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Las notas salen a la una.

Lo sé porque lo sabe toda la ciudad. Lo sabe el grupo del instituto de Marta, que empezó a echar humo el miércoles con un enlace que no servía, y lo sabe la vecina del quinto, que tiene una hija en segundo y que me lo dijo el martes en el ascensor.

Marta ha salido esta mañana diciendo que hoy en el instituto no se va a poder estar, porque los de segundo vuelven a las once a por las notas y hay uno de su clase que tiene un hermano.

Yo llevo desde las nueve con un poder notarial de una empresa de Lyon. Cuatro folios y medio, de los fáciles, de los que hago con la radio puesta.

Cuatro horas para eso, y no es por lo que se piensa. No estoy bloqueada ni estoy llorando ni estoy mirando el techo. Es que cada dos párrafos me levanto a hacer una cosa que no hace falta, y luego vuelvo, y luego me levanto otra vez.

A las doce y cuarenta me llama Rosa.

—Ya tienes fecha —dice—. El veintitrés, a las diez y media, en el juzgado número cuatro. Vas en calidad de investigada.

—Vale.

—Es lo que te dije que iba a pasar y es lo que ha pasado. No significa que te vayan a acusar de nada. Significa que a partir de ahora tienes derecho a que te acompañe yo y a no contestar, que es lo mismo que tenías, pero por escrito.

—¿Y el teléfono?

—Lo están analizando. Eso tarda semanas.

—¿Y qué me van a preguntar?

—Lo mismo. Absolutamente lo mismo que ya has contestado dos veces, y con el audio delante. Y esta vez lo van a preguntar todo por orden y con el reloj.

—¿Y yo qué digo?

—La verdad. —Se oye un teclado—. Ya no tienes otra cosa, Eva, y esa es la única buena noticia de este mes.

—¿Y lo otro?

Rosa hace una pausa de las suyas.

—¿Qué es lo otro?

—Lo de la llamada.

—Eva. —Y lo dice sin dureza—. Eso no es tuyo. Eso no me lo van a contar a mí y a ti no te lo van a contar nunca, y si algún día pasa algo te vas a enterar como se entera todo el mundo.

—Ya.

—Y ahora te voy a decir una cosa que no es de abogada. Ese señor tenía cuarenta y nueve años y se murió en el suelo de un salón. Eso no lo arregla ya nadie. Lo que se puede arreglar todavía es lo tuyo, y lo tuyo es el veintitrés a las diez y media.

Cuelgo y me quedo en el comedor.

A la una y cuarto me escribe Celia.

Celia 13:16

Alba 12,4

Celia 13:16

Me lo acaba de decir Laura por privado. Le he contestado que me alegro mucho.

Celia 13:18

Va a pedir criminología

Leo las tres líneas dos veces y luego una tercera.

Doce coma cuatro. En esta ciudad, esta semana, hay ochocientas madres mirando un número de dos decimales en una pantalla, y una de ellas lo ha mirado esta mañana en una casa donde hace nueve días había una chaqueta de punto azul marino colgada en el respaldo de una silla.

Y me acuerdo de una cocina, de una tarde de mayo, de una mujer sentada enfrente de mí diciendo que su hija quería Criminología pero que en realidad no se atrevía a decirlo en casa.

No sé qué hacer con eso y no hago nada.

Y lo que no voy a hacer, ni hoy ni nunca, es ponerle a ese número un significado. Esa chica se ha sacado un doce coma cuatro estudiando Historia de España en la cocina de casa de su tía con el flexo puesto, y eso no es de nadie más que de ella.

Escribo me alegro muchísimo y lo borro, porque no tengo derecho a mandarle eso a nadie de esa casa. Escribo gracias por contármelo y lo mando.

En el grupo no hay nada.

Lo abro para comprobarlo, aunque ya lo sé. Las cinco 🌙. El último mensaje es mío, del lunes ocho, a las quince cincuenta y dos, y no lo ha contestado nadie en cuatro días.

Y no se ha ido ninguna. Estamos las cinco. Nadie ha salido del grupo, nadie lo ha silenciado, nadie ha cambiado la foto, que sigue siendo la de agosto en la Malvarrosa, con el mar detrás en negro.

Está ahí, con mi mensaje arriba, como una casa cerrada con los muebles dentro.

Marta llega a las tres menos veinte.

—¿Qué tal?

—Bien.

—¿Han salido las notas?

—Sí. —Deja la mochila en el suelo del recibidor—. A Sandra le ha salido fatal y está llorando en el grupo.

—¿Y a la hermana del de tu clase?

—Bien.

Se hace un sándwich de pie en la cocina, con la puerta de la nevera abierta más rato del que hace falta, y se lo lleva al cuarto.

La puerta se queda medio abierta, que es como se queda desde el martes.

No hemos vuelto a hablar de nada. Ni una vez. Y ella no me ha preguntado por el veintitrés ni por el juzgado ni por la policía, y yo sé que lo sabe porque se lo ha contado su padre, porque se lo dije yo a él y porque los dos estuvimos de acuerdo en que se lo contáramos entero.

Yo paso por el pasillo a las cuatro para coger unos papeles y miro.

La llave no está.

Estuvo puesta en esa cerradura desde 2011, torcida y medio oxidada, y desde el martes pasado no está. No la ha vuelto a echar y no la ha dejado donde estaba. Se la ha llevado.

No le he preguntado dónde está y no se lo voy a preguntar.

Quique viene a las siete, como todos los días.

Ya no cena aquí. Viene, está con Marta una hora y media, revisan cosas del instituto, discuten por una serie, y luego se va a Paterna. Yo estoy en el comedor trabajando y salgo a saludarlo y él dice hola, y es un hola normal, y esa normalidad me cuesta más que cualquier otra cosa.

Hoy, antes de irse, se queda en el recibidor.

—He visto un piso en Marxalenes —dice—. Dos habitaciones. Para agosto.

—Vale.

—Es por Marta. Que tenga sitio.

—Sí.

—Y no lo digo para hacerte daño, ¿eh?

—Ya lo sé, Quique.

—Es que no puedo estar en casa de mi madre hasta septiembre.

—Que sí. Que me parece bien.

Y él asiente y coge las llaves, y en la puerta se para y dice:

—Lo del veintitrés. ¿Quieres que vaya?

Y ahí me tengo que apoyar en la pared.

—¿Tú quieres ir?

—No —dice—. Pero voy si hace falta.

—No hace falta.

—Vale.

—Quique.

—Qué.

—Gracias.

—No me des las gracias, Eva. —Y no lo dice mal—. De verdad. No me las des, que es peor.

Y se va, y cierra con el pomo girado.

Celia me llama un domingo, a media mañana. Me llama para nada, para preguntarme si sé de alguien que compre pisos sin reformar, y estamos veinte minutos hablando de tasaciones y de la caldera y de una prima suya de Sagunto.

Y a mí, esos veinte minutos, me arreglan el domingo entero.

No me perdona. No me lo ha dicho ni una vez y no me lo va a decir, y el otro día, en el piso, delante de las cuatro, dijo en voz alta que lo de meter a ese hombre en la casa de su madre no me lo perdona en la vida. Y me llama para hablar de tasaciones.

Yo antes creía que esas dos cosas no podían estar en la misma persona.

Y en esa llamada, al final, sin darle importancia, me cuenta lo de Nuria: que ha pedido el traslado a la de Alboraia.

La misma a la que pidió el traslado aquella compañera de la que hablaba en Casa Lluïsa el veintiocho de mayo, quejándose entre la ensaladilla y la titaina de que la gente se entera de las cosas cuando ya no se pueden arreglar.

Se lo han dado para septiembre.

No me ha escrito. No he pensado ni por un segundo en escribirle yo.

Y de Pilar me entero directamente, porque Pilar Donat es la única persona de esta historia que dice las cosas cuando toca.

Me escribe el sábado por la tarde, por privado, dos líneas.

Pilar 18:40

Eva, el 25 es jueves. Yo no voy a ir. Te lo digo a ti y se lo he dicho a Celia. A Laura no se lo voy a decir porque no hace falta.

Pilar 18:41

Y si necesitas algo con lo del día 23, me llamas. Que yo he estado en un juzgado y sé cómo es.

Contesto que gracias y que la llamo la semana que viene.

Y me quedo un rato con el móvil en la mano.

Porque hay una cosa que no me había parado a mirar en quince días, y es que el veinticinco existe.

Y luego abro el calendario del móvil.

Está ahí. Lo veo bajando dos pantallas, en el veinticinco, un jueves, en verde: Cena. Sin más. Sin sitio y sin nombres.

Le doy encima y me sale la ficha entera. Se repite cada mes, el último jueves. Creado el 29 de agosto de 2024.

Y debajo hay un botón que pone eliminar, y al lado otro que pone eliminar todos los eventos futuros.

Y la fecha del veinticinco la puso una mujer un jueves de mayo a las nueve y media de la noche, con las gafas en la punta de la nariz, en un restaurante de Benimaclet, cuarenta y dos minutos antes de que yo abriera un portal.

El veinticinco. ¿Os va bien?

Y le dijimos que sí las cuatro.

Me quedo con el pulgar encima.

Y no le doy.

No le doy y no sé por qué, y llevo desde entonces sin saberlo, y no es por ninguna de las razones que quedarían bien.

No es por lealtad, ni por esperanza, ni porque quede algo que salvar, porque no queda nada: Pilar no va a ir, Nuria se va a Alboraia en septiembre, Celia va a vender ese piso en cuanto pueda y yo el veintitrés a las diez y media tengo que estar en el juzgado número cuatro.

Y sin embargo ahí sigue, en verde, en el veinticinco, y se va a repetir el treinta de julio y el veintisiete de agosto y el veinticuatro de septiembre, y todos los últimos jueves de todos los meses que me queden, en el móvil de cinco mujeres, hasta que a alguna se le ocurra quitarlo.

Cierro el calendario. Dejo el móvil boca abajo en la mesa.

Y me levanto a tender, que llevo la lavadora puesta desde las cinco.