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La sede la sé porque la escribió ella.
Está en el grupo, del veinticinco de mayo, tres días antes de todo. Chicas, os pongo lo de Alba por si os acordáis de mandarle un mensaje: martes, miércoles y jueves en Tarongers, aulario norte. El jueves acaba a la una y media y ya está. Con el mapa adjunto y todo.
Cuando lo escribió, ese mensaje era una madre pidiendo suerte para su hija.
Hoy es la manera que tengo de saber dónde va a estar Laura Espí a la una y media de la tarde.
Le he dicho a Quique que tenía que llevar unos papeles a un cliente de la zona. No hacía falta que le dijera nada, porque Quique lleva tres días sin preguntarme adónde voy, y precisamente por eso se lo he dicho.
Aparco a las doce y cuarenta en la avenida dels Tarongers y voy andando. Hace un calor de junio de verdad, de los de veintinueve grados a mediodía, y el campus está lleno de padres.
Eso es lo primero que me sorprende, porque no lo había pensado: que hay doscientas personas esperando.
Están en la sombra de los edificios, en los bancos, en las escaleras.
Hay señoras con carpetas de plástico y con bolsas de una panadería.
Hay hombres de pie con el móvil en la oreja hablando de trabajo en voz baja.
Hay una mujer que ha traído una silla plegable.
Hay un chico joven con un cartel de una autoescuela.
Y hay una cantidad enorme de gente sola, callada, mirando una puerta.
Yo me pongo en un lado de la esplanada, a la sombra de un árbol, a unos cuarenta metros, y hago lo que hacen todos: sacar el móvil y mirarlo sin mirarlo.
Es lo más fácil del mundo. Nadie se fija en una mujer de cuarenta y un años con gafas de sol esperando en la puerta de un examen. Aquí somos todos lo mismo.
Y esto es lo que hay que decir, y lo digo yo porque no me lo va a decir nadie: hace once días yo era una mujer con una aventura. Hoy es jueves y estoy en un campus universitario, a la sombra, con las llaves del coche en la mano, para verle la cara a una amiga mía sin que ella lo sepa.
No he venido a nada. No hay nada que ver. No voy a descubrir nada mirando a una mujer esperar a su hija.
He venido a comprobar cómo lo hace.
La localizo a la una menos veinte y tardo un rato porque no está donde yo la buscaba. Yo la buscaba sola, apoyada en algo, con esa cara suya de estar aguantando. Y está en un corrillo de cuatro madres, hablando.
Va con pantalón oscuro y una camisa blanca de manga corta. Nada de negro. Las gafas subidas al pelo y no puestas. Y en la mano, cogidas por el cuello con dos dedos, dos botellas de agua pequeñas, de esas que se venden en las máquinas, sudando.
Está haciendo lo que hace siempre, que es facilitarles la vida a los demás.
Porque eso es lo que pasa cuando se te muere el marido: que la gente que te quiere no sabe qué decirte y se queda a un metro y medio con la boca medio abierta, y alguien tiene que sacarlos de ahí. Y en esta esplanada la que los está sacando es ella.
Yo estoy demasiado lejos para oír una palabra, pero eso no hace ninguna falta.
Se ve desde aquí. Una de las mujeres le pone la mano en el brazo y dice algo, y Laura asiente y contesta corto y hace un gesto con la barbilla hacia la puerta, y las otras se ríen un poco, aliviadas.
Y a los treinta segundos están hablando de otra cosa.
Eso es lo que ha hecho durante diez días con todo el mundo. Con la cuñada, con la suegra, con nosotras cuatro, con el contable, con la del tanatorio. Es la viuda y es la que hace que las conversaciones sean llevaderas.
Yo, en su lugar, estaría en el coche.
A la una y veinticinco empieza a salir gente.
Primero cuatro o cinco, de los que entregan pronto porque no saben, y después una avalancha.
Doscientos críos por dos puertas, con las mochilas colgando de un hombro, gritando, buscando a los suyos, con esa energía que tienen los que acaban de terminar algo.
Y el ruido de la esplanada cambia entero en noventa segundos.
Alba sale con dos amigas y va mirando el móvil. Es más alta que su madre. Lleva una camiseta verde y el pelo recogido con dos pinzas y tiene la cara de una chica de dieciocho años que ha dormido tres horas.
Se separa de las amigas y llega hasta Laura.
Y lo que hace su madre es esto: le pone una de las botellas en la mano y le descuelga la mochila del hombro.
No le pregunta.
Eso es lo que yo veo desde cuarenta metros y por eso he venido, aunque hasta este momento no lo supiera.
Doscientas madres en esta esplanada están preguntando ahora mismo qué tal, cómo ha ido, qué te ha caído, has terminado.
Todas. Es lo primero que sale de la boca, no se puede evitar, yo se lo he preguntado a Marta hasta por un examen de música.
Laura Espí le da una botella de agua a su hija y le coge la mochila y echa a andar.
Y a los diez metros Alba empieza a hablar, sola, contándole lo que sea, moviendo una mano, y su madre la escucha andando.
No sé qué significa eso. Quiero dejarlo escrito así, porque llevo cuarenta y ocho horas cogiendo cosas de esa mujer y colocándolas donde me conviene, y esta no la voy a colocar.
Puede ser una madre que sabe perfectamente lo que necesita su hija al salir de un examen.
Puede ser una mujer que no ha podido preguntar. Puede ser las dos.
Pasan a quince metros de mí, por el paseo de las palmeras, y ninguna de las dos me ve.
No me escondo. No me pongo detrás del árbol ni me doy la vuelta. Me quedo donde estoy, con las gafas de sol y el móvil en la mano, y pasan por delante y no me ven, porque en esta esplanada hay doscientas mujeres de mi edad esperando y yo soy una de ellas.
Es exactamente lo que hace falta para no llamar la atención en ningún sitio: parecerse a todo el mundo.
Espero cinco minutos más, hasta que la esplanada se vacía y quedan cuatro grupos de críos y la mujer de la silla plegable, que la está doblando.
Vuelvo al coche. Son las dos menos veinte y hace un calor que no se puede.
En mi casa, ahora mismo, hay una puerta cerrada con llave desde el martes y un hombre que lleva tres noches durmiendo en un sofá. Anoche cenamos los tres, Marta bajó y cenamos los tres, y estuvimos veinte minutos hablando de una serie.
Enciendo el aire acondicionado y no arranco.
Un chico se sube a una moto tres coches por delante, se pone el casco y no arranca, y se queda mirando el móvil dos minutos enteros con el casco puesto.
Y en vez de irme a casa, saco el móvil y abro la hoja de cálculo que guardé anteanoche con nombre de cliente.
Veintiuna filas. Fecha, quién la propone, quién lo usa.
Hay una cosa que no está en esta tabla y que la tengo yo, y no la tiene nadie más en el mundo, y llevo dos días con ella delante sin verla.
Yo sé lo que hacía Tomás Bru cada uno de estos jueves.
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