Ninguna estuvo allí 21
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Dejo a Pilar en su esquina a las diez menos veinte y no me voy a mi casa.

Cojo la ronda y salgo por Alboraia y a los doce minutos estoy aparcando en Baró de Sant Petrillo, en el hueco de siempre, delante del taller con el pulpo pintado en la persiana.

Rosa Nebot me dijo el viernes cuatro cosas y una de ellas fue no vuelvas a ese piso, no te acerques y no llames al portero . Me lo dijo por teléfono, despacio, con el número tres delante.

No vengo a entrar. Eso es lo que me digo mientras cruzo, y es verdad, y también es la clase de verdad que no sirve para nada.

Vengo a saber qué queda de aquella noche todavía puesto ahí arriba.

Los dos vasos de duralex en la mesa baja.

La botella por la mitad en la encimera. El cargador colgando del enchufe.

La cama de la habitación de la izquierda, que no hice.

Y mi jersey gris en el brazo del sofá, que llevo tres días viendo cada vez que cierro los ojos, gris, con un botón de nácar en el cuello, comprado en un Zara de Colón hace cuatro años.

Necesito saber si todo eso sigue ahí o si se lo han llevado en bolsas. Es una necesidad física, como la de rascarse.

La llave del portal es la mala. Se mete entera, se saca dos milímetros, se gira empujando con la cadera. Me sale a la primera, como siempre, y el ruido de la puerta al cerrarse detrás de mí me suena distinto y no lo es.

Subo a oscuras. Segundo: el felpudo del gato. Tercero: hoy no hay bolsas de basura.

Cuarto.

La puerta tiene dos tiras de papel blanco pegadas en diagonal, una arriba y otra abajo, con un sello morado y una firma, y encima un adhesivo pequeño con un número de diligencias. El papel está un poco levantado por una esquina, no por nadie, por la humedad.

No hay cinta amarilla ni nada de eso. Nadie ha puesto un guardia en el rellano. Es un cuarto sin ascensor de Benimaclet con dos papeles pegados en el marco, y desde la escalera se ve exactamente igual que hace una semana.

Me quedo delante. No sé cuánto. Lo bastante para que se me pase por la cabeza que si tirara de la esquina levantada podría abrir con mi llave y volver a pegarla, y para saber, mientras lo pienso, que eso es exactamente lo que piensa una persona que va a hacerlo.

Y entonces se abre una puerta abajo.

—¿Sube alguien?

Es la del segundo izquierda. Sale al rellano con una bata azul de esas de andar por casa y unas gafas colgando de una cadena, y mira hacia arriba por el hueco de la escalera.

—Buenos días —digo, y empiezo a bajar.

—Ah. Buenos días. —Se ajusta las gafas—. ¿Usted es de las de arriba?

—Soy amiga de Celia.

—Ah, de Celia. —Se aparta un poco para dejarme sitio en el descansillo y no se aparta lo suficiente—. Yo soy Amparo Boix, la presidenta.

Le doy la mano. La tiene fría.

—Menudo disgusto —dice.

—Sí.

—Menudo disgusto para la pobre Celia, que bastante tiene. Yo he conocido a su madre, ¿eh? Cuarenta y un años vivimos puerta con puerta. Una señora extraordinaria. —Y sin cambiar de tono—: ¿Y usted a qué ha subido?

Es una pregunta preciosa. Es directa, no tiene ni una palabra de más y me la hace una mujer en bata a las diez y veinte de la mañana de un domingo.

—Me ha pedido Celia que mire una cosa del buzón.

—Los buzones están abajo.

—Ya. Es que ya lo he mirado.

—¿Y ha subido?

—He subido a ver si podía entrar. Por si se había quedado algo abierto. El gas.

—El gas está cortado desde que murió la madre —dice Amparo Boix.

Nos quedamos las dos en el descansillo del segundo.

—Ya —digo—. Pues eso le voy a decir.

Y ella asiente, muy despacio, como quien acepta un pago con un billete que no acaba de gustarle.

Y luego, porque hay gente que no sabe estar callada y porque esa gente es una bendición y una catástrofe según el día, se pone a hablar.

Me cuenta que llevan dos años con el bloque de al lado convertido en un hotel.

Que el 6 y el 8 los compró una empresa de Madrid y que ahora entran y salen ingleses con maletas de ruedas a las cuatro de la mañana.

Que hay una caja de esas de metal atornillada en la fachada, con un código, que ella ha denunciado tres veces.

Que en la junta de octubre lo llevó por escrito.

—Y yo lo apunto todo —dice—. Todo. Día, hora y lo que sea.

—¿Lo apunta?

—En una libreta. —Se ríe con una satisfacción tremenda—. Doce libretas llevo. La primera es de 2023.

—Madre mía.

—Es que si no lo apuntas, luego vas al ayuntamiento y te dicen que dónde está el ruido. Pues el ruido está aquí, en la libreta, a las tres y cuarenta de la mañana del catorce de agosto, siete personas y una maleta.

Y a mí, que llevo desde el viernes midiendo cada palabra que digo, me entra por un momento algo parecido a la admiración. Esta mujer lleva dos años haciendo lo que yo no he sido capaz de hacer desde el viernes: escribir lo que pasa cuando pasa.

—¿Y del jueves apuntó algo? —digo.

Lo pregunto como si siguiera preguntándole por las libretas, y no me sale mal del todo.

—Del jueves ya me han preguntado. —Se cruza de brazos—. Vinieron el viernes por la tarde, dos, y estuvieron aquí en mi comedor tres cuartos de hora.

—¿Y qué les dijo?

—Lo que hay. Que esta finca sube quien quiere. Que aquí, desde que la del cuarto se murió y la hija no vive, esto es un ir y venir, y que yo no tengo por qué saber quién sube.

—Ya.

—Y que el jueves oí la puerta un montón de veces.

—¿Un montón?

—Un montón, hija. Cuatro, cinco. Yo qué sé.

—Hace un gesto con la mano, de espantar—.

Es que yo el jueves estuve levantada hasta tarde por lo de al lado, que llegó un grupo a las once y media con las maletas y estuvieron riéndose en la terraza.

Y con eso, la puerta de aquí abajo yo la oigo, pero no me pongo a mirar el reloj cada vez.

—Claro.

—Y a mí, mire, la de arriba y las que suben me da lo mismo, ¿eh? Cada uno en su casa hace lo que quiere. Lo que a mí me molesta son los de las maletas, que esos no son vecinos, esos son clientes.

Y sigue un rato más, con el 6 y el 8, con la empresa de Madrid, con un abogado que le dijo una cosa y con la del quinto, que no firma nada porque tiene el piso alquilado y le da todo igual.

Yo la escucho de pie donde estoy, asintiendo, con las llaves en la mano y ganas de irme, y al mismo tiempo sin ninguna gana de irme, porque mientras esta señora hable de maletas de ruedas no me está preguntando nada.

Cuando por fin bajo, ya en el portal, con la mano en la puerta, me llama desde arriba.

—Oiga.

—¿Sí?

—¿Y cómo ha dicho que se llama?

—Eva.

—Eva qué.

Y hay un segundo, uno solo, en el que podría decirle cualquier cosa. Estamos las dos solas en una escalera, ella tiene setenta y tantos años y yo no he dicho una frase entera y verdadera desde el jueves.

—Bataller.

—Bataller —repite—. Yo tuve una compañera Bataller, en la Cerámica.

—Será familia.

—Será.

Y se mete en su casa.

Yo salgo a la calle, y ya en la acera, con el sol de las once dándome en la cara, entiendo lo que acabo de hacer.

Acabo de decirle a una mujer que lleva doce libretas escritas desde 2023 que Celia Ferrán me ha mandado a mirar el buzón.

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