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Quique llega a las nueve menos cuarto y viene de mal humor, porque en Paterna han estado dos horas y media y a su madre le han cambiado otra vez la pastilla del tiroides.
Marta llega quince minutos después, cena de pie en la cocina y se mete en su cuarto.
Y a las diez y veinte, cuando ya se oye la tele de su habitación a través de la pared, le digo:
—Quique, siéntate.
Se sienta en la silla de siempre y no dice nada. Ni qué pasa , ni ay , ni nada. Se sienta y espera, y esa es toda la diferencia entre este hombre y yo.
—Bajo un momento —digo.
—¿Adónde?
—Al garaje.
Tardo cuatro minutos.
Abro el maletero, levanto la moqueta, aflojo la mariposa, saco el gato y la llave de cruz, meto la mano en la llanta y saco el aparato.
Y luego hago una cosa que no había hecho ninguna de las veces anteriores: no lo vuelvo a montar. Dejo las herramientas tiradas encima de la moqueta y el hueco abierto, y cierro el maletero de cualquier manera, con un golpe, y salta el aviso en el cuadro y da igual.
En el ascensor lo llevo en la mano, no en el bolsillo.
Subo y lo dejo en la mesa, delante de él.
—¿Qué es eso?
—El otro móvil de Tomás.
Y esto es lo que hace mi marido: no lo coge. Mira el aparato, negro, apagado, con el plástico rayado por el borde, y deja las manos donde las tiene.
Igual que Rosa. Los dos, exactamente igual.
—¿Eso estaba en casa?
—En el coche. En la rueda de repuesto.
—¿Desde cuándo?
—Desde el viernes por la mañana.
Cuenta. Le veo contar. Mueve un poco la barbilla, como cuando le explico las cosas del trabajo, y cuando termina de contar no dice el número.
—Cuéntamelo —dice.
Y se lo cuento entero, y tardo un buen rato, y no le pongo ni una sola cosa más blanda de lo que fue.
Que subí a dejarlo. Que discutimos hora y media.
Que a las doce y seis él se puso a grabar la conversación y lo dijo en voz alta.
Que a las doce y once cogí el bolso y él se puso entre la puerta y yo.
Que le puse las dos manos en el pecho y lo empujé con el peso del cuerpo, porque quería que se quitara.
Que se enganchó con la pata de la mesa y se dio con la sien contra el radiador.
Que se levantó. Que me dijo que me fuera. Que me agaché a mirarlo y me corté la mano con el hierro y retiré la mano.
Que cogí ese teléfono de la mesa mientras él me decía mi nombre y me decía que lo dejara donde estaba.
Que me lo llevé, que lo apagué, que le saqué la tarjeta con una horquilla en el coche y que a la mañana siguiente, cuarenta minutos después de saber que estaba muerto, lo escondí en la rueda de repuesto.
Quique escucha con las dos manos encima de la mesa y no me interrumpe ni una vez.
Cuando termino, mira el aparato.
—¿Y ahí se oye?
—Sí.
—¿Se oye todo?
—Treinta minutos y veintidós segundos. Desde las doce y seis hasta que lo paré en el coche.
—¿Y se oye eso?
—Se oye.
—¿Se te oye a ti?
—Sí.
—¿Y a él?
—Y a él.
Y hace un gesto con la mano, pequeño, como el que aparta un plato.
—No me lo pongas.
—Vale.
—Que no me lo pongas nunca, Eva.
—Que no.
Se levanta y va a la cocina y se sirve agua y no se la bebe, y vuelve, y no se sienta. Se queda de pie al otro lado de la mesa.
—El viernes —dice.
—¿Qué viernes?
—El viernes que vino la policía.
Aquí es donde empieza de verdad esta conversación, y no en nada de lo que le he contado antes.
—Yo estaba bajando la ropa de invierno. Tú estabas en el comedor trabajando.
—Sí.
—Y yo pensé, mira, por lo menos hoy no tiene que pensar en nada, que se quede ahí y yo hago esto.
—Ya.
—Yo bajé la maleta para que tú no tuvieras que hacer nada.
—Ya lo sé, Quique.
—Y cogí una chaqueta tuya del perchero, la gris.
—Sí.
—Y tú me la quitaste de la mano.
—Sí.
—¿Estaba ahí dentro?
—Sí.
Y no dice nada durante mucho rato.
Sigue ahí plantado, con el vaso en la mano, mirando la mesa, y yo veo cómo lo va colocando todo, y es mucho peor que si gritara, porque lo está colocando en el orden correcto y él no sabe que ese orden es el que Rosa me leyó ayer en un despacho.
—Yo anulé dos pacientes.
—Ya lo sé.
—Yo le abrí la puerta a esa señora. Y me puse ahí, en mi recibidor, en calzoncillos prácticamente, y dije lo de las dos.
—Quique...
—Y estuve toda la mañana pensando que tú estabas mal porque se había muerto el marido de tu amiga. —Se pasa la lengua por los dientes—. Y le dije a Merche que me anulara las dos primeras porque no te iba a dejar sola.
—Ya lo sé.
—Y luego te pregunté. —Levanta la vista—. ¿Te acuerdas? En la puerta, con la mochila puesta. Te pregunté si lo de las dos era verdad.
—Y era verdad.
—Ya sé que era verdad.
Deja el vaso en la mesa.
—Yo lo que te pregunté es si podía decirlo.
Y ahí me quedo sin nada.
Porque es exactamente eso. Ese hombre, un viernes por la mañana, de perfil, con la mochila colgando de un hombro, le hizo a su mujer la única pregunta que hacía falta hacer, y su mujer le contestó una cosa que era verdad y que no contestaba a la pregunta.
Y yo llevo veinte años cobrando por saber la diferencia.
—Y el lunes te sentaste ahí —sigue—, en esa silla, y me contaste lo del piso, y lo de Celia, y lo de Nuria y la abogada, y lo de los últimos jueves, y me lo contaste todo tan bien, Eva. Con las fechas y con los nombres. Y yo pensé, mira, por lo menos ahora ya lo sé todo.
—Quique.
—Y no me dijiste que ese hombre se había caído delante de ti.
—Es que no podía.
—¿Por qué?
—Porque si te lo digo, te lo digo a ti y a Marta y a esta casa entera, y ya no hay manera de...
—No. —Y ahí levanta la voz por primera vez en diecisiete años, y la levanta tres palabras—. No me digas no podía . Di la verdad. Tú decidiste.
—Vale. Yo decidí.
—Tú decidiste cuánto podía aguantar yo.
Y se calla.
Se calla y se frota la cara de arriba abajo, y cuando baja las manos tiene la cara de un hombre de cuarenta y cuatro años que lleva once días durmiendo en un sofá.
—¿Marta lo sabe?
—No.
—¿Y se lo vas a contar?
—No lo sé.
—Eva.
—Todavía no lo sé, Quique. De verdad.
—Pues piénsalo. —Coge el vaso vacío y lo deja otra vez—. Y si se lo cuentas, se lo cuentas entero. Que esa niña tiene dieciséis años y no es tonta, y como se entere de esto por trozos, como me he enterado yo, vas a tener otra cosa encima que no vas a poder arreglar.
—Es que eso es lo que no me cabe —dice, ya más bajo—. Lo otro sí. Lo otro es una guarrada y me duele y ya veremos, pero lo entiendo, porque la gente hace esas cosas y yo he visto a mucha gente hacerlas y a alguna la he visto volver.
Esto no.
—Quique...
—Esto es otra cosa. Esto es que has estado once días midiéndome. Como se mide a un paciente. A ver hasta dónde aguanta este, a ver si le pongo esto hoy o mañana.
—Ya.
—Esto es que llevas once días mirándome a la cara y calculando.
Coge el vaso otra vez y se lo bebe entero.
—¿Y ahora qué vas a hacer con eso? —dice, señalando la mesa con la barbilla.
—No lo sé. Rosa dice que espere al martes.
—¿Y tú?
—Yo no lo sé, Quique.
—Vale.
Y coge las llaves de la mesa del recibidor y la sudadera del respaldo, porque a estas horas ya refresca.
—Haz lo que quieras —dice—. Pero no vuelvas a decidir por mí qué verdad puedo soportar.
Y sale, y no da un portazo, y cierra la puerta con el pomo girado para que no suene, que es lo que hace desde que Marta era pequeña.
Yo me quedo sola en el comedor con un teléfono delante.
Y no lo bajo al garaje.
Ni esta noche ni ninguna. Eso lo decido yo sola, de pie, en un comedor, sin nadie que me lo diga y sin ninguna razón que se pueda escribir en un papel: que ese aparato no vuelve a estar debajo de una rueda.
No es valentía. Es que ya no hay ningún sitio de esta casa donde esconder algo tenga sentido, porque las dos personas de las que lo escondía ya lo saben.
Lo cojo, lo meto en mi bolso, dejo el bolso en la silla del recibidor, abierto, donde lo dejo siempre.
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