25
En el segundo sótano hay silencio de los buenos, de los que no existen en ningún otro sitio de una ciudad.
Abro el maletero, levanto la moqueta, aflojo la mariposa, saco el gato y la llave de cruz y meto la mano en el hueco de la llanta.
Sigue ahí. Frío y con polvo.
Me meto en el coche por la puerta del conductor y cierro. No arranco. Enchufo el aparato al cable del USB que llevo en la guantera, porque lleva tres días apagado y no me fío, y le doy al botón.
Tarda una eternidad en encenderse. Sale el logo de la marca, sale una barra que se llena a tirones, sale un aviso de que no hay tarjeta SIM y otro de que la fecha y la hora puede que no sean correctas.
Y sale la pantalla de bloqueo con una foto de un campo de golf que venía de serie y que él nunca cambió. Un aparato de sesenta euros comprado para una sola cosa, con el fondo de pantalla de fábrica.
El PIN me lo dio en enero para que le pusiera música en el coche. Se lo tuve que pedir dos veces porque me lo dijo mientras conducía y no lo oí bien.
Entro.
La aplicación de la grabadora es la que viene de serie, un icono con un micrófono rojo. La abro y hay una lista con tres archivos. Dos de hace meses, que serán reuniones. Y arriba del todo, el último.
28/05 · 00:06 · 30:22
Treinta minutos y veintidós segundos.
Me quedo mirando eso más rato del que tardaría en escucharlo entero.
Porque el viernes de madrugada yo tuve ese número a dos centímetros del pulgar y decidí no mirarlo, y llevo tres días diciéndome que no lo miré porque no me dio tiempo, y aquí está: treinta minutos y veintidós segundos, en un cuerpo de letra perfectamente legible, en una lista que se abre en dos toques.
Empieza a las doce y seis. Termina a las doce y treinta y seis y veintidós segundos.
Y esa aritmética la hago tres veces seguidas, moviendo los labios, porque me niego a creerme un número a la primera desde que tengo veintitantos años y me devolvieron una traducción por una cifra.
A las doce y treinta y seis yo estaba en este coche, en este asiento, con la llave puesta y sin arrancar.
Le doy al play y bajo el volumen hasta el mínimo y me lo pongo en la oreja.
Lo primero que se oye es una silla.
Después una respiración, la mía, muy cerca, porque el aparato estaba en la mesa baja y yo estaba de pie a metro y medio. Después su voz, de más lejos:
—Estoy grabando.
Y luego yo. Y esto es lo que nadie te cuenta: que no me reconozco.
Yo me recuerdo tranquila aquella noche. Me recuerdo diciendo las cosas en su sitio, con la frase preparada desde hacía dieciséis días, con sujeto y con verbo.
Y la mujer que se oye ahí tiene la voz una cuarta más alta de lo normal, se atropella, empieza tres frases y no termina ninguna, y dice que apagues eso cuatro veces seguidas y la cuarta ya casi no le sale.
Él, en cambio, suena bien. Suena triste y suena cansado y suena como un hombre de cuarenta y nueve años que está perdiendo algo, y hay un momento en el que se le va la voz por el medio de una palabra y a mí, escuchándolo en un garaje tres días después de su entierro pendiente, se me pone la cara caliente.
Se oye todo. Una moto en la calle. La nevera de la cocina arrancando dos veces. Alguien en el patio de luces bajando una persiana a las doce y cuarto de la noche, y me acuerdo perfectamente de ese ruido y no sabía que me acordaba.
Y hay una cosa que no esperaba y que me hace daño de una manera rara: se oye el piso. Ese suelo, que cruje a la altura del sofá. El balcón, que lo dejé abierto y que golpea dos veces. La casa de la madre de Celia haciendo los ruidos que lleva haciendo cincuenta y un años, con nosotros dos dentro.
Y a los seis minutos y pico me oigo decir que no puedo hacerle eso a Laura, y me oigo decirlo con una voz que no es de vergüenza sino de defensa, como quien saca por fin un argumento bueno.
Y a él contestándome:
—Ahora.
Y luego el resto, que ya sé, y que no es lo peor.
Lo peor viene al minuto veinticinco.
Hay un ruido de bolso. Pasos. Un roce de ropa. Su voz diciendo que no me voy a ir así, y la mía diciendo quita , dos veces, la segunda más fuerte.
Y después, en total, dos segundos y medio.
Eso es lo que dura. Yo lo he vivido cien veces desde el jueves y cada vez me dura más, y en el archivo son dos segundos y medio: un ruido corto de tela y de esfuerzo, un golpe seco que no suena a nada, y el vaso rodando por el suelo, que es lo único que suena a algo y que suena muchísimo.
Después, silencio.
Y aquí es donde tengo que parar y ponerlo otra vez, porque a la primera no me lo creo.
Lo cuento con los dedos en el volante, mirando el número de la pantalla. Once segundos. Once segundos en los que en el archivo no hay absolutamente nada más que una respiración, y no sabría decir de quién es.
—Joder.
Y desde ese segundo, Tomás Bru habla como habla cualquiera.
Habla con las palabras enteras, con las eses en su sitio, con el orden correcto.
Se cabrea, me llama de todo, me manda a mi casa.
Le oigo cambiar de postura contra el radiador y quejarse.
Le oigo decir estoy perfectamente con un fastidio de hombre al que están molestando.
Y me oigo a mí decir déjame ver , y me oigo agacharme, y se oye el hierro, y se me oye a mí coger aire de golpe por lo de la mano.
Y después no vuelvo a hablar.
Eso es lo que descubro a las doce menos veinte de la noche del domingo, en un segundo sótano: que desde el momento en que me corté hasta que salgo por la puerta pasan tres minutos y cuarenta segundos, y en esos tres minutos y cuarenta segundos yo no digo nada.
Ni una palabra. Él dice cuatro cosas más y yo no contesto a ninguna.
Se oye el clic del cargador al soltarse.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Eva, deja eso donde estaba.
Y una puerta, y dos vueltas de llave, y él a través de la puerta:
—¿Eva?
Y luego cuatro pisos de escalera. Se oye. Se oyen mis pasos y se oye el eco que hace ese hueco, que lo conozco, y se oye la puerta del portal, y la calle, y una moto otra vez, y el llavero, y la puerta del coche, y el cinturón.
Y después, cuatro minutos y medio de mí respirando en un asiento, con el motor apagado.
Y luego el corte.
Me quito el móvil de la oreja y me quedo con él en la mano, todavía caliente, con el cable colgando.
He estado media hora escuchando lo peor que he hecho en mi vida y no me he movido del asiento.
Vamos a ver qué tenemos aquí, me digo, y me lo digo así, con esas palabras, como cuando abro un original de doscientas páginas y hay que decidir por dónde se empieza. Es una tontería y es lo único que puedo hacer.
Lo que hay dentro de este aparato, contra mí, es esto: que me acostaba con él, que estuve allí, que discutimos, que le puse las manos encima, que se cayó, que me corté la mano ayudándole y dejé de ayudarle, que le quité el teléfono mientras él me decía que lo dejara, y que después estuve tres días con el teléfono escondido.
Todo eso está grabado con la voz de los dos y con fecha y hora.
No hay nada que se pueda contar mejor. No hay ninguna palabra que ponga eso más blando. Esto es un cuchillo entero, con el mango y con la hoja.
Y a favor, ¿qué hay?
Hay que él estaba hablando a las doce y veintiséis. Y eso, ahora que sé lo del intervalo, ya no vale nada, porque nadie va a decir que estuviera muerto a las doce y veintiséis. Nadie discute eso. Eso ya lo dice el forense.
Y hay otra cosa.
Hay treinta minutos y veintidós segundos de audio continuo, sin cortes, y los últimos seis minutos son una escalera, un portal, una calle y un coche.
A las doce y treinta y uno yo no estaba en ese piso. A las doce y treinta y seis estaba dentro de un coche. Está grabado. Se oyen los cuatro pisos uno detrás de otro.
Lo apago. Le quito el cable.
Y ahí, con el aparato en la mano y la luz del garaje ya apagada porque llevo veinte minutos sin moverme, entiendo por qué no lo voy a romper.
No es porque sea la verdad. La verdad me da lo mismo desde el viernes por la mañana y no voy a fingir lo contrario.
Es que este trasto es lo único que existe en el mundo que me saca de aquella casa a una hora concreta.
Es lo único que dice que a las doce y media yo estaba bajando una escalera.
Si lo rompo, me quedo con lo que digan los demás, y lo que dicen los demás es que hay un rato de hora y media y que la única que estaba allí era yo.
Un objeto que te hunde y que te sostiene a la vez. Y no se puede partir por la mitad.
Y hay una tercera cosa que entiendo esa noche y que no le voy a decir a nadie hasta el jueves siguiente.
Este archivo también sirve para otra cosa. Sirve para colocar a un hombre vivo, hablando y cabreado, en un salón, a una hora exacta, con el forense diciendo que después de eso hubo un rato.
Si alguien subió a ese piso, subió dentro de ese rato.
Y aquí dentro está la hora a la que empieza el rato.
Lo pienso así, ahí sentada, y me da miedo pensarlo, porque pensarlo es empezar a buscar a alguien, y ponerse a hacer eso es exactamente lo que hace el que no quiere ser la única.
Vuelvo a meterlo en la llanta. Aprieto la mariposa. Bajo la moqueta y pongo encima el triángulo y el chaleco.
Y luego me quedo veinte minutos más sentada en el coche, porque no puedo subir a mi casa con esta cara.
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