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El domingo, a las siete y media, Celia ha subido a abrir el balcón.
Es lo único que ha hecho. No ha limpiado, no ha recogido, no ha movido nada, y me lo dice en el rellano mientras me abre la puerta.
—Yo entro y salgo. Lo demás lo miráis vosotras.
El piso huele a cerrado de once días, con el balcón ya abierto y sin que sirva de nada.
Y está distinto de una manera que no sabría explicarle a nadie que no lo hubiera visto antes.
Los muebles están todos, pero ninguno del todo en su sitio: el sofá separado veinte centímetros de la pared, la mesa baja girada, la butaca del balcón corrida hacia la ventana.
Han levantado un trozo de moqueta del pasillo y la han vuelto a poner mal.
Hay polvo negro en el quicio, en los interruptores y en el pomo de la cocina, un polvo fino y graso que no se va con la mano y que ha dejado la madera gris.
En la mesa baja no hay nada. En el brazo del sofá no hay nada.
Y el radiador está donde ha estado siempre, debajo de la ventana, con sus siete elementos y la pintura saltada en el canto del segundo, y no tiene absolutamente nada de particular. Es un radiador.
Eso es lo que a mí me deja peor de todo el piso.
Pilar y Nuria llegan juntas a las ocho menos cinco. Pilar trae una botella de agua de litro y medio y cinco vasos de plástico dentro de una bolsa, porque ha preguntado si llevaba algo y nadie le ha contestado y ella no viene a ningún sitio con las manos vacías.
Nuria entra dos pasos y se para.
—Ay.
—Ya —dice Celia.
—Es que yo he dormido aquí. —Se queda con el bolso colgando—. En esa habitación. Veinte o treinta veces.
Y no dice nada más en diez minutos.
Pilar deja la botella y los cinco vasos en la encimera de la cocina, y luego, sin que nadie le diga nada, coge un trapo, lo moja y se pone a quitar el polvo negro de los interruptores.
—Pilar —dice Celia.
—Es que se mancha todo el mundo.
—Déjalo.
—Que se mancha, Celia.
Y lo limpia. Y a los dos minutos el trapo está gris y ella lo dobla y lo deja en el borde del fregadero, y esa es la manera que tiene Pilar Donat de estar en una habitación donde no sabe estar.
Laura llega a las ocho y cinco.
Toca el timbre, que no lo ha tocado nadie en dos años porque todas tenemos llave, y Celia le abre, y ella entra en ese recibidor por primera vez en su vida.
Y lo que hace es esto: mira el salón entero, de izquierda a derecha, sin pararse en nada. Y luego dice:
—No sabía que era tan pequeño.
Se sienta en la silla que Pilar ha traído de la cocina, no en el sofá. Deja el bolso en el suelo, entre los pies.
Nos colocamos como podemos. Celia de pie, apoyada en el marco. Pilar y Nuria en el sofá. Yo en la butaca.
Y empiezo.
Les cuento la noche entera. Desde que salimos de Casa Lluïsa a las diez menos cuarto hasta que llegué a mi casa a las dos y diez.
Que vine andando. Que subí a las diez y cuatro. Que Tomás llegó a y veinte. Que subí a dejarlo y que se lo había escrito el doce de mayo. Que se lo dije a las once y media y que discutimos hora y media.
Que a las doce y seis él se puso a grabar la conversación con el móvil y lo dijo en voz alta.
Nuria levanta la cabeza.
Que a las doce y once cogí el bolso y me fui hacia la puerta, y que él se puso delante, entre la puerta y yo, y que le dije tres veces que se quitara.
Y que le puse las manos en el pecho y lo empujé.
—Ahí —digo, y señalo el trozo de suelo que hay entre el sofá y el pasillo—. Y se enganchó con la pata de esa mesa y se cayó de lado y se dio con la sien en eso.
Y las cuatro miran el radiador.
Sigo. Que se levantó solo. Que me insultó.
Que me dijo que me fuera. Que me agaché a mirarlo y me corté la mano con el canto y retiré la mano y no volví a acercarme.
Que a las doce y veintiséis cogí el otro móvil de la mesa, el que estaba grabando, y me lo llevé.
Que él me dijo que lo dejara donde estaba.
Que salí del portal a las doce y media.
Que llegué a mi portal pasadas las dos, y que entre una cosa y otra estuve hora y media dando vueltas con el coche.
Y que a las ocho y catorce de la mañana siguiente contesté claro .
Cuando termino, no dice nadie nada durante mucho rato. Se oye el balcón, que golpea, y la calle.
Pilar es la primera, y tarda casi un minuto en hablar, y cuando lo hace no me mira a mí.
—¿Y él te dijo algo? Después.
—¿Después de caerse?
—Sí.
—Me insultó. Y me dijo que me fuera. Y cuando yo estaba en el rellano lo oí decir mi nombre a través de la puerta.
Pilar asiente despacio, dos o tres veces, y se queda con eso.
—¿Y tú por qué no dijiste eso el viernes?
—Porque tenía miedo.
—Ya, pero es que si tú dices eso el viernes...
—Ya lo sé, Pilar.
—Es que a mí me destrozaron la casa por esto.
—Ya lo sé.
—Que no lo digo por hacerte daño. Lo digo porque es así.
Nuria se ha puesto a llorar sin ruido, tapándose la boca, y no dice nada.
Y Celia, desde donde está:
—¿Eso es todo?
—No.
—¿Qué falta?
Y ahí me giro hacia la silla de la cocina.
—Laura. ¿Por qué escribiste el mensaje de las ocho y doce?
Laura no se mueve.
—Ya lo he explicado —dice.
—Vuelve a explicarlo.
—Eva, ¿en serio? —Y lo dice cansada, no enfadada—. ¿Después de todo lo que acabas de contar aquí, la que tiene que explicarse soy yo?
—Sí.
—Pues lo explico otra vez, y lo explico las que hagan falta.
—Se recoloca en la silla, muy derecha—. Tomás no había dormido en casa.
Yo me levanté a las siete a despertar a Alba, que se examinaba el martes, y su padre no estaba.
Y no era la primera vez, y esta vez me dio un pálpito.
Y a las ocho de la mañana lo que pensé, con la niña en la cocina, fue que si le había pasado algo iban a venir a preguntarnos a todas dónde habíamos estado la noche anterior. Y os escribí eso.
—Escribiste si alguien pregunta .
—Escribí lo que se me ocurrió a las ocho de la mañana.
—No pusiste su nombre.
—¿Cómo?
—Que en ese mensaje no aparece Tomás. —Y no levanto la voz, y lo tengo pensado desde el sábado por la tarde—. Si tu marido no ha dormido en casa y estás preocupada, escribes chicas, ¿sabéis algo de Tomás? . Eso lo escribe cualquiera. Tú escribiste cuatro horas.
Silencio.
—Yo estaba asustada —dice Laura.
—Ya.
—¿Ya qué?
—Que yo también estaba asustada y no se me ocurrió montar una versión para cinco.
Y Nuria se seca la cara con la muñeca y dice, muy bajito:
—A mí me pareció raro.
Todas la miramos.
—Perdona, Laura. Pero es que a mí aquella mañana me pareció raro. Yo contesté en un minuto y a los diez minutos ya me estaba pareciendo raro, y luego pasó lo que pasó y ya no me acordé.
—Nuria, tú no...
—Que yo no te estoy acusando de nada, ¿eh? Yo digo que me pareció raro.
Laura se queda un momento con la boca cerrada, y luego mira a Pilar, y luego a Celia.
—A ver. Vamos a poner las cosas donde están.
—Junta las manos encima de las rodillas—.
Yo llevo once días haciéndolo todo. El juzgado, el forense, el tanatorio, el despacho de mi marido, la niña.
Todo. Y os he ido contando cada cosa el mismo día que me la decían a mí, y ninguna de vosotras se ha enterado de nada por nadie que no fuera yo. Ni una.
Y eso es verdad. Es completamente verdad, y las cuatro asentimos, porque las cuatro lo hemos vivido así.
—Y si escribí mal un mensaje a las ocho de la mañana del peor día de mi vida, pues lo escribí mal.
—Eso no lo he dicho yo —digo.
—No, si tú no has dicho nada. Tú estás preguntando. —Y me mira por primera vez desde que se ha sentado—. Que es distinto y es más cómodo.
—Laura.
—Y ya que estamos poniendo cosas encima de la mesa, vamos a ponerlas todas.
Y ahí es donde se acaba la reunión, aunque quedan cincuenta minutos.
—Aquí la única que tenía un motivo con una cifra al lado no soy yo.
Celia no se mueve del marco de la puerta.
—Y lo digo sin ninguna intención, Celia. Que lo sepas. Yo sé que tú no has hecho nada. Pero es que llevo once días oyendo que la rara soy yo porque organizo las cenas, y en esta habitación hay una persona a la que mi marido le debía cuarenta mil doscientos euros.
Nadie respira.
Celia tarda cuatro o cinco segundos.
—Eso lo has dicho tú, Laura.
—Yo he dicho...
—No. —Y se separa del marco—. Que eso lo has dicho tú, no yo, ni ella, ni ninguna. En once días aquí no lo ha sacado nadie ni una vez, y lo sabíamos las cuatro. Y lo acabas de decir tú, en mi casa, con mi madre muerta en el pasillo de esa foto.
—Celia, yo no...
—Y el hotel de Nuria tampoco lo ha sacado nadie. Ni lo del hijo de Pilar. Once días.
Se pone en el centro del salón.
—Nosotras cinco tenemos una regla desde agosto de 2024 y es una sola. Y no es lo de la llave, ni lo de la cena, ni lo de los jueves. Es que lo que sabes de otra no lo usas.
Nadie dice nada.
—Y en dos años no la había roto nadie —dice Celia—. Y no ha sido la que se acostaba con tu marido.
Laura baja la vista a las rodillas.
Y yo, con las manos frías y con el corazón haciendo lo que hace, entiendo que no voy a tener otro momento.
—Laura.
—Dime.
—¿Por qué viniste a mi casa el doce de mayo?
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