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Le escribo a Celia a las siete: ¿Puedes esta tarde? Es importante. Me contesta a los cuatro minutos: A las ocho en el puente de las Flores.
Aparco en Blasco Ibáñez a las ocho menos veinte y la espero en la barandilla, y llega puntual, que llega puntual siempre.
Bajamos al cauce por la rampa y echamos a andar río arriba.
Es lo que quería. No una cocina, no una mesa y no una taza delante, porque en las mesas la gente se mira y aquí se anda y se puede mirar al frente.
A las ocho de junio el río está lleno. Hay gente corriendo, hay críos en las canchas de baloncesto, hay una clase de yoga en el césped y un señor con un altavoz haciendo estiramientos con seis señoras.
—Alba ha terminado a la una y media —dice Celia—. Me ha escrito Laura. Dice que ha salido bien.
—Me alegro.
—Ya.
—¿Y ella cómo está?
—Pues cómo va a estar. —Se aparta el pelo de la cara—. Le he preguntado si quería que fuera esta tarde y me ha dicho que no, que tiene a la cuñada. Y que mañana ya nos vemos todas.
Andamos doscientos metros sin decir nada más.
Yo llevo desde las siete y media ensayando cómo se empieza esto y no se me ha ocurrido nada, porque no hay manera de meter en una conversación entre dos mujeres que andan por un río la frase creo que Laura llevaba dos años vigilándonos .
Y luego se lo cuento.
Le cuento que he mirado el grupo entero desde agosto de 2024.
Que en veintidós meses la fecha la ha propuesto Laura las veintiuna veces que constan por escrito, sin faltar una.
Que la pregunta de quién lo usa la hace ella todos los meses y la hace siempre con las mismas cuatro palabras.
Que no lo ha cogido nunca. Ni una noche en dos años.
Y que las dos veces que se movió una fecha, enero y octubre del año pasado, Tomás había cambiado antes un compromiso, y que entre lo uno y lo otro pasaron tres días y dos días.
Celia escucha sin decir nada. Va con las manos en los bolsillos de los vaqueros y la vista en el suelo, y cuando termino sigue andando ocho o diez pasos más.
—A ver si lo he entendido —dice—. Tú me estás diciendo que Laura sabía lo tuyo.
—No. Eso no.
—¿Entonces?
—Que sabía que había alguien. Desde febrero.
Y ahí se para.
Se para en seco, con un chaval en bici esquivándonos por detrás y diciendo algo que no llega a ser un insulto, y se gira.
—¿Desde febrero?
—Sí.
—¿Y eso cómo lo sabes?
Y aquí está.
Aquí está el sitio exacto. Un jueves de junio a las ocho y veinte de la tarde, en un paseo de tierra, con una mujer que me conoce desde hace veinte años mirándome y dándome cuatro segundos.
Porque lo de las fechas se puede saber. Lo de las fechas está en un teléfono que tenemos las cinco, y lo puede reconstruir cualquiera con una tarde libre y una hoja de cálculo, y si Celia se pone esta noche a hacerlo le sale lo mismo que a mí.
Y lo de febrero no.
Lo de febrero está en una fotografía torcida, con el reflejo de una lámpara en el cristal y el borde de una mesa de madera abajo, guardada en la galería de un aparato de sesenta euros que está metido dentro de la llanta de una rueda en el segundo sótano de mi edificio.
—Por una cosa que me dijo Tomás —digo.
—¿Cuándo?
—En mayo.
—¿En mayo te dijo Tomás que su mujer sabía que él tenía una amante?
—Me dijo que sospechaba.
—¿Y lo de febrero?
—Celia.
—Es que has dicho febrero. —Y no lo dice enfadada, lo dice despacio, que es peor—. Has dicho desde febrero . Y eso no es una cosa que te diga un hombre en la cama en mayo. Eso es una fecha.
Y no digo nada.
Ella se queda mirándome un momento más.
Y lo peor no es que no me crea. Lo peor es que no me pregunta otra vez. Con Celia Ferrán funciona así desde que tengo memoria: pregunta una vez, y si no le contestas se calla, y lo que hace con eso no lo sabes hasta más tarde.
Echa a andar otra vez y yo la alcanzo, y hacemos cien metros con el altavoz del señor de los estiramientos quedándose atrás.
—Vale —dice—. Pues ya está.
—Celia...
—Que no, que a mí no me tienes que explicar nada. —Se pasa la mano por la nuca—. Yo llevo desde el viernes pasado con esto, Eva. Desde las nueve menos veinte de la mañana, que subí a limpiar. Y en todo este tiempo, cada vez que hemos hablado tú y yo, tú me has contado una parte.
—Yo te he contado...
—Una parte. —Levanta un dedo, sin ninguna agresividad, casi cansada—. Y no me molesta, ¿eh? Que te quede claro, porque no te lo estoy echando en cara. A mí lo que me molesta no es lo que te callas. Es que llevo diez días decidiendo por cuatro mujeres a partir de partes.
Llegamos a la altura del puente de Serranos y ella se apoya de espaldas en el muro de piedra y se queda mirando el otro lado.
—El martes, en el Astoria, yo dije que no. ¿Te acuerdas?
—Sí.
—Nuria quería llamar. Pilar quería llamar. Y yo dije que no, y las dos me hicieron caso, y no me hicieron caso porque yo tenga razón. Me hicieron caso porque llevo veinte años siendo la que dice las cosas raras y ellas se fían.
—Ya.
—Y yo dije que no porque hay hora y media que no sabe nadie, y porque no me daba la gana de que esto lo contara Laura entero. Y eso lo sigo pensando.
—¿Entonces?
—Entonces que yo eso lo dije creyendo que sabía lo que estaba defendiendo. —Se gira—. Y no lo sé. Llevo diez días sin saberlo. Y tú lo sabes desde el primer día.
—Celia, yo lo que te he contado hoy es verdad.
—Ya sé que es verdad. —Y ahí, por primera vez esta tarde, se le nota que está cansada—.
Si el problema no es que me mientas, Eva.
Es que me vas soltando cosas por orden de lo poco que te comprometen.
Primero el piso, cuando ya lo sabía. Luego lo de Tomás, cuando ya lo había dicho ella.
Y hoy esto. Y cada vez que me cuentas una, yo me tengo que recolocar delante de las otras dos.
Pasan tres críos corriendo con un balón por debajo del puente y el ruido se va con ellos y vuelve el de la avenida de arriba.
—Tienes hasta el domingo —dice.
—¿Hasta el domingo?
—Hasta el domingo por la noche.
Lo dice sin subir la voz y sin ponerse solemne, como quien pide una cuenta.
—Mañana enterramos a ese hombre —sigue—.
Mañana a las once, y mañana no se habla de esto.
Y el sábado tampoco, porque el sábado esa mujer va a estar en su casa con la hija y con la cuñada y con doscientas bandejas de comida, y no le va a quedar ni una lágrima.
Eso es lo que yo puedo hacer por Laura y lo voy a hacer.
—Vale.
—Y el domingo por la noche, o lo cuentas tú, o lo cuento yo.
—¿Contar qué, Celia?
—Lo que sepas. —Se separa del muro—. Yo no sé lo que hay. A lo mejor es una tontería y no es nada, y a lo mejor es lo otro. Eso lo sabes tú. Yo lo único que sé es que no voy a seguir dando la cara por una versión que se me queda corta cada dos días.
—¿Y a quién se lo cuento?
—A quien tú quieras. A la policía, a tu abogada, a nosotras tres. —Se encoge de hombros—. Eso también lo eliges tú. Yo el domingo por la noche necesito saber qué es lo que estoy tapando. Nada más.
Nos quedamos calladas.
Y yo tengo cuatro cosas dentro y no digo ninguna. Tengo que existe un segundo teléfono. Tengo que dentro de ese teléfono hay treinta minutos y veintidós segundos de grabación. Tengo que me lo llevé de una mesa mientras su dueño me decía que lo dejara donde estaba. Y tengo lo del radiador.
Y tengo una quinta, de esta misma tarde, de hace cuarenta minutos, sentada en un coche en Blasco Ibáñez.
—¿Y si no? —digo.
Celia me mira.
—Pues cuento lo poco que sé, que es que el jueves lo tenías tú y que me dijiste por teléfono que te habías ido a las doce. Y luego me callo y que hagan ellos su trabajo.
—Ya.
—Eva, yo no te estoy amenazando.
—Ya lo sé.
—Te estoy diciendo hasta dónde llego. Que no es lo mismo.
Y no lo es. Y las dos lo sabemos, porque en veinte años esta mujer no me ha dicho nunca una cosa que no fuera exactamente lo que quería decir, ni una de más ni una de menos.
Echa a andar hacia Serranos.
—¿No vas para el otro lado? —digo.
—Voy a subir por aquí y doy la vuelta por arriba, que si no no llego a los pasos. ¿Vienes?
—Vale.
Y subimos la rampa y damos la vuelta por arriba, por la acera de Blasco Ibáñez, entre gente que corre y gente que saca al perro, y hacemos casi un kilómetro sin decirnos una palabra, una al lado de la otra.
Y no es un silencio incómodo. Eso es lo que más me descoloca. Es el silencio de dos mujeres que llevan veinte años andando juntas y que pueden estar calladas, y en cualquier otro momento de mi vida yo habría dicho que esto es la amistad.
Hoy es otra cosa. Hoy es una mujer acompañando a otra hasta un sitio concreto.
En la esquina de mi calle se para.
—Mañana pasamos por ti a las diez y media —dice—. Voy con Pilar.
—Puedo ir yo en el mío.
—Ya sé que puedes.
Y me da dos besos, y se va andando, porque vive a doce minutos y le gusta andar.