18
Nuria vive en Torrefiel, en un tercero de un bloque de los sesenta, a dos calles de la casa de su padre.
Llego a las nueve menos cuarto. He venido porque me lo ha pedido ella, con una llamada de once segundos en la que solo ha dicho ¿puedes venir? , y he venido sabiendo que Rosa Nebot me diría que no viniera.
Me abre la puerta y de dentro sale una voz.
—...que no es eso, Nuria, que no te estoy diciendo eso.
—Es tu hermana —dice Nuria, muy bajito, y me deja pasar igual.
El piso es pequeño y está ordenado de esa manera de las casas donde vive una sola persona: nada fuera de sitio y nada colocado del todo.
Hay una foto en un marco encima del televisor, de Nuria y Marisa con su padre en una boda, y una plantita de plástico, y un calendario de una casa de recambios.
En la cocina, apoyada en la encimera, con el abrigo puesto y las llaves colgando de un dedo, está Marisa.
Es igual que Nuria y le saca cinco años y parece que le saque quince.
—Hola —me dice—. Perdona.
—No, perdonad vosotras. Ya me voy.
—No te vayas —dice Nuria.
Así que me quedo de pie en el marco, con el bolso todavía colgado del hombro, y asisto a esto.
Marisa no ha venido a discutir. Viene de la casa del padre de las dos, donde lleva desde el miércoles, y tiene que volver antes de las diez porque a las diez toca la pastilla, y ha subido porque esta tarde ha estado allí la policía.
—Yo no sabía qué decirles. Me han preguntado que dónde estaba mi hermana el jueves por la noche y yo he dicho lo que sé, que estaba cenando con vosotras, que es lo que me dice ella todos los meses.
—Se pasa la mano por la cara—. Y el señor me ha dicho: ya, pero es que a las diez y media estaba entrando en un hotel de la avenida del Puerto.
Nuria está sentada en un taburete, mirando el suelo, con las manos entre las rodillas y la misma postura que tenía anteayer en el salón de Celia.
—Y yo le he dicho que se estaba equivocando de persona.
—Marisa.
—Que se lo he dicho dos veces, Nuria. Delante de papá. Que se estaba equivocando.
—Ya lo sé.
—Y luego me ha enseñado un papel donde pone tu nombre y tu tarjeta.
Hay un silencio de esos que en las casas duran mucho porque hay una nevera y un reloj de pared y las dos cosas hacen ruido.
Marisa deja las llaves en la encimera. Es el primer gesto suyo que no es de irse.
—A ver. —Y baja la voz—. Yo he venido corriendo pensando otra cosa, ¿eh? Yo venía pensando que estabas con un tío casado.
—Ya lo sé.
—Y venía a decirte que me da igual. Que si tú tienes a alguien, tú verás, que bastante tienes. —Traga—. Y he subido tres pisos pensando cómo te lo decía para que no te sentaras mal.
—¿Con quién estabas? —dice Marisa.
—Con nadie.
—Nuria.
—Que con nadie. —Levanta la cabeza—. Que voy sola.
—¿Cómo que vas sola?
—Que voy sola, que cojo la habitación de sesenta y dos euros, que la de dentro, la que no tiene ventana, y que me acuesto a las once y me levanto a las siete y me voy a trabajar. Eso es todo. Eso es todo lo que hago un jueves al mes desde hace dos años.
Marisa se queda con las llaves en la mano.
Y yo, desde la puerta de la cocina, veo cómo a esa mujer se le pasa por encima, por orden, todo lo que se le tiene que pasar. Primero el alivio, que dura poco. Después la incredulidad. Y después, cuando hace la cuenta, lo otro.
—¿Sesenta y dos euros?
—Marisa...
—¿Sesenta y dos euros por dormir?
—Es lo que cuesta.
—Yo no tengo sesenta y dos euros —dice.
Y ahí está. No ha dicho me has mentido , ni y a mí quién me releva , ni ninguna de las cosas que se dicen en las películas. Ha dicho una cifra, que es lo que se dice de verdad en las cocinas de este país.
—Yo llevo tres años sin dormir una noche del tirón —sigue, y no lo dice llorando, lo dice como quien lee una factura—. Y no me quejo. Es mi padre igual que el tuyo. Pero es que yo no sabía que se podía pagar, Nuria. Yo no sabía que eso se podía comprar.
—Es que no te lo iba a decir.
—Pues eso es lo que me duele.
—Es que si te lo digo, no me dejas.
—Claro que no te dejo. —Marisa se ríe una vez, sin ganas—. Claro que no te dejo, si me lo dices así. Pero si me llegas a decir Marisa, un jueves al mes me voy a un sitio a dormir porque no puedo más , te habría dicho que sí. Y me habría ido yo el otro jueves.
Nuria abre la boca y no le sale nada.
—Es lo que hacen las hermanas —dice Marisa—. Repartirse. No esconderse.
Se abrocha el abrigo. Mira el reloj de la pared: son las nueve y cinco.
—Me voy, que si no llego tarde.
Y en la puerta, ya con el pie fuera, sin drama, se para y dice:
—A mí lo del hotel me da igual, ¿eh? Vete todos los jueves si quieres. —Un segundo—. Lo que no me da igual es que se lo hayas contado antes a la policía que a mí.
Y baja por la escalera.
Nuria se queda en el taburete mucho rato.
Yo le pongo agua. Encuentro los vasos a la primera, porque los tiene donde los tiene todo el mundo, y le pongo un vaso delante y me siento en el otro taburete y no le digo nada, porque no se me ocurre absolutamente nada que decirle que no sea una vergüenza viniendo de mí.
—Es que yo pensaba que no le hacía daño a nadie —dice al final.
—Es que no le hacías daño a nadie.
—Ya. —Se seca con la muñeca—. Y mírala.
Y luego, después de un rato:
—Lo peor no es eso. Lo peor es que yo empecé a ir por lo del ruido.
—¿Qué ruido?
—El de la máquina. —Se aprieta los ojos con dos dedos—.
Mi padre duerme con una máquina para lo de la apnea, y hace un fuu, fuu, toda la noche, y yo tengo el sueño finísimo.
El primer jueves fue por eso. Yo no iba a hacer nada malo, Eva, yo iba a dormir ocho horas seguidas porque llevaba cinco meses sin dormir ocho horas seguidas.
—Ya lo sé.
—Y ahora tengo a mi hermana bajando la escalera y a dos policías con un papel donde pone mi nombre y mi tarjeta.
Después se sopla el flequillo y se queda mirando el vaso.
—Laura me lo consiguió —dice.
—¿El qué?
—El trabajo. Hace nueve años. Yo estaba en una cadena de esas de perfumerías y ella me dijo que me sacara el título de auxiliar y que me lo pagaba ella si hacía falta.
Y luego, cuando lo de mi padre, me ha dejado salir a las once mil veces.
Mil veces, Eva. Yo he entrado a las once de la mañana en esa farmacia y ella no me ha descontado ni una hora.
—Ya lo sé.
—Entonces tú dime a mí qué hago yo el viernes a las ocho y doce de la mañana cuando esa mujer me escribe.
No es una pregunta retórica. Me está mirando y está esperando.
—Contestar que sí —digo.
—Contestar que sí. En un minuto. Sin pensar. —Coge el vaso y no bebe—. Y ahora resulta que por contestar que sí en un minuto, mi hermana se ha enterado de lo mío por un policía.
—Nuria, eso no lo podías saber.
—Ya. Pero es que yo no contesté por no saber. —Deja el vaso—. Yo contesté porque era ella.
Nos quedamos calladas.
Y entonces Nuria Palop, que se disculpa antes de que la acusen, que en veintidós meses no ha llevado la contraria a nadie en esta historia, levanta la cabeza y me pregunta:
—¿Y tú por qué contestaste?
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