Ninguna estuvo allí 45
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El domingo por la mañana llamo a Celia a las nueve y media.

—¿Ya estás despierta?

—Llevo despierta desde las siete. ¿Qué pasa?

—El piso. ¿Sigue precintado?

—No. —Un ruido de cafetera—. Me llamaron del juzgado el miércoles por la tarde y me dijeron que ya podía entrar.

—¿Y has entrado?

—No.

—¿No has subido en cuatro días?

—Eva, ¿tú subirías?

Nos quedamos las dos calladas un momento.

—Me llamó la del segundo el jueves —dice—. Amparo. Para decirme que ya habían quitado los papeles y para preguntarme qué pienso hacer con el piso.

—¿Y qué le dijiste?

—Que no lo sé, le dije. Y me dijo que ella conoció a mi madre cuarenta y un años y que era una señora extraordinaria.

—Eso me lo dijo a mí también.

—Se lo dice a todo el mundo. Y es verdad.

—¿Y qué vas a hacer?

—Venderlo. —Lo dice sin pensarlo—. En cuanto se pueda. Y con lo que saque pago lo de Hacienda y me quito esto de encima, y si sobra algo me compro una caldera.

—¿Tienes las llaves? —digo.

—Yo tengo las mías. Todas tenemos las nuestras.

—Ya. Digo si la puerta abre.

—La puerta abre. Me dijeron que quitaron los papeles el miércoles y que estaba todo como estaba.

—Vale.

—¿Vale por qué?

—Porque esta noche voy a contarlo.

Se hace un silencio de tres o cuatro segundos.

—¿Esta noche? —dice.

—Esta noche. Me diste hasta el domingo.

—Ya sé lo que te di.

—Pues ya está.

—¿Y lo vas a contar dónde?

—Allí.

—¿Cómo que allí?

—En el piso, Celia. A las ocho.

Otro silencio, más largo.

—¿Y por qué allí? Eva, que ahí se ha muerto un hombre hace once días. Que Laura no ha entrado ahí en su vida.

—Ya lo sé.

—Porque no lo voy a contar dos veces —digo—, y porque cuando lo cuente van a querer saber dónde estaba cada cosa. Dónde estaba la mesa, dónde estaba el radiador y por dónde salí. Y eso no se explica en un salón de Marqués del Turia.

Celia respira al otro lado.

Y hay otra razón, y no se la digo, y es la que a mí me parece más importante de las dos.

Ese piso lleva veintidós meses siendo el sitio donde las cinco íbamos a no dar explicaciones. Ese era el trato entero. Se sube, se hace lo que se tenga que hacer y nadie pregunta.

Y esta noche va a ser al revés, y va a ser allí, y por eso tiene que ser allí.

—¿Tú te das cuenta de lo que estás diciendo?

—Sí.

—¿Y Laura también?

—Laura también.

—Eva.

—Todas o ninguna, Celia. Si lo cuento delante de tres y ella se entera por vosotras, entonces sigo eligiendo yo quién sabe qué, y eso es exactamente lo que llevo once días haciendo.

Y ahí se calla, y luego dice:

—Vale.

—¿Vale?

—Vale. —Y con un tono distinto—: Yo subo antes. A las siete y media. No voy a dejar que os encontréis eso sin haberlo mirado antes alguien.

Cuelgo y escribo el mensaje.

Tardo cuarenta minutos en escribir cuatro líneas.

Es lo que tardo siempre con las cosas cortas.

Un contrato de ochenta páginas lo saco en dos días; una cláusula de nueve palabras me puede tener una mañana, porque en las cosas cortas no hay dónde esconderse y cada palabra tiene que aguantar el peso de las que faltan.

Lo empiezo cinco veces. La primera empieza pidiendo perdón y la quito, porque una disculpa en la primera línea es una manera de pedir permiso.

La tercera dice me gustaría explicaros , y lo quito también, porque no me gustaría.

Al final queda esto:

Las cinco 🌙

Eva 10:26

Chicas. Esta noche a las ocho en el piso.

Eva 10:26

Voy a contaros lo que pasó el jueves 28, todo, desde que salí de Casa Lluïsa hasta que llegué a mi casa. Y hay una parte que no sabéis y que tampoco sabe la policía.

Eva 10:27

Prefiero decirlo una vez y delante de las cuatro. Si alguna no quiere venir, lo entiendo.

Y lo mando.

Y luego me quedo mirando la pantalla como una tonta, como si fuera a pasar algo inmediatamente, que es exactamente lo que hicieron ellas cuatro el veintinueve por la mañana con el mío.

Nuria contesta a los cincuenta segundos.

Nuria 10:28

Eva

Nuria 10:28

por dios estás bien?

Nuria 10:29

yo voy

Pilar tarda ocho minutos.

Pilar 10:37

Allí estaré. ¿Llevo algo?

Y esa pregunta, en ese mensaje, después de todo, me hace algo raro en la garganta.

Celia contesta a las once menos veinte con una palabra, aunque hemos hablado hace hora y media, y eso también es Celia: si algo se dice en el grupo, se contesta en el grupo.

Celia 10:41

vale

Y luego no pasa nada durante dos horas y catorce minutos.

Como el primer viernes, solo que al revés.

Las gasto así. A las once bajo a por el pan, porque los domingos bajo a por el pan, y en el ascensor me encuentro a la del quinto con la bici y hablamos del calor.

A las once y veinte pongo el arroz en remojo y luego me acuerdo de que este arroz no hay que ponerlo en remojo.

A las doce menos cuarto abro el ordenador y cierro el ordenador.

Y a las doce me siento en la mesa del comedor con una hoja en blanco y escribo lo que voy a decir esta noche.

Eso sí lo hago bien. Eso es lo único que sé hacer.

Lo pongo por orden y por horas, desde las diez menos cuarto en la puerta de Casa Lluïsa hasta las dos y diez en mi portal, y no me salto nada, y hay una parte a la mitad en la que tengo que levantarme y dar una vuelta a la mesa antes de poder escribirla.

Tardo cuarenta minutos y me sale un folio y medio.

Y cuando lo termino, lo leo entero de arriba abajo y hay una cosa que me deja quieta: que se lee muy bien. Que tiene las horas en su sitio, los verbos en presente y ni un adjetivo, y que cualquier persona que lo leyera entendería exactamente lo que pasó en aquel salón.

Llevo once días diciendo que no se podía contar.

Y se cuenta en un folio y medio.

Lo doblo en tres y me lo meto en el bolso, al lado de la bolsa de plástico, aunque sé perfectamente que esta noche no lo voy a sacar y que voy a hablar sin papeles.

A la una y media comemos los tres. Quique ha venido a comer porque los domingos come aquí. Hablamos de Menorca, que Marta lo ha vuelto a sacar, y Quique dice que lo mira esta semana, y los dos evitamos mirarnos mientras lo dice.

A las doce y cincuenta y cinco, mientras estoy poniendo la mesa para tres personas de las cuales una no ha dormido en su cama y otra tiene la puerta cerrada con llave, se enciende la pantalla.

Laura 12:55

¿A las ocho?

Eva 12:56

A las ocho.

Laura 12:57

Vale.

Y ya está. Tres líneas de las cuales dos son mías.

Me quedo de pie en la cocina, con el plato de Marta a medio poner.

Nuria ha preguntado si estoy bien. Pilar ha preguntado si tiene que llevar algo. Celia me ha preguntado esta mañana por teléfono si me daba cuenta de lo que estaba diciendo.

La mujer de Tomás Bru ha preguntado la hora.