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Cuarenta minutos

Laura está en la acera de enfrente, dos portales más arriba, debajo de un balcón. No se mueve hasta que la otra desaparece. Después mira a los dos lados de la calle y cruza.

Dentro huele a lejía y a bicicleta. Laura sube los cuatro tramos sin encender la luz de la escalera. En el segundo hay un felpudo con un gato bordado y por debajo de la puerta sale luz azul. En el tercero hay tres bolsas de basura contra la pared.

En el cuarto se para y se queda en el descansillo.

Se pasa la mano por el pelo, una vez, hacia atrás. Se cambia el bolso de hombro. Se agacha y se sube un poco el talón del zapato izquierdo, que se le había salido en el tercero.

Saca las llaves y separa una del manojo con el pulgar.

Abre.

El recibidor está a oscuras. La luz viene del salón, del pie que hay junto al sofá, la bombilla de sesenta vatios.

Tomás está sentado en el suelo, con la espalda contra el radiador y las piernas estiradas hacia la mesa baja. Tiene la camisa por fuera del pantalón y la mano derecha en la cabeza, por encima de la oreja.

Laura se para en el marco del salón.

Encima de la mesa baja hay dos vasos, uno de ellos vacío del todo, y un cargador desenchufado cuyo cable llega hasta el suelo.

En el brazo del sofá hay un jersey gris con un botón de nácar en el cuello.

Junto a la pata de la mesa hay un vaso caído que no se ha roto y que ha dejado un cerco en la moqueta.

El balcón está abierto y golpea contra el marco.

—Laura —dice él.

Lo dice normal. Lo dice como se dice desde el recibidor cuando se entra en una casa.

—Laura, hostia. Ayúdame a levantarme.

Ella no se mueve.

—Me he dado un golpe. —Se mira la mano y se la vuelve a poner en la cabeza—. Me he resbalado y me he dado con esto. ¿Tú qué haces aquí?

00:36 Laura entra en el salón. Deja el bolso en el sofá, encima del jersey gris. Se coloca a metro y medio de él.

—Llévame a casa —dice Tomás—. Anda. Llévame a casa y mañana hablamos de lo que quieras.

—¿De lo que quiera?

—De lo que quieras.

Tiene la pupila izquierda más grande que la derecha. Habla despacio y termina las frases.

—¿Me acercas el agua?

Ella no se la acerca. Él no lo repite.

—Es que me ha tirado —dice—. La tía me ha tirado. Yo estaba ahí, en la puerta, y me ha puesto las manos y me ha tirado. Y encima se ha llevado una cosa mía.

—¿Qué cosa?

—Una cosa mía. Del trabajo.

Se toca otra vez la cabeza en el mismo sitio, se mira los dedos y se los limpia en el pantalón.

00:38 Laura va hasta el balcón y lo cierra. Echa el pestillo de abajo, que está duro y hay que darle con la palma.

Vuelve al salón.

00:41 Tomás se saca el móvil del bolsillo del pantalón. Le cuesta por la postura y tiene que ladearse. Marca tres números y se lo pone en la oreja.

Laura da dos pasos y se lo quita de la mano.

No hay forcejeo. Él levanta el brazo cuando ya no tiene nada que levantar. En la pantalla pone cuatro segundos. Ella corta.

—Laura.

—Espera.

—Laura, tengo que...

—Espera un momento. Espera un momento, joder. Déjame pensar.

Se queda con el teléfono contra el pecho, sujeto con las dos, y da tres pasos hacia la ventana y tres pasos de vuelta.

—Laura, dame el teléfono.

—Espera.

—Que me des el teléfono, hostia.

Ella se lo pasa a la mano izquierda y se aparta un paso más.

En la cocina, la nevera arranca.

00:44 Laura se sienta en el suelo. No al lado de él: enfrente, con la espalda contra el mueble bajo del televisor, las rodillas dobladas y el teléfono junto al muslo.

—¿Es Eva? —dice.

Tomás cierra los ojos.

—Es Eva —dice ella.

—Laura.

—Vale.

00:47 Se levanta. Coge el vaso caído del suelo, lo pone en la mesa y luego coloca la mesa recta, empujándola con la rodilla hasta que queda paralela al sofá.

Va al pasillo y estira con el pie un pliegue de la moqueta que hay a la altura de la puerta.

Se sienta otra vez donde estaba.

—Me estoy mareando —dice Tomás.

Ella levanta la cabeza.

—¿Cómo?

—Que me estoy mareando un poco. —Se recoloca con los codos—. Se me pasa.

00:51 Laura coge el teléfono del suelo. La pantalla se enciende y le pone la cara azul.

Lo mira. Levanta la vista hacia el radiador. Lo vuelve a dejar en el suelo, boca abajo, exactamente donde estaba, y aparta la mano.

En el patio de luces, alguien baja una persiana.

00:52 Tomás dice dos palabras. La segunda no la termina.

—Estoy aquí —dice ella.

No se levanta. Con el pulgar quita una pelusa de la moqueta del mueble y la deja caer al suelo, a un lado, y después se limpia el pulgar en el vaquero.

00:53 La lámpara de pie hace un chasquido al calentarse la pantalla.

00:55 Tomás dice algo sobre el lunes. Dice dos frases enteras sobre una reunión que tiene el lunes y sobre un hombre que se llama Ramón.

Ella no contesta.

00:56 Laura se pone de rodillas, coge los dos vasos de la mesa baja y los lleva a la cocina. Abre el grifo. Los enjuaga uno por uno con los dedos, por dentro y por el borde, y los pone boca abajo en el escurridor.

Cierra el grifo. Se seca las manos en los vaqueros.

Desde la cocina no se ve el salón. Se queda ahí catorce segundos.

Vuelve al salón secándose todavía las manos.

—Estás ahí —dice él.

—Estoy aquí.

—Vale.

00:59 Laura se levanta y se acerca a la butaca. Coge el respaldo.

—Tomás.

—Qué.

—¿Cuánto tiempo?

—¿Cuánto tiempo qué?

Ella no lo repite.

01:01 Se sienta en la butaca, en el borde, con los pies juntos.

01:03 Tomás dice una palabra que empieza por a y no la termina. Lo intenta otra vez. Le sale un sonido.

Laura se levanta del suelo y se acerca. Se arrodilla a su lado, a su derecha. Le baja la mano que tiene en la cabeza, despacio, cogiéndosela por la muñeca, y se la sujeta con las dos suyas encima del muslo de él.

Se queda así.

Con la mano izquierda le abre un poco el cuello de la camisa, que tiene el primer botón abrochado, y se lo desabrocha.

01:05 Le sube la manga izquierda de la camisa hasta el codo y se la vuelve a bajar.

01:07 —Alba se examina el martes —dice.

01:11 Le suelta la mano y se estira hacia el suelo, sin levantarse del todo, y coge el teléfono. Lo enciende. La pantalla se ilumina y se le queda encima de la rodilla.

Lo mira nueve segundos.

Lo apaga y lo deja en el suelo, más cerca de ella que antes.

Le vuelve a coger la mano.

01:16 —Ya está —dice—. Ya está, ya está, ya está.

Le pone la otra mano en la frente y se la deja ahí.

01:21 La respiración de Tomás se para y no vuelve a empezar.

Laura no se mueve. Sigue de rodillas, con la mano de él entre las suyas, tres minutos.

01:24 Se levanta. Le cuesta, porque lleva mucho rato en el suelo, y se apoya en la mesa baja para hacerlo.

Mira la mesa baja. Mira el cargador desenchufado, con el cable colgando, y sigue el cable con los ojos hasta el enchufe de la pared.

Se agacha y mira debajo de la mesa, con una mano en el suelo. Levanta los cojines del sofá, los dos, y los vuelve a poner. Mete la mano por el lateral, entre el brazo y el asiento, hasta el codo.

Va a la cocina. Mira la encimera, el borde del fregadero y el hueco entre el frigorífico y la pared. Abre el cajón de arriba y lo cierra.

Vuelve. Entra en la habitación de la izquierda, enciende la luz del techo, mira la cama deshecha, la mesilla y el suelo de los dos lados. Apaga y sale.

Entra en el baño. Enciende, mira el mueble del lavabo y la repisa, apaga y sale.

Se agacha otra vez junto a Tomás y le mira los bolsillos del pantalón sin tocarlo: el derecho, que es de donde salió el móvil, y el izquierdo, que está liso.

Vuelve al salón y se queda de pie delante de la mesa baja, mirando el cargador.

Se queda quieta cuatro segundos.

01:26 Coge el móvil del suelo. Lo enciende. Entra en el registro de llamadas.

Hay una entrada arriba del todo. La borra. Comprueba que no está. Sale del registro, vuelve a entrar y lo comprueba otra vez.

Lleva el teléfono a la cocina y lo deja en la encimera, a un palmo del escurridor, con la pantalla hacia arriba.

Vuelve al salón. Coge su bolso del sofá. El jersey gris se queda donde está.

01:28 Se para en el marco de la puerta del salón y mira hacia dentro.

Los dos vasos están del revés en el escurridor. La mesa está paralela al sofá. El balcón está cerrado. La moqueta del pasillo está lisa. Su bolso lo tiene en el brazo.

La lámpara de pie sigue encendida.

01:29 Va hasta ella. Le pone la mano en el interruptor de pie, en el cable, y la deja ahí.

No la apaga.

01:33 Sale al rellano y cierra la puerta con la llave, dos vueltas, empujando la hoja con la mano para que entre el resbalón.

Baja los cuatro tramos sin encender la luz, con la mano en el pasamanos. En el tercero están las bolsas. En el segundo, el felpudo del gato y una raya azulada saliendo por debajo.

En el portal se para antes de abrir. Mira por el cristal hacia la calle, hacia un lado y hacia el otro, cinco o seis segundos.

Después empuja.

En la calle no hay nadie. El bar de la esquina tiene las sillas encima de las mesas.

01:38 Poeta Altet. Abre el coche, se sienta y coge el móvil de la guantera.

Lo enciende. Tarda dieciocho segundos en arrancar.

Entran cuatro notificaciones seguidas. Son las reacciones a la foto que subió al grupo a las nueve y cuarenta y seis.

Laura se abrocha el cinturón. Pone el intermitente y sale.

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