Ninguna estuvo allí 43
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El sábado por la tarde no hay nadie en casa.

Marta se ha ido a comer a casa de Bea y no vuelve hasta la noche. Quique se ha llevado a su madre al médico de Paterna, que es una cosa que hace un sábado al mes desde hace ocho años, y ha dicho que comían allí.

Y yo, en lugar de sentarme, hago la maleta azul.

Lleva abierta en el suelo del recibidor desde el viernes pasado. Desde las diez y cuarto de aquel viernes, exactamente, cuando Quique bajó la escalerilla y empezó a descolgar cosas del perchero y yo le quité una de las manos.

Once días con una maleta abierta en mitad de un recibidor.

Hemos pasado por encima de ella mil veces.

Hemos dejado bolsas dentro, y una bufanda, y el paquete de una devolución que hay que llevar a correos.

Nadie la ha cerrado y nadie ha dicho nada, y ahora que lo pienso eso es lo que ha sido esta casa desde el día del entierro pendiente: tres personas pasando por encima de la misma cosa sin nombrarla.

Voy metiendo lo de invierno. El plumas de Marta, que le queda pequeño desde enero y que hay que dar a alguien. Dos bufandas que no son de nadie. Un jersey de Quique con el cuello dado de sí. Un abrigo mío que llevo tres años sin ponerme y que no voy a ponerme nunca más.

Lo doblo todo bien, que es una cosa que no hago jamás, y lo coloco por tamaños.

Y a la mitad, con el jersey del cuello dado entre las manos, me acuerdo de una frase.

A las ocho y doce de la mañana, antes de que ese cuerpo lo encontrara nadie y antes de que nosotros llamáramos a ninguna de ustedes.

La dijo Gisbert el miércoles. La dijo al final de la declaración, contestándole a Rosa, dando dos golpecitos en una carpeta. Yo la oí y no la oí, porque estaba pensando que lo que había dentro de esa carpeta lo escribí yo desayunando.

Dejo el jersey.

Voy al comedor, abro el ordenador y abro el grupo, y esta vez no subo cuatro años. Voy directa al viernes veintinueve.

08:12 Chicas, si alguien pregunta, anoche cenamos juntas hasta tarde. Luego os cuento.

08:13 Nuria. 08:14. Yo. 08:16. Pilar. 08:19. Celia.

Y luego nada durante hora y media.

Y ahora la otra parte, que no está en ninguna pantalla y que la tengo yo en la cabeza desde hace once días porque me la dijo ella por teléfono con la voz más tranquila del mundo:

He subido a las nueve menos veinte y estaba en el salón. Lo he visto y he salido y he llamado al 112 desde el rellano.

Las nueve menos veinte son las ocho y cuarenta.

Cojo un papel de los de la impresora y lo escribo, porque necesito verlo escrito y porque hay cosas que en la cabeza se resbalan.

08:12 — Laura escribe al grupo.

08:40 — Celia entra en el piso.

08:43 — Celia llama al 112.

Veintiocho minutos.

Y me quedo mirando ese papel un rato largo, de pie, en un comedor vacío, un sábado de junio a las cinco y media de la tarde.

Vamos a hacerlo bien. Vamos a hacerlo como se hace un informe, y no como lo hace una mujer que lleva once días buscando que la culpa sea de otra.

Laura tiene una explicación y la dio. La dio delante de las cuatro, cuando Nuria le preguntó, y la dio sin que le temblara nada y sin prepararla: Tomás no había dormido en casa, yo no sabía dónde estaba, y lo primero que pensé fue que si le había pasado algo iban a venir a preguntarnos a todas dónde habíamos estado.

Eso es lo que dijo. Y eso, dicho así, se sostiene.

Se sostiene, además, con una cosa que yo sé y que las otras no: que aquella semana estábamos las cinco encima de una mentira de dos años, y que si a una de nosotras le pasaba algo, íbamos a tener que explicar en cuatro casas por qué habíamos llegado a las dos de la mañana.

Esa es la parte razonable y me la creo entera.

¿Y qué es lo que no me cuadra?

Me pongo a andar por el comedor con el papel en la mano y tardo veinte minutos en decirlo con palabras, y cuando lo digo es una tontería tan pequeña que casi me da rabia.

Que ese mensaje no habla de Tomás.

Si un viernes te levantas y tu marido no ha dormido en casa y tú estás preocupada, lo que haces es llamarlo. Y si no lo coge, llamas otra vez. Y si sigue sin cogerlo, escribes a alguien y dices oye, ¿vosotras sabéis algo de Tomás? , que es exactamente lo que escribiría cualquiera de las cinco.

Y ese mensaje no dice el nombre de Tomás. No pregunta nada. No pide ayuda.

Lo único que hace ese mensaje es colocar cuatro horas.

Y hay otra cosa que no encaja y que es de oficio.

Si alguien pregunta. Yo eso lo vi el mismo viernes por la mañana, con la tostada delante, y lo vi bien: un indefinido sin cara y sin número, preparado para valer igual para un marido que para una hija que para una vecina.

Lo que no vi, porque estaba ocupada emocionándome, es que un indefinido así no lo escribe una mujer asustada.

Una mujer asustada escribe nombres. Escribe si os llama Tomás , escribe si pregunta mi cuñada .

Los nombres son lo primero que sale cuando tienes miedo, porque el miedo es siempre de alguien en concreto.

Alguien no es una palabra de miedo. Es una palabra de previsión.

Dejo el papel encima de la mesa y me quedo apoyada en el respaldo de una silla.

Y luego viene lo otro, que es peor, y que viene solo, y que lleva dando vueltas desde ayer por la mañana en un despacho de Cirilo Amorós.

Laura sabía que ese aparato existía.

Lo sabía desde enero. Lo cogió con la mano en la mesa de su comedor, le preguntó a su marido qué era, se creyó lo del teléfono de trabajo o hizo como que se lo creía, y lo dejó donde estaba.

Y yo me lo llevé el jueves a las doce y veintiséis, de una mesa baja, tirando de un cable.

Ahora hay que tener mucho cuidado, porque lo que viene es una hipótesis y no es otra cosa, y yo llevo once días viendo lo que le pasa a la gente cuando alguien coge una hipótesis y la trata como un hecho.

Pero es esta.

Si alguien subió a aquel piso después de que yo bajara, y si ese alguien era una persona que sabía que en esa casa había un teléfono, y si esa persona buscó ese teléfono y no lo encontró, entonces esa persona sabe desde la madrugada del veintinueve de mayo que alguien se lo llevó.

Y en ese piso, esa noche, solo había una persona más.

Yo.

Y no me llevé el suyo. Me llevé el otro. Me llevé el que ella conocía.

Me siento.

Porque si eso es así —y no lo sé, y no lo puedo probar, y a lo mejor es todo mentira—, entonces hay que volver a mirar los últimos seis días enteros.

El lunes por la noche, en su comedor, con la bandeja del café y las cinco cucharillas en el mismo sentido, Laura Espí dijo delante de Nuria, de Pilar y de Celia que yo me acostaba con su marido. Y lo dijo sin levantar el tono ni una vez, y a mí me pareció justo, y me lo pareció durante seis días.

Y esa misma noche contó, sin que se lo preguntara nadie, que el sábado había entregado su teléfono a la policía voluntariamente.

Y yo pensé qué valor tiene esta mujer.

Si yo tuviera un motivo para creer que hay una persona por ahí suelta con una grabación, ¿qué haría?

Haría exactamente eso. Que esa persona quede colocada, delante de todo el mundo, como la mujer que se acostaba con el muerto y que lleva días mintiendo. Porque a partir de ahí, lo que esa mujer saque de un cajón dentro de un mes ya no es una prueba: es lo que dice la amante.

Y me quedaría muy quieta. Y sería impecable. Y entregaría mi teléfono sin que me lo pidieran, y organizaría un funeral, y llevaría dos botellas de agua a la puerta de un examen.

Y esperaría.

Me levanto y termino la maleta.

Meto el jersey, el abrigo mío, las dos bufandas. La cierro, que tiene una cremallera que se atasca siempre por el mismo sitio, y la subo al altillo yo sola, que pesa lo suyo. Cierro la trampilla. Plego la escalerilla y la dejo apoyada en la pared del pasillo.

Y luego vuelvo al recibidor.

En el perchero, sola, en el gancho de la punta, está la chaqueta gris de entretiempo. La que no me pongo desde abril. La que le quité de las manos a mi marido el veintinueve de mayo por la mañana diciéndole que en la biblioteca hace frío.

La descuelgo. La tengo un momento en las manos, y no pesa nada, porque lleva once días vacía.

Y la vuelvo a colgar donde estaba.

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