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En esta casa, los lunes por la tarde no hay nadie.
Marta sale del instituto a las tres menos cuarto y come fuera porque tiene refuerzo, y Quique los lunes tiene la agenda llena hasta las ocho y media.
Es la única tarde de la semana en la que yo trabajo sin que nadie abra una puerta, y llevo doce años organizando las entregas grandes alrededor de esas cinco horas.
Hoy no he trabajado. He puesto una lavadora.
Termina a las cinco y veinte y me pongo a tenderla en la galería, que es lo único que hago bien desde el viernes.
Camisetas del revés. Los pantalones de Marta, que hay que darles la vuelta y ella no se la da nunca. Dos toallas. La funda del sofá pequeña, que se enganchó con algo y hay que mirarla.
Y con las pinzas en la boca me acuerdo del número.
Nunca lo guardé. Ese es el detalle que en siete meses me pareció una precaución de listos y que hoy es lo único inteligente que hice: no le puse nombre.
En mi teléfono aparece como aparecen los repartidores y las clínicas, un seis y ocho cifras más, sin foto y sin nada, y cuando escribía se quedaba arriba del todo de la lista dos o tres días y luego bajaba solo.
Y arriba, ahora mismo, lleva desde el jueves.
Termino de tender. Cierro la galería. Me lavo las manos, que no hace falta, y me siento en la silla de la cocina con el móvil.
La conversación empieza el domingo 24 por la tarde, que es la última vez que la limpié.
Solía hacerlo los domingos. No todos: cada semana o cada diez días, cuando me acordaba, con esa constancia de las cosas que se hacen a medias.
Y era un gesto tan poco importante que ni me acuerdo de haberlo decidido nunca.
Un domingo cualquiera de octubre borré una conversación, y luego lo hice más o menos siempre, igual que a partir de un día cualquiera empecé a aparcar el coche delante del taller.
Así funciona esto. Nadie decide nada. Se hace una cosa dos veces y a la tercera ya es una costumbre y a la cuarta es una precaución.
Y luego se muere alguien y resulta que llevabas siete meses tomando precauciones.
Así que lo que hay dentro son cinco días.
El jueves lo tengo yo — domingo, seis y media.
Vale — a los tres minutos.
A las diez y veinte, no antes — lunes.
Cuatro tonterías del martes que no vienen a cuento y que ahora, leídas seguidas, me dan una vergüenza que no me da nada de lo otro.
¿Llevas tú algo o lo llevo yo? — miércoles.
Llevo yo — miércoles.
Tomás, va en serio lo del jueves — miércoles por la noche.
Ya lo sé — miércoles por la noche.
Y luego el jueves. Dos mensajes míos por la mañana, uno confirmando la hora y otro con la foto de un cartel de una tienda de Alboraia que nos hacía gracia desde noviembre y que no tiene ni un gramo de gracia si lo miras hoy.
Y uno suyo, a las siete de la tarde:
Hasta luego.
Dos palabras de un hombre que va a ducharse, coger una botella y subir cuatro pisos.
Las leo cuatro o cinco veces. No dicen nada. Es lo que le escribe cualquiera a cualquiera a las siete de la tarde y es lo último que me escribió, y las dos cosas son verdad y la segunda no le añade absolutamente nada a la primera.
No hay nada más. No hay nada después de las siete de la tarde del jueves, porque a partir de las diez y cuatro estuvimos en la misma habitación.
Le doy al pulgar y lo dejo apretado.
Sale el menú. Fijar chat. Silenciar. Marcar como no leído. Vaciar chat. Eliminar chat.
Y ahí me quedo.
Y entonces me acuerdo del viernes.
Rosa Nebot me dijo el viernes, por teléfono, con el número dos delante: no borras nada.
Ni mensajes, ni fotos, ni el historial del navegador, ni un correo.
Aunque te parezca ridículo. Y luego me dijo la frase, que la dijo despacio y que se me quedó entera: un mensaje comprometido es un problema; un mensaje borrado son dos problemas, el mensaje y el borrado.
Yo esa frase la entendí perfectamente el viernes. La entiendo perfectamente ahora. No hay ni un solo segundo de esta tarde en el que yo no sepa exactamente lo que estoy a punto de hacer y lo que dijo mi abogada.
Y además sé lo otro, que es lo más ridículo de todo: que esto no borra nada.
Lo sé porque todo el mundo lo sabe, porque sale en las series y en las noticias, porque a mí me han contado en una comida que la policía recupera lo que quiere y que además está el otro lado.
El otro lado está debajo de una rueda en el segundo sótano y ahí está todo, íntegro, con mis mensajes y los suyos.
O sea que lo que voy a hacer es inútil y es peor que inútil.
Y lo hago igual.
Eliminar chat.
¿Eliminar este chat? Se eliminará de este dispositivo.
Eliminar.
Tres toques. Lo que se tarda en apagar una alarma.
Y después hago una cosa que no había previsto: lo busco.
Bajo por la lista entera, hasta abajo, hasta los chats de 2019 que no he abierto nunca, comprobando que no está. Entro en el buscador y escribo las tres últimas cifras del número. No sale nada. Entro en los archivados. No hay nada.
Y cuando por fin me convenzo de que no está, me quedo mirando la pantalla con una sensación rarísima, que no es alivio ni es culpa, sino algo más pequeño y bastante peor: satisfacción de haberlo hecho bien.
Me miro las manos. No me tiemblan. No me han temblado en ningún momento.
Yo he hecho esto veinte veces en siete meses. Lo hacía los domingos por la tarde, en esta misma silla, con la misma mano, y era un gesto de esos que ni se piensan, como cerrar una puerta al salir de una habitación.
Y hoy es exactamente el mismo gesto y es otra cosa.
Si lo hubiera hecho el jueves de madrugada, al llegar a casa, habría sido una mujer casada borrando pruebas de una infidelidad, que es lo que hacen todos los días en este país miles de personas y que no le interesa a nadie más que a su marido.
Hoy es lunes, hay un hombre muerto, hay una investigación abierta y hay una abogada a la que le pago por horas y que me dijo que no.
No lo he hecho asustada. Eso quiero que quede escrito. Lo he hecho tendiendo la ropa, con la lavadora todavía haciendo ruido, y he tardado menos que en poner una pinza.
Y no lo he hecho por la policía. Esa es la parte que tardaré meses en entender y que ahora mismo, sentada en la cocina, no soy capaz ni de mirar de frente: yo no borro esa conversación porque me vayan a pillar.
Yo la borro porque llevo cuatro días con ese número arriba del todo de la lista y porque cada vez que abro el teléfono para ver la hora me sale Hasta luego debajo de una serie de cifras.
La lista se cierra sola sobre el hueco.
Sube todo un renglón, sin ruido, y donde estaba el número aparece un chat que llevaba cuatro días en segundo lugar y que se llama Mamá .
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