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Bajo al garaje a las tres y cuarto.
Es la quinta vez que enciendo ese aparato desde el jueves pasado y ya no me tiemblan las manos, que es una de las peores frases que he escrito nunca.
Enchufo el cable, espero el logo, la barra, el aviso de la tarjeta. Entro con el PIN. Abro la conversación y me voy al principio de todo, a octubre.
Y me pongo a leer siete meses de mi vida desde el otro lado.
Es una cosa muy rara leerse a una misma en el teléfono de otro.
Ahí están mis mensajes en gris y los suyos en verde, al revés de como los tenía yo, y eso solo ya te descoloca.
Y luego está lo demás: que hay una conversación entera que yo no recordaba así.
Yo me acordaba de nosotros dos como de dos personas que se escribían poco y bien.
Y son mil y pico de mensajes, y la mitad son tonterías, y hay una racha de febrero en la que nos escribimos todos los días.
Hay una foto de un perro que le mandé en marzo.
Hay un audio suyo de once segundos, de un domingo por la mañana, que no voy a escuchar.
Pero no he bajado a eso.
Cojo una libreta de las de Marta que hay en la guantera y hago cuatro columnas en una hoja apaisada. Fecha. Quién propone. Quién lo usa. Y qué decía él.
Octubre de 2024. El jueves tengo cena con los de Castellón, así que hasta las doce estoy libre.
Noviembre. El jueves lo tengo hecho, he dicho que tengo la cena de la asociación.
Diciembre. Este jueves imposible, es el 19 y tengo lo del colegio de Alba.
Y ahí me paro, porque diciembre no fue el último jueves. Diciembre lo movió Laura al 19 por las fiestas, y eso está en el grupo con su explicación y todo: el 26 es fiesta de todo el mundo y no nos va a dejar nadie salir. Que es verdad y que lo firmaríamos las cinco.
Esa noche yo no subí y subió Celia.
Y entonces hago lo que no hay que hacer nunca, que es empezar por la teoría.
Se me ocurre una y me parece brillante durante cuarenta minutos: que Laura movía las fechas cuando yo tenía el piso.
Que sabía lo mío desde el principio y que me colocaba las noches.
Cojo la tabla y lo compruebo, mes a mes, y me sale que no.
Que las dos veces que se movió una fecha yo no lo tenía.
Que en enero lo tenía Nuria y en octubre lo tenía Celia.
Me quedo veinte minutos con eso y estoy a punto de subirme a casa y dejarlo.
Y me alegro de haberme equivocado, aunque suene raro. Porque si me hubiera salido a la primera, yo hoy estaría convencida de una cosa que no es, y llevaría dos días construyendo encima. Que es exactamente lo que le pasa a la gente que se mete en esto sin oficio: encuentra lo que ha ido a buscar.
Lo que hay que hacer con una hipótesis que no cuadra es tirarla. No arreglarla.
Y luego lo miro al revés.
Enero de 2025. En el grupo, el trece de enero:
Laura , 13/01/2025
Chicas, ¿os importa que este mes lo hagamos el 23 en vez del 30?
Pilar , 13/01
Por mí bien.
Nuria , 13/01
👍
Celia , 13/01
vale
Nadie preguntó por qué. Nunca preguntamos por qué.
Y en el otro teléfono, en la conversación mía con Tomás, el diez de enero, tres días antes:
Tomás , 10/01/2025
Cambio de planes, lo de Castellón me lo han pasado al 23. O sea que el 30 estoy aquí y el 23 no.
Leo eso cuatro veces con la libreta encima del volante.
El diez de enero, Tomás Bru se entera de que su viaje se mueve del treinta al veintitrés. El trece de enero, tres días después, Laura Espí pide al grupo mover la cena del treinta al veintitrés.
Al mismo día.
Y busco octubre.
Laura , 09/10/2025
¿Os va bien pasarlo al 6 de noviembre? Es que el 30 tengo un lío.
Tengo un lío. Nadie preguntó qué lío.
Y en el otro teléfono, el siete de octubre:
Tomás , 07/10/2025
Me han movido la cena de los de la mutua al 6 de noviembre, que es jueves. Toma ya.
Dos días.
Me bajo del coche.
No es una decisión. Abro la puerta y me bajo porque no puedo estar sentada.
Doy una vuelta entera al garaje por el pasillo de las plazas, entre coches, con la luz de los sensores encendiéndose por delante y apagándose por detrás, siempre un paso desfasada.
Paso por delante del cuarto de contadores, que tiene la puerta abierta desde marzo.
Paso por delante de la moto del quinto, que lleva dos años sin matrícula.
Y por la plaza cuarenta y uno, la de los Bellver, vacía porque están en Denia desde el puente.
Al fondo hay una rampa y un espejo convexo, de esos que deforman, y me veo en él desde diez metros: una mujer con una libreta en la mano andando sola entre dos filas de coches.
Doy la vuelta y hago el mismo pasillo al revés.
Vale. Vale, Eva. Vamos a hacerlo bien.
Dos veces. Son dos veces en veintidós meses, y hay una explicación buenísima para cada una de las dos por separado.
Laura movió la cena de enero porque Tomás se iba de viaje y a ella le venía mejor salir esa noche.
Laura movió la de octubre por lo mismo. Es lo que hace todo el mundo.
Es lo que hago yo con Quique cada vez que hay una cena de trabajo: aprovechar la noche que él no está.
Eso es normal.
Eso es completamente normal y yo lo defendería delante de cualquiera.
Vuelvo al coche y cojo la libreta.
Y ahora los siete últimos.
Noviembre de 2025 hasta mayo de 2026. Siete jueves, que son los siete que tengo bien en la cabeza porque son los del final.
Los abro uno por uno, cruzando las dos columnas: quién tenía el piso y qué me escribió él esa semana.
Y aquí hay que tener cuidado con una cosa, porque yo no sé lo que Tomás Bru le decía a su mujer. Yo sé lo que Tomás Bru me contaba a mí que le había contado en su casa, que no es lo mismo y que en cualquier otro contexto no valdría nada.
Pero para lo que estoy mirando me sirve, porque lo que quiero saber no es si mentía bien. Es qué noches necesitaba mentir.
Noviembre. El piso lo tenía Nuria. Tomás: nada. No hablamos de esa noche.
Diciembre. Piso de Celia. Tomás: nada.
Enero. Piso mío. El jueves he dicho que tengo cena con los del banco.
Febrero. Piso mío. Jueves cena de trabajo, como siempre.
Marzo. Piso de Pilar. Tomás: nada de nada. Esa semana hablamos de una peli.
Abril. Piso mío. He dicho lo de siempre.
Mayo. Piso mío. Hasta luego.
Lo repaso otra vez, de abajo arriba, por si me he colocado alguna donde no era.
Cuatro veces lo tuve yo. Y las cuatro veces, Tomás Bru le dijo a su mujer que tenía una cena de trabajo.
Las tres veces que lo tuvo otra, no dijo nada, porque no tenía que decir nada, porque esas noches se quedaba en su casa viendo la tele.
Y me quedo con la libreta en las rodillas, en un segundo sótano, a las cinco y veinte de la tarde de un jueves.
Yo no estoy demostrando nada. Eso lo tengo clarísimo y lo tengo clarísimo desde el minuto uno, porque llevo veinte años trabajando con documentos y sé perfectamente lo que es una coincidencia bonita.
Cuatro de siete no es nada. Dos fechas movidas en veintidós meses no es nada.
Todo esto, delante de una persona sensata, se cae en dos preguntas.
Pero no es eso lo que estoy leyendo.
Lo que tengo delante es una tabla en la que una columna dice quién organiza y sale siempre el mismo nombre; otra dice quién usa el piso y ese nombre no sale nunca; y ahora hay una cuarta que dice qué le contaba Tomás a su mujer.
Y las cuatro encajan entre sí.
No como encaja una prueba. Como encaja una máquina.
Durante veintidós meses yo he pensado que ese piso era una cosa que hacíamos cinco mujeres para poder respirar una noche al mes. Y a lo mejor lo era para cuatro.
Subo a las seis menos cuarto. Quique está en el pasillo con la bolsa del trabajo, que ha venido a cambiarse.
—Estás blanca —dice.
—Es que hace un calor horrible en el garaje.
—Ya. —Coge las llaves—. Come algo, Eva.
Y se va.
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