23
Celia vive en un tercero de Marqués del Turia con demasiados muebles, y esta tarde tiene además, encima de la mesa del comedor, un montón de papeles que no estaban el viernes.
Me abre sin soltar el teléfono y no me da dos besos.
—Pasa.
Va descalza y con el pelo recogido con un boli. En la mesa hay carpetas de gomas, una calculadora de las de mesa con rollo de papel, una taza usada y tres sobres abiertos con el membrete de Hacienda.
Y hay algo que no había visto nunca en esta casa: esa mesa está despejada. Celia lleva tres años usando esa mesa de almacén, con libros y bolsas y la plancha encima. Hoy está vacía menos por los papeles, y eso quiere decir que lleva horas ahí sentada.
—¿Quieres algo?
—No.
—Yo tampoco.
Se sienta. Yo me siento enfrente. Ella coge uno de los sobres, lo mira y lo vuelve a dejar.
—A ver cómo te lo cuento sin que parezca que me estoy defendiendo.
—Celia.
—Que no me estoy defendiendo, que te lo estoy contando porque mañana o pasado lo vas a saber igual y prefiero que lo sepas por mí.
Y me lo cuenta.
En 2023, cuando murió su madre, además del piso de Benimaclet le quedó otro en Alboraia, de la parte de su padre, que era el que había que vender porque hacían falta el dinero y las gestiones. Se vendió en septiembre de aquel año.
Lo llevó Tomás.
—¿Y por qué él?
—Porque se ofreció. —Se pasa la mano por la frente—. Se ofreció en una comida, en enero de aquel año, delante de todos. Dijo que eso lo llevaba él, que no me pusiera a buscar una gestoría, que las gestorías te cobran mil euros por rellenar un impreso. Y Laura dijo pues claro, mujer .
—Ya.
—Y yo llevaba desde noviembre con mi madre en un hospital. Que alguien te diga de eso me encargo yo en ese momento, Eva, es como si te quitaran veinte kilos de encima.
Lo llevó gratis, o casi. Le hizo una factura de cuatrocientos euros por la gestión completa de una venta de doscientos treinta mil, y ella se la pagó y le mandó un mensaje dándole las gracias.
—Y en una venta así hay una parte que no es tuya —dice—. Hay que apartar dinero para la plusvalía y para lo que sale luego en la renta. Eso se llama provisión de fondos. Se aparta y se paga cuando toca.
—Ya.
—Cuarenta mil doscientos euros.
Lo dice con la cifra entera, con los doscientos incluidos, que es como dicen las cifras las personas que llevan meses mirándolas.
—Él lo apartó. Y luego, en vez de dejarlo quieto, lo metió en un producto de esos a plazo. Sin decírmelo.
—¿Sin decírtelo?
—Yo firmé, Eva.
Se lo hace decir a sí misma. Nadie se lo está sacando.
—Firmé una autorización en octubre de 2023, en una carpeta con doce papeles, en su despacho, con él al lado explicándome otra cosa. La firmé porque me la puso delante y porque yo acababa de enterrar a mi madre y llevaba cuatro meses firmando papeles todos los días.
—Eso lo hace todo el mundo.
—Eso lo hago yo. —Coge la calculadora y la mueve dos centímetros—. Y llevo catorce meses sin poder decírselo a nadie porque para contarlo hay que empezar diciendo firmé sin leer .
En marzo del año pasado llegó el primer aviso de Hacienda. Ella lo llamó y él le dijo que era un cruce de datos, que no hiciera nada, que ya lo miraba.
En abril lo llamó otra vez y él le dijo que en tres meses estaba resuelto.
En julio le dijo lo mismo con otras palabras.
En noviembre, en una comida de las de todos, cuando Celia lo cogió por el brazo al salir, él le dijo que tenía un problema de liquidez con un cliente y que le diera hasta enero, y que no le iba a pasar nada, que él respondía.
—¿Y te lo dijo así? ¿En una comida?
—En la puerta de un restaurante de Mestalla, con Laura poniéndose el abrigo dos metros más allá. —Coge la taza vacía y la deja—. Con la mano en mi hombro, Eva. Diciéndome Celia, que soy yo .
—¿Y tú qué hacías?
—Esperar. —Se encoge de hombros—. ¿Qué iba a hacer? ¿Denunciar al marido de Laura?
El requerimiento de Hacienda es de hace tres semanas. Trae recargo y trae intereses y trae una fecha.
—¿Y él qué te dijo la última vez?
—Le escribí el catorce de mayo. Me contestó el dieciséis. —Coge el móvil, busca y me lo pasa por encima de la mesa—. Léelo tú.
Es un mensaje corto.
Tomás , 16 may
Celia perdona el retraso. Estoy con esto. Antes de julio lo tienes solucionado, te lo prometo. Un beso
—Antes de julio —dice ella—. Estamos a treinta y uno de mayo.
Le devuelvo el móvil y ella lo bloquea y lo deja bocabajo entre los sobres.
—Lo he leído ochenta veces —dice—. Y todavía no sé si el hombre que escribió eso pensaba cumplirlo.
—Yo creo que sí.
—¿Tú crees que sí?
Y me mira, y yo no sé si me está preguntando por Tomás Bru o me está preguntando por qué opino yo de Tomás Bru con tanta seguridad un domingo por la tarde.
—Yo qué sé —digo—. Era así.
—Era así.
—¿Y por qué no se lo dijiste a Laura?
Y aquí es donde por primera vez en toda la tarde levanta la voz, no mucho, lo justo.
—¿Y qué le digo? ¿Voy a casa de una amiga mía de veinte años y le digo oye, tu marido tiene cuarenta mil euros míos ? ¿Con la niña en el sofá?
—Ya.
—Y además me lo iba a devolver. —Se echa el pelo hacia atrás y se recoloca el boli—.
Eso es lo que tú no entiendes y no lo va a entender nadie: yo me lo creía.
No me lo creía por tonta. Me lo creía porque durante catorce meses ese hombre me llamaba, me contestaba, me daba fechas y me pedía perdón.
Un estafador no te contesta el teléfono, Eva. Un estafador desaparece.
—¿Y entonces qué era?
—Un cobarde con un agujero. —Se encoge de hombros—. Que es lo que hay en el noventa por ciento de estas cosas.
—¿Y esto lo saben ellos?
—Esto lo sabían ellos antes que yo. —Se pasa la mano por la cara—.
El viernes se llevaron el ordenador de Tomás del despacho, y esta mañana han llamado a Laura para preguntarle por un traspaso de septiembre de 2023 a nombre de Celia Ferrán Piera.
Y Laura ha mirado los papeles de su marido y me ha llamado a las dos de la tarde.
—Dios mío.
—Y ha sido muy educada. —Y ahí se le mueve algo por primera vez, en la boca—. Muy educada, Eva. Me ha dicho que ella no sabía nada, que lo siente muchísimo y que en cuanto se pueda lo arreglamos. Y yo le he dado las gracias.
—¿Y las otras?
—Se lo he escrito al grupo hace una hora. Nuria me ha llamado llorando. Pilar me ha puesto que si necesito algo.
Se levanta, va a la cocina y vuelve con un vaso de agua que no bebe.
—¿Y Alba? —digo.
—¿Qué pasa con Alba?
—Que si esto sale...
—Esto ya ha salido. —Deja el vaso—. Esto está en un ordenador de la policía desde el viernes y esa niña se examina el martes, y yo llevo desde las dos de la tarde pensando en eso y no hay nada que hacer, porque yo no puedo hacer que no me deban cuarenta mil euros para que una chica de dieciocho años se examine tranquila.
Y se le rompe un poco al final, y se para, y respira.
—Perdona.
—No pidas perdón.
—Es que llevo dos días siendo la que trae el agua.
—Ahora la lista —dice—. Porque tú vas a hacerla igual y prefiero hacerla yo.
—Celia, no...
—Uno: el piso es mío. Dos: yo lo encontré. Tres: ese hombre me debe cuarenta mil euros y hay papeles y hay mensajes desde marzo. —Levanta un dedo cada vez, sin dramatismo, con la eficacia de una bibliotecaria enumerando signaturas—. Y cuatro, que es el bueno.
—¿Cuál es el cuatro?
—Que el jueves por la noche yo estaba en mi casa. Sola. Sin llamar a nadie, sin salir, sin pagar nada con tarjeta y sin conectarme a ningún sitio.
Se sienta otra vez.
—Nuria tiene un hotel. Pilar tiene una cámara. Laura tiene un coche aparcado en una calle. Tú tienes un portal. —Bebe por fin—. Yo no tengo nada. Yo soy la única de las cinco que no puede demostrar dónde estaba, y encima soy la única que tenía un motivo con una cifra al lado.
Y no dice nada más.
No dice pero yo no he sido . No dice tú me conoces . No me pide que la crea, no me mira esperando que la abrace, no se pone a explicar por qué una mujer que se ha pasado veintiséis años en una biblioteca municipal no le abre la cabeza a nadie contra un radiador.
Yo creo que si lo hubiera hecho, si hubiera dicho una sola de esas frases, yo habría podido decirle la verdad esa tarde.
Y no la dijo, y por eso pude callarme. Se queda ahí sentada con el vaso, delante de tres sobres abiertos de la Agencia Tributaria.
Y a mí me pasa una cosa.
Es una cosa que dura poco, dos o tres segundos, y que yo noto entrar y noto salir, y que no voy a poder quitarme nunca de encima porque la reconocí en el momento y aun así la dejé pasar.
Es alivio.
Alivio físico, de los que se notan en la espalda.
Porque durante tres días yo he sido la única de las cinco con un problema de verdad, la única que ha pedido un abogado, la única que tiene algo escondido en un coche.
Y ahora, en esta mesa, hay otra mujer que tiene un motivo con nombre, apellido y cuarenta mil doscientos euros.
Celia levanta la vista.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La que estás poniendo.