34
La declaración es el miércoles a las cinco de la tarde y dura poco menos de una hora.
Mi abogada está a mi izquierda desde el primer segundo, con un cuaderno de anillas que no abre. Enfrente está Gisbert y al lado está el mismo que teclea, que en tres visitas no me ha dicho ni una palabra que no fuera buenos días .
La sala no es la misma que la del sábado. Esta tiene una ventana alta con una persiana de lamas bajada del todo y hace un calor considerable, y hay una jarra de agua de plástico con dos vasos boca abajo encima de una bandeja.
Antes de empezar, Gisbert me explica cosas. Que declaro voluntariamente. Que puedo no contestar a lo que quiera. Que la declaración se firma al final y que la puedo leer entera antes de firmar. Lo dice de corrido, con la voz de quien lo ha dicho cuatro mil veces, y aun así lo dice entero.
—¿Lo ha entendido?
—Sí.
Empieza como empezó la otra vez, con las cosas fáciles. Nombre. Dirección. Y luego:
—Señora Bataller, la última vez que hablamos usted dijo que la noche del veintiocho estuvo con sus amigas hasta casi las dos y que vino directa a su domicilio. ¿Se ratifica?
—No.
—¿Perdón?
—Que no. Que eso no fue así.
Gisbert asiente y no se alegra. No hay ni un gesto de triunfo, y si lo hubiera habido a mí esto me resultaría muchísimo más fácil.
—Cuénteme.
Y lo cuento.
Cuento que la cena terminó a las diez menos cuarto. Que fui andando a la calle Barón de San Petrillo. Que subí al piso a las diez y cuatro. Que tenía una relación con Tomás Bru desde octubre. Que nos veíamos ahí, los últimos jueves, y que había sido siete veces.
—¿Su marido lo sabía?
—Se enteró el lunes.
—¿El lunes de esta semana?
—El lunes uno de junio, por la noche.
—¿Se lo contó usted?
—No. Se lo contó Laura Espí por teléfono.
Gisbert levanta la vista un momento y la baja otra vez.
—¿Y las otras señoras?
—También el lunes. Esa misma noche, en casa de Laura.
Escribe. El de la izquierda teclea. Yo tengo las manos encima de la mesa porque no sé dónde ponerlas.
—Siga.
—Él llegó a las diez y veinte. —Trago—. Yo había subido para dejarlo.
—¿Para dejarlo?
—Para terminar la relación. Se lo había dicho por escrito el doce de mayo.
—¿Y lo hizo?
—Sí. A las once y media.
—¿Y él cómo se lo tomó?
Y aquí es donde Rosa dijo que iba a empezar lo otro, y tenía razón, y aun así una no está preparada.
—Mal.
—¿Mal cómo?
—Discutimos.
—¿Discutieron mucho rato?
—Cuarenta minutos. Más o menos.
—¿Qué se dijeron?
—Él no quería dejarlo.
—¿Y qué le decía?
—Que por qué. —Me miro las manos—. Que si era por mi marido, que si era por su hija, que si podíamos esperar al verano. Me fue quitando los motivos uno a uno.
—¿Y usted?
—Yo le dije que era por Laura.
—¿Por su mujer?
—Sí.
—¿Y él qué contestó?
Y aquí no puedo contestar deprisa, porque la palabra que contestó él la tengo grabada en un aparato que está dentro de una rueda a cuatro kilómetros de esta silla.
—Me dijo que ahora.
—¿Ahora?
—Que ahora me acordaba de Laura. Después de siete meses.
—Ya.
—¿Levantaron la voz?
—Él no gritó. —Y esto lo digo yo sola, sin que nadie me lo pregunte, y lo digo porque llevo seis días queriendo decirlo en algún sitio—. Que quede claro. Tomás no me gritó en ningún momento.
—Muy bien. —Gisbert escribe eso, y por primera vez tengo la sensación de que ha escrito algo que a mí me sirve—. ¿Y a qué hora se fue usted?
—A las doce y media.
—¿Y en qué estado quedó el señor Bru?
Y ahí está.
—Consciente —digo—. Estaba consciente y estaba hablando. Estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el radiador, y me estaba diciendo que me fuera.
—¿Sentado en el suelo?
—Sí.
—¿Y por qué estaba sentado en el suelo?
Rosa mueve el pie por debajo de la mesa. Un toque en el mío. Uno solo.
—No voy a contestar a esa pregunta.
Gisbert suelta el bolígrafo encima del papel.
—¿No va a contestar?
—Mi clienta se acoge a su derecho a no declarar sobre ese extremo —dice Rosa.
—De acuerdo.
Y lo anota, y lo anota tranquilamente, y el que teclea también lo escribe, y sigue.
—¿Se produjo alguna lesión en ese domicilio?
—No voy a contestar.
—¿Cómo se hizo usted el corte de la mano izquierda?
—No voy a contestar.
—¿Golpeó usted a Tomás Bru?
—Mi clienta no va a contestar a nada relativo a ese momento —dice Rosa, y lo dice sin subir la voz y sin adornarlo.
—Muy bien.
Y hay que estar sentada en esa silla para saber lo que es esto. No es un duelo. No hay ninguna frase brillante. Es una mujer educada de mi edad que pregunta tres cosas seguidas, anota tres veces que yo no contesto y pasa a otra cosa. Lo que queda en ese papel es un hueco con forma exacta.
—Sigamos con las horas. ¿Salió usted del portal a las doce y media?
—Sobre las doce y media.
—¿Y a qué hora llegó a su domicilio?
—A las dos y diez.
Silencio.
—A las dos y diez —repite.
—Sí.
—Del portal de Barón de San Petrillo a su casa hay once minutos en coche. Los he hecho yo esta mañana.
—Ya.
—¿Dónde estuvo hora y media?
—Conduciendo.
—¿Conduciendo por dónde?
—Por la ronda. Bajé hasta el puerto y volví por Blasco Ibáñez, creo. No lo sé seguro.
—¿Paró en algún sitio?
—No.
—¿Repostó, tomó algo, sacó dinero?
—No.
—¿Habló usted por teléfono?
—No.
—¿Con nadie?
—Con nadie.
Y no dice ya . No dice nada. Deja pasar tres segundos delante de una mujer que acaba de decir que estuvo hora y media dando vueltas sola por una ciudad sin parar en ningún sitio, y esos tres segundos son la única cosa parecida a un golpe que hay en cincuenta y cinco minutos.
—¿Y por qué? —dice al final.
—Porque no quería llegar a mi casa.
Rosa se mueve un poco a mi lado y no dice nada.
Después vienen veinte minutos de cosas más pequeñas, y son las que peor llevo, porque en las grandes una va preparada y en estas no.
Si el señor Bru bebía. Si tomaba alguna medicación. Si esa noche había bebido, cuánto, quién trajo la botella. Si en el piso quedó comida. Si yo fregué algo antes de irme. Si toqué el radiador en algún momento de la noche.
—No voy a contestar a eso.
—Muy bien.
Si el teléfono personal de Tomás yo sabía dónde lo tenía. Si él llevaba dinero encima. Si la puerta quedó cerrada con llave y con cuántas vueltas.
—Con dos.
—¿Está segura?
—Esa puerta se cierra con dos. Si le das una, se queda.
Y eso lo escribe. Es lo único de toda la tarde que escribe deprisa.
Si vi a alguien en la escalera, en el portal, en la calle.
—No vi a nadie.
—¿Y en el bar de la esquina?
—No me fijé.
Ya casi al final, Gisbert se echa hacia atrás y bebe medio vaso de agua.
—Señora Bataller. Le voy a preguntar una cosa y no tiene nada que ver con lo de antes.
—Dígame.
—¿Usted tenía llave de ese piso desde el principio?
—Desde agosto de 2024.
—¿Y quién le dio la suya?
—Celia. Las mandó hacer ella.
—¿Las cinco a la vez?
—Las cinco a la vez.
—¿Y quién repartió las llaves?
Y me quedo un segundo, porque de eso no me acordaba y de repente sí.
—No lo sé —digo—. Estábamos cenando y aparecieron encima de la mesa.
Y hacia el final, Rosa hace la pregunta que lleva toda la tarde esperando a hacer.
—Inspectora, ¿mi clienta está siendo investigada?
—Su clienta está declarando en calidad de testigo.
—¿Y va a seguir siéndolo?
—Eso no lo decido yo.
—Es que yo se lo pregunto por una razón.
—Rosa se echa hacia delante—. Aquí hay un señor de cuarenta y nueve años que se golpea la cabeza contra un radiador de hierro fundido en un piso al que tenía acceso, y un forense que dice que hubo un intervalo lúcido.
Eso, en cualquier juzgado de esta ciudad, es una caída.
—En cualquier juzgado de esta ciudad, sí.
—¿Entonces?
Y Gisbert deja el bolígrafo por segunda vez en toda la tarde.
—Mire, letrada. A mí este señor me entra el viernes a las nueve de la mañana con un traumatismo craneal en una casa donde tenía llave la mitad del barrio. Sin señales de forcejeo, sin nada revuelto, con la puerta cerrada con dos vueltas. Yo eso lo cierro en quince días y me voy a dormir tranquila.
—Pues eso digo yo.
—Lo que no puedo cerrar —y ahora me mira a mí, y lo hace sin ninguna dureza, que es lo que lo hace insoportable— es que a las ocho y doce de la mañana del viernes, antes de que ese cuerpo lo encontrara nadie y antes de que nosotros llamáramos a ninguna de ustedes, cinco señoras se pusieran de acuerdo por escrito en lo que iban a decir.
No digo nada.
—Eso lo tengo aquí —dice, y da dos golpecitos con un dedo en la carpeta—. Con la hora. Y con lo que contestó cada una y en cuánto tardó.
Rosa no dice nada. Yo tampoco.
—¿Quiere añadir algo, señora Bataller?
—No.
—¿Quiere aclarar alguna de las respuestas anteriores?
—No.
—Muy bien.
Y sigue, y pregunta otra cosa sobre las llaves y otra sobre si alguna de las cinco tenía copia de la de abajo, y yo contesto, y el otro teclea, y a las seis menos cinco imprimen cuatro folios, los leo entero uno por uno y firmamos y salimos.
Pero eso ya no lo oigo bien.
Porque lo que hay dentro de esa carpeta lo escribí yo desayunando, con la radio puesta y una tostada delante, y son seis letras.
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