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El viernes a las nueve y cuarenta, ya vestida de negro y buscando unos zapatos que no me destrocen, me llama Rosa.
—¿Estás en el tanatorio?
—Salgo en veinte minutos.
—Vale. Pues escúchame ahora y luego vas, que esto no te lo voy a contar el lunes.
Me siento en el borde de la cama con un zapato en la mano.
—Ayer me llamaron de Zapadores para fijarte otra declaración. Es el martes a las diez.
—Vale.
—Y en esa conversación me adelantaron un par de cosas, que es lo que se hace, y una de ellas te interesa.
—Dime.
—Hay una llamada. Del móvil personal de Tomás Bru. Una llamada saliente al 112, la noche del veintiocho, a las cero cuarenta y uno.
Me quedo con el zapato colgando de dos dedos.
—¿A las cero cuarenta y uno?
—A las cero cuarenta y uno.
—¿Estás segura?
—Es lo que me han dicho. Y no me lo han dicho de pasada, Eva. Me lo han dicho para que yo te lo diga.
—¿Y cuánto duró?
—Poco. Segundos. No me han dado el detalle y no lo voy a pedir todavía.
—O sea que llamó.
—Marcó. —Rosa hace una pausa cortísima—. Y ahora viene lo importante, y son dos cosas, y quiero que las separes bien porque la gente las junta y se hace un lío.
—Vale.
—Cuando la policía coge un teléfono, mira dos sitios. Mira el aparato, que es el registro que tú ves cuando lo abres. Y luego le pide a la compañía su listado, que es lo que la compañía apunta por su cuenta y que no lo toca nadie desde el móvil.
—Ya.
—Normalmente dicen lo mismo.
—¿Y aquí no?
—Aquí no. En el aparato de ese hombre no hay ninguna llamada a las cero cuarenta y uno. En el listado de la compañía sí.
Me levanto y voy hasta la ventana.
—Entonces alguien la borró.
—Entonces en el aparato no está. —Y lo dice palabra por palabra, con cuidado, como quien coloca vasos—.
Que es lo único que se puede afirmar hoy.
Que no esté puede ser porque alguien la quitara, y puede ser por otras cosas.
Yo he visto terminales que no cuadraban con listados por motivos que no tenían nada que ver con nadie.
—Pero tú qué crees.
—Yo creo lo que dice el papel, Eva, y el papel dice que hay un hueco. Y los huecos, en esto, valen mucho más que las cosas que están.
—¿Por qué?
—Porque lo que está lo puede explicar cualquiera. Lo que falta lo tiene que explicar alguien. —Un silencio—. Y ahora te digo lo tuyo, que es lo que me interesa a mí.
—Dime.
—Ese hombre marcó al 112 a las cero cuarenta y uno. Eso significa que a esa hora estaba vivo, consciente y con el teléfono en la mano. Y tú declaraste el miércoles que saliste de allí sobre las doce y media.
—Sí.
—Pues entre una cosa y la otra hay diez u once minutos.
—Vale.
—Y otra cosa que me han dicho, y esta te la cuento porque te va a llegar igual. Han hablado con un bar que hay en esa esquina.
Me apoyo en el marco del armario.
—¿Y?
—Y nada. Un camarero que se acuerda de una señora sola que estuvo un rato largo en la terraza y que no la sabe describir. Eso, en un atestado, no vale para nada. Ni siquiera se puede poner qué día era con seguridad.
—¿Nada de nada?
—Nada de nada, Eva. Y no te agarres a eso, que se te está notando por el teléfono.
—No me estoy agarrando.
—Sí te estás agarrando.
Y tiene razón, y me callo.
Porque yo estuve sentada en esa mesa un domingo por la mañana y sé que desde ahí se ve ese portal como se ve un escaparate. Y sé lo del billete, que es lo único que aquel hombre recordaba con precisión, porque ya no paga nadie en efectivo.
Y eso no significa nada. Una señora de sesenta años paga en efectivo porque siempre lo ha hecho. Mi madre lleva el monedero lleno de monedas y Marta se ríe de ella.
Lo que pasa es que yo conozco a una persona que lleva veintidós meses dejándose el móvil en la guantera para que no quede escrito dónde ha estado, y eso tampoco vale nada, y las dos cosas juntas siguen sin valer nada.
—Rosa.
—Dime.
—¿Eso es bueno para mí o es malo?
—Todavía no lo sé. —Se oye que se mueve—. Es bueno si alguien puede decir dónde estabas tú a esa hora. Y es malo si no lo puede decir nadie, porque entonces lo único que hay es un hombre pidiendo ayuda diez minutos después de que se fuera la última persona que estuvo con él.
—Ya.
—Y esa persona eres tú, y tú dices que estabas conduciendo por la ronda.
—Sí.
—Vale. —Un silencio de dos segundos—. Anda, vete, que llegas tarde. Y hoy no pienses en esto.
Cuelgo y me quedo de pie en mi habitación con un zapato puesto.
Y hago la cuenta.
La grabación empieza a las doce y seis. Dura treinta minutos y veintidós segundos.
En el minuto veinticinco se oye una puerta cerrándose con dos vueltas. Después una escalera entera, cuatro tramos, con ese eco que hace ese hueco. Después un portal. Después una calle y una moto. Después un llavero, una puerta de coche y un cinturón.
Y después cuatro minutos y medio de una mujer respirando dentro de un coche parado, hasta que se corta a las doce treinta y seis y veintidós segundos.
A las cero cuarenta y uno yo llevaba cinco minutos sentada en ese coche con las manos en el volante, delante de una persiana con un pulpo pintado.
Cinco minutos.
Y no lo puede decir nadie más que yo, y no lo puede sostener nada más que un aparato de sesenta euros que está dentro de una llanta en el segundo sótano de este edificio y que yo cogí de una mesa mientras su dueño me decía que lo dejara.
Once días llevo con ese trasto encima como quien lleva algo que pesa mucho más de lo que ocupa.
Once días entendiéndolo como lo entendí en un garaje el domingo por la noche: que ahí dentro están la aventura, la discusión, el ruido del hierro, mi voz, el clic de un cargador y una mujer bajando cuatro pisos sin decir una palabra.
Y esta mañana, vestida para un entierro y sin haber desayunado, resulta que ahí dentro está también la única cosa del mundo que dice que a las doce y media yo ya no estaba en aquella casa.
Las dos cosas en el mismo sitio. Como estaban desde el principio y como yo no había querido mirar hasta hoy.
Y hay una tercera, que me llega mientras me abrocho el otro zapato, y esa es distinta, porque esa no es sobre mí.
Si en ese teléfono no consta una llamada que la compañía sí tiene apuntada, alguien tocó ese aparato después de las cero cuarenta y uno.
Y no fue la mañana en que lo encontraron, porque a esa hora ese teléfono estaba en una encimera con dos coches de policía en la puerta y con Celia esperando abajo en el portal.
Y no fui yo, porque yo a esa hora estaba a cuatro kilómetros con el cinturón puesto y eso está grabado con su hora.
Pudo marcar él solo.
Eso es lo primero que me obligo a pensar, y me lo pienso hasta el final, y me lo pienso sentada en la cama porque es lo más probable de todo: un hombre de cuarenta y nueve años que se encuentra raro, que se asusta, que marca tres números y que cuelga a los cuatro segundos porque se le pasa, o porque le da vergüenza, o porque de repente se ve explicándole a un desconocido qué hace a la una de la mañana en un piso que no es suyo.
Y también pudo borrarlo él. Se colgó, le dio apuro y lo quitó del registro. Eso lo hace todo el mundo. Yo he borrado cosas mucho peores el lunes pasado a las cinco de la tarde tendiendo la ropa.
Todo eso es posible y todo eso es probable y yo lo defendería delante de quien fuera.
Lo que pasa es que hay una diferencia entre las dos versiones, y es de una sola palabra: en una, ese hombre está solo.
Me siento en la cama.
Y de alguna parte, de un sitio que no controlo, me sube una escena del lunes por la noche. El comedor de Laura, la bandeja del café, Nuria pegada a ella con la silla arrastrada veinte centímetros, y Laura diciendo, sin que se lo hubiera preguntado nadie:
El sábado, cuando fui a declarar, les di mi móvil. Sin que me lo pidieran.
Y me acuerdo perfectamente de lo que pensé aquella noche, con la voz todavía en la garganta después de haber dicho que sí.
Pensé: qué valor tiene esta mujer.
Y hoy, viernes, con el vestido negro puesto y quince minutos de retraso, lo que pienso es una cosa mucho más pequeña, y no la termino, y no la desarrollo, y me levanto antes de acabarla.
Que dio el suyo.
Quique me lleva en coche y no hablamos.
Lleva la camisa azul que se pone para las bodas y para lo otro, y la lleva mal planchada porque en esta casa desde hace once días no se plancha, y no me ha pedido que se la planche.
En un semáforo de Pío XII dice:
—Yo no sé si tengo que darle el pésame.
—Claro que sí.
—Digo que si tengo que darle el pésame yo. Sabiendo lo que sé.
—Quique...
—Que es una pregunta, Eva. Que no lo sé.
Y el semáforo se pone verde.
En el aparcamiento del tanatorio de Campanar hay más gente de la que me esperaba.
Hay clientes del despacho con corbata y con cara de no saber dónde ponerse.
Hay padres del instituto de Alba. Hay dos hombres mayores que deben de ser del pueblo de la madre de Tomás.
Hay una cola en la puerta de la sala tres.
Y allí mismo, de pie a un lado de la puerta, con un vestido azul marino y las gafas de sol puestas aunque estemos bajo techo, está Celia.
Está sola. Pilar y Nuria han entrado ya, y Nuria lleva ahí desde las diez porque lo dijo el martes en la acera del Astoria.
Me ve llegar desde treinta metros y no se mueve del sitio.
Y cuando llego a su altura, levanta el brazo, me lo pone en la espalda y entramos las dos juntas.
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