24
El grupo se enciende el domingo por la noche, cuando estoy poniendo la mesa.
Las cinco 🌙
Chicas. Esta tarde me han llamado del juzgado. Os cuento lo que me han dicho porque prefiero que lo sepáis por mí.
Fue un golpe en la cabeza. En la sien izquierda, contra el radiador.
Laura 20:42
Me han dicho que después del golpe estuvo consciente. Que habló y que se movió. Que se murió más tarde.
Laura 20:44
Yo tampoco lo entiendo bien. Mañana me lo explican con el informe delante.
Dejo los tenedores.
Quique está en la cocina abriendo una lata de atún y Marta está en su cuarto, y yo me quedo de pie al lado de la mesa del comedor con el móvil en la mano y cuatro cubiertos puestos y uno por poner.
Nuria contesta lo primero, con dos mensajes y un audio de cuarenta segundos que no escucho. Pilar pone que menuda barbaridad y que cuánto lo siente. Celia no pone nada.
Yo tampoco pongo nada.
—¿Los platos hondos? —dice Quique desde la cocina.
—Los hondos.
Pongo los hondos. Pongo el pan. Pongo el aceite y la sal y quito de en medio el correo del banco que lleva tres días encima de la mesa, y hago todo eso con el móvil boca abajo al lado del mantel.
Lo que hago es meterme en el baño, echar el pestillo, sentarme donde se sienta uno en un baño y llamar a Rosa Nebot un domingo a la hora de cenar.
Lo coge al cuarto tono.
—Dime.
—Perdona la hora.
—Estoy con las noticias, no me molestas. Qué pasa.
—Me acaba de escribir la mujer de Tomás Bru al grupo.
—¿Qué grupo?
—El de las cinco.
—Ah. —Un silencio corto—. ¿Y qué dice?
Se lo leo. Los cuatro mensajes, uno detrás de otro, sin poner nada mío y sin adornar, que es lo que ella me pidió el viernes.
Rosa no dice nada durante unos segundos, y se oye una televisión que se apaga.
—Vale —dice—. ¿Sabes lo que es eso?
—Que no murió en el acto.
—Que no murió en el acto y que hubo un rato en el que estuvo bien.
—Habla más despacio que otras veces—. Se llama intervalo lúcido.
No sé si te van a poner ese nombre en el informe, pero es eso.
Un golpe en la sien puede romper una arteria por dentro, la sangre empieza a salir despacio y por fuera no se nota nada.
La persona se levanta, habla, discute contigo, te dice que se encuentra bien. Y va empeorando.
—¿Cuánto rato?
—Depende. Minutos, una hora, más. No te puedo decir un número y el forense tampoco te lo va a decir así.
—O sea que cuando yo me fui...
Y me paro sola, en el borde de la bañera, con el pestillo echado.
—Cuando tú te fuiste podía estar perfectamente —dice ella—. Y sigue estando perfectamente durante un rato. Y luego no.
Y ahí, con el grifo goteándome al lado, me pasa la cosa más sucia que me ha pasado en toda mi vida.
Me alivio.
Es físico y es inmediato y no lo puedo controlar.
Se me suelta algo en la espalda y en la mandíbula, y durante cuatro o cinco segundos lo único que hay dentro de mi cabeza es una frase entera y limpia: yo no lo maté .
Yo le di un empujón, se cayó, se levantó, me insultó, me dijo que me fuera y yo me fui, y él estaba bien, y hay un médico que lo dice.
Cuatro segundos, con una televisión encendida al otro lado del pasillo.
Y a los cuatro segundos llega lo otro.
—Rosa.
—Sí.
—Si estuvo bien un rato... entonces hay un rato.
—Sí.
—¿Y de ese rato qué se sabe?
—Nada —dice—. De ese rato no se sabe nada, y ahí está tu problema.
Se oye cómo se sienta al otro lado, cómo cruje algo.
—Escúchame bien, Eva, que esto es importante y no te lo voy a suavizar.
Hasta hoy había una muerte con una hora aproximada.
A partir de mañana hay una franja. Hay un rato entre que ese hombre se golpeó la cabeza y se murió, y en ese rato pudo pasar cualquier cosa: que se quedara solo, que se levantara, que se tumbara, que subiera alguien, que no subiera nadie.
—Ya.
—Y ahora dime tú quién es la única persona a la que ellos pueden colocar dentro de ese edificio esa noche.
No contesto.
—Eso —dice.
Fuera, Quique le está diciendo a Marta por tercera vez que la cena está.
—¿Y eso significa que sospechan de mí?
—Eso significa que estás sola en una franja.
—Rosa habla con paciencia, como quien explica algo que ha explicado ochenta veces—.
Mira, Eva, la gente se cree que en esto lo importante es lo que has hecho.
Y no. Lo importante es dónde te pueden colocar y a qué hora.
Tú, ahora mismo, estás colocada dentro de ese edificio y no hay nadie más colocado dentro de ese edificio.
—Pero es que había cinco llaves.
—Cinco llaves no son cinco personas. Cinco llaves son cinco personas que podrían haber estado, y de esas cinco hay cuatro que ya han dicho dónde estaban y hay algo que las respalda.
Nuria estaba en un hotel y hay wifi. Pilar estaba en Russafa y hay una cámara.
La viuda dejó el coche en una calle y lo ha explicado. Celia estaba en su casa.
—Celia no puede demostrarlo.
—Celia no puede demostrar que estaba en su casa —dice Rosa—. Y tú no puedes demostrar que no estabas en la de ella. No es lo mismo.
—No es que piensen que has hecho algo —sigue Rosa—. Es que eres la que está. Cuando hay un hueco, el hueco se lo queda el que estaba más cerca. Y tú te has puesto sola en la puerta, cariño, con lo del jueves y con lo que dijiste el viernes.
—¿Y qué hago?
—De momento, nada. Mañana tienen el informe y en dos o tres días te van a llamar otra vez, y esa vez va a ser distinta.
—¿Distinta cómo?
—Distinta en que te van a preguntar la hora. Todas las horas. La de subir, la de bajar, la de llegar a tu casa. Una por una, y con el reloj delante.
—¿Y si no me acuerdo?
—Entonces no te acuerdas y ya está. —Un silencio—. Eva.
—Qué.
—Cuando te pregunten la hora de llegar a tu casa, acuérdate de que tu marido ya ha dado una.
Y me deja con eso.
—Buenas noches —dice—. Cena y duerme.
Y cuelgo, y me quedo donde estoy, con el grifo goteando, y hago la cuenta que llevo tres días sin hacerme.
Y no es una cuenta de las que se hacen en un papel. Es de las otras, de las que salen solas y de pie, con la mano en el marco de una puerta.
Yo salí de aquel portal a las doce y media. Lo sé porque lo sé, porque me subí al coche y miré la hora, y porque a las dos menos cinco entré en mi casa después de dar una vuelta absurda por la ronda.
Entre esas dos horas no hay nada. No hay una llamada, no hay un mensaje, no hay un pago, no hay una cámara, no hay un peaje. Hay una tía de cuarenta y un años dando vueltas sola en un coche por Valencia porque no quería llegar a su casa.
Nadie me va a creer eso. Yo no me lo creería.
—¡Eva! ¡Que se enfría!
—¡Voy!
Ceno con mi marido y con mi hija y hablo de la PAU y de una cosa del instituto y de que hay que cambiar la mosquitera de la galería.
Y a las once y media, con Quique roncando y con la raya de luz de Marta apagada por fin, cojo las llaves del coche.
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