32
Nuria escribe al grupo el martes a las siete y veinte.
Chicas yo necesito que hablemos. Sin Laura, y no lo digo a mala idea.
Yo puedo a las ocho y media.
En el Astoria.
El Astoria está recogiendo la terraza y hay un chico apilando sillas con una mano y mirando el móvil con la otra. Nos sentamos dentro, en la mesa del fondo, las cuatro.
Nuria viene de cerrar la farmacia y todavía lleva el pantalón blanco y las zapatillas de trabajo. Celia ha llegado la primera y ha pedido tres cervezas y un agua sin preguntar quién quiere qué, porque lo sabe.
Yo he venido porque me han escrito a mí también, y he estado a punto de no venir, y al final he venido porque no venir habría sido peor. Llevo cinco días haciendo las cosas por ese motivo.
Eso es lo que no sé cómo colocar en toda la noche: que Nuria escribió al grupo pidiendo hablar sin Laura, y que en ese grupo estoy yo, y que nadie ha dicho Eva, tú no .
—A ver —dice—. Yo lo voy a decir y ya está, porque llevo desde ayer sin dormir. Yo creo que hay que contarlo.
—¿Contar qué? —dice Pilar.
—Lo de Eva y Tomás. A la policía.
Y lo dice mirándome a mí, que es lo único que le agradezco de toda la noche.
—Yo no quiero hacerte daño, Eva. De verdad. —Se le llenan los ojos y se los aprieta con los dedos—. Pero es que el sábado un señor con una carpeta le dijo a mi hermana dónde duermo yo los jueves. A mi hermana. Delante de mi padre.
—Ya.
—Y yo no me lo puedo quitar de la cabeza. Y ahora resulta que hay una cosa mucho más gorda que esa, y la sabemos las cuatro, y no la sabe nadie más. Y a mí no me vuelve a pasar eso de enterarme yo la última.
—No es lo mismo —digo.
—Ya sé que no es lo mismo. Pero es que si eso sale dentro de tres semanas, van a decir que lo sabíamos.
—Nadie va a decir nada.
—Sí, Eva. Sí lo van a decir. —Y coge el vaso y lo suelta sin beber—. Y además es verdad. Porque lo sabemos.
Pilar tiene el bolso encima de las rodillas desde que se ha sentado.
—Yo estoy con Nuria —dice—. Pero por otra cosa.
—¿Por cuál?
—Porque esto se tiene que acabar. —Se coloca la rebeca—.
Yo llevo desde el sábado con un hombre en mi casa que me da los buenos días y nada más.
Y mientras haya algo escondido, esto no se acaba.
Va a venir otro señor con otra fotografía a otra casa.
Y a mí ya no me queda nada por enseñar, pero a lo mejor a alguna de vosotras sí.
—Pilar, eso lo tiene que decidir ella —dice Celia.
—Es que ella no lo decide. Lleva cuatro días sin decidirlo.
—Cinco —digo.
Y las tres me miran.
—Cinco días —repito—. Desde el viernes por la mañana.
Nuria se seca con la muñeca.
—Es que yo tampoco quiero ser la que llama —dice—. Que conste. Yo no quiero coger un teléfono y hablar de una amiga mía con un señor que apunta cosas. Solo digo que alguien lo tiene que decir, y que ya llevamos cinco días.
Celia lleva callada desde que ha pedido las cervezas. Está con la espalda en la pared, con el vaso sin tocar delante, y cuando por fin habla lo hace sin mover las manos.
—Yo no.
—¿Cómo que no?
—Que yo no lo voy a contar. Ni hoy ni esta semana. Y os voy a decir por qué y luego hacéis lo que queráis, que cada una es libre de coger un teléfono.
Coge el vaso, bebe por primera vez y lo deja.
—Primero. Eso no lo tenemos que contar nosotras.
Eso lo cuenta ella, o lo cuenta Laura, que es la mujer del muerto y que ayer se lo calló delante de una inspectora.
Y a mí me parece muy bien que se lo callara, ojo.
Yo también me lo habría callado. Pero si Laura decidió ayer que eso no se contaba y hoy lo contamos nosotras, la que queda con el culo al aire es Laura.
Nuria abre la boca y no dice nada.
—Y segundo. —Celia se inclina un poco hacia la mesa—. Que hay un rato del que no sabemos nada.
—¿Qué rato?
—El de después. —Nos mira una por una—. Ese hombre se dio un golpe y estuvo bien un rato y luego se murió. Eso lo ha dicho el forense y nos lo ha contado Laura. Y de ese rato no sabe nada nadie. Ni la policía, ni nosotras.
—Ya, pero...
—Espera. —Levanta un dedo, uno solo—. Hasta el domingo, en esa casa había un muerto y una que lo encontró.
Y esa era yo. Y en tres días os ha llegado que yo tenía cuarenta mil euros de por medio, y ninguna de vosotras cogió el teléfono para contárselo a nadie.
Ninguna. Ni tú, Nuria, que el domingo me llamaste llorando.
—Es que es distinto.
—Es exactamente igual, y lo que pasa es que a mí me habéis dado tres días y a ella le queréis dar tres horas.
Y se echa hacia atrás.
—Eso es todo lo que voy a decir. Yo no la perdono, ¿eh?
—Y lo dice sin mirarme—. A mí lo que ha hecho me parece una guarrada de las gordas, y lo de meterlo en el piso de mi madre no se lo voy a perdonar en la vida.
Pero es que hay una hora y media de la que no sabe nada nadie y a mí no me da la gana de que se cierre esto antes de saber qué pasó en esa hora y media.
Nadie dice nada durante bastante rato.
Y yo no abro la boca, porque llevo veinte minutos entendiendo una cosa que no se me había pasado por la cabeza en cinco días: que estas tres mujeres no me están juzgando a mí.
Se están colocando ellas. Cada una está buscando dónde ponerse para que, cuando esto termine, no le vuelva a caer encima lo que le ha caído esta semana.
Y Celia acaba de colocarse en el único sitio de esta mesa que no le conviene a nadie.
El chico de las sillas termina fuera y entra arrastrando la última.
—Vale —dice Pilar al final—. Pues yo no llamo a nadie.
—Yo tampoco —dice Nuria, y lo dice mal, como quien acepta una cosa que no ha aceptado.
Y a mí no me pasa nada.
Eso es lo raro. No siento alivio ni siento que haya ganado nada, porque no ha pasado nada bueno en esta mesa: tres mujeres que me conocen desde hace veinte años acaban de estar media hora hablando delante de mí de si me entregaban, y han decidido que de momento no, y ese de momento está encima de la mesa entre los cuatro vasos.
—Oye —dice Nuria antes de levantarse, y me lo dice a mí—. ¿Tú se lo has contado a tu marido?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Anoche.
—¿Y él cómo está?
Y esa pregunta, hecha por una mujer que hace veinte minutos quería llamar a la policía, es la cosa más rara de la semana.
—Mal.
—Ya. —Asiente—. Es que tu marido es muy buena persona.
—Lo sé.
—Digo que muy buena persona de verdad, ¿eh? Que no lo digo por decir.
—Ya lo sé, Nuria.
Pagamos. Salimos. En la acera nos damos dos besos las cuatro como si nos hubiéramos tomado unas cervezas.
—El viernes a las once —dice Pilar—. ¿Vamos juntas?
—Yo voy a ir antes —dice Nuria—. Voy a estar con Laura desde las diez.
—Ah. Vale.
Y ahí queda eso, en la acera del Astoria, sin que nadie lo comente.
Cuatro mujeres que llevan veinte años quedando el último jueves de cada mes se despiden en una acera y ya hay un sitio en el que se está antes y otro en el que se llega a la hora.
Celia me acerca a casa. No hablamos en todo el camino, y al parar en doble fila en mi calle no quita el punto muerto.
—Cinco días —dice.
—Ya.
—Digo que llevas cinco días. Lo has dicho tú antes.
—Ya, Celia.
—Vale. —Y me abre el seguro—. Buenas noches.