Capítulo 2
Abrí los ojos de golpe cuando sonó el despertador del móvil y, a toda prisa, alargué la mano, lo cogí de la mesilla y lo apagué corriendo para que no despertara a Tania, que seguía durmiendo a mi lado.
Miré la hora.
La seis de la mañana… bonita hora para ponerse en funcionamiento después de haber dormido ni cuatro horas, pensé mientras sacaba los pies fuera de la cama.
—¿Ya te vas? —Me preguntó Tania, sin ni siquiera abrir los ojos y con una voz adormilada que apenas llegué a entender.
—Sí, guapa, tú duerme, que ni ha amanecido. Cuando acabe, vengo y vamos a hacer la compra de la semana.
—Vale… no te canses mucho; te quiero.
Que no me cansara, decía… eso era poco para lo que iba a pasar. Me cansaría y mucho, ya que las oficinas a las que tenía que ir a limpiar, como cada sábado, eran enormes y las hacía yo sola durante cuatro horas.
—No lo haré —mentí para que no se preocupara—. Yo también te quiero.
Salí de la cama y de la habitación y cerré la puerta para que el poco ruido que iba a hacer no molestara a mi hermana y ella pudiera seguir durmiendo.
Pasé por el baño, me di una ducha rápida de apenas cinco minutos y me vestí con la ropa que había dejado ya preparada la noche anterior encima del pequeño taburete que teníamos en el baño.
No era mi ropa; bueno, sí era mi ropa, pero me refiero a que no era mi ropa normal de diario, sino el uniforme de limpiadora que la empresa para la que trabajaba varios días a la semana me había proporcionado para ir a los sitios que me tocaba limpiar.
Pantalones azules rectos, con dos bolsillos laterales y muy sencillos, casaca del mismo color y unos zapatos negros de esos que parecen ortopédicos.
Salí del baño y me fui directamente a la cocina/comedor para beberme un café a toda prisa; con eso no me llenaría el estómago, pero sí que me ayudaría a estar más espabilada.
Si se daba el caso y podía parar diez minutos, ya comería algo de la máquina que tenían en las oficinas, acompañado de otro café, y si no, pues esperaría a llegar a casa.
Total, reservas en el cuerpo tenía de sobra y, por no desayunar, en los huesos no me iba a quedar, así que con el café tenía más que de sobra.
A las seis y cuarto salí de casa.
El sol ya dejaba ver sus primeros rayos y amenazaba con calentar bien el resto del día, lo normal a finales de junio en Marbella.
Las calles a esas horas de la mañana estaban prácticamente vacías; solo me cruzaría con gente como yo, que iba a trabajar, o con algún trasnochador que se recogía a esas horas después de pasar una noche de fiesta.
Y fiesta nocturna en Marbella había para aburrir, sobre todo en los clubs y pubs exclusivos donde iba la crema de la crema de la ciudad.
Todos los pijos, niños ricos, famosos y demás gente adinerada que no tenían nada que ver conmigo, a esos es a los que me refería. Marbella era mi ciudad desde mi nacimiento; me encantaba eso; no lo podía negar; su gente, o algunas de ellas, no tanto.
Marbella, a cualquier hora del día, olía a mar, a protector solar caro en cualquier esquina, a café por las mañanas para la gente como yo, que iba a trabajar por obligación cuando apenas había despuntado el día.
Cerca de las casas, o, mejor dicho, mansiones, que estaban por cualquier parte donde miraras, si dejabas atrás los barrios humildes, olía a césped recién cortado, a perfume caro, sin siquiera cruzar la puerta de entrada, y al encerado de los coches que los choferes daban a diario en los deportivos de los ricos para que, cuando se les antojara salir, relucieran más que el sol.
Pero, sobre todo, Marbella olía a algo que en nuestra ciudad había allá donde miraras.
A dinero.
Olía a ese dinero, muchas veces podrido o ganado no de forma muy lícita, que todos los que lo tenían se encargaban de exhibir para ser lo más de lo más o para quedar encima del de al lado que tenía tanto o más que él.
Exhibían sin pudor sus cochazos, esos que solían dejar aparcados en doble fila, no para molestar sino para llamar la atención.
Sus joyas tan ostentosas como feas, su ropa de firma, esa que solían ponerse una sola vez porque repetir modelito en una fiesta, al parecer, debía estar penado por la ley o ser un sacrilegio, sus bolsos que costaban más de lo que yo ganaba en un año deslomándome.
Pero ese olor nunca solía ir solo…
En casi todas las ocasiones, y digo casi porque la esperanza es lo último que se pierde, o eso dicen, yo esperaba que algunos, con los que todavía no había encontrado, pero tendría que haberlos, no consideraran el dinero lo más importante ni se mezclara con la arrogancia.
Sí, ese era el olor que más destacaba en Marbella: dinero más arrogancia.
Al parecer, lo uno unido a lo otro era como una religión para muchos. Si tenías dinero, también tenías que ser arrogante y gilipollas en el noventa por ciento de los casos.
¿Qué parecía que odiaba a los ricos?
No, no os confundáis yo no odiaba a nadie, ni los tenía envidia. Aunque pueda parecerlo, simplemente, en mi experiencia trabajando y viviendo allí con todas las personas de dinero con las que había tenido la desgracia de cruzarme, me habían hecho tener esa opinión.
Pero, como he dicho, tenía la esperanza de encontrarme con alguien pudiente que, además del dinero, tuviera otra cosa.
Valores.
Como, por ejemplo, humildad.
Porque se puede tener dinero y también ser humilde al mismo tiempo. Se puede tener dinero y no mirar a los que no lo tienen como si tuvieran la peste o como si fueran una mosca molesta a la que haya que aplastar de un manotazo.
En conclusión, esperaba que algún día me cruzara al menos con una persona que mirara a la gente por lo que era y no por los ceros que tuviera en su cuenta bancaria.
Pero hasta que llegara ese día, por desgracia, seguiría pensando igual.
Seguí caminando paso a paso mientras observaba todo lo que me rodeaba, y tenía para un rato largo, ya que la oficina a la que tenía que ir, en pleno centro, estaba a cincuenta minutos de mi casa y haría, como cada sábado, todo el trayecto de ida andando y también el de vuelta.
¿Había autobús?
Claro que lo había, pero yo prefería ir andando a todos los sitios que pudiera, ya que era algo que me encantaba hacer y, además, a mi cuerpo le venía muy bien.
Mientras recorría calle a calle, pensé en cómo mi hermana y yo habíamos llegado a esa situación en la que estábamos, que no era mala ni precaria, pero sí distinta a lo de años atrás.
Que no penséis que años atrás éramos dos niñas ricas, porque no, no lo éramos, pero teníamos otros planes de futuro, al menos yo, que se fueron al traste en apenas tres meses.
Nuestra infancia fue… podríamos decir que normal o casi normal.
Nos habíamos criado con mi madre al menos gran parte de nuestra vida. Yo era seis años mayor que Tania y sí que disfruté de mi padre hasta un mes después de que ella naciera.
Un accidente en la fábrica en la que trabajaba, cuando el techo de la sección en la que él estaba se desplomó, lo mató en el acto, dejándonos a mi madre y a mí desoladas. Mi hermana ni se enteró de aquello.
Desde ese momento, mi madre y yo tampoco, siendo sincera, volvimos a ser las mismas, pero yo, siendo la niña que era, lo superé o lo llevé mejor que ella.
A mi madre, que hasta ese momento nunca había trabajado, le tocó espabilarse y ponerse las pilas para tirar del carro y sacar adelante a dos niñas.
Lo hizo, con mucho esfuerzo, pero lo hizo. Al menos hasta que yo tenía dieciocho años recién cumplidos y Tania doce.
Una noche volvía del servicio de cenas del restaurante en el que daba extras cuando un tío en un coche que según los testigos debía de ir cargadito de alcohol por los bandazos que daba se la llevó de calle y nos la arrebató de la forma más cruel, dándose a la fuga después el muy cabrón.
Nos quedamos huérfanas y desoladas.
Ahí, como le pasó a ella años atrás, me tocó y no por obligación, sino porque quise ser yo la que tirara del carro. Cambié los planes que tenía.
Estaba a punto de empezar el grado que quería hacer en Córdoba, después de matarme a estudiar, sacar el bachillerato con unas notas excelentes y aprobar la prueba de acceso con la mejor calificación, pero por la situación lo dejé todo.
La prioridad era hacerme cargo de mi hermana, porque de ninguna manera iba a permitir que entrara en el sistema estando yo y, además, siendo mayor de edad, así que busqué trabajo a tiempo completo y empecé en lo primero que encontré.
De ese trabajo pasé a muchos otros. Unos duraron más, otros menos, pero desde aquel primero, que fue ya hace ocho años, había pasado por unos cuantos.
Casi todos de camarera o limpiando, que eran los peor pagados, pero que, sin estudios, eran los más fáciles de encontrar.
El piso en el que vivíamos con mi madre era mucho más grande y, con mi escaso sueldo, no me alcanzaba para pagar el alquiler, la comida ni cubrir nuestras necesidades.
¿Que cómo lo hacía mi madre entonces? Eso es sencillo de explicar.
Ella tenía una paga de viudedad, además de sus sueldos y de la ayuda desde que yo tuve catorce años, que aportaba haciendo trabajos de niñera o en casas limpiando siempre todo bajo manga.
Eso era lo que tenía pensado seguir haciendo cuando empezara a estudiar: trabajar a la vez para que ella no tuviera que ayudarme, pero no se dio la ocasión de hacerlo por lo que pasó, como ya he dicho.
Dejamos la casa en la que ambas nos habíamos criado y nos mudamos a otro barrio, donde encontramos un apartamento o cajita de zapatos, pequeño, limpio y asequible, que podíamos pagar con menos esfuerzo.
Tania, siendo la niña que era, podía haberse rebelado o quejado de la situación, poniéndomelo difícil, pero nunca lo hizo; siempre había entendido la situación.
Eso sí, cuando cumplió los dieciséis y terminó la ESO, dijo que dejaba de estudiar y se ponía a trabajar.
Eso no pasó; tuvimos la bronca del siglo que gané yo, pero no pasó. Su sueño era estudiar un grado medio de cocina y luego otro superior para acabar siendo una gran cocinera, y no podía permitir que también se quedara sin cumplirlo; con haberlo hecho yo ya era más que suficiente.
Así que yo seguí trabajando y ella estudiando, prometiéndome sacar las mejores notas y hasta ahora lo había cumplido.
Hubiera sido una aberración que no estudiara, y no solo porque lo quería, sino porque, entre fogones, era la mejor. Tenía unas manos de oro para la cocina que muchos chefs ya quisieran tener.
Habíamos tenido una vida difícil, pero juntas todo había sido más llevadero y, aunque no podía decir que era feliz al cien por cien, al menos pensaba que mi hermana sí que lo era y con eso me valía.