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En el portal de Laura, Celia se para a encenderse un cigarro que no se enciende, porque lo dejó hace nueve años y lo que hace es sacar uno de un paquete que lleva en el bolso desde marzo y darle vueltas.

—¿Vas en coche?

—Sí.

—Vale.

Y ya está. Ni una pregunta. Bajamos hasta la esquina las dos juntas sin hablar, y en la esquina ella tira hacia Colón y yo hacia el parking, y cuando llevo diez metros me dice desde atrás, sin levantar mucho la voz:

—Eva.

Me giro.

—El jueves saliste de aquel piso a las doce, ¿no?

—Sí.

—Vale.

Y sigue andando.

Llego a mi casa a las once y cuarenta.

El primer aviso es que no hay tele. Los lunes Quique termina a las ocho y media, cena y se pone la tele hasta que se duerme en el sofá, y lleva haciendo eso desde que existen los lunes.

El segundo es que hay luz en la cocina.

Está sentado a la mesa, con la camiseta del trabajo todavía puesta, sin cenar. La cena está hecha: hay una tortilla francesa en un plato, entera, fría, con el tenedor al lado sin usar. Se la ha hecho y se ha sentado y no ha podido.

Tiene el móvil boca arriba delante, en el centro del mantel individual, colocado como se coloca una cosa que se ha dejado ahí a propósito.

—Me ha llamado Laura —dice.

Y yo me quedo en la puerta de la cocina con el bolso colgando.

—Hace una hora. —No levanta la voz ni una sola vez en toda la noche, esto quiero dejarlo dicho—.

Ha sido muy correcta. Me ha dicho que le parecía que yo tenía derecho a saberlo y que sentía muchísimo ser ella la que me lo dijera.

Y luego me lo ha dicho. Y luego ha dicho que si quería preguntarle algo, que la llamara cuando fuera, y ha colgado.

—¿Y qué te ha dicho?

—Eva.

—Es que quiero saber qué te ha dicho ella.

—Me ha dicho que te acostabas con su marido desde octubre. —Se pasa la mano por la boca—. ¿Es verdad?

—Sí.

Asiente.

Asiente dos o tres veces, despacio, mirando el móvil, y no dice nada durante mucho rato. Yo dejo el bolso en la silla y no me siento.

—¿Desde octubre?

—Desde octubre.

—O sea que en Navidad.

—Sí.

—Y en tu cumpleaños.

—Sí.

—¿Y el finde de Peñíscola?

—En Peñíscola no.

—¿Cómo que en Peñíscola no?

—Que en Peñíscola no. Que aquello fue en marzo y ese fin de semana no pasó nada.

Y él se queda quieto, y ahí veo la cosa que va a hacerme más daño de toda la noche: que no sabe cuáles. Que lleva una hora sentado en esta cocina repasando siete meses de su vida y no tiene manera de saber cuáles fueron y cuáles no.

—El fin de semana que dijiste que tenías la entrega de los alemanes.

—Esa era verdad.

—¿Y el viernes ese que llegaste a las once?

—También.

—¿Y qué días entonces?

—Los jueves.

—¿Qué jueves?

—Los últimos de mes. —Y como no dice nada, sigo, porque el silencio dura demasiado—. Cuando cenábamos las cinco.

Y le veo hacer la cuenta. La hace en voz alta, sin querer, moviendo un dedo encima del mantel.

—Octubre, noviembre, diciembre, enero. —Se para—. Siete.

—Siete.

—Siete veces.

—Sí.

Y se queda con eso, y a mí me cae encima una cosa que no había pensado hasta ahora mismo, y es que él se esperaba más. Se esperaba una vida entera paralela, hoteles, escapadas, una historia. Y son siete jueves en el piso de la madre de una amiga.

No sé cuál de las dos cosas le habría hecho menos daño.

—¿En el piso ese?

—En el piso ese.

Y entonces se levanta.

No da un golpe ni tira nada. Se levanta, se apoya en la encimera de espaldas a mí y se queda mirando la ventana de la galería, que a estas horas es un cuadrado negro donde solo se ve la cocina reflejada.

Se pasa un rato con los ojos en la tortilla fría.

—¿Y él qué te decía de mí?

—Nada.

—¿Nada?

—Nada, Quique. De ti no hablábamos.

—¿Nunca?

—Nunca.

Y creo que eso es lo que más le duele de toda la noche, y no me di cuenta hasta días después: que un hombre pueda acostarse con tu mujer siete meses y no preguntar ni una vez por ti. Que no seas ni un obstáculo. Que no existas.

—Yo he estado en ese sitio —dice.

—¿Qué?

—En esa calle. En noviembre, cuando fuimos a por el árbol al vivero de Alboraia, pasamos por ahí y tú me dijiste que giráramos por la otra. —Se gira—. ¿Eso fue por eso?

—No me acuerdo.

—Eva.

—Que no me acuerdo, Quique. Te juro que no me acuerdo de eso.

Y es verdad, y es lo peor que le puedo decir, porque lo que le estoy diciendo es que hubo tantas veces que ya no las distingo.

Se sienta otra vez. Coge el móvil, lo bloquea aunque estaba bloqueado, y lo deja.

—¿Y por qué?

Y aquí es donde una mujer con menos cara diría cualquiera de las cosas que ha pensado durante siete meses y que se ha dicho a sí misma en el coche muchas veces: que ya no me preguntas cómo me ha ido, que después de diecisiete años nadie pregunta por los pernos, que fue un jueves de octubre y se dio así.

Empiezo una de esas. Empiezo a decir que había una parte mía que llevaba mucho tiempo apagada.

Y me paro en la cuarta palabra, porque me oigo.

—No lo sé —digo—. Porque quise.

—¿Porque quisiste?

—Porque quise, Quique. No hay nada más. No me pasaba nada. No estaba mal contigo, no estaba mal en esta casa y no estaba deprimida. Era un tío que me hacía gracia y quise, y lo hice, y lo hice siete meses.

Él me mira.

Es la única vez en toda la conversación que me mira de frente, y en esa cara no hay rabia.

Hay una cosa mucho peor y mucho más lenta, que es sorpresa.

Este hombre está descubriendo esta noche que su mujer es otra persona, y lo está descubriendo por la puerta que menos se lo esperaba, que no es la del engaño: es la de que a ella no le pasara nada.

—Vale —dice.

Y luego:

—¿Me lo ibas a contar alguna vez?

—No lo sé.

—Es que eso también quiero saberlo. Si esto no llega a pasar. Si el hombre no se muere. ¿Tú algún día entras por esa puerta y me lo cuentas?

—No lo sé, Quique. De verdad que no lo sé.

Y él vuelve a asentir, y desde ese momento habla mucho menos.

Le pregunto si quiere que le cuente cómo fue. Dice que no. Le pregunto si prefiere hablarlo ahora o mañana. Dice que le da igual. Le digo que lo dejé, que lo dejé el jueves, que subí a ese piso a dejarlo y que se lo había escrito dieciséis días antes.

Y ahí levanta la cabeza.

—¿El jueves?

—El jueves.

—¿El jueves que se murió?

—Sí.

Y en ese momento hay un hueco. Un hueco de dos segundos en el que él está a punto de hacer la pregunta buena, la única que importa, la de qué pasó allí arriba, y yo estoy de pie en mi cocina con la boca cerrada esperando a ver si la hace.

No la hace.

En vez de eso dice una cosa mucho más pequeña.

—El viernes anulé dos pacientes.

—Ya lo sé.

—La de la rodilla la había pedido en marzo. —Coge un mantel individual y le da la vuelta y lo deja igual—. Y yo estuve aquí toda la mañana pensando que tú estabas mal por lo de tu amiga.

Ahí es donde se me rompe algo a mí, y no antes.

—Quique...

—Y le abrí la puerta a la policía. —Sigue mirando el mantel—. Y les dije lo de las dos.

—Eso era verdad.

—Ya sé que era verdad. Yo eso lo dije porque era verdad y porque tú estabas ahí blanca sin decir nada. —Y por primera vez se le pone un tono distinto, uno que no le había oído nunca, que no es gritar, que es peor—. Lo que no sabía yo es a qué estaba contestando.

—Yo no te pedí que...

—No me pediste nada. Estuve dos segundos hablando por ti y tú no me paraste.

Y no tengo nada. No tengo absolutamente nada que ponerle delante, porque es exactamente lo que pasó y él lo ha dicho con menos palabras de las que habría usado yo.

Se levanta.

Vuelve a llenar el vaso y no se lo bebe.

—¿Marta lo sabe?

—No.

—¿Seguro?

—No lo sé. Tenía la luz encendida.

—Pues eso lo hablamos mañana. —Y añade, y esto es lo único que dice en toda la noche que suena a mandato—: Eso se lo contamos los dos.

—Vale.

—Los dos, Eva.

—Que sí.

—Yo mañana tengo consulta a las nueve —dice.

—Quique.

—Y no voy a volver a decir una hora que no haya mirado en un reloj. Ni a la policía, ni a nadie, ni de ti ni de mí.

—¿Y ahora qué hacemos? —digo.

—No lo sé.

—Quique.

—Que no lo sé, Eva. —Y se gira—. Que me lo has dicho hace veinte minutos. ¿Qué quieres que te diga? ¿Que se me pasa? ¿Que nos vamos a la playa el domingo?

—No.

—Pues eso.

Coge un vaso, lo llena en el grifo y se lo bebe entero de espaldas.

—Voy a dormir en el sofá.

—No hace falta que...

—No es por castigarte. —Deja el vaso en el fregadero—. Es que no puedo meterme ahí ahora mismo.

Y sale de la cocina, y a los diez minutos se oye la tele puesta muy baja.

Yo me quedo de pie donde estaba.

Y esto es lo que hay que entender de esa noche, y es lo que no voy a poder explicarle nunca a nadie: que en toda la conversación yo no le he mentido ni una sola vez.

Ni una. Le he contado la aventura entera, las fechas, los jueves, el piso, el porqué, y he tenido la decencia de no ponerle una excusa.

Y no le he dicho que le puse las manos encima a ese hombre, que se cayó, que se golpeó la cabeza y que yo me fui.

Y no le he dicho que hay un teléfono metido en la rueda de repuesto de mi coche, dos plantas por debajo de donde él va a dormir esta noche.

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