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Pilar me llama el domingo a las ocho menos cuarto de la mañana.

—Eva, ¿tú tienes coche esta mañana?

—Sí.

—¿Me puedes llevar a un sitio?

No me dice para qué. No me pregunta si tengo planes un domingo por la mañana. Pilar Donat, que en veinte años no me ha pedido nada que no fuera una firma para el AMPA, me llama un domingo antes de las ocho y me pide un coche.

—Claro. ¿A qué hora?

—A las nueve me va bien.

—A las nueve estoy.

Cuarenta minutos después está en la esquina de su calle con una bolsa de tela grande, la de la compra, la de rayas azules. Lleva la rebeca buena y se ha pintado los labios, y eso, un domingo a las nueve de la mañana, dice más que cualquier cosa que vaya a decirme en el coche.

Se sienta delante, se abrocha el cinturón y dice:

—A Russafa. A la calle Cuba, luego te digo por dónde.

Y arranco.

Tarda seis o siete minutos en empezar. Va con la bolsa en las rodillas y las dos manos encima, mirando por el parabrisas, y cuando empieza lo cuenta de corrido y en orden, como quien da un parte.

Que ayer por la tarde fueron dos a su casa.

Que estaban los dos, ella y Vicent, porque los domingos y los sábados por la tarde Vicent está.

Que le enseñaron una fotografía de una cámara de una óptica de Russafa, del jueves, a las diez menos diez de la noche, y que en la fotografía se la ve a ella con esta misma bolsa.

—Y me preguntaron qué hacía yo allí.

—¿Delante de Vicent?

—En mi comedor. Con Vicent sentado enfrente.

Un semáforo. Pilar espera a que arranque para seguir.

—Y yo les dije que iba a ver a una persona. Y me dijeron que a quién. Y yo les dije que a un familiar. Y me dijeron que a qué familiar.

—Pilar.

—Y se lo dije.

Lo dice sin ninguna emoción particular, con la voz con la que dice todo, la de las tareas. Llevar, pagar, recoger, lavar, volver.

—Dije: a mi hijo Álex. En la pensión Mont-Rós, de la calle Cuba.

Y ya está.

Once años. Once años en los que en aquella casa no se ha dicho ese nombre en voz alta, y ha entrado un sábado por la tarde en boca de un señor con una carpeta, en un comedor con un mueble bar y las fotos de la comunión de los otros dos encima de la tele.

—¿Y ellos qué dijeron?

—El más joven apuntó la dirección de la pensión y me preguntó si podía confirmarlo alguien. Y yo le di el nombre de la señora que lleva la pensión, que se llama Rosario y me conoce desde hace ocho años.

—¿Ocho años?

—Antes estaba en otro sitio. En un piso de la calle Sueca, con más gente.

Lo dice como quien enumera los colegios por los que ha pasado un hijo.

Yo sé de Álex Donat lo que sabemos todos, que es lo que se sabe de estas cosas cuando nadie las cuenta: que hubo un problema hace mucho, que hubo un ingreso en un sitio de Alicante, que hubo algo con dinero, y que un día dejaron de nombrarlo.

Y sé una cosa más, que se me había olvidado y que se me viene encima en el semáforo de Peris y Valero: que Álex Donat tocaba la trompeta. Que estuvo en la banda del pueblo de su madre y que Pilar lo llevaba los sábados y que en una comida, hace mil años, ella sacó el móvil y nos puso un vídeo.

No sé por qué me acuerdo ahora de eso y no de otra cosa. No hay ningún papel. No hay ningún certificado. Nadie ha ido a un juzgado. Sencillamente, en aquella casa hay dos hijos. En las fotos hay dos hijos. Y cuando alguien pregunta cuántos tenéis, Vicent contesta que dos.

Y Pilar dice dos.

—¿Y qué dijo Vicent?

—Nada.

—¿Nada?

—Los acompañó a la puerta y les dio las gracias. —Se recoloca la bolsa—. Y luego se sentó otra vez en el sillón y se puso el fútbol.

—¿Y por la noche?

—Durmió en el sofá. Yo me levanté a las siete y ya se había ido a comprar el periódico.

—¿Y no habéis hablado?

—Ha dicho buenos días .

Aparco en Puerto Rico, en un hueco de carga y descarga que un domingo no le importa a nadie, y ella no se baja todavía. Se queda con la mano en la manilla y sin tirar.

—Ayer por la noche me llamó Kike —dice—. El mediano. Me llamó y me preguntó si era verdad, y yo le dije que sí, y me dijo vale, mamá , y colgó.

—Pilar...

—Es que yo lo entiendo, Eva. Yo entiendo a todo el mundo en esta historia. Ese chico tenía diez años cuando pasó lo que pasó y se lo comió todo, y ahora tiene treinta y uno y una hipoteca, y le llaman un sábado para decirle que su madre lleva once años yendo a Russafa.

Saca del bolso un sobre blanco doblado por la mitad y se lo mete en la bolsa de rayas.

—Cuarenta euros —dice, y no me está pidiendo permiso ni justificándose, me lo está diciendo como se dice el precio del pan—.

Se los llevo el primer jueves de mes y hoy es domingo y estamos a treinta y uno, así que hoy toca.

Le llevo tabaco, que si no lo pide. Y una camisa, que la de rayas la tiene hecha una lástima.

Abre la bolsa y me la enseña, y ahí dentro está todo: la camisa doblada como se dobla en una tienda, un cartón de tabaco, un blíster de paracetamol, dos plátanos y un táper.

—¿Qué es el táper?

—Arroz al horno de ayer. Le gusta frío. —Cierra la bolsa—. Se ha reído siempre de eso.

Y se baja.

La veo cruzar y meterse por una puerta estrecha entre una tienda de móviles y un bar, y a los cuatro o cinco minutos salen los dos y se quedan en la acera.

Álex Donat es un hombre alto y muy delgado con una camiseta del Valencia y unas chanclas, y desde el coche parece exactamente lo que es: un tío de treinta y un años que ha bajado a la calle a hablar con su madre.

Ella le da la bolsa. Él la abre allí mismo, mira dentro y dice algo, y ella le da un manotazo en el brazo, y él se ríe.

Se ríen los dos, un momento, en aquella acera a las nueve y veinte de la mañana de un domingo.

Y a mí, dentro del coche, con las manos en el volante y sin nada que hacer, me pasa una cosa que no me ha pasado en tres días: se me llenan los ojos.

No por Tomás. No por Laura, ni por Alba, ni por Quique, ni por ninguna de las cosas por las que se me tendrían que haber llenado desde el viernes por la mañana.

Se me llenan porque una señora de cincuenta y seis años le ha llevado a su hijo un táper de arroz al horno de ayer, porque le gusta frío.

Después ella le habla y él deja de reírse. Se le queda mirando y baja la cabeza. Ella levanta el brazo y le pone la mano en la nuca, como se hace con un niño de doce años, y él es dos cabezas más alto y se deja.

Están así unos segundos. Luego él vuelve a entrar por la puerta estrecha con la bolsa colgando y ella cruza y se sube al coche.

—Ya está —dice—. Vámonos.

No llora. En todo el trayecto de vuelta no llora ni una vez, y a mí se me ocurre que en once años debe de haber llorado lo suyo y que ya no le queda esa parte.

Va contando cosas prácticas. Que la señora de la pensión sube en agosto cuarenta euros y que este año no le ha subido nada.

Que Álex trabajó ocho meses en un almacén de Alfafar y que lo dejó.

Que el año pasado le arregló los dientes de abajo y que le costó novecientos euros, y que los sacó de la paga extra diciendo en su casa que se había comprado un colchón.

En el Pont de Fusta, con el semáforo en rojo, dice:

—A mí ya me da igual.

—¿El qué?

—Todo. Lo que salga. —Mira por la ventanilla—. Yo llevo once años con esto dentro y me lo han sacado dos señores en una tarde, y lo peor que me podía pasar ya me ha pasado. Mi marido no me habla y mi hijo me ha colgado el teléfono.

—¿Y no puedes hablar con él? Con Vicent.

—¿Y qué le digo?

—No lo sé. Que es tu hijo.

—Es que eso ya se lo dije. —Se coloca el bolso en las rodillas—. Se lo dije en 2015, y en 2017, y la última vez fue en la boda del pequeño, que Álex no vino porque no lo invitó nadie, y aquella noche se lo dije en el coche volviendo, y Vicent paró en el arcén y me dijo: Pilar, o él o esta casa.

—¿Y tú qué hiciste?

—Yo me callé. —Mira al frente—. Y al mes siguiente empecé a ir los jueves.

Nadie me había contado hasta hoy cómo empezó una de estas cosas, y me doy cuenta de que todas empezaron igual: alguien se calló en un coche y al mes siguiente hizo lo que iba a hacer de todas formas.

—Pilar, eso se arreglará.

—A lo mejor. —Se encoge de hombros—. Pero lo que quiero decirte es otra cosa. Que yo lo he dicho todo. Todo, Eva. Delante de mi marido y en mi comedor.

El semáforo se pone verde y no arranco a la primera, y el de detrás me da un toque de claxon.

—Ahora que diga cada una lo suyo —dice Pilar.