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Rosa me llama el miércoles a las nueve menos cuarto.

—Buenos días. ¿Estás sentada?

—Estoy de pie.

—Pues siéntate, que no es nada malo todavía. —Se oye un teclado—. Me han llamado de Zapadores. Quieren una muestra de saliva.

—¿De saliva?

—De las cinco. A las cinco os van a citar hoy o mañana. Es voluntaria y os van a pedir que firméis un consentimiento.

—¿Y eso por qué?

—Porque han encontrado sangre que no es de él.

Me apoyo en la encimera.

—En el salón —dice Rosa—. Y no me han dicho dónde exactamente y yo no se lo he preguntado, porque cuando preguntas te enteras de lo que ellos quieren que te enteres.

—¿Y qué hago?

—Ir y dar la muestra.

—¿Sin más?

—Sin más. —Y baja el tono—. Eva, escúchame.

Negarte es lo peor que puedes hacer. Si te niegas, van al juez y el juez lo autoriza, y entonces tenemos una negativa por escrito y un auto, y todo eso pesa.

Y además hay cinco mujeres y a las otras cuatro les van a pasar el bastoncillo en cuatro minutos y se van a ir a su casa.

—Ya.

—Y otra cosa. —Un silencio corto—. Cuando vayas, van a mirarte la mano.

—Y una última cosa, que es la importante. —Rosa cambia de tono—. Cuando salgas de ahí, no llames a ninguna de las otras cuatro para preguntarles cómo les ha ido. Ni ellas a ti.

—Es que me van a llamar.

—Pues no lo cojas.

Voy a las once y media.

En el pasillo de las sillas de plástico está Nuria, con el pantalón blanco, sentada con el bolso encima de las rodillas. Se levanta al verme y no sabe qué hacer con la cara y al final me da dos besos.

—A mí ya me la han hecho —dice—. Es un momento. Te meten un palito y ya está.

—Vale.

—Es como el del covid pero más suave.

—Vale, Nuria.

—Perdona.

Y se va, y a los cuatro pasos se vuelve y dice:

—Es que no sé cómo hablarte.

—Ya lo sé.

—Yo el viernes voy a estar con Laura, ¿eh? Que no es contra ti.

—Ya lo sé, Nuria.

—Vale.

Se va por el pasillo con el bolso pegado al costado, y a mí me da tiempo de pensar que esa mujer ha venido a una comisaría a que le metan un palo en la boca por una historia con la que no tiene absolutamente nada que ver, y que ha pedido permiso en el trabajo para venir, y que se lo ha pedido a Laura.

Es una sala pequeña con una mesa y un carro. Hay una mujer de bata con guantes y un chico de la Científica que rellena una etiqueta.

Me hacen enseñar el DNI y me lo fotocopian.

Me dan un impreso de dos hojas donde pone consentimiento informado para la toma de muestras biológicas y lo leo entero. Las dos hojas. Con el bolígrafo en la mano y tres personas esperando.

Hay un párrafo sobre la finalidad exclusiva de la investigación y otro sobre la cancelación del perfil, y los leo dos veces, y no porque sea valiente ni porque sepa lo que estoy buscando: los leo porque soy incapaz de firmar sin leer y porque llevo desde el domingo con una mujer sentada enfrente de mí diciéndome que ella firmó sin leer y que por eso está donde está.

—¿Todo bien? —dice la de la bata.

—Sí, perdón.

Firmo las dos hojas y la copia.

—Abra la boca, por favor. Suba un poco la barbilla.

Es un bastoncillo largo con la punta gorda.

Me lo pasa por dentro del carrillo derecho diez segundos, contándolos en voz baja, y luego repite por el izquierdo con otro.

Los mete en dos tubos. Cierra los tubos.

Pega las etiquetas. Todo eso dura menos de dos minutos y ninguno de los dos me mira a la cara ni una sola vez, porque están mirando lo que hacen las manos.

Y mientras firmo pienso en una cosa absurda: que esto que estoy haciendo es lo contrario exacto de lo que hizo Celia en un despacho en octubre de 2023.

Ella firmó doce papeles sin leer ninguno y por eso está donde está.

Yo leo dos hojas enteras con tres personas esperando y voy a acabar en el mismo sitio.

Después el chico dice:

—¿Le importa que le hagamos una foto de la mano?

—¿De la mano?

—De la lesión de la palma. Con la venia de su letrada.

Rosa, desde el rincón, dice que sí con la cabeza.

—Quítese la tirita, por favor.

Y me la quito yo misma, tirando de un borde que ya está levantado, delante de dos funcionarios y de mi abogada, y me queda la palma abierta hacia arriba con un corte de tres centímetros en diagonal, ya cerrado, morado en los bordes, con esa costra que tiene la piel de las manos que es de un color que no es de nadie.

El chico pone al lado una regla de plástico con números y hace cuatro fotos: dos de cerca y dos con la mano entera.

—¿Cómo se lo hizo? —pregunta la de la bata, y lo pregunta por decir algo, mientras rellena.

Rosa se levanta.

—Mi clienta ya ha declarado sobre eso.

—Ah, perdón. —La mujer no levanta la vista—. Era por saber si le habían dado puntos.

—No —digo—. No me dieron puntos.

Me dan una tirita nueva, de las de gasa, mucho mejor que la mía.

Al salir de la sala, en el pasillo, hay una mujer joven esperando con un niño de unos cuatro años que quiere darle a la máquina de café.

—Ese botón no —le dice ella—. Ese es el de las sopas.

Y a mí eso, no sé por qué, me deja peor que todo lo demás.

Abajo, en el aparcamiento, Rosa no abre el coche.

Hace un calor de junio de esos que empiezan a las once de la mañana, y ella se pone las gafas de sol y se apoya en la puerta.

—Va a ser tuya —dice.

—¿Qué?

—La sangre. Va a ser tuya. Tarda unos días, a veces dos semanas, depende de cómo vayan. Pero va a ser tuya.

—Sí.

—¿Sí?

—Sí.

Y se queda un momento mirándome desde detrás de las gafas.

—¿Y qué pasa cuando salga?

—Que te llaman otra vez. —Se encoge de hombros—. Y esta vez con el informe encima de la mesa.

—Vale. Pues entonces esto se acabó. —Se cruza de brazos—. A partir del día en que salga ese informe, tú no puedes decir que estuviste allí un rato y te fuiste y no pasó nada. Se acabó lo de no lo recuerdo con exactitud . Porque tu sangre está donde está y donde está lo saben ellos y yo no.

—Ya.

—Y ahora te voy a hacer una pregunta y quiero que te pienses la respuesta antes de dármela, porque cuando me la des ya no la puedes cambiar.

Pasa un coche patrulla por detrás y baja la rampa.

—¿Cómo llegó tu sangre a ese radiador?

Un chico de uniforme sale por la puerta de atrás con dos cafés en la mano y cruza el aparcamiento hacia un coche.

—No hoy —dice Rosa—. Piénsalo esta noche y me lo dices mañana antes de entrar. Y te voy a decir una cosa para que la tengas mientras lo piensas: yo no necesito que me cuentes una historia bonita. Yo necesito que me cuentes la de verdad, aunque sea la peor de las dos.

Abre el coche.

—Porque la peor de las dos la puedo defender. La bonita no.

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