Ninguna estuvo allí 29
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Nadie sabe cómo se sale de una casa así.

Se hacen cosas raras. Pilar se pone de pie y se vuelve a sentar. Nuria se levanta, va a la cocina detrás de Laura y vuelve sin ella. Yo me quedo donde estoy, agarrada al borde de la mesa, mirando un mantel individual de rafia.

Cuando Laura vuelve, se sienta.

Y Nuria hace la primera cosa que se hace esta noche: coge su silla, la arrastra veinte centímetros y se pega a ella.

Veinte centímetros. Es un ruido de patas contra el suelo y no dura ni un segundo, y a partir de ahí hay dos lados de la mesa.

Yo he visto a Nuria Palop hacer ese movimiento cien veces en una farmacia. Cuando entra alguien discutiendo por una receta, ella se coloca al lado de Laura. Cuando llega un pedido mal, igual. No es cálculo, es dónde ha aprendido a ponerse.

Y hoy le ha servido para elegir sin tener que decidir nada.

—¿Desde cuándo? —dice.

No me lo pregunta Laura. Me lo pregunta Nuria Palop, que hace cuatro noches estaba en un taburete de su cocina preguntándome por qué contesté yo al mensaje.

—Desde octubre.

—¿Desde octubre?

—Sí.

Y la veo hacer la cuenta. La veo perfectamente, porque se le mueven los ojos hacia arriba y hacia la izquierda como a todo el mundo, y sé exactamente adónde va a llegar antes de que llegue.

—Entonces en el cumpleaños de Celia ya.

—Nuria.

—Es que en el cumpleaños de Celia estábamos los diez. —Se le sube la voz una cuarta y no la baja—. Estábamos los diez, Eva, en aquel restaurante de la Malvarrosa. Estaba Quique. Estaba Laura. Y tú te sentaste enfrente de él.

—Ya lo sé.

—Y yo te hice una foto a ti y a Laura, y la puse en el grupo, y Laura puso un corazón.

—Nuria —dice Pilar.

—Que no, que se lo digo. Que llevo cuatro días diciendo pobre Laura y pobre Laura , y resulta que la que le ha hecho eso estaba sentada al lado mío el jueves comiendo ensaladilla.

—Nuria, por favor. Así no.

—¿Y cómo?

—Es que yo esto no me lo esperaba de ti —dice Nuria, y se le rompe—. De ninguna me lo esperaría, pero de ti menos.

Y es verdad que se le rompe. No está actuando. Esta mujer está destrozada de verdad, y además tiene los pies puestos donde se los ha puesto, y las dos cosas son ciertas a la vez y así funciona la gente.

Pilar es distinta.

Pilar no me mira con asco. Pilar hace lo que hace siempre, que es mirar la tarea que hay encima de la mesa.

—A ver —dice—. Yo lo que digo es lo siguiente. El sábado se presentaron dos en mi comedor con una fotografía y a mí se me cayó la casa encima. Mi marido no me habla y mi hijo mediano me colgó el teléfono. Y todo eso pasó porque yo no dije desde el principio dónde estaba.

—Pilar, eso no tiene nada que ver.

—Tiene todo que ver. —Se coloca el bolso en las rodillas, que es lo que hace ella cuando quiere terminar algo—.

Porque ahora resulta que en esta mesa hay una que sabe por qué estaba ese hombre en ese piso, y lleva cuatro días sin decirlo, y por no decirlo hemos ido todas a declarar y nos han desmontado la vida a las cuatro.

—Yo no os pedí a nadie que...

—Tú no pediste nada, hija. Nosotras contestamos que sí. —Y ahí, por primera vez en cuatro días, Pilar Donat me mira de frente—. Pero es que si tú el viernes por la mañana dices lo que hay, a mí no me hace falta explicar en mi comedor lo que tuve que explicar.

Y eso no tiene respuesta. Tampoco esa.

Porque es verdad. Es la cosa más verdad que se ha dicho esta noche en esta casa.

Si el viernes por la mañana, a las ocho y catorce, en vez de escribir claro yo hubiera cogido el teléfono y hubiera dicho lo que pasaba, no habría hecho falta ninguna coartada.

No habría habido un wifi de hotel, ni una cámara de una óptica, ni una hermana subiendo tres pisos, ni un hombre de sesenta años durmiendo en un sofá sin hablarle a su mujer.

Cuatro casas. Cuatro casas por dos palabras que escribí desayunando.

—Yo lo siento —digo.

—Ya —dice Pilar.

Y no me dice que no pasa nada, que es lo que dice siempre todo el mundo, y se lo agradezco.

Celia no ha dicho ni una palabra.

Está enfrente de mí, con los brazos cruzados y la espalda contra el respaldo, y en toda la conversación no ha movido más que los ojos.

Y yo no sé qué está haciendo. Ese es el problema con Celia Ferrán y lo ha sido siempre: que cuando calla no se sabe si te está dando tiempo o te está midiendo.

El viernes por la noche, en su recibidor, con la puerta recién cerrada, me dijo cuatro palabras y no me ha vuelto a preguntar nada desde entonces.

Ni el sábado, ni el domingo por la tarde en su comedor, con los sobres de Hacienda abiertos delante.

Cuatro palabras en cuatro días. Y aquí sigue, callada. No se ha arrastrado hacia ningún lado de la mesa. No ha dicho pobre Laura ni ha dicho dejadla en paz . Está ahí sentada como está ella en las juntas de la biblioteca cuando alguien propone una tontería: esperando a que se acabe.

Laura levanta la mano otra vez y la mesa se calla. Es impresionante lo deprisa que se calla.

—Yo no quiero esto —dice—. No quiero una escena, no quiero que os peleéis en mi casa y no quiero que nadie insulte a nadie. —Se pasa el dedo por debajo del ojo—. Yo lo único que quiero es que a partir de ahora nadie me proteja.

—Laura...

—A mí no me protejáis más. —Y lo dice con una tranquilidad que hace daño—. El sábado, cuando fui a declarar, les di mi móvil. Sin que me lo pidieran. Se lo puse encima de la mesa y les dije que lo miraran entero, mensajes, fotos, lo que quisieran, y que no hacía falta que me pidieran ningún papel.

—¿Se lo diste? —dice Nuria.

—Se lo di. Y me lo devolvieron el domingo por la tarde. —Se encoge de hombros—. Yo no tengo nada que esconder y llevo cuatro días diciéndoselo a gente que no me cree porque en este país nadie se cree a la mujer del muerto.

—¿Y no te dio no sé qué? —dice Nuria—. Con todo lo tuyo dentro.

—¿Y qué llevo yo dentro? —Laura se encoge de hombros—. Fotos de mi hija, el grupo del instituto y la lista de la compra.

Y a mí, en ese momento, con Nuria pegada a ella, con Pilar sujetando el bolso encima de las rodillas y con mi propia voz sonándome todavía en la garganta después de haber dicho sí , lo que se me pasa por la cabeza es esto:

Qué valor. Qué valor tiene esta mujer.

Eso es lo que pienso. Literalmente eso. Que hay que tener un valor enorme para coger tu teléfono, con toda tu vida dentro, y ponérselo en la mesa a un policía sin que te lo pidan.

Lo pienso y lo dejo pasar, como se dejan pasar las cosas que a uno le vienen bien, y no vuelvo a acordarme hasta el martes de la semana siguiente, a las dos y media de la tarde, en un coche.

—Bueno —dice Celia.

Es lo primero que dice en cuarenta minutos, y todas nos giramos.

Está de pie. No sé cuándo se ha levantado. Coge su chaqueta del respaldo, la dobla en el brazo, y luego rodea la mesa, coge mi bolso de la silla de al lado y me lo pone delante.

—Vámonos.

—Celia —dice Nuria.

—Que nos vamos.

—¿Y ahora tú la defiendes?

—Yo no la defiendo. —Celia se pone la chaqueta sin prisa, metiendo un brazo y luego el otro—. Yo hace tres días tenía un muerto en mi casa y cuarenta mil euros de una herencia metidos en un producto de un banco, y ninguna de vosotras me preguntó si lo había matado yo. Ninguna. Ni tú, Nuria.

—Eso es distinto.

—Eso es exactamente igual. —Va hacia el recibidor—. Y a mí, esa noche, alguien me trajo un vaso de agua.

Se para delante de Laura, le pone la mano en el hombro un segundo y se la quita.

—Mañana te llamo. Y el miércoles vengo y hacemos lo de la esquela.

—No hace falta.

—Ya sé que no hace falta.

Y a mí, desde la puerta, sin volverse:

—Eva.

Cojo el bolso y la sigo.