Ninguna estuvo allí 22
45%

22

El bar de la esquina es de los que tienen la máquina tragaperras al lado de la puerta del baño y una foto enmarcada de un equipo de fútbol sala de hace veinte años.

A las once de la mañana de un domingo está lleno. Hay dos mesas fuera y las dos ocupadas por señores con cerveza, y dentro, en la barra, tres más y un chaval con un cortado y el móvil.

El camarero es un hombre de sesenta y pico años, ancho, con una camisa negra remangada, y lo lleva todo él: la barra, las dos mesas de fuera y la plancha.

Pido un café con leche y me siento en un taburete de la punta, el de al lado de la caja.

Tardo doce minutos en decir nada.

No hay manera de decirlo. He probado seis versiones mentalmente mientras cruzaba la calle y las seis suenan exactamente a lo que son.

Oiga, ¿usted vio a alguien el jueves? es una pregunta de policía.

Es que soy amiga de la familia es una mentira que se cae sola.

Y estoy intentando saber quién subió a ese piso después de irme yo no se puede decir en un bar ni en ningún otro sitio.

Así que me tomo el café y espero, que es lo único que se me da bien esta semana.

Y al final es él quien lo dice.

—¿Usted es de la finca? —Está secando vasos y no me mira—. La he visto salir del 12.

—Soy amiga de la que vive... de la dueña. De Celia.

—Ah. —Deja el vaso—. Vaya cosa.

—Sí.

—Yo he estado toda la mañana del viernes viendo coches ahí parados. —Coge otro vaso—. Con la puerta abierta y gente subiendo y bajando. Y a las diez y media ya estaban las del 8 y la del 14 aquí en la barra contándomelo, y ninguna de las dos sabía nada, ¿eh? Pero contándomelo.

—Ya.

—Y aquí vinieron. El viernes al mediodía. A preguntar.

—¿La policía?

—Dos. Uno joven y una señora.

—¿Y qué querían?

—Lo que quieren siempre. Si vi algo, si vi a alguien. —Se encoge de hombros—. Yo desde aquí veo la acera de enfrente y poco más, y encima el jueves tenía la tele con la eliminatoria.

Bebo café.

—Oiga, ¿y usted no es de las de la cena?

—¿Cómo?

—Las de Lluïsa. Que venís una vez al mes, ¿no? Las cinco.

—Ah. Sí.

—Ya me parecía. —Sonríe por primera vez—. Es que aquí nos conocemos todos y Lluïsa es prima de mi mujer. Yo os he visto pasar. El último jueves, ¿no?

—El último jueves.

—Aunque una vez cambiasteis. —Señala con el trapo hacia ningún sitio, hacia el pasado—. En octubre. Que a Lluïsa se le juntó con el puente y me lo dijo, que la cena de las señoras se le pasaba a la otra semana. Y yo me acuerdo porque ese jueves tenía yo aquí a mi cuñado de baja y estaba solo.

—Pues sí. Puede ser.

—Que sí, mujer, que yo de fechas no me olvido.

Y sigue con los vasos, y a mí eso me entra por una oreja y me sale por la otra, y no vuelvo a acordarme hasta el martes de la semana siguiente.

—Oiga —digo—. ¿Y el jueves de esta semana? El de anteayer.

—El de la cena vuestra.

—Ese.

—Pues nada. Lo normal.

—¿No había gente por la calle?

—Los de siempre. —Se para—. Espere. ¿Anteayer o el otro?

—Anteayer. El jueves.

—Es que se me juntan. —Deja el trapo y se apoya en la barra con los brazos abiertos, mirando hacia la puerta como si pudiera ver el jueves desde aquí—. A ver. El jueves cerré la terraza a las once y media, que entre semana la recojo pronto porque la del tercero me denuncia.

—Ya.

—Y esa noche había una señora fuera.

—¿Una señora?

—Sola. En la mesa de la esquina. —Levanta la barbilla hacia la puerta—. Y estuvo un rato largo.

—¿Cuánto?

—Uf. Yo qué sé. Vino pronto, sobre las diez, y estaba cuando recogí.

—¿Y era de aquí? ¿La conocía?

—No. O sí. Yo qué sé, hija. —Se encoge de hombros y coge otra vez el trapo—. Una señora normal. De su edad más o menos, o algo mayor.

—¿Cómo iba?

—Vestida.

—Digo si...

—Que no me acuerdo, señora. —Y no lo dice de mala manera, lo dice cansado—. Yo la cara no se la miré.

—¿No se la miró?

—Es que yo aquí miro las mesas, no las caras. Miro si tienen el vaso vacío.

Y eso lo dice sin ninguna ironía, con la lógica plana de un hombre que lleva cuarenta años detrás de una barra, y es la frase más honrada que me van a decir en toda esta historia.

—¿Y qué tomó?

—Un vermut. Y luego otro, creo. Y me pagó en efectivo. —Y ahí levanta la vista—. Eso sí me acuerdo. Que me pagó con billete. Ya no paga nadie con billete, ¿sabe? De cien personas, dos.

—¿Y a qué hora?

—Cuando recogí. A las once y media, doce menos veinte.

—¿Y luego?

—Y luego me metí para dentro y ya no sé.

—¿Y a la policía le dijo eso?

—Claro.

—¿Lo de la señora también?

—Lo de la señora también. —Se seca las manos—. Y me preguntaron lo mismo que usted y les dije lo mismo que a usted. Y el chico joven apuntó algo y la señora dijo muy bien y se fueron.

Se va a la plancha, que le está pitando algo, y me quedo sola con el café.

Una mujer.

Una señora de mi edad o algo mayor, sola, sentada fuera de un bar de barrio un jueves por la noche, desde las diez hasta que recogieron la terraza. Pagó en efectivo. No tiene cara.

Podría ser cualquiera.

Eso es lo primero que pienso y es verdad, y me obligo a pensarlo hasta el final, porque llevo dos días viendo cómo un dato pequeño se convierte en una vida destrozada y no pienso hacerle eso a nadie.

Podría ser una mujer esperando a alguien que no vino.

Podría ser una vecina que no quería subir a su casa.

Podría ser una que acabara de discutir con su marido y necesitara dos horas fuera de su cocina, que es exactamente lo que hacemos nosotras cinco un jueves al mes desde agosto de 2024.

En esta ciudad hay ochocientas mil mujeres y muchas se sientan solas en un bar.

Y hay otra cosa, además, y esa sí que me la digo bien clara: si esa señora estuvo aquí desde las diez, esa señora me vio a mí. Me vio cruzar. Me vio meter la llave en esa puerta y empujarla con la cadera.

Y a las doce y media me vio salir.

Pago y salgo, y en vez de irme me siento fuera. En la mesa de la esquina.

Y desde ahí, con la espalda contra la pared y el sol dándome en las piernas, veo la acera de enfrente entera, y el número 10, y el 12, y el portal del 12, y el trozo de calle por el que se llega al portal del 12 viniendo de cualquiera de los dos lados.

Se ve perfectamente. No hay que estirar el cuello ni ponerse de pie. Se ve como se ve un escaparate.

Y me quedo ahí sentada más rato del que hace falta, mirando una puerta por la que el jueves entré yo a las diez y cuatro.

Y hay una cosa más que no me quito de la cabeza mientras el sol me sube por las rodillas, y es lo del billete.

En este país ya no paga nadie en efectivo. Yo no llevo dinero encima desde hace tres años. Marta se ríe de mi madre porque va con el monedero lleno de monedas. De cien personas, dos, ha dicho él.

Y una mujer que se sienta dos horas y media en una terraza desde la que se ve un portal, y que paga con un billete, o es una señora mayor que siempre lo ha hecho así, o es una persona que no quiere que en ningún sitio quede escrito que estuvo aquí.

Y esa segunda opción es una barbaridad. Es una barbaridad que se me ocurre a mí, un domingo, sentada al sol, después de tres noches sin dormir bien, y me la quito de encima como se quita uno una mosca.

El móvil me suena encima de la mesa.

CELIA

· · ·