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Rosa me lleva a su despacho porque dice que no me va a soltar en la calle así.
Es un tercero de la calle Cirilo Amorós con dos mesas, un sofá que no pega y una estantería de códigos que nadie abre nunca porque todo eso está en el ordenador. Me pone un vaso de agua del dispensador y se sienta enfrente, no detrás de la mesa.
—Ha ido razonablemente bien.
—¿Sí?
—Sí. Has dicho la verdad en todo lo que has dicho y te has callado lo demás, que es exactamente lo que había que hacer. —Se quita las gafas—. Ahora tenemos un problema y es la hora y media.
—Ya.
—Y tenemos otro que es peor y del que no hemos hablado.
—¿Cuál?
—El porqué.
Me quedo con el vaso a media altura.
—Eva, tú subiste a ese piso el veintiocho de mayo para dejar a un hombre con el que llevabas siete meses. Eso lo has dicho hoy y consta. Y la pregunta que te va a hacer todo el mundo a partir de ahora, la policía, el juez y el que sea, es por qué precisamente ese día.
—Porque se lo había dicho el doce.
—¿Y por qué el doce?
Y me quedo callada.
—Piénsalo bien —dice—. Y si la respuesta es que había otro hombre, o que tu marido sospechaba, o que te habías cansado, dímelo ahora, porque eso es lo primero que van a buscar.
—No hay otro hombre.
—¿Tu marido sospechaba?
—No.
—¿Nada? ¿Ni una discusión, ni una pregunta rara?
—Nada. —Y esto me cuesta decirlo más que lo de esta tarde—. Ese es el problema con Quique. Que no sospechaba.
—¿Y te habías cansado?
—No.
—Eva, esto no es un juicio moral. Yo necesito saber qué hay debajo, porque lo van a buscar y lo van a encontrar antes que yo.
—Ya lo sé.
—¿Entonces?
Y lo digo. Lo digo por primera vez en voz alta, en un despacho de Cirilo Amorós, a las seis y veinte de la tarde de un miércoles.
—Porque vino Laura a mi casa.
Rosa se pone las gafas otra vez.
—¿La mujer de él?
—Sí. El doce de mayo, por la tarde. Vino a traerme unas cajas de ibuprofeno y se sentó en mi cocina y me dijo que creía que su marido estaba con alguien.
—¿A ti?
—A mí.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que no.
Rosa aprieta los labios y luego coge el cuaderno de anillas y escribe cuatro líneas, que es lo primero que le veo escribir en seis días.
—¿Cuánto duró aquella conversación?
—Cuarenta minutos. Lo que dura un café.
—¿Y quién la empezó?
—Ella.
—¿Y quién la terminó?
—Ella. Dijo que se le hacía tarde para recoger a su hija.
—¿Y ella te preguntó por ti?
—¿Cómo?
—Que si en esa conversación te preguntó a ti algo en concreto.
Y me quedo pensando, porque de aquella tarde me acuerdo de todo y no me acuerdo de nada.
—Me preguntó si yo había notado algo raro.
—¿Eso te preguntó?
—Sí. Dijo que ya no se fiaba de lo que veía y que yo me fijo en todo.
Rosa apunta otra línea.
—Eso, dicho así, es malísimo —dice—. Y dicho de otra manera es lo mejor que tienes. Ya veremos.
—¿Malísimo por qué?
—Porque una mujer que va a casa de la amante de su marido y sale de allí sin saberlo es una mujer engañada dos veces. Y eso, delante de un juez, es una cosa que se entiende en tres segundos y que no se olvida.
—¿Y lo bueno?
—Lo bueno todavía no lo sé. —Cierra el cuaderno—. Pero yo llevo veintitrés años haciendo esto y hay una regla que no me ha fallado nunca: cuando alguien va a una casa a hacer una pregunta que no necesita hacer, es porque ya sabe la respuesta y quiere ver una cara.
Y lo dice sin ninguna intención. Lo dice cerrando el cuaderno y mirando el reloj, como quien dice una cosa de oficio, y luego me pregunta si quiero que me pida un taxi.
Llego a casa a las siete y media.
No hay nadie. Quique tiene consulta hasta las ocho y media y Marta está en casa de Bea, o eso dice el mensaje de tres palabras que me ha mandado a las cinco.
Y en vez de ponerme a hacer la cena, me voy al baño y abro el armario de debajo del lavabo.
Están ahí. Cinco cajas, apiladas por tamaño, exactamente como las apiló ella en la encimera. La sexta la abrimos en semana santa cuando Marta tuvo lo de la muela.
Cojo una. Le miro la caducidad, que es de 2027. Le doy la vuelta. Es ibuprofeno de seiscientos, el mismo que hay en todas las farmacias de este país.
Y me siento con ella.
Ahí dentro hay lo que hay en todos los armarios de todos los cuartos de baño: dos cajas de tiritas, un termómetro que no funciona, un frasco de agua oxigenada de cuando Marta se caía y un neceser con cosas de la playa.
Las cajas de Laura están en la balda de arriba, apiladas por tamaño, y llevan ahí tres semanas sin que las mueva nadie.
Y me hago una pregunta que no tiene ninguna importancia.
¿Yo se lo pedí?
Porque ella dijo el ibuprofeno ese que no encuentras nunca , y a mí eso me sonó bien y le di las gracias y no pensé nada. Y ahora, con la caja en la mano, no consigo acordarme de haberle pedido ibuprofeno a Laura Espí en mi vida.
Cojo el móvil y busco en nuestra conversación privada. Ibuprofeno . Nada. Farmacia . Sale una cosa de 2023 sobre un jarabe para Alba. Cajas . Nada.
En todo lo que hemos escrito ella y yo en cuatro años no hay ni una sola vez en la que yo le pida un medicamento.
Y luego pienso: y qué.
La gente trae cosas. Laura le trae cosas a todo el mundo.
Le trajo a Celia una crema para el eccema, y a Pilar unas medias de compresión que Pilar no se ha puesto nunca, y a mí me trajo en 2022 un jarabe para Marta cuando lo de la tos.
Si le preguntaras diría que le sobraban seis cajas y que a mí me vendrían bien, y sería verdad, y además yo se lo agradecí y le mandé un mensaje esa misma noche.
Ese mensaje también lo he buscado. Está. Gracias por lo de esta tarde, guapa. Ánimo.
Ánimo. Eso es lo que le escribí yo, a las once y veintitrés de la noche del doce de mayo, cuatro minutos antes de escribirle a su marido.
Dejo la caja donde estaba y cierro el armario.
Y me quedo sentada en el borde de la bañera mirando esas cinco palabras mías, que llevan ahí un mes y que no las ha leído nadie más que ella y que no significan absolutamente nada y que están fechadas.
Pero no me levanto.
Porque llevo seis días con esto y hasta esta tarde no me había parado a mirarlo de frente: el doce de mayo, esa mujer se sentó en mi cocina, y a las once de la noche de ese mismo día yo le escribí a su marido que lo dejábamos, y dieciséis días después subí a un piso a hacerlo y aquel hombre se quedó en el suelo.
Todo lo que ha pasado esta semana empieza en una conversación de cuarenta minutos que yo no busqué.
Y me levanto, y voy al comedor, y abro el ordenador. Y en el ordenador abro el grupo, que lo tengo sincronizado desde hace años porque escribo más rápido con teclado.
Las cinco 🌙
Y me pongo a subir.
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