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Cuando Celia se va, yo tengo que bajar otra vez.

El coche está donde lo dejé, en Blasco Ibáñez, a un kilómetro largo, y hago ese kilómetro sola por la misma acera por la que acabamos de subir las dos calladas.

Son las nueve y veinte de la noche y todavía hay luz. Pasan corredores. Hay un hombre mayor con un perro pequeño que no anda.

Me meto en el coche y no arranco.

Bajo la ventanilla. Sube el ruido de la avenida y un olor a azahar tardío que a estas alturas de junio ya no debería estar.

Hasta el domingo por la noche.

Y para no pensar en eso, abro el grupo y le doy a la carpeta de fotos.

No lo hago buscando nada. Eso quiero dejarlo dicho, porque las cosas de esta semana las he encontrado casi todas buscando, y esta no. Esta la abrí para no estar sentada en un coche pensando en un plazo.

Salen en cuadrícula, de la más nueva a la más vieja.

La primera es la del jueves pasado.

La miro y se me pone una cosa en el pecho, porque hasta ahora esa foto la había visto dos veces y en las dos era una foto de una cena.

Nuria con los ojos medio cerrados. Celia mirando hacia la barra.

Pilar detrás, en tercer plano, quejándose del pelo.

Yo con la boca a medio abrir. Laura en el centro.

Cuarenta y dos minutos después de eso, yo estaba abriendo un portal.

Bajo.

Abril. Estamos las cinco con la ropa de entretiempo y en el respaldo de la silla de Celia hay una chaqueta vaquera. Marzo: Nuria sale con el pelo cortísimo, que se lo había cortado esa semana y llegó y no dijo nada, y en la foto se le ve la cara de estar esperando a que alguien lo comentara.

Diciembre de 2024: hay un espumillón encima de la mesa. Lluïsa lo ponía en las mesas en diciembre y a Celia le parecía horroroso, y en esa foto Celia está apartando el espumillón con dos dedos, en pleno gesto, y por eso sale mal y por eso es la que más me gusta de las veintidós.

Agosto de 2025: la terraza de la Malvarrosa. Es la única que no está hecha en Casa Lluïsa. Salimos las cinco de pie, con el mar detrás en negro y las luces de los chiringuitos, y esa noche terminamos a la una porque no teníamos ninguna prisa y porque nadie tenía adónde ir.

Es una foto bonita de verdad. Es la clase de foto que sale en el móvil de alguien cuando se muere y todo el mundo dice que hay que ampliarla.

Sigo bajando. Julio. Junio, con las gafas de sol de Pilar subidas al pelo. Mayo de 2025, que fue el mes en que Celia se cortó el flequillo y estuvo dos semanas de mal humor.

Y hay una, la de noviembre del año pasado, en la que Nuria sale medio girada porque se levantó a coger el bolso justo cuando saltó el temporizador, y esa la tuvimos que repetir, y de esa hay dos.

Y a la altura de la primavera del año pasado empiezo a ver otra cosa.

No es que me dé cuenta de golpe. Es lo mismo que me pasó con el grupo el miércoles por la noche: a partir de cierto punto dejas de mirar lo que sale en la foto y empiezas a ver cómo está hecha la foto.

Todas están tiradas desde el mismo sitio.

Desde el borde de la mesa, a la altura de un vaso, un poco bajas, con ese picado al revés que hace que a todas se nos vea papada. Todas. Veintidós veces la misma altura y el mismo ángulo, porque veintidós veces el teléfono ha estado apoyado de canto contra el mismo vaso de agua.

Y en las veintidós sale Laura.

Eso lo compruebo entero, una por una, subiendo y bajando, y sale en todas. En el centro casi siempre, con la mano en el hombro de la que tiene al lado. No falta en ninguna.

Y arriba a la izquierda, encima de la cabeza de Nuria, en veintiuna de las veintidós, se ve un trozo de la pared del fondo de Casa Lluïsa.

Y en esa pared hay un reloj.

Es un reloj de esos de bar, redondo, blanco, de plástico, con el logotipo de una marca de café y con el segundero rojo. Lleva ahí desde mucho antes de que nosotras empezáramos a ir, probablemente desde que Lluïsa cogió el local.

Yo lo he mirado cien veces sin verlo. Lo he mirado para calcular si me daba tiempo a pasar por el súper antes de subir.

Amplío la de la semana pasada.

21:44

Amplío la de abril. 21:44.

Marzo. 21:45.

Febrero. 21:43.

Enero. 21:44.

Y así las veintiuna que lo tienen. Entre las nueve y cuarenta y dos y las nueve y cuarenta y seis, veintiuna veces, con la cara de cinco mujeres delante y la hora detrás.

Me echo hacia atrás en el asiento.

Vale.

Vale, esto tiene una explicación normal y es la más normal de todas: que la hacemos siempre al final, antes de levantarnos, y que nos levantamos siempre a la misma hora porque es una broma nuestra desde agosto de 2024. Claro que sale la misma hora. Es que es la misma hora. Ese es el chiste entero.

Y el reloj sale porque el reloj está en esa pared y nosotras nos sentamos siempre en esa mesa.

Todo eso es verdad.

Miro la hora de publicación de las veintidós.

Esa sí la puedo ver, porque en el grupo cada mensaje lleva la suya al lado, y ese dato no lo ha puesto nadie a propósito, lo pone la aplicación.

21:46 21:45. 21:47. 21:45. Y así todas.

Entre uno y dos minutos. Veintidós veces. Sin una sola excepción, ni cuando hacía frío, ni cuando llovía, ni la noche de la Malvarrosa, ni el mes de la boda, ni el jueves en que a Pilar le habían dado una mala noticia por la mañana y estuvo toda la cena callada.

Y siempre la sube ella.

Y hay una cosa más, y es la que no consigo colocar.

Yo no me acuerdo de haber visto nunca a nadie decir va, la foto . Ni una sola vez en veintidós meses. En un momento dado de la cena, siempre el mismo, hay un teléfono apoyado contra un vaso y nos apretamos hacia el centro, y ninguna de las cinco ha dicho jamás venga, que nos vamos .

Yo también hago fotos. Todo el mundo hace fotos en las cenas. Y esas fotos se quedan en el carrete cuatro días y se suben el domingo si se acuerda alguien, y la mitad de las veces no se suben, y en este grupo hay tres audios de Nuria de hace dos años que nadie ha escuchado.

Esta no. Esta sube siempre, en menos de dos minutos, todos los meses, desde el veintinueve de agosto de 2024.

Y entonces lo entiendo, y es una cosa tan pequeña que da vergüenza.

De esas noches no existe nada.

No hay entradas, no hay tíquets a nombre de nadie, no hay reservas porque siempre llama Laura, no hay wifi, no hay nada. Todo lo que pasaba después de las diez menos cuarto era, por definición, lo que no se contaba. Ese era el pacto entero.

Lo único que existe de veintidós noches de veintidós meses son veintidós fotografías de cinco mujeres sonriendo con un reloj de una marca de café detrás.

Y las veintidós las hizo la misma persona, en el mismo sitio, con el mismo encuadre, y las veintidós las colgó ella en un sitio donde queda la fecha y la hora y donde las cuatro dijimos que sí con un corazón.

Eso no es el recuerdo de una amistad.

Eso es un justificante. Uno al mes, durante veintidós meses, con la hora puesta.

Y lo que a mí me deja sin aire, mientras suben veinticinco personas por Blasco Ibáñez y hay un tío aparcando delante en doble fila y tocando el claxon, no es que sirva para probar que la cena existió.

Es que sirve para probar que existió y que terminó.

Miro la hora del salpicadero. Son casi las diez.

Y hago una cosa antes de arrancar.

Abro la conversación con Celia, la que hemos tenido durante veinte años, la de los cumpleaños y la excursión a Xàtiva y el aparato dental de tres mil euros, y escribo:

Hay una cosa más. Las fotos.

Y me quedo con eso en la pantalla, sin mandarlo, en el mismo sitio donde esa mujer acaba de darme tres días y donde acaba de decirme que no va a seguir dando la cara por una versión que se le queda corta cada dos días.

Lo borro letra a letra, que es una manera de hacerlo que no sirve para nada y que hago igual.

Y arranco.

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