucia cara.

Pero ahí no quedó la cosa porque decidí, a riesgo de buscarme un problema más gordo, darle el golpe de gracia. Levanté la pierna y le di un rodillazo bien dado entre las piernas.

Su quejido de dolor se oyó en todo el restaurante mientras caía de rodillas al suelo.

Me quité el mandil que aún llevaba puesto y se lo tiré encima de la cabeza.

—Te puedes meter el trabajo por el culo cabrón.

Tres de mis compañeros, incluido el cocinero, aparecieron de repente y quedaron alucinados al ver a mi jefe llorando como una niña en el suelo, con mi mandil todavía en la cabeza.

—¿Qué ha pasado? —preguntó uno.

—Lo que tenía que pasar. Que se me ha terminado la paciencia.

—Es que demasiado has aguantado.

Pues eso mismo pensaba yo. Que demasiado había aguantado. Pero claro, cuando te hace falta el sueldo, tiendes a aguantar cosas que en otra situación no aguantarías.

Pero de esta aprendía; de eso estaba segura y una situación parecida o similar no la aguantaría más en la vida.

Podía aguantar bobadas, quejarme, alguna palabra salida de tono o fuera de lugar, incluso algún insulto camuflado por mi aspecto.

Porque, al fin y al cabo, las palabras son palabras, que, sí, algunas veces hacen más daño que algunos gestos, pero son palabras, al fin y al cabo, y no hace daño con ellas quien no quiere, sino al que las deja.

Pero tocarme sin mi consentimiento, no, eso sí que no iba yo a permitirlo.

Ni yo ni nadie debería aguantar una cosa así, venga de quien venga, ni de un jefe, ni de una pareja, ni de nadie, vamos.

—Pues esto se acaba aquí y ahora. Que se meta el trabajo por el culo como le he dicho, yo me largo.

Entré en el vestuario y me cambié a toda prisa mientras oía al llorón quejarse y llamarme decenas de cosas que me pasé por donde os podéis imaginar.

Cinco minutos después salí del restaurante. Sin trabajo, pero muy orgullosa de mí misma por no haber aguantado algo intolerable.

Entré en casa veinte minutos después y allí estaba Tania, envuelta entre los fogones.

La mala leche que tenía mientras caminaba hasta casa había ido menguando poco a poco, pero al llegarme el maravilloso olor que flotaba por toda la casa, se me pasó de golpe.

Olía a mantequilla, limón, chocolate y canela.

Los distinguí enseguida porque no eran pocas las veces que Tania los había usado para hacer cosas.

Siempre estaba liada haciendo algo. Y si la comida le quedaba espectacular, hiciera lo que hiciera, ya si era repostería, no había una palabra lo suficientemente buena para describirla.

Hacía magia con la harina, el chocolate y los demás ingredientes.

—¿Bizcocho de mármol?

Dio un respingo al oírme porque estaba tan concentrada recogiendo todos los cacharros que había utilizado que no me había oído entrar.

—Joder hija pareces un ninja, que susto.

—Sí, un cuerpo de ninja tengo yo precisamente.

—Ya estamos con las chorradas —dijo frunciendo el ceño.

—No son chorradas; es realidad.

—Una realidad que solo tú ves.

Preferí cambiar de tema porque ese siempre nos llevaba a terminar discutiendo. Ella se empeñaba en decir que estaba muy bien y que eso de que mi cuerpo era para ni mirarle eran bobadas que no me había empeñado en pensar si argumento de peso ninguno.

Amor de hermana lo llaman. Por eso ella sí que no veía la realidad de cómo era mi cuerpo, tal como el resto y yo misma la veíamos.

—Dime que ya se puede comer, porque necesito una dosis de azúcar y magia de las manos de la chef Tania para digerir el día.

—Sí que está listo. ¿Te ha pasado algo en el trabajo? Traes esa cara de «no he matado porque me lo han impedido».

—Que ya no tengo trabajo: eso ha pasado. Y que, lo mismo, mi exjefe me denuncia por haberlo dejado estéril.

Abrió los ojos como platos y vino corriendo a sentarse en la silla vacía que estaba al lado de la que yo me había sentado, o más bien, dejado caer mientras le decía eso.

—No jodas ¿en serio le has arreado? Cuéntamelo todo y no te dejes los detalles, que tú eres de dejarte mucho lo mejor.

Solté una carcajada al ver lo maruja y enterona que era y mientras las dos dábamos buena cuenta del bizcocho, le conté todo.