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Al día siguiente, lunes, a las once de la mañana, vuelvo a bajar.
No he dormido. Me acosté a la una y media y estuve mirando el techo hasta que empezó a entrar luz, y a las siete me levanté antes que nadie.
He hecho el desayuno. He llevado a Marta al instituto y por el camino hemos discutido por una sudadera. He contestado tres correos de trabajo, uno de ellos con un chiste. He pedido hora para el dentista de septiembre.
Y a las once he cogido las llaves y he dicho en voz alta, a una casa vacía, que bajaba a por unos papeles al coche.
Bajo por lo de las capturas.
Es eso. Ni valentía, ni ganas de saber la verdad, ni ninguna otra cosa de las que quedan bien.
Quiero dejarlo escrito con toda la claridad de la que soy capaz.
En la grabación, él dice que quiere tener esto, que dentro de un mes yo me lo voy a contar de otra manera y que él quiere tenerlo.
Y me pasé toda la noche del domingo con esa frase dando vueltas, y esta mañana ya no era una frase: era una pregunta muy concreta.
¿Qué más tiene?
Porque yo le mandé fotos a ese hombre en enero. Tres. Desde el baño de mi casa, un martes, con Quique en el salón. Y él tenía esa manía de fotografiar las pantallas antes de borrar las cosas, y me lo contó riéndose, y yo le dije que eso lo hacía la gente que acaba en un juicio.
Así que bajo a la galería de un muerto a ver cómo de mal estoy.
Enciendo el aparato en el coche, con el cable puesto. Abro la galería.
Hay ciento y pico de imágenes y están por fecha, de arriba abajo, con el mes escrito encima de cada bloque.
Casi todo son capturas de conversaciones: pantallas enteras de WhatsApp, fotografiadas o recortadas, con nombres de hombres y de empresas.
Facturas. Un albarán. Dos comprobantes de transferencia. Una foto de una pizarra con números.
Este hombre guardaba pruebas de todo. De todo menos de lo que le hacía falta.
Y viéndolo así, en cuadrícula, de un tirón, me doy cuenta de una cosa que en siete meses no había visto: Tomás Bru vivía asustado.
No de mí, ni de Laura, ni de nada que tenga que ver con esta historia.
De los otros. De los clientes, de los bancos, de los que le decían una cosa por teléfono y otra por escrito.
Este archivo es el de un hombre que lleva años recogiendo pruebas de que él avisó.
Encuentro las mías en enero. Las tres, seguidas, un martes catorce por la noche.
No las abro. Las miro pequeñas, en la cuadrícula, y me quedo un momento con el pulgar encima sin tocar, y luego subo con el dedo.
Y en febrero hay una que no es una captura.
Es una fotografía. Se nota enseguida porque está torcida y porque tiene brillo: se ve el reflejo de una lámpara en el cristal y se ve, por el borde de abajo, la esquina de una mesa de madera y un pulgar sujetando el teléfono.
Es un móvil fotografiado con otro móvil.
La amplío.
Es una conversación de WhatsApp. Arriba, en la barra, pone Laura . La foto está tirada de tal manera que se lee bien lo de abajo y peor lo de arriba, pero se lee. Hay tres mensajes verdes que son de él, de la semana anterior, sobre una cita del dentista de Alba.
Y debajo, uno gris, de ella, a las 23:18.
Sé que usas los jueves para verla. Todavía no sé cuál de ellas es.
Debajo del mensaje pone 2 de febrero .
Y en la barra de la aplicación, el archivo tiene su propia fecha: 2 de febrero, 23:41. Veintitrés minutos después.
Veintitrés minutos. Lo que se tarda en leer un mensaje, quedarse quieto, ir a otra habitación, sacar del bolsillo interior de una chaqueta un aparato que no es el tuyo, encenderlo, esperar a que arranque, volver, coger el otro teléfono, buscar la conversación y retratarla con la mano temblando lo justo para que salga torcida.
Me quedo con el teléfono en la mano y el motor apagado y no siento absolutamente nada durante bastante rato.
Es un efecto que conozco de mi oficio. Cuando en un documento larguísimo aparece de golpe la línea que lo cambia todo, lo primero que se siente no es sorpresa: es una calma tonta, casi administrativa, mientras el cerebro decide si eso pone lo que pone.
Lo primero que hago es lo que hago siempre, que es comprobar.
Compruebo la fecha del archivo. Compruebo la hora que aparece junto al mensaje.
Compruebo que el nombre de arriba pone Laura y nada más.
Compruebo que el mensaje es gris y no verde, que quiere decir que lo escribió ella.
Compruebo que el móvil que se ve fotografiado no es este, sino uno con funda, que es el que él llevaba encima.
Está todo bien. Está todo comprobado. Y nunca he comprobado nada con tantas ganas de encontrarme un error.
El dos de febrero, a las once y dieciocho de la noche, Laura Espí le escribió a su marido al teléfono normal, al que lleva en el bolsillo, al que suena en su casa. Y él, veintitrés minutos después, en vez de contestarle, sacó el otro aparato, le hizo una foto a la pantalla y borró la conversación.
Sé.
No creo . No sospecho . No tengo la sensación de .
El doce de mayo, en mi cocina, con las seis cajas de ibuprofeno colocadas por orden de tamaño, esa misma mujer se sentó enfrente de mí y dijo creo que Tomás está con alguien .
Y yo, que llevo veinte años cobrando por saber que creo y sé no son lo mismo, ni siquiera lo oí.
Tres meses y diez días. Ese es el hueco. Entre el mensaje que escribió de verdad y la palabra que usó conmigo hay tres meses y diez días, y en ese tiempo hemos cenado dos veces las cinco, ha venido a mi casa una tarde a traerme unas cajas, y yo la he abrazado en el cumpleaños de Celia.
Y hay una cosa más y es la que me deja sin aire, y no es la mentira, porque la mentira la entiendo perfectamente: yo también habría dicho creo .
Es lo otro.
Todavía no sé cuál de ellas es.
Ellas.
Ese ellas somos cuatro mujeres. Somos Celia, Nuria, Pilar y yo. En febrero, Laura Espí ya sabía que su marido usaba los últimos jueves de cada mes para ver a alguien, y ya sabía que ese alguien era una de las cuatro personas con las que ella cenaba a las nueve, se hacía una foto y se despedía.
Yo creía que había un secreto en aquella mesa y que era el mío.
Y llevo tres días descubriendo que en aquella mesa había uno debajo de cada silla: un hotel de sesenta y dos euros, una pensión de Russafa, cuarenta mil doscientos euros de una herencia y yo.
Lo que no se me había ocurrido ni una sola vez, ni el viernes, ni el sábado, ni ayer, es que hubiera alguien en aquella mesa que llevara cuatro meses sabiendo que los secretos estaban ahí.
Y el doce de mayo, en mi cocina, esa mujer me preguntó si yo había notado algo raro.
Yo pensé que me lo preguntaba a mí porque yo me fijo en todo.
Me lo estaba preguntando a una de las cuatro.
Y hay una cosa que no puedo hacer con esto, y la pienso enseguida, y es lo que me deja sentada en el coche otros diez minutos.
No puedo enseñárselo a nadie.
Este es el único papel que existe en el mundo donde consta que la mujer de Tomás Bru sabía en febrero lo que estaba pasando los jueves. Y está dentro de un aparato que yo robé de una mesa mientras su dueño me decía que lo dejara donde estaba, y que llevo cuatro días escondiendo debajo de una rueda.
Para enseñar esa fotografía tengo que contar de dónde la he sacado. Y para eso tengo que contarlo todo.
Cierro la galería. Apago. Meto el aparato en la llanta, aprieto la mariposa, coloco el triángulo, cierro el maletero apoyando el peso.
Y subiendo en el ascensor me acuerdo de una cosa muy tonta.
El jueves por la noche, en la acera de Casa Lluïsa, cuando nos despedimos, Laura me tocó el brazo un segundo al pasar. Lo hace siempre. Lo lleva haciendo veinte años y es su manera de decir adiós sin decirlo, y a mí siempre me ha gustado.
Cuarenta y dos minutos después yo estaba abriendo el portal de Baró de Sant Petrillo.
Y lo que no consigo decidir, ni en el ascensor ni en toda esa tarde ni en los cuatro días siguientes, es si aquello fue lo de siempre o si aquella mujer me estaba tocando el brazo para ver qué hacía yo.