17
Rosa Nebot me espera a las diez y media en el aparcamiento de Zapadores, apoyada en un Golf blanco, con una carpeta de anillas y un café de máquina que ya se le ha enfriado.
Tiene cincuenta y pocos años, el pelo corto y una manera de estar de pie que no había visto nunca en una mujer, con el peso todo en una pierna y sin cruzar los brazos.
—Buenos días. Tres cosas antes de subir.
—Sí.
—Una: yo hablo, y si yo levanto la mano tú paras. Dos: si te preguntan algo y no sabes qué contestar, di que no lo recuerdas con exactitud, no digas que no. Tres: no te pongas a explicar.
—¿Explicar qué?
—Lo que sea. —Tira el café a una papelera—. Cuando la gente explica, se cae.
Dentro hay un pasillo con sillas de plástico atornilladas a la pared, dos máquinas y una puerta con un cartel plastificado. En la primera silla hay una señora con un bolso encima de las rodillas que no tiene nada que ver con nosotros.
Y en la tercera está Pilar.
Se levanta al verme y no sé si viene a saludarme o a irse, y hace las dos cosas: me da dos besos rapidísimos y dice que ya ha terminado, que lleva desde las nueve.
—¿Y qué tal?
Mira a Rosa.
—Bien. Normal.
—¿Te han preguntado mucho?
—Lo normal. —Se pone el bolso en el hombro—. Me tengo que ir, que Vicent está en el coche.
Y se va por el pasillo, deprisa, sin mirar atrás, y yo me quedo con la sensación de haber hecho algo mal sin saber el qué.
Nos hacen esperar cuarenta minutos.
Cuarenta minutos en una silla de plástico atornillada a la pared, al lado de una mujer que no conozco y que a los diez minutos me pregunta si sé si aquí dan un papel, porque ella viene por lo de una moto.
Le digo que no lo sé. Hablamos de la moto ocho minutos.
Es la conversación más descansada que tengo en toda la semana.
Rosa, a mi otro lado, contesta correos con el pulgar y no dice ni una palabra hasta que nos llaman.
La sala es pequeña, con una mesa, tres sillas y un ordenador de los grandes. La inspectora se presenta como Gisbert y tendrá mi edad o dos años más, y lleva una carpeta que no abre casi nunca. Hay otro agente que teclea y que no levanta la cabeza en toda la mañana.
Empieza fácil. Nombre, dirección, profesión. Cuánto hace que conozco a las otras cuatro. Desde cuándo existe la costumbre de cenar el último jueves. Quién lo propuso.
—No lo sé —digo—. Salió.
—¿Salió?
—Fue la primera vez y luego se repitió. No sé quién lo dijo.
Rosa no se mueve.
—¿A qué hora llegaron ustedes al restaurante?
—A las nueve.
—¿Y a qué hora se fueron?
Y aquí yo tengo dos caminos y los veo los dos, con la misma claridad con la que se ve una bifurcación en una carretera. Uno es decir la verdad. Cuarenta y siete minutos, como todos los meses, y después cada una a lo suyo. Se tarda cuatro segundos y no hay ninguna ley que lo prohíba.
El otro es el que llevo recorriendo desde ayer.
—Tarde. No sabría decirle la hora exacta.
—La cuenta se cerró a las nueve y cuarenta y siete.
Lo dice sin apoyarse en ello. Lo dice como quien deja un dato encima de la mesa para que esté ahí, y el que teclea sigue tecleando, y no hay ninguna pausa dramática, y por eso mismo tardo dos segundos en entender lo que acaba de pasar.
Nos han medido la cena.
Cuarenta y siete minutos. El chiste privado de veintidós meses, el que empezó porque Nuria tenía prisa en agosto de 2024, el que Celia repite levantando una muñeca sin reloj, está ahora mismo en un papel de esta comisaría con la hora del datáfono al lado.
—A veces nos quedamos después de pagar —digo.
—¿Ese día se quedaron?
—Mi clienta ya ha declarado lo que recuerda —dice Rosa.
—Muy bien.
Y sigue. Sigue tan tranquila, y lo que a mí me deja sin aire no es la pregunta, es que no insiste.
Nadie me dice entonces mintió usted el viernes .
Nadie levanta un papel. Sencillamente se anota que a las nueve y cuarenta y siete había cinco mujeres pagando una cuenta y que hasta las dos de la mañana faltaban cuatro horas y trece minutos.
Estamos dentro treinta y cinco minutos.
Me preguntan por las llaves: cuántas hay, quién las tiene, si alguna se ha perdido. Por quién limpia y cada cuánto. Por si el contrato de la luz está a nombre de alguien. Por si el piso lo ha usado alguna vez un hombre.
—Que yo sepa, no.
—¿Y que usted no sepa?
—Mi clienta no puede saber lo que hacen las demás —dice Rosa.
Me preguntan si tengo el número de teléfono de Tomás Bru en la agenda. Digo que sí, porque lo tengo, porque cualquiera tiene el número del marido de una amiga de veinte años. Me preguntan cuándo fue la última vez que hablamos por teléfono y digo que no lo recuerdo con exactitud.
Es la tercera vez que uso esa frase. Sale sola, es de una limpieza absoluta y no significa nada, y a la cuarta ya me da vergüenza, y me la callo y me quedo con ella dentro.
Abajo, en el aparcamiento, Rosa abre el coche y no se sube.
—La cena duró cuarenta y siete minutos —dice—. Eso lo saben desde ayer por la tarde. Lo del restaurante lo tenían antes de venir a tu casa.
—¿Y por qué no me lo dijeron ayer?
—Porque ayer no hacía falta. —Se apoya en la puerta abierta—. Eva, escúchame bien. Vosotras cinco habéis dicho lo mismo y lo mismo se ha caído en veinticuatro horas. A partir de ahora no hay ninguna versión que sostener. Lo único que puede hacer cada una es contar lo suyo.
—Ya.
—No estoy segura de que lo hayas entendido.
—Lo he entendido.
No lo había entendido.
Lo que yo entiendo esa mañana, en un aparcamiento de comisaría con una abogada delante, es una cosa muchísimo más pequeña y mucho más cómoda: que la mentira era mala.
Que estuvo mal montada, que un datáfono la ha tirado en veinticuatro horas y que cualquiera con dos dedos de frente habría previsto que un restaurante guarda las horas.
Eso es lo que pienso. Que fue una chapuza.
Tardaré cinco días en entender que ese no era el problema.
A las siete y media de la tarde me llama Nuria.
Habla deprisa desde el primer segundo, tanto que tengo que decirle dos veces que vaya más despacio, y me cuenta que ha estado en Zapadores desde las cinco, que Marisa se ha quedado con su padre y que ha salido hace veinte minutos y que se ha metido en el coche y no ha podido arrancar.
—Es que nos han preguntado a todas por la cuenta, Eva. A todas.
—Ya. A mí también.
—Y yo he dicho lo de que nos quedamos un rato después. —Se le rompe la voz un momento y vuelve—. Y me han preguntado que cuánto rato. Y les he dicho que no sé, que media hora. Y me han dicho que ya.
—Nuria, escucha. Yo no debería...
—Y a Laura le han preguntado por el coche.
Me callo.
—¿Qué coche?
—El suyo. Que lo dejó en Poeta Altet y que estuvo allí toda la noche.
—Un ruido de bolso, de llaves—. Me lo ha dicho ella en el pasillo.
Estaba esperando cuando yo entraba. Y me lo ha contado tan tranquila, Eva, tan tranquila como te lo cuento yo ahora.
Que le han preguntado que qué hacía su coche en Benimaclet a la una y media de la mañana.
—¿Y qué ha dicho?
—Que se lo ha explicado.
—¿Que se lo ha explicado cómo?
—Pues que estuvimos hasta tarde y que luego dio una vuelta y que se fue a casa. —Nuria respira—. Y luego me ha preguntado por mi padre. En el pasillo. Con dos policías al lado. Me ha preguntado si mi padre está mejor de lo del pie.
Yo estoy en el descansillo de mi casa, sentada en el escalón, con la puerta entornada porque dentro está Quique viendo el fútbol.
Un coche parado en una calle no dice quién iba dentro. No dice adónde fue esa persona, ni con quién, ni a qué hora bajó. Solamente elimina cosas: elimina irse a casa a las diez, elimina un taxi, elimina la mitad de las respuestas cómodas.
Y Laura la ha dado sin despeinarse, a una policía, un sábado por la mañana, y luego ha preguntado por el pie del padre de Nuria.
Yo, hace veinticuatro horas, no he sido capaz de contestar a qué hora terminó una cena.
—Nuria.
—Dime.
—¿Tú estás bien?
Silencio. Tres segundos, cuatro.
—Me han preguntado por un hotel —dice.
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