¡Niño pijo, me pones de los nervios! Capítulo 1
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¡Niño pijo, me pones de los nervios!

¡Niño pijo, me pones de los nervios!

Por Valentina Gala

© inepub.com

Capítulo 1

Miré el reloj por segunda vez y resoplé.

Eran las dos de la mañana y ahí seguía sentada en la incómoda silla de la cocina, con todos los materiales extendidos sobre la mesa, mientras terminaba la pulsera con la que llevaba liada varias noches.

Crear joyas, o en mi caso, bisutería, porque joyas no podían considerarse por el bajo coste de los materiales que solía usar, que eran acero inoxidable, resina, cobre, cristales y cosas parecidas, era mi pasión.

Desde que era una niña y pasaba por la joyería del barrio donde vivíamos, me quedaba con la cara pegada al cristal, admirando todas las piezas que tenían expuestas. Haber estudiado un grado superior en joyería artística era mi sueño, pero se quedó en eso, en un sueño…

La vida no me lo había puesto fácil y me había tenido que adaptar a como vinieron las cosas, aunque no me gustara el resultado.

De mi mente, mientras colocaba uno de los cristalitos que llevaba la pulsera, retiré esos pensamientos de lo que pudo ser y no fue al oír pasos a mi espalda.

Levanté la cabeza y la giré sobre mi hombro.

—Valle, ¿qué haces levantada? Déjalo para mañana; es tardísimo y mañana estarás más gruñona de lo normal por no haber dormido.

Gruñona iba a estar de todas maneras, durmiera o no, así que más daba, pensé mientras engarzaba el cristal con las pinzas.

—Según tu opinión, estaré gruñona, aunque duerma doce horas, así que más te da.

—Porque es la verdad: eres una gruñona.

—No soy gruñona, Tania, solo soy distinta a ti.

Y era la cruda realidad. Mi hermana Tania y yo éramos como la noche y el día; no teníamos nada que ver la una con la otra ni físicamente ni en el carácter ni en la forma de ser.

Donde ella era luz, alegría, simpatía yo era oscuridad, seriedad y una borde de cojones como solía describirme.

Que yo no pensaba así, simplemente no soportaba ciertas cosas y tenía la fea o la buena costumbre de no callarme nada si me molestaba o creía que alguien se patinaba diciendo o haciendo algo que no debería.

Tanía siempre estaba bromeando, riendo y voy a decirlo también porque era cierto metiéndose en líos de los que luego era yo era la que mayoría de las veces la que tenía que intervenir para salvarle el culo o ayudarla a arreglar el desastre de turno que había montado.

Yo, en cambio, no solía bromear, al menos no por deporte, como ella, y lo de reírme tampoco es que lo hiciera mucho, la verdad. Tenía demasiadas preocupaciones en la cabeza y poco tiempo para hacerlo.

No siempre había sido así, pero la vida me hizo cambiar y no fue poco a poco; fue de golpe y porrazo por el palo que nos llevamos. Tuve que madurar de golpe y por eso mi carácter cambió.

Mi hermana era la que se tomaba la vida a guasa, como yo le recriminaba muchas veces, aunque en el fondo me gustaría ser un poco más como ella y no estar siempre alerta, preocupada por todo, pasar un poco más de las cosas y poder disfrutar un poco más de la vida.

Pero no podía hacerlo…

Una de las dos, a mi modo de ver, tenía que poner el freno que necesitábamos y, por cosas de la vida, esa me había tocado ser a mí, por ser la mayor y la que tiró del carro cuando las cosas se torcieron.

Tania se sentó en la otra silla que teníamos en la cocina y se quedó mirando la pulsera que había apoyado sobre la mesa.

Yo la miré a ella y pensé, sonriendo internamente, que era una niña loca que me desquiciaba con sus cosas, pero que la quería con toda mi alma y que, aunque las liara pardas día sí y día también, haría lo que fuera por ella.

Y no solo porque fuera la única familia que me quedaba, igual que yo era la única suya, ya que desde hace años éramos solo las dos.

Sino porque la había adorado desde el día en que nació y seguiría siendo así durante el resto de nuestra vida.

Me quejaba de las que liaba, de su risa escandalosa y de su forma de vivir la vida sin pensar demasiado. Pero gracias a ella y por ella no me había hundido cuando podría haberlo hecho y seguía adelante cada día, luchando para que tuviera las oportunidades que yo no había tenido.

Tania era mi persona vitamina, la que, con su vitalidad, su espontaneidad y esa sonrisa constante en su cara, me daba las ganas de seguir.

Repasé con rapidez su aspecto, aunque me lo sabía de memoria, y volví a sonreír al ver lo bonita que era. Bueno, bonita no: era preciosa.

Preciosa por dentro y por fuera.

Su aspecto no tenía absolutamente nada que ver conmigo, como he dicho antes; éramos completamente distintas en todo.

Mi hermana era rubia; el pelo liso le llegaba a la mitad de la espalda y siempre lo llevaba peinado como si acabara de salir de la peluquería. Sus ojos eran como dos luceros de color negro, brillantes, llenos de vida y con esa mirada traviesa que te atrapaba.

Tenía un cuerpo que no le hacía falta cuidarlo; por genética, esa que heredó de mi madre, era espectacular.

Tenía curvas donde había que tenerlas, un pecho perfecto, ni grande ni pequeño, lo justo para estar en consonancia con su cintura de avispa y sus piernas largas y perfectas.

Era un bombón de mujer.

En cambio, yo…

Yo, por desgracia o porque me había tocado, no había heredado esa genética; a mí me había tocado lo malo o lo menos bueno.

Tenía el pelo pelirrojo, pero no un pelirrojo bonito de esos que parecen fuego, no, era un rojo o un naranja, mejor dicho, como el de las zanahorias.

Odiaba mi pelo…

Mis ojos no estaban mal comparados con el pelo claro, pero tampoco eran nada reseñables, aunque, siendo justa, eran mi mejor rasgo, o eso me repetía Tania muy a menudo, y yo, por no discutir o porque había acabado convenciéndome, le daba la razón.

Eran grises, pero no un gris cualquiera, ya que tenían motas azules salpicadas, lo que los hacía un color difícil de definir, mucho menos cuando cambiaban de color.

Porque sí, lo hacían a placer.

Me cambiaban de color por el reflejo de la luz o por mi estado de ánimo; pasaba que, cuando estaba enfadada, se me oscurecían un poco, y cuando estaba muy triste brillaban, y si se me llenaban de lágrimas, se volvían mucho más claros de lo que habitualmente estaban.

Y luego estaba mi cuerpo…

Si en lo demás era distinta a Tania, en eso ya era en lo que más se notaban nuestras diferencias.

Su cuerpo era perfecto; el mío, para no mirarle dos veces.

Estaba rellenita, que no gorda. Me sobraban unos cuantos kilos, no muchos, pero sí los justos para que ningún chico, que tampoco es que quisiera, dicho sea de paso, se fijara en mí.

Tenía unas caderas anchas a juego con mi culo que no es que fuera excesivo, pero si como para llenar una talla cuarenta y cuatro de pantalón sin problemas.

Y luego estaba mi pecho…

Dios, mi pecho. Ese sí que me traía por la calle de la amargura. Tenía mucho, demasiado para mi gusto.

Y era así desde que me había empezado a desarrollar y eso lo hice muy pronto.

Hasta Tania bromeaba algunas veces y me decía no para hacerme daño, sino para intentar quitar hierro al asunto de que me habían salido las tetas antes que los dientes y que no habían dejado de crecer hasta que ya no tenía más sitio en el pecho para rellenar.

Y, al parecer, así era porque mi madre tenía un par de tetas que no creía que ningún hombre con una sola mano pudiera envolver ni una sola.

Hombres…

Ja, ja y ja. Solo de pensar en ellos me reía con amargura por la situación, ya que llevaba años en sequía. Ya ni recordaba la última vez que había tenido sexo.

Y es que, entre el poco tiempo que tenía, que no salía nunca y mi aspecto, era impensable ligar.

Pero era lo que había y no me quedaba más remedio que aceptarlo. Ya me había hecho a la idea, aunque era joven y aunque mi hermana se enfadara cuando me lo oía decir, de que me iba a quedar para vestir santos.

—Te ha quedado preciosa; eres una artista.

Puse los ojos en blanco.

—No está mal —murmuré.

—No está mal, dice la tonta de ella. Sí, es una maravilla, Valle. Si en vez de esos materiales tuvieras los de verdad, las niñas pijas se pegarían por llevar una pulsera como esa.

—Eso nunca será posible, así que estos diseños solo los llevarán chicas con una economía tan escasa como la nuestra.

Al ver la tristeza reflejada en mis ojos, porque ahí estaba, sobre todo, siempre que hablábamos de que podría crear maravillas con materiales de verdad, como el oro, los diamantes o decenas de ellos que eran maravillosos, Tania me cogió la mano y me la apretó en señal de cariño.

—Ojalá todo hubiera sido distinto.

Ojalá… pensé dándole la razón.

—Pero no lo ha sido, así que esto es lo que hay y, aun así, doy gracias por poder hacer algo y de que encima se venda.

—Valle, vamos a la cama; mañana es sábado y tienes limpieza por la mañana y un turno doble de comidas y cenas en el restaurante. Vas a estar agotada.

Suspiré al pensar que no solo estaría agotada físicamente, a eso ya estaba acostumbrada si no también mentalmente porque estaba de mi jefe del restaurante hasta el moño y cualquier día no tardando mucho le iba a mandar a la mierda por baboso y plasta.

Llevaba trabajando allí seis meses y estaba harta, no, lo siguiente: aguantando sus insinuaciones, sus intentos de rozarme a la mínima ocasión y su insistencia en que me metiera en su cama.

Y qué coño, que yo sí que quería sexo; ¿quién no lo querría? Eso era algo que a todo el mundo le gustaba y quien diga lo contrario miente.

Pero no a cualquier precio ni con cualquiera.

Y mi jefe se quedaba más fuera todavía de ese con cualquiera y no solo porque fuera más feo que Picio, que lo era, sino porque me doblaba la edad y encima el muy cabrón estaba casado.

Recogí todos los materiales que tenía en la mesa y los metí en la caja, que tenía varios compartimentos y en la que todo estaba colocado con precisión para no mezclar nada. Con ella bajo el brazo, me levanté de la mesa.

Las dos juntas entramos en el único dormitorio que tenía el apartamento, si es que podíamos llamarle así, y nos metimos juntas en la única cama, que, gracias a Dios, era grande.

Ni cinco minutos fueron los que tardé en quedarme dormida después de apoyar la cabeza en la almohada, porque sí, estaba cansada, pero eso era algo que ya era una constante en mi vida.