Ninguna estuvo allí 31
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La raya de luz de debajo de la puerta de Marta se apaga a las doce y diez.

Yo estoy en el pasillo, a oscuras, delante de esa puerta, desde hace un rato largo. Se apaga y no llamo.

En esta casa, esa puerta se ha cerrado mil veces y nunca ha significado nada. Marta cierra su puerta desde los once años y es lo normal y es lo suyo, y yo llamo con los nudillos y ella dice pasa con voz de fastidio y yo paso.

Esta noche no llamo.

Y a la mañana siguiente no sale a desayunar.

Se ducha, se viste, coge la mochila y se va a las ocho menos veinte, que es veinte minutos antes de lo que se va siempre.

Desde el recibidor dice adiós hacia el pasillo, sin decir a quién, y esa palabra la oigo yo desde la cocina y la oye Quique desde el baño.

Los dos contestamos a la vez y ella ya ha cerrado.

Quique se va a y veinticinco. Antes de irse me dice que se lleva la ropa de mañana en la mochila y que ya me dirá.

A las dos y media entra la niña, deja la mochila en el suelo del recibidor, se va a la cocina y se hace un sándwich.

Yo estoy en el comedor con el ordenador abierto en un documento que llevo tres días sin tocar.

—Marta.

—Estoy comiendo.

—Ya. Ven un momento.

—Que estoy comiendo.

Aparece a los diez minutos en la puerta del comedor con el plato en la mano y se queda de pie.

Está distinta. No es que esté llorosa ni que esté seria: está más pequeña. Se le ha puesto una cara de hace cuatro años.

—¿Papá se va a ir?

—No.

—¿Seguro?

—Papá está dolido y necesita unos días. Pero papá no se va a ir.

—¿Y tú qué sabes?

Y ahí tiene razón, y las dos lo sabemos, y no contesto.

Se sienta en el brazo del sofá con el plato en las rodillas y no come.

—¿Cuánto tiempo?

—Siete meses.

—¿Siete meses?

—Sí.

—Joder, mamá.

—Marta.

—¿Qué? ¿No puedo decir joder? —Deja el plato en la mesa baja—. Es que siete meses son siete meses. Es que en Navidad ya. Es que hicimos el belén.

Y esa es la primera cosa que dice, y no es una cosa moral. Es un belén. Es que el veintitantos de diciembre montamos el belén con las figuras de mi abuela como todos los años y ella y su padre discutieron por dónde iba el río.

—¿Y quién es? —dice—. O sea, quién era.

—Tú lo conocías. Lo has visto.

—¿Cuándo?

—En el cumpleaños de Celia. Y en la barbacoa de casa de Pilar, hace dos veranos.

Y ella se queda pensando, y por la cara que pone sé que lo ha encontrado, y sé exactamente en qué imagen lo ha encontrado, porque yo también estaba allí.

—¿El de la Coca-Cola?

—¿Qué Coca-Cola?

—En la barbacoa. Uno que me dio una Coca-Cola y me preguntó de qué iba lo que estaba leyendo.

—Ese.

—Ah. —Se mira las manos—. Si era simpático.

—Sí.

—Papá también dice que era simpático.

—¿Papá?

—El sábado. Dijo qué pena, con lo simpático que era el tío .

—¿Papá lo sabía?

—No.

—¿Y la mujer de él?

—Se ha enterado ayer.

—Alba también, entonces.

—No lo sé.

—Alba también, mamá. Si se lo has contado a la madre, la niña lo sabe. —Se muerde el lado del pulgar, que es lo que hace Nuria y que se lo hace todo el mundo—. Se está examinando.

—Ya lo sé.

—Y le has hecho eso ahora.

—Marta, yo no elegí cuándo se moría ese hombre.

—Ya, pero elegiste lo otro.

Y eso me lo dice sin ninguna intención de que suene como suena. Lo dice con la naturalidad con la que dice todo, y me da en el sitio exacto, y ella ni se entera.

Se levanta, da dos vueltas por el comedor y se para delante de la estantería, y se pone a colocar bien tres libros que están torcidos, que es una cosa que no ha hecho en su vida.

—¿Y tú estás enamorada de él? —dice.

—No.

—¿No?

—No, Marta.

—¿Y entonces para qué?

Y esa es la pregunta que le he oído esta semana a mi marido, a mi hija y a mí misma en el coche, y siempre he contestado lo mismo, y cada vez que lo digo suena peor.

—Porque quise.

—Buah. —Se ríe una vez, sin ninguna gracia—. Menuda respuesta.

—Es la que hay.

—¿Y por qué no dices que estabas mal o algo?

—Porque no estaba mal.

Y ella se calla, y creo que nunca le había dicho su madre una cosa sin prepararla antes para que ella la entendiera.

—¿Y ahora qué pasa? —dice de espaldas.

—¿Cómo que qué pasa?

—Digo con nosotros. Con la casa. ¿Qué pasa ahora?

—Pues no lo sé todavía, cariño.

—¿Y cuándo lo vas a saber?

—No lo sé.

—Es que eso lo dices mucho.

—¿El qué?

— No lo sé. Lo dices todo el rato desde el viernes.

Y tiene razón. Llevo cinco días diciendo no lo sé a todo el mundo, a la policía, a mi abogada, a mi marido y ahora a mi hija, y en tres de esos cuatro casos era mentira.

—¿Y esa gente lo sabe? La policía.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Que no sé lo que saben.

—¿Y si lo saben qué pasa?

—Nada. No pasa nada. Que yo no he hecho nada, cariño.

Y ella se gira y me mira, y es la primera vez en su vida que mi hija me mira comprobando algo.

—El sábado me dijiste que no entraste a mi cuarto por lo de la mano.

—Y era verdad.

—Ya, pero era por lo otro.

—Era por las dos cosas.

—Ya.

Y se queda un momento callada, y luego se le pone otra cara, una más pequeña, y dice:

—¿Y lo del instituto?

—¿Qué instituto?

—Que me dijiste que no contara lo de la policía. Por Alba. Que se examinaba.

Y ahí, en el comedor de mi casa, un martes por la tarde, con un sándwich a medias encima de la mesa baja, es donde de verdad me da miedo mi hija.

Porque tiene dieciséis años y no está haciendo un discurso. Está poniendo dos cosas juntas.

—Me dijiste que era por ella —dice.

—Marta...

—¿Era por ella?

—En parte.

—¿En parte?

—Sí.

—O sea que no.

Y se le llenan los ojos, y a mí también, y las dos hacemos lo mismo, que es mirar hacia otro lado.

—Es que yo lo dije, ¿eh? —Se le va la voz—. El lunes en el recreo estaban Bea y las otras hablando de que se había muerto un señor y yo no dije nada. Y no dije nada porque me lo pediste tú.

—Ya lo sé.

—Y ahora resulta que era por ti.

—Y encima me hiciste mentir a mí —dice.

—Yo no te hice mentir.

—Me pediste que no lo contara.

—Te pedí que no contaras que había venido la policía.

—Es lo mismo, mamá.

—No es lo mismo.

—Sí que es lo mismo. —Y ahí se le pone la voz de mayor, la que no le he oído nunca, y dura tres segundos—. Es exactamente lo mismo y encima me lo pediste poniéndome a otra de excusa.

Recoge el plato. Lo lleva a la cocina. Oigo el grifo, oigo el plato en el escurridor, oigo la puerta de la nevera.

Vuelve al pasillo y coge la mochila del suelo.

—Marta.

—Tengo que estudiar.

—Marta, ven aquí un momento.

—Que tengo que estudiar, mamá.

Y se mete en su cuarto.

Y yo me quedo donde estaba, en la misma silla.

Pienso en ir. Lo pienso durante mucho rato. Pienso en levantarme, llamar con los nudillos, entrar y sentarme a los pies de esa cama como llevo sentándome dieciséis años, y quitarle el móvil de las manos, y aguantar los ocho segundos de protesta.

Y no voy.

No voy porque no tengo nada que decirle. Porque todo lo que se me ocurre empieza por es que y porque a esa niña le he dicho ya cuatro cosas esta semana que no eran verdad, y la última se la dije para que se callara delante de sus amigas.

Y desde el comedor, con toda la casa en silencio, oigo lo que no he oído en esta casa en dieciséis años.

Oigo la llave.

Es una llave pequeña, de las antiguas, que lleva puesta en esa puerta desde que nos mudamos y que no ha usado nadie nunca, ni ella ni nosotros, y que está ahí como están las llaves de las puertas de los pisos viejos: torcida, sin cadena, medio oxidada, sin ninguna función.

Suena una vez, seca, y después nada.

Y yo me quedo con eso, sentada, sin levantarme, oyendo el ruido de una llave girando en una puerta que está a nueve metros de mí, en mi propia casa, echada por una niña de dieciséis años que no le tiene miedo a nadie.

No la puso por miedo. Eso lo sé. La puso porque es lo único que tiene.

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