19
Llego a casa a las once menos veinte.
Quique está dormido en el sofá con la tele puesta y el móvil en el pecho, que es como termina todos los sábados desde que existen los sábados. Le quito el mando, apago y él dice no estaba dormido sin abrir los ojos.
Por debajo de la puerta de Marta sale luz.
Y esta vez entro.
Está en la cama con el ordenador encima de las piernas y dos cuadernos abiertos al lado que no está usando. Tiene puesta una serie en una ventana pequeña y un documento en la otra, y jura desde hace dos años que así estudia mejor.
Se quita un auricular.
—Hola.
—Hola. ¿Y Bea?
—Pues no ha venido, mamá.
—¿Por qué?
—Porque me dijiste ayer que este finde no.
—Ah.
Es verdad. Se lo dije ayer, a mediodía, entre la abogada y la comida, y no me acuerdo de haberlo dicho ni me acuerdo de por qué lo dije.
Me siento a los pies de la cama, en el sitio donde me siento desde que esta niña tenía siete años y había que leerle. Ella se estira y me pone un pie en el muslo, que es lo que hace en vez de darme un abrazo desde que cumplió los catorce.
Tiene la habitación como la tiene siempre en época de exámenes, que es al revés que el resto del año: la mesa recogida y la cama llena de cosas. Hay dos jerséis, un neceser, tres bolígrafos y un plato con dos cortezas de pizza que lleva ahí desde ayer.
—Ese plato.
—Ya lo bajo.
—Marta.
—Que ya lo bajo.
Lo cojo yo y lo dejo en el suelo, al lado de la puerta, que es lo mismo que no bajarlo pero al menos ya no está en la cama.
—¿Estás cansada? —dice.
—Un poco.
—¿De dónde vienes?
—De casa de Nuria.
—¿Por lo del señor ese?
—Por lo del señor ese.
Mira la pantalla sin verla y luego la cierra a medias.
—¿Alba se examina igual?
—Sí.
—Qué fuerte.
—Ya.
—O sea, es que el martes. —Mueve la cabeza—. Si a mí se me muere papá el jueves yo el martes no voy.
—Cada uno lleva las cosas como puede, cariño.
—Ya, pero es que el martes.
—Su madre dice que ella quiere ir.
—¿Y tú qué harías?
—¿Yo?
—Si fuera yo. Si se muriera papá el jueves y yo tuviera la PAU el martes. ¿Tú qué me dirías?
Y me quedo callada más de lo que debería, porque de golpe se me ha puesto delante una imagen muy concreta: esta niña, en esta cama, dentro de un año y medio, con los apuntes encima y sin padre.
—Te diría que hicieras lo que tú quisieras —digo—. Y te llevaría en coche.
—Vale.
Y ella dice vale , y se pone a rascar una pegatina del canto del ordenador que lleva rascando desde marzo.
—Oye, mamá.
—Qué.
—El jueves no entraste.
—¿Cómo?
—Que el jueves, cuando llegaste. Que no entraste. —Sigue con la pegatina—. Te quedaste en la puerta y dijiste lo de apaga en diez minutos y te fuiste.
Yo llevo dieciséis años entrando en esa habitación. A las once, a la una, a las dos si hace falta. Le quito el móvil de las manos, protesta ocho segundos y luego me cuenta algo de una amiga, y así ha sido siempre, y así fue el jueves anterior y el otro y el otro.
Y ella lo sabe. No como un dato: lo sabe como se saben las cosas de la propia casa, en la piel, y por eso lo ha guardado dos días y por eso lo suelta ahora rascando una pegatina y sin mirarme.
—Es que venía con la mano así —digo, y la levanto—. Me la había abierto y traía una tirita hecha un asco y me fui derecha al baño a curármela.
—Ah.
—Y a las dos de la mañana no quería entrar aquí a ponerme a sangrar encima de tus apuntes.
—Ya.
Se ríe un poco.
Es una mentira preciosa.
Es concreta, es visible, tiene una prueba física que puedo levantar y enseñar, y explica exactamente la desviación que ella ha detectado sin negarla, que es lo importante. No le he dicho sí que entré ni te lo estás inventando . Le he dado un motivo a lo que vio.
Me ha salido en menos de dos segundos y es de las mejores que he dicho en mi vida.
—Oye —dice—, ¿y a ti te da pena?
—¿El qué?
—Ese señor. Que se ha muerto.
Y me lo pregunta sin ninguna intención, con la cabeza apoyada en el cabecero, como pregunta las cosas de mayores, que es directamente y a destiempo.
—Claro que me da pena.
—Es que no has llorado.
—Hay gente que no llora.
—Papá ha llorado.
—¿Papá ha llorado?
—Ayer. Viendo el móvil. —Se encoge de hombros—. Yo creo que estaba mirando fotos.
Y me quedo con eso encima. Mi marido, que había visto a Tomás Bru cuatro veces en su vida y que se acordaba de él como el simpático , ha llorado un sábado por la tarde mirando fotos en el sofá.
Y yo llevo tres días sin que se me mueva la cara, y la única vez que se me ha movido fue por teléfono, hablando con una abogada, y fue de risa.
—¿Y esa gente va a volver? —dice.
—¿Qué gente?
—La policía. Papá me dijo que vinieron.
—Puede que sí. Preguntan a todo el mundo que conocía a Tomás. Es lo que hacen.
—Vale.
—Marta.
—Qué.
Y aquí es donde tenía que haberme callado.
—En el instituto no lo cuentes, ¿vale? Lo de que vinieron.
Levanta la cabeza por primera vez en toda la conversación.
—¿Por qué?
—Porque la gente habla mucho y luego llega a los padres y luego llega a Alba. Y esa niña se examina el martes.
Y lo digo bien. Lo digo con la voz de una madre razonable que protege a una chica de dieciocho años en la peor semana de su vida, y hay una parte de mí que se lo cree mientras lo está diciendo.
—Vale —dice Marta.
—¿Vale?
—Que vale, mamá.
—¿Tú estabas allí? —dice.
—¿Dónde?
—En ese sitio. Donde se murió.
—Estuve antes. Por la noche. —Y añado, porque el silencio dura demasiado—: Es un piso de Celia que usamos las cinco. Ya te lo contará papá.
—Qué raro.
—¿El qué?
—Que tengáis un piso.
—Pues sí. —Me río, y me sale bien—. Somos unas raras.
—Oye, mamá.
—Qué.
—¿Este año nos vamos a algún sitio?
Y me lo pregunta así, sin transición, con la voz de siempre, rascando otra vez la pegatina.
—¿En verano?
—Sí. Que Bea se va a Menorca con sus primos y me ha dicho que si voy.
—¿Cuándo?
—La segunda de agosto.
—Habrá que hablarlo con papá.
—Ya, pero tú qué dices.
Y yo, sentada en esa cama a las once y veinte de la noche de un sábado, con la mano cortada y con el teléfono de un muerto en la rueda de repuesto de mi coche, le digo que sí, que me parece bien, que ya lo miraremos y que a ver los billetes.
Y ella se pone contenta, y me cuenta una cosa de la casa de Menorca y de que hay una prima de Bea que es insoportable, y habla dos minutos seguidos, que es más de lo que ha hablado conmigo en toda la semana.
Y yo la escucho y digo ah, ¿sí? en los sitios donde hay que decirlo.
Y estoy pensando en agosto.
Estoy pensando, mientras esta niña me habla de una prima insoportable, en dónde voy a estar yo la segunda semana de agosto y en si esta casa va a existir, y en que acabo de decirle que sí a un viaje que no sé si va a poder pagarse ni con quién.
Le doy un beso en la cabeza y le digo que apague en diez minutos, y ella dice que sí, y salgo y cierro.
Y en el pasillo, a oscuras, me quedo un segundo con la mano todavía en el picaporte, porque acabo de darme cuenta de lo que he hecho.
Le he pedido a mi hija de dieciséis años que no cuente una cosa.
Y luego le he dicho que sí a Menorca.
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