28
La casa de Laura huele a comida de otras casas.
Hay tres fuentes tapadas con film en la encimera de la cocina y dos táperes encima del microondas y una bandeja de rosquilletas que ha traído alguien y que nadie va a abrir.
La cuñada y la suegra se fueron ayer. Alba está en casa de la hermana y vuelve mañana a las siete y media para el examen de las nueve.
En ninguna de esas ocasiones me fijé en nada. Hoy me lo sé de memoria a los cuatro minutos: dónde está el interruptor, de qué lado se abre la puerta del baño, que el sofá cruje.
Es lo que hace la culpa con los ojos. Los pone a trabajar.
En la estantería está la foto de la boda de los dos, y la de Alba con el uniforme del colegio, y una de Tomás con unos amigos en un barco. En el respaldo de la silla de al lado del balcón hay una chaqueta suya de punto, azul marino, colgada como si fuera a volver a por ella.
Nadie la ha quitado. Y de todas las cosas de esa casa, esa es la que no puedo dejar de mirar en toda la noche.
Laura hace café para cinco y lo trae en una bandeja con el azucarero y cinco cucharillas colocadas en el mismo sentido.
Es una casa a la que ha entrado y salido gente durante tres días y está impecable. Los cojines del sofá están de canto. En la entrada hay una bolsa de basura preparada con el nudo hecho. En la nevera, cuando abre a por la leche, se ven los táperes ordenados de mayor a menor.
Esta mujer ha enterrado a nadie todavía y tiene la nevera puesta por tamaños.
—Bueno —dice, mientras reparte las tazas—. Os cuento lo del viernes.
—¿Qué viernes?
—El funeral. El viernes a las once, en el tanatorio de Campanar.
—¿El viernes? —dice Nuria.
—El viernes. —Se sienta—. Hasta el jueves está ella con los exámenes y no la voy a meter en un tanatorio el martes por la noche.
—Laura, pero eso son cuatro días.
—Son cuatro días. —Le da vueltas al café y no bebe—. Ya me lo ha dicho todo el mundo. Mi cuñada dice que es una barbaridad y su madre dice que qué van a pensar. Y yo digo que mi hija termina el jueves a la una y media y que el viernes a las once enterramos a su padre. Y ya está.
Y nadie discute, porque no se puede discutir con eso.
Estamos las cinco alrededor de la mesa del comedor. Pilar en el sitio de Alba. Celia enfrente de mí. Nuria al lado de Laura, que es donde se pone siempre.
Hablamos veinte minutos de cosas de esas.
De la esquela, y de si se pone en el periódico o ya no se lleva.
De la prima de Alcoy, que tiene noventa y un años y a la que hay que ir a decírselo en persona porque por teléfono no se entera.
Del despacho, que hay que cerrarlo y que hay clientes llamando, y de un contable que la está ayudando y que se llama Vicente y que, según Laura, es el único que no le ha dicho todavía que sea fuerte.
—Es que si me lo dicen una vez más —dice.
—¿El qué?
— Sé fuerte. —Se ríe sin ninguna gana—. Como si hubiera otra cosa.
Después Laura deja la taza en el plato.
—Hoy he estado en el juzgado a las diez.
—¿Y qué te han dicho? —dice Pilar.
—Lo del informe. Lo que ya os conté, pero con las palabras suyas. —Junta las manos encima de la mesa—. Y luego, al final, cuando ya nos íbamos, la inspectora me preguntó una cosa.
Y aquí es donde yo debería haber sabido lo que venía.
No lo sé. No se me pasa por la cabeza. Llevo cuatro días calculando cada frase que digo y esta noche, sentada en el comedor de esta mujer, con una taza en la mano, estoy pensando en una chaqueta azul marino que hay colgada en el respaldo de una silla.
—Me preguntó si yo sabía si mi marido tenía relación con alguna de vosotras. Con alguna en particular.
Silencio.
—Y yo dije que no —sigue Laura—. Lo dije rápido y lo dije bien y no me tembló nada.
Se queda un momento con la taza a media altura y la vuelve a dejar.
Nuria empieza una frase y no la termina.
—Y luego he vuelto a casa y me he sentado ahí. —Señala el sofá con la barbilla, sin mirarlo—. Y llevo desde las once y media de la mañana haciendo lo que hace todo el mundo. Coger las fechas y ponerlas en fila.
Coge el móvil, lo pone boca abajo al lado de la taza y deja la mano encima.
—Eva.
—Dime.
—¿Tú te acostabas con Tomás?
Lo dice mirándome. Lo dice sin subir la voz, sin adjetivo, con el nombre delante para que no haya duda de a quién se lo está preguntando, y con el verbo en imperfecto, que es la manera más limpia que hay de preguntar una cosa que ya se sabe.
Y yo me quedo callada.
Me quedo callada porque no existe una palabra que sirva para esto, y porque llevo cuatro días eligiéndolas todas con muchísimo cuidado y aquí no hay ninguna que elegir.
No hay una versión suave. No hay un casi , no hay un creo , no hay un no lo recuerdo con exactitud .
Es una pregunta de sí o de no, hecha por una mujer que ayer enterraba a nadie y que pasado mañana entierra a su marido.
Y además está lo otro, que lo tengo delante como si estuviera escrito en la pared.
Si digo que no, esta mujer me va a preguntar qué hacía yo en ese piso a las diez de la noche.
Y si contesto a eso, tengo que contar quién subió detrás de mí.
Y si cuento eso, tengo que contar por qué discutimos.
Y si cuento por qué discutimos, tengo que contar que se cayó.
Y si cuento que se cayó, tengo que contar que me llevé un teléfono que está en el segundo sótano de mi casa, dentro de una rueda, desde el viernes a las diez y veinte de la mañana.
No hay ninguna respuesta corta que no abra las otras cuatro.
Han pasado seis o siete segundos y en una mesa eso es una hora.
Y en ese rato me pasa una cosa por la cabeza que no tiene nada que ver con nada. Me acuerdo de una frase que le oí a un cliente hace años, un abogado de Castellón, en una comida: que las declaraciones no se pierden por lo que dice la gente, se pierden por lo que tarda.
—Sí —digo.
Nuria hace un ruido pequeño con la boca.
Pilar dice madre mía y se echa hacia atrás en la silla de Alba.
Celia no se mueve.
Y Laura Espí cierra los ojos un momento, dos segundos, sin levantar la mano de la mesa, y cuando los abre los tiene rojos, y no llora, y se le nota en la boca que llevaba preparada una frase para este momento y que no le está saliendo.
—Vale —dice al final.
Y no dice nada más durante un rato larguísimo. Se queda con la mano encima del móvil y con los ojos en el mantel, y se le mueve la mandíbula una vez.
—Laura...
—No. —Levanta un poco la otra mano—. Ahora no.
—Es que yo quiero decirte...
—Ahora no, Eva. —Y por primera vez desde el viernes se le sube la voz, y se le sube tres palabras y vuelve a bajar—. Que ahora no. Que si me lo dices ahora, no lo voy a oír.
Y se levanta y lleva las tazas a la cocina, tres viajes, sin que nadie la ayude porque nadie sabe si hay que ayudarla, y desde la cocina, de espaldas, con el grifo abierto, dice:
—Ya está. Ya lo sabéis todas.
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