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—A traerte ibuprofeno.
Lo dice enseguida. Sin pensarlo, en dos segundos, con la naturalidad de quien contesta algo que sabe.
—Me llegaron seis cajas y a ti nunca te encuentro en casa, y pasé. Eso es lo que hice.
—Y te sentaste en mi cocina hora y media.
—Me senté en tu cocina porque eras mi amiga, Eva.
Eras. Y no lo dice para hacer daño. Se le cae solo, y por eso duele.
—¿Y qué me dijiste?
—Ya sabes lo que te dije.
—Dilo.
—Te dije que creía que Tomás estaba con alguien. —Sube un poco la barbilla—. Y me senté en tu cocina a llorar delante de la mujer que se acostaba con él. Y ahora resulta que la que tiene que dar explicaciones de aquella tarde soy yo.
—No he dicho eso.
—Pues no sé qué estás diciendo.
—Estoy diciendo que me preguntaste una cosa.
Nuria levanta la cabeza.
—Me preguntaste si yo había notado algo raro. Eso me lo preguntaste tú, en mi cocina, con las cajas encima de la encimera. Y me dijiste que ya no te fiabas de lo que veías y que yo me fijo en todo.
—¿Y?
—Y que no me lo has preguntado nunca. En veinte años.
—Eva, eso es una barbaridad.
—Es una barbaridad y es verdad.
—Es que en veinte años no se me había muerto...
—En veinte años tú no me has pedido consejo sobre nada.
—Y me oigo, y estoy tranquila, y no sé de dónde ha salido esa tranquilidad—.
Ni una vez. Ni cuando lo de tu padre, ni cuando Alba repitió, ni cuando lo del despacho.
Tú vienes a arreglarnos las cosas a las demás.
Eso es lo que haces desde que te conozco.
Laura no contesta.
Y entonces me giro hacia el sofá.
—¿A vosotras os preguntó?
—¿Qué? —dice Pilar.
—Que si Laura fue a vuestra casa esta primavera a preguntaros si habíais notado algo raro en Tomás.
Pilar frunce el ceño y se queda pensando de verdad, porque Pilar es incapaz de contestar deprisa a nada y porque además está repasando la primavera entera.
—A mí no. —Y luego, para asegurarse—: A mí me preguntó por lo de la caldera de Celia en abril. Y por si íbamos a ir a lo de la boda del sobrino. Pero de Tomás no.
—¿Nuria?
—¿Nuria?
—A mí no. —Y muy bajito—: A mí no me ha preguntado nunca nada.
—¿Celia?
Celia niega con la cabeza una vez.
Y en ese salón, con el balcón golpeando, se hace una cosa que no es exactamente un silencio, porque hay ruido de calle y hay una moto y hay un televisor en el patio de luces.
Es más bien que las cuatro estamos haciendo la misma cuenta a la vez.
—Fui a una casa —dice Laura.
—Fuiste a la mía.
—Fui a la tuya porque eres con la que más confianza tengo.
—Tenías.
—Tenía.
—¿Y a Celia no? —dice Nuria—. Perdona, Laura, pero es que Celia es la que...
—A Celia se le nota todo en la cara —digo yo.
Y lo digo sin pensarlo, porque me sale, porque es la frase con la que aquella mujer se despidió de mí en la puerta de mi casa el doce de mayo, y en el momento en que la digo veo a Laura mirarme.
—Eso me lo dijiste tú —añado—. En mi puerta. Que a Celia se le nota todo en la cara.
Celia se ha puesto muy quieta.
Y ahí es donde lo digo.
—Laura, yo fui a dejarlo porque tú viniste a preguntarme por su amante.
No lo digo alto. Lo digo sentada, a tres metros, y me sale entero y de una pieza y sin que me tiemble, y en el momento de decirlo me doy cuenta de que llevo dos días sabiéndolo y no lo había puesto en una frase.
—Aquella tarde te sentaste en mi cocina y lloraste. Y a las once de la noche de aquel mismo día yo le escribí a tu marido que lo dejábamos el último jueves.
Laura no dice nada.
Y esto es lo que hace, y lo cuento porque lo estuve mirando y porque no voy a saber nunca qué significaba.
Baja la mano derecha al suelo, al lado de la pata de la silla, y coge una cosa pequeña que hay ahí, un plástico blanco de los que dejan ellos, una pegatina o un número, no sé qué es. Lo coge con dos dedos.
Y se queda con eso en la mano.
Laura Espí, que en once días ha organizado un tanatorio, ha cerrado un despacho y ha llevado a una niña de dieciocho años a tres exámenes, tiene una porquería entre el índice y el pulgar y no sabe dónde ponerla.
—¿Cuándo? —dice.
—¿Cuándo qué?
—Que cuándo se lo escribiste.
—El doce por la noche.
—El doce.
—Sí.
—El mismo día.
—El mismo día. A las once de la noche, desde mi cama, con mi marido al lado.
Y no termina la frase siguiente.
La empieza. Dice entonces tú y se para, y eso es todo, y esa mujer no ha dejado una frase sin terminar delante de mí en veinte años, ni en un tanatorio, ni en un juzgado, ni contándonos lo que le había dicho un forense.
—¿Entonces yo qué? —digo.
—Nada.
—Dilo.
—Que no es nada, Eva.
Y coge aire por la nariz y lo suelta, y se recoloca en la silla, y vuelve a estar derecha.
—Que si tú lo dejaste aquella noche —dice—, entonces él ya no tenía a nadie.
Lo dice mirando el suelo.
Y no sé qué es eso. No sé si eso es una mujer que entiende lo que ha hecho o una a la que le acaban de decir lo que ha perdido, y llevo desde entonces sin saberlo, y esa es una de las tres o cuatro cosas de todo esto que nunca voy a saber.
Nuria se levanta del sofá.
No se acerca a nadie. Va a la cocina, abre el grifo, lo cierra sin llenar nada y vuelve, y se queda de pie detrás del sofá, que es donde no está ni con una ni con otra.
—Laura —dice.
—Qué.
—¿Tú a mí me preguntaste alguna vez?
—Nuria, por favor.
—Es que es una pregunta. —Y se le rompe un poco—. Yo llevo nueve años trabajando contigo y llevo dos años yendo a un hotel a dormir y tú no me has preguntado nunca por qué. Y yo pensaba que era porque respetabas lo del pacto.
Laura la mira.
—Y a lo mejor era eso —dice Nuria—. Yo qué sé. Es que ya no sé nada.
Y se sienta otra vez.
Y aquí hay que decir una cosa, y la voy a decir yo aunque me deje peor, porque si no la digo esto se convierte en una historia que no es.
Que Laura fuera a mi cocina el doce de mayo no cambia nada de lo que hice yo.
Yo no empujé a nadie el doce de mayo. Yo lo empujé el veintiocho, a las doce y once de la noche, en ese trozo de suelo, con las dos manos y con el peso del cuerpo, porque llevaba hora y media perdiendo una conversación y porque quería salir por esa puerta.
Ella me llevó hasta esa noche. Eso es lo que creo y no lo puedo probar.
Lo del radiador es mío.
Nadie dice nada.
Pilar tiene las manos abiertas sobre las rodillas y está mirando el radiador, y lleva mirándolo desde que he señalado el suelo hace media hora.
Celia se ha sentado. No se había sentado en toda la noche, y lo hace en el borde del sofá, al lado de Nuria, sin tocarla.
Y Nuria está haciendo una cosa que le he visto hacer mil veces en una farmacia cuando entra alguien gritando: mirar a Laura y esperar a que Laura diga qué hay que hacer.
Y ella no contesta.
Y a los cuatro o cinco segundos, Nuria aparta la vista.
Eso es todo lo que pasa en este salón esta noche, y no lo ve nadie más que yo, y es lo único que va a cambiar de verdad después del domingo: que una mujer de treinta y cuatro años ha mirado a su jefa esperando instrucciones y ha tenido que apartar la vista.
Laura se agacha, coge el bolso del suelo y se lo pone en las rodillas. No se levanta. Se queda así, con el bolso encima, como se sienta la gente en las salas de espera.
—¿Puedo decir una cosa? —pregunta.
Y nadie contesta, porque en once días nadie ha tenido que darle permiso a Laura Espí para hablar.
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