Ninguna estuvo allí 42
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El sábado a las once subo al despacho de Rosa con el teléfono dentro de una bolsa de congelar.

Rosa está sola. Los sábados no hay nadie, me ha dicho por teléfono, y cuando llego ya lleva un rato ahí, porque hay un café a medias y el aire acondicionado puesto y una ventana abierta, las dos cosas a la vez, como en todos los despachos del mundo.

Dejo la bolsa encima de su mesa.

—¿Qué es eso?

—El otro teléfono de Tomás.

Y ella mira la bolsa y no la coge.

Eso es lo primero que hace, y me impresiona más que nada de lo que diga después: no la toca. Ni con un dedo. Se echa hacia atrás en la silla y junta las manos.

—A ver.

—Rosa...

—No. Espera. —Levanta una mano—. Antes de que me cuentes nada, dime una cosa: ¿lo has traído para dejármelo aquí?

—No lo sé.

—Pues entonces no me lo dejes y no lo enciendas encima de mi mesa. —Se levanta y va a por un vaso de agua que no le he pedido—. Siéntate y cuéntamelo desde el principio y con las horas.

Y se lo cuento entero.

Que Tomás tenía un aparato de prepago desde octubre y que era por donde nos escribíamos.

Que esa noche lo enchufó en la mesa baja.

Que a las doce y seis se puso a grabar y lo dijo en voz alta.

Que a las doce y once cogí el bolso, que hubo algo en el pasillo y que él acabó sentado en el suelo.

Que a las doce y veintiséis cogí el teléfono, tiré del cable y me lo llevé, y que él me dijo mi nombre y me dijo que lo dejara donde estaba.

Que a las doce y treinta y seis, dentro del coche, vi que estaba grabando y le di a parar, y que salió un archivo con un número al lado y no lo miré, y lo apagué.

Que le saqué la tarjeta con una horquilla, ahí mismo, y que la tarjeta lleva desde entonces en mi monedero, detrás del carné.

Que el viernes por la mañana, a las diez y veinte, lo metí dentro de la llanta de la rueda de repuesto de mi coche, porque mi marido estaba subiendo la ropa de invierno al altillo y tenía mi chaqueta cogida por el cuello.

Que el domingo por la noche lo escuché entero.

Que el lunes por la mañana miré la galería y encontré una fotografía del dos de febrero.

Y que el lunes por la tarde borré de mi propio móvil la conversación que teníamos él y yo.

Rosa no me interrumpe. Cuando termino, coge el cuaderno de anillas.

—Vale. Ahora pregunto yo y contestas corto.

—Vale.

—¿Él te vio cogerlo?

—Sí.

—¿Estaba consciente?

—Sí.

—¿Dijo algo?

—Dijo mi nombre. Y dijo que lo dejara donde estaba.

—¿Cuántas veces lo has encendido desde el jueves pasado?

—El domingo, el lunes por la mañana... —me paro— y el lunes otra vez. Y ayer no. Anteayer sí, dos veces.

—Cinco.

—Cinco.

—¿Has borrado algo de dentro?

—No.

—¿Nada? ¿Ni un mensaje, ni una foto, ni una llamada?

—Nada.

—¿Has añadido algo? ¿Una captura, un reenvío, te lo has mandado a ti misma?

—No.

—¿Se lo has enseñado a alguien?

—No.

—¿Le has puesto la tarjeta alguna vez?

—Nunca.

—¿Lo has conectado a un wifi o a datos?

—No. Solo lo he encendido en el garaje.

—Bien. Eso es lo único bueno de todo lo que me has contado esta mañana.

Escribe un rato.

—Última, y esta piénsatela. ¿Quién más sabe que ese teléfono existe?

—Nadie.

—¿Nadie?

—Nadie. No se lo he dicho ni a Quique, ni a Celia, ni a...

Y me paro.

Rosa levanta la cabeza.

—Laura —digo.

—¿Cómo que Laura?

—Él me lo contó aquella noche. —Y me oigo decirlo y me suena rarísimo, porque llevo once días con esa frase dentro y no la había sacado nunca—.

Me dijo que ella lo había visto en enero.

Que estaba encima de la mesa del comedor de su casa, que ella lo cogió, y que le preguntó qué era, y que él le dijo que era el del trabajo. Y que ella no preguntó más.

—¿Ella lo cogió con la mano?

—Eso me dijo él.

Rosa deja el bolígrafo encima del cuaderno.

—Entonces hay una persona en el mundo, aparte de ti, que sabe que ese hombre tenía un segundo teléfono.

—Sí.

—Y esa persona lleva desde el viernes pasado hablando con la policía todos los días.

—Sí.

—Vale.

Se levanta, da una vuelta por el despacho y se para junto a la ventana con los brazos cruzados.

—Te voy a decir lo que hay y te lo voy a decir todo seguido, porque eres una mujer inteligente y llevas once días tratándote como si fueras tonta.

—Vale.

—Lo de acostarte con él no es nada. No es delito, no le importa a ningún juez y no te va a preguntar nadie por eso más de dos minutos. Es un problema de tu casa. Sácalo de aquí.

—Ya.

—Lo del pasillo es donde está todo. Y ahí esa grabación hace dos cosas a la vez, y son contrarias, y por eso llevas once días sin poder decidir nada.

Se apoya en el alféizar.

—Una. Prueba que pasó. Hoy, si nadie dice nada, lo que hay es tu sangre en un radiador y una mujer que no contesta a tres preguntas.

Con eso puesto, hay un ruido de dos segundos, un vaso rodando y un hombre diciendo que lo has tirado.

Deja de ser una hipótesis y pasa a ser un hecho, y el que lo pone eres tú, con tu voz.

—Ya.

—Y dos. Fija la hora. Y ahí está lo bueno, Eva, y no es poco.

Porque si el forense dice que hubo un intervalo lúcido, y la compañía dice que ese hombre marcó al 112 a las cero cuarenta y uno, y tú tienes media hora seguida de audio que termina contigo dentro de un coche a las doce treinta y seis, entonces esa hora y media deja de ser tuya por defecto. Y ahora mismo es tuya por defecto.

—Eso es lo que pensé yo ayer.

—Pues está bien pensado. —Vuelve a la silla—. Y ahora lo malo, que es más largo.

Coge el cuaderno y no lo abre.

—Te llevaste un aparato de una casa donde acababa de quedarse un hombre en el suelo, y te lo llevaste habiéndotelo dicho él.

Lo apagaste. Le sacaste la tarjeta con una horquilla dentro de un coche a las doce y media de la noche.

Lo escondiste en una rueda a la mañana siguiente, cuarenta minutos después de que te dijeran que ese hombre estaba muerto.

Y el lunes, cinco días después, con una investigación abierta y con tu abogada habiéndote dicho por teléfono que no borraras nada, borraste tu lado de la conversación.

—Sí.

—¿Tú sabes lo que es eso puesto en fila delante de alguien que no te conoce de nada?

—Sí.

—No. No lo sabes. —Y no lo dice con dureza—.

Puesto en fila, eso es una persona que desde el primer minuto estuvo pensando en lo que iban a encontrar.

Y da igual que lo hicieras por tu marido, que es lo que yo me creo.

Da exactamente igual, porque el que lea eso dentro de tres meses no va a tener manera de saber por qué lo hiciste.

Solo va a tener el orden en que lo hiciste.

Me quedo con las manos en el regazo.

—¿Y entonces?

—Hoy no lo entregas.

—¿No?

—No. Y te voy a explicar por qué, porque no quiero que salgas de aquí pensando que tu abogada te ha dicho que escondas una prueba, que es una cosa que yo no he dicho y que no voy a decir.

—Vale.

—Uno. Nadie te lo ha pedido. No hay ninguna orden, ningún requerimiento y ninguna pregunta encima de la mesa sobre ese aparato. Ni siquiera saben que existe. Tú, hoy sábado, no estás incumpliendo nada por tenerlo en tu casa.

—Ya.

—Dos. Eso, hoy, no es una prueba: es tu confesión. Es tu voz contando lo que pasó en ese pasillo. Y yo no te puedo aconsejar que entregues voluntariamente tu propia confesión un sábado por la mañana, sin que nadie te la haya pedido y sin saber todavía qué tienen ellos.

—¿Y si aparece después?

—Después es peor. Eso te lo digo también, y quiero que lo oigas. Si eso sale dentro de dos meses en un registro, es una catástrofe y yo tendré que explicar por qué no salió antes. —Se encoge de hombros—. Y aun así, con lo que sabemos hoy, mi consejo profesional es que esperes al martes.

—¿Al martes?

—El martes declaras y vamos a ver lo que tienen encima de la mesa. Si el martes queda claro que van a por ti, esto cambia entero y lo presentamos nosotras, con un escrito, explicando cada cosa por orden y por qué. Pero eso se decide sabiendo. No adivinando.

Nos quedamos calladas.

Suena un camión abajo dando marcha atrás con el pitido ese, mucho rato, y luego para.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —digo.

—Claro.

—¿Tú qué harías?

—Yo no soy tú.

—Ya, pero qué harías.

Baja los ojos al cuaderno y los deja ahí.

—Yo no me habría llevado ese teléfono —dice—. Y como no me lo habría llevado, no tengo ni idea de qué se hace después.

Y eso, dicho por ella, no es un reproche. Es exactamente lo que es: la respuesta correcta a una pregunta que yo no tenía derecho a hacerle.

Y luego dice una cosa que yo no le he preguntado.

—Y ahora te digo lo otro, porque yo soy tu abogada y no soy tu confesora, y conviene que sepas la diferencia.

—Dime.

—Si tú te quedas eso, y ese aparato no aparece nunca, a ti probablemente no te pase gran cosa. —Junta las manos encima del cuaderno—. Y de lo que pasó en aquella casa entre las doce y media y las dos de la mañana no va a responder nadie. Ni tú, ni nadie.

Y no añade nada más.

Yo espero. Espero de verdad, cuatro o cinco segundos, a que diga la otra parte, la que diría cualquiera: pero eso lo tienes que decidir tú , o yo en tu lugar , o piensa en tu hija .

No la dice.

No me dice qué tengo que hacer con eso. No me mira para ver qué cara pongo. Se levanta, va y apaga el aire acondicionado porque dice que se le queda la garganta seca, y luego cierra la ventana porque con el aire apagado entra el ruido.

Yo me quedo mirando una bolsa de plástico encima de una mesa.

Y lo que hay dentro lleva once días siendo la peor cosa que tengo, y desde ayer por la mañana es también la única buena, y no hay manera de coger una sin coger la otra.

—¿Me lo llevo? —digo.

—Llévatelo.

—¿Y lo dejo donde estaba?

—Eso yo no te lo he preguntado y tú no me lo has dicho.

A las doce menos veinte bajo por Cirilo Amorós con el sol dándome de frente y el bolso pegado al costado.

Y dentro del bolso, envuelto en plástico, va lo mismo que traje.