Capítulo 3
A las once de la mañana salí de las oficinas cansada, sudada, pero satisfecha por haber dejado todo muy limpio, como a mí me gustaba dejarlo.
El sol apretaba de lo lindo ya a esas horas, así que, con el uniforme, que de tela fina precisamente no era, me iba a achicharrar de calor hasta que llegara a casa, y me quedaban cuarenta y cinco minutos todavía, pensé a la vez que resoplaba.
El móvil que llevaba en el bolso sonó; supuse que era mi hermana y no me equivoqué al sacarlo y mirar el chat: efectivamente era ella.
Tania: Valle, ya he bajado a hacer la compra. Cuando llegues, hará mucho calor y es mejor que comas y descanses antes de irte al restaurante.
Joder ni se imaginaba lo mucho que se lo agradecía porque estaba deseando llegar, ducharme, comer algo y al menos sentarme media hora en el sofá antes de tener que salir zumbando al restaurante.
Valle: Te lo agradezco, Tania, porque estoy cansada.
Tania: Ya lo sabía yo. Si es que no puedes quedarte hasta las tantas haciendo joyas, tienes que dormir más.
Tenía toda la razón del mundo, pero es que no tenía tiempo para hacerlo en otras horas y no me quería privar de hacer lo que me gustaba; por eso, muchas noches me daban las tantas haciendo cosas.
Además, no solo las hacía por afición, sino también para llevárselas a una chica que tenía una tienda de complementos en nuestro barrio, y allí me las vendía, llevándose una pequeña parte de lo que sacábamos por ellas.
Llevaba un año haciendo eso y, la verdad, todo lo que hacía solía venderse rápido y bien.
Y es que no quiero pecar de vanidosa, pero los diseños que hacía me quedaban chulísimos.
Al verlos acabados, siempre se me cerraba el estómago de tanto pensar en todo lo que podía hacer si tuviera la oportunidad de crear joyas de verdad.
Pero eso nunca iba a pasar, así que me daba con un canto en los dientes por poder hacer algo, aunque fuera barato y gustara.
A esas horas, las calles ya estaban bastante más llenas que cuando había ido por la mañana y me fui fijando en todo a medida que andaba.
Gente sencilla yendo y viniendo a sus quehaceres, niños contentos con sus familias, cargados de cosas, camino a la playa.
La playa…
Con lo que me gustaba y con lo poco que iba. Primero, por la falta de tiempo, y segundo, porque no tenía yo un cuerpo para estar ahí luciéndolo.
Si solía ir alguna vez, cuando podía, era al atardecer y solo para dar un paseo por la orilla, no para bañarme.
Seguí caminando y observando.
Descapotables que pasaban con pijos en él, riendo sin control, parejas agarradas de la mano, mirándose cómplices. Las terrazas ya estaban llenas a esas horas, cuando la gente tomaba algo para refrescarse.
Viendo todo el despliegue de gente que había en Marbella a esas horas, que no era ni la mitad de lo que había por las noches, seguí caminando hasta que llegué a casa.
—Tania, ya estoy en casa.
Con lo grande que era nuestro apartamento, no me hizo falta hablar muy alto para que mi hermana me oyera y saliera de la habitación.
—Vienes sudando como un pollo.
—Hace horroroso y solo estamos en junio; nos espera un verano que no quiero ni pensar en ello.
—Vete a la ducha, anda, que voy a ponerte la comida, así ya comes y puedes descansar un rato antes de irte.
—Espero que no hayas hecho algo caliente.
—Gazpacho y ensaladilla —dijo, levantando las cejas.
—Gracias a Dios.
—Gracias a Dios, no, guapa. Gracias a mí y a mis manitas.
—Y qué manitas tienes, hija…
—Eso dicen todos —contestó aguantándose la risa.
Puse los ojos en blanco y me fui directamente al baño sin contestarle. La muy capulla lo había dicho en broma, o no tanto, porque ligaba día sí y día también.
Y bien que hacía. Mientras se cuidara y no me diera ningún disgusto y ella estuviera contenta con vivir así su vida, a mí me daba completamente igual.
Tania tenía claro que no quería tener pareja, pero, claro, eso se debía a que, de momento, no se le había cruzado ningún chico que le hiciera más tilín que el resto; estaba segura de que, cuando pasara, se lanzaría de cabeza.
Diez minutos después, salí de la ducha, me senté en la cocina a comer y mi hermana se sentó a hacerme compañía mientras me contaba todo lo que había comprado en el supermercado.
—¿Vas a salir esta noche?
—Sí, las chicas me han dicho que vaya a un pub a tomar algo.
—En la mesilla tienes dinero.
Tanía resopló.
—Valle…
Se quedó pensando unos segundos antes de hablar y ya me eché a temblar. Cuando ponía esa voz así diciendo mi nombre y hacía una pausa, ya sabía lo que venía después.
Una de dos: o que se había metido en un lío o que iba a decirme algo que no me iba a gustar ni un pelo.
Dejé la cuchara apoyada en el plato de gazpacho antes de preguntar, porque ya veía que se me iba a atragantar la comida.
—¿Qué has liado?
—¡¿Qué?! Nada, no he liado nada. Vaya fama que me echas.
—¿Yo? No, hija, esa fama te la ganas tú sola a pulso, que no sales de un lío cuando ya estás en otro.
Dio tal resoplido que se le levantó todo el flequillo hacia arriba.
—Pues no me he metido en ningún lío, lista —contestó sacándome la lengua.
—Entonces solo queda la otra opción.
—¿Qué opción?
—Que lo que me vas a decir no me va a gustar ni un pelo.
Se mordió el labio y dudó.
Ahí estaba la señal. Cuando hacía eso, estaba claro que me iba a cabrear y mucho. A ver qué locura u ocurrencia se le había venido a la cabeza esta vez, me pregunté.
—He hablado con Dani.
Dani era como un tío para nosotras. Le conocíamos de toda la vida porque era amigo de mis padres. Y cuando mi padre murió, a mi madre la ayudó mucho con nosotras.
En la actualidad trabajaba como encargado en uno de los clubs más exclusivos de Puerto Banús, o quizá el que más. Allí se reunía a diario la flor y nata de la sociedad de Marbella.
Que era pijolandia, vamos.
Donde se movía más dinero que en cualquier otra parte de la ciudad entera de Málaga y donde se reunía más gente hipócrita, arrogante y chula por metro cuadrado.
A mí me llevaba años diciéndome que, cuando quisiera, solo tenía que decir «sí» y al día siguiente tendría trabajo allí, pero, con mi aspecto y la maravillosa gente que iba allí, no había querido ir.
Y eso que seguramente cobraría más que en cualquier otro sitio, pero de momento y hasta que no viera que era pura necesidad porque no encontraba otra cosa, me quedaba con los trabajos con los que yo iba encontrando y me ahorraba dolores de cabeza de más
Y si yo no quería ir allí porque sabía de sobra lo que había, mucho menos me gustaba la idea de que lo hiciera Tania siendo tan joven.
—No.
—¡Valle! Si no sabes de qué, y ya estás diciendo que no.
—Porque me lo imagino y la respuesta es no.
—No lo entiendes joder —dijo enfadada.
—¿El que tengo que entender?
—Pues que tengo veinte años y sigo dependiendo de ti. ¿Tú ves normal que, si quiero salir o comprarme algo, tenga que estar pidiéndote dinero todos los días?
—Estás estudiando.
—¿Y qué? Eso no es incompatible con trabajar.
—Sí lo es si te quita tiempo de estudio.
—Pero es que no me lo quitaría.
Vi no solo lo enfadada que estaba, sino también lo impotente que estaba, así que le di una oportunidad de hablar.
Porque entendía su postura, claro que lo hacía. Tenía que ser muy frustrante que, con veinte años, tuviera que pedirme dinero como si fuera una adolescente que les pide la propina a sus padres.
Pero es que me había costado tanto, o nos había costado tanto, que pudiera estudiar, que me daba rabia que, por querer tener un poco más de independencia económica, echara a perder todo el esfuerzo que tanto ella como yo estábamos haciendo.
—Explícate.
—Graciasss —dijo con rin tín tín.
—Hay un puesto de ayudante de cocina.
—No, eso te quitaría todo el tiempo.
—Me quieres dejar hablar y contarte todo, coño.
—Habla, hija, habla, que veo que revientas.
—Solo sería en el servicio de comidas y cenas los viernes, sábados y los domingos, de momento, desde ahora hasta el final del verano. Necesitan más apoyo esos días porque empieza la temporada alta.
—¿Solo en verano?
—De momento así es. Ya he terminado el curso y, si bien no es ahí, será en otro sitio, pero desde ya te digo que no me pienso quedar todo el verano en casa cruzada de brazos.
Me quedé unos segundos pensando y me jodió reconocerlo, pero sabía que a Tania le gustaría mucho estar en esa cocina en la que decían que el chef que había era buenísimo.
A mi hermana le quedaba un curso para terminar el grado superior.
Si todo hubiera ido como debía, tendría que haber terminado justo ese mes, a sus veinte años, pero el año en que mi madre murió fue tan duro que repitió curso y por eso iba un año más atrás de lo que debería.
Y con ese chef estaba segura de que aprendería muchísimo, seguro que más que en el instituto al que iba.
Además, tenía otro punto a su favor, y es que Dani estaría allí también y, según era de protector con nosotras, sabía que la cuidaría muy bien. No dejaría que ningún buitre rico se le acercara para encandilarla y luego le hiciera daño.
Cedí; no podía hacer otra cosa. Tania era mi niña, pero también tenía que entender que ya no era pequeña y que tenía que empezar a tomar sus propias decisiones, ver el mundo y, mal que me pesara, darse las hostias necesarias que todos nos damos para ver cómo es la vida.
—En septiembre lo dejarás y prométeme que no te meterás en líos.
—¡Joder, sí! Lo prometo, lo prometo. Voy a llamar a Dani —dijo chillando antes de levantarse a toda prisa para ir a la habitación a coger el móvil.
Yo seguí comiendo sin saber, en ese momento, que ese trabajo de mi hermana y el haber cedido traería muy pronto repercusiones que harían que mi vida también cambiara, para bien o para mal; eso estaba por ver.