Ninguna estuvo allí 48
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El lunes, temprano, llamo a Rosa.

—Voy a entregarlo.

Se hace un silencio de tres segundos al otro lado.

—¿Hoy?

—Hoy.

—Vale. —Y no dice nada más de eso. Nada. Ni piénsalo , ni te recuerdo que , ni una sola vez el consejo que me dio el sábado—. No lo toques, no lo enciendas y no salgas de tu casa con él hasta que yo llegue. Voy para allá.

Llega a las diez y cuarto con un ordenador portátil y una carpeta y se sienta en mi comedor a redactar.

Marta está en el instituto. Quique duerme desde el jueves en casa de su madre, en Paterna, y viene por las tardes a ver a la niña, y anoche cenamos los tres y estuvo bien y fue horrible.

Rosa pide un café, se lo toma frío y no levanta la cabeza.

Tarda una hora y cincuenta minutos, y es la mejor hora y cincuenta minutos de trabajo que he visto hacer a nadie en mi vida.

Escribe un escrito de tres folios y medio.

No pone adjetivos. No explica por qué lo hice.

Pone qué es el aparato, marca y modelo, dónde ha estado a cada hora desde aquella noche, quién lo ha tenido, cuántas veces se ha encendido y en qué fechas, dónde está la tarjeta, que no se ha conectado a ninguna red, que no se ha borrado ni añadido nada, y que la titular de la declaración solicita que se preserve y se analice íntegramente.

Y luego pone una lista de once puntos que soy yo.

—Léela —dice—. Entera. Y si hay una sola cosa que no sea exactamente así, me lo dices ahora.

La leo dos veces.

Es la primera vez en once días que veo escrito lo que hice, en frases cortas y numeradas, sin ninguna palabra blanda. No pone empujón . Pone lo que pasó, con las palmas abiertas y con el cuerpo detrás.

Y hay un punto, el séptimo, que dice que la declarante retiró la mano.

—Eso lo has puesto tú.

—Eso me lo dijiste tú el sábado.

—Ya, pero eso me deja...

—Eso te deja donde estás. —Y no levanta la vista de la pantalla—. Ahí no vamos a poner solo lo que te conviene, porque si ponemos solo lo que te conviene, lo que te conviene deja de valer.

—Está bien.

—¿Seguro?

—Está bien, Rosa.

—Firma abajo y en cada folio.

Zapadores es a las doce y media.

No nos reciben en la sala pequeña de las otras veces. Nos reciben en un despacho con dos mesas, y hay tres personas: Gisbert, el que teclea y un tercero de la Científica al que no habíamos visto.

Rosa hace lo suyo. Presenta el escrito, entrega una copia, dice cuatro frases de las que la mitad son fórmulas.

Y después saco la bolsa del bolso y la pongo delante.

El de la Científica se pone unos guantes. Coge la bolsa, la abre, saca el aparato con dos dedos y lo deja sobre una hoja blanca. Es un Android negro de sesenta euros con el plástico rayado en un borde y sin tarjeta.

—¿Y la SIM?

Abro el monedero, saco el carné de conducir y detrás está, del tamaño de una uña, con una arruga en la esquina de llevar once días metida ahí.

La dejo en la mesa.

Y en ese momento, no antes, es cuando se me pone la cara caliente. No cuando firmé el escrito, ni cuando lo leí, ni cuando se lo dije a Rosa por teléfono a las nueve menos cuarto.

Cuando saco de detrás de mi carné de conducir una tarjeta del tamaño de una uña y la dejo encima de la mesa de una comisaría delante de cuatro personas.

—¿Cuándo la extrajo? —dice el de la Científica.

—Esa misma noche. En mi coche.

—¿Con qué?

—Con una horquilla del pelo.

Y lo apunta, y no le parece nada. Es una frase que a mí me ha estado royendo once días y él la escribe en cuatro segundos y pasa a la siguiente casilla.

Etiquetan las dos cosas por separado. El de la Científica rellena un impreso, hace dos fotografías y mete cada cosa en una bolsa distinta, precintada y con un número.

—¿La contraseña? —dice.

—Cero cuatro cero seis.

Lo apunta.

Y luego Gisbert dice:

—Bien. Pues ahora tomamos otra declaración.

Y dura dos horas y cuarenta minutos.

No lo voy a contar entero. No hay nada que contar que no esté en las once líneas de Rosa: que hubo un empujón, que fue con las dos manos y con el peso del cuerpo, que se golpeó contra el radiador, que se levantó, que hablaba, que me corté la mano y retiré la mano y no volví a acercarme, que me llevé un teléfono que él me pidió que dejara, que lo apagué, que le saqué la tarjeta, que lo escondí en una rueda cuarenta minutos después de saber que estaba muerto y que el lunes uno de junio borré mi lado de la conversación en mi propio móvil sabiendo que había una investigación abierta.

Esta vez contesto a todo.

Gisbert no me dice ni una sola vez que hice bien en traerlo. Ni una. Y yo, en algún momento de esas dos horas y media, me doy cuenta de que estaba esperando que lo dijera, y me da una vergüenza que no se me quita en toda la tarde.

Lo único que dice, cerca del final, es:

—¿Usted es consciente de que en esa grabación está usted?

—Sí.

—¿De principio a fin?

—Sí.

—Muy bien.

Y sigue.

De lo de las cero cuarenta y uno no habla.

De Laura no habla. Yo tampoco lo saco, porque Rosa me lo dijo en el coche y tenía razón: yo he venido a entregar lo mío y a decir lo mío, y el día que empiece a explicarles a ellos lo que tienen que mirar, dejo de ser una que rectifica y paso a ser una que señala.

Ese audio dice a qué hora bajé yo cuatro pisos. No dice quién los subió.

Salimos a las tres y veinte.

En el aparcamiento hace el mismo calor que hace once días, cuando una mujer con gafas de sol me preguntó cómo llegó mi sangre a un radiador.

—¿Y ahora qué? —digo.

—Ahora esperamos. —Rosa abre el coche—. Van a analizarlo, van a cotejar el audio con lo que tienen y eso tarda. Y en algún momento el juzgado decidirá si tú pasas a estar investigada, que probablemente sí.

—Vale.

—Y quiero que oigas esto una vez y no lo vuelvo a decir.

—Se apoya en la puerta abierta—. Yo el sábado te dije que no lo entregaras y te lo dije bien dicho, y si me lo preguntas otra vez te lo vuelvo a decir igual, porque ese era mi trabajo.

Y hoy también era mi trabajo redactar ese escrito lo mejor que sé.

—Ya.

—Las dos cosas a la vez. Eso es lo que soy yo.

—Ya lo sé.

—¿Te llevo?

—Voy a andar un rato.

—Son cuatro kilómetros.

—Ya.

Antes de subirse al coche dice una última cosa:

—El miércoles te llamo con las fechas. Y come.

—Vale.

—Que lo digo en serio.

Y me deja andar, que es lo que le agradezco más de toda la mañana.

Bajo por Zapadores y cojo Peris y Valero hacia el río, con el sol de las tres y media de junio dándome en la cabeza, y ando media hora sin pensar en nada, que es una cosa que no me pasaba desde el veintiocho de mayo.

Y en algún momento, en un semáforo, me meto la mano en el bolso a buscar el móvil y me encuentro con la mano vacía en un sitio del bolso donde no había nada, y aun así la mano va allí.

Once días. Once días llevando eso de un sitio a otro, de una chaqueta a una rueda, de una rueda a una mesa, decidiendo cada mañana quién podía saber que existía.

Ya no es mío. Está dentro de una bolsa con un precinto numerado y lo va a abrir un señor con guantes y lo van a oír personas a las que no conozco, y va a decir lo que dice, que es lo que hice, y no va a haber ninguna manera de contarlo mejor.

Y eso no me hace mejor persona. Que quede escrito, porque llevo toda la mañana con la tentación de sentirme algo y no me lo voy a permitir: yo no he entregado eso por Tomás Bru, ni por Laura, ni por la verdad.

Lo he entregado porque llevaba once días eligiendo qué sabía cada uno, y porque el jueves por la noche un hombre bueno me dijo en mi comedor que no volviera a decidir por él qué verdad podía soportar, y porque tenía razón, y porque yo se lo estaba haciendo a cinco personas más.

Saco el móvil en el semáforo de la Alameda.

Las cinco 🌙

Eva 15:52

Acabo de salir de Zapadores. He entregado el móvil de Tomás y he rectificado mi declaración entera.

Lo mando y me lo guardo en el bolsillo del pantalón, y no lo saco en cuarenta minutos.